José de la Colina (1934-2019). Recuerdo de una semanarista | Letras Libres
artículo no publicado
Ilustración: Jonathan López

José de la Colina (1934-2019). Recuerdo de una semanarista

El pasado 4 de noviembre murió José de la Colina, prosista admirable y generoso editor. Sirva el siguiente testimonio y su última colaboración como agradecido homenaje.

Recuerdo haber enviado a Pepe, cuando colaboraba en el suplemento que dirigió durante tantos años, El Semanario Cultural de Novedades, un “asterisco” en el que me alegraba de la suerte de poder publicar ahí porque “es un suplemento que no se adorna con la literatura para ser ‘cultural’, cosa de la que, me temo, adolecen muchas publicaciones pues... ‘culturales’”. Y luego me ponía muy solemne quejándome de que las publicaciones culturales posmodernas debían tener literatura, ensayo político, crítica (de cine, de teatro, de rock, de ópera, de toros y de antros), página de chismes, monitos, novedad científica (pero que se entendiera, faltaba más), fotografía, horóscopos y erotismo. “El único problema de leer literatura en este tipo de publicaciones”, me quejaba, “es que no se deja leer, y la sensación de vacuidad lo persigue a uno a lo largo de sus páginas como un mosquito molesto aunque socarrón, eso admitámoslo. Da un poco de tristeza leer las cartas o los poemas de cualquier gran escritor junto a la foto del pintoresco luchador Z o la buenísima actriz Y. Tal vez El Semanario no sea tan atractivo como estas ensaladas tan bien aderezadas, pero uno tiene la sensación quizá absurda, quizá tan vacua como todo lo demás de que sus lectores sí lo leen después de hojearlo”. Por supuesto no me lo publicaron y con razón. Pero, solemnidades aparte, es verdad que El Semanario era básicamente un suplemento literario (aunque incluía crítica de cine, teatro, pintura, etc.) y estaba hecho para leerse, no para hojearse. La más humilde columna de José de la Colina, como aquellas que hace un par de años contaban sus vicisitudes con un taxista a bordo de su “vochito”, tiene el cuidado y la gracia del oficio más alto y llama a detenerse en sus letras, a caracolear con él por la prosa y por la vida. En sus entrevistas, Pepe decía que él disfrutaba el acto de escribir y eso se sentía en toda su escritura, en el gozo que transmitía a ese suplemento en el que tantos escritores aprendimos nuestro oficio, cobijados por la gracia y la profundidad de Pepe. Yo creo que nunca terminaré de agradecerle esa generosidad. ~


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