Iconoclasia en el México liberal | Letras Libres
artículo no publicado

Iconoclasia en el México liberal

Gabriela Díaz Patiño

Católicos, liberales y protestantes. El debate por las imágenes religiosas en la formación de una cultura nacional, 1848-1908

Ciudad de México, El Colegio de México, 2016, 436 pp.

 

Desde los comienzos del cristianismo, las imágenes sacras han sido un instrumento muy eficaz para representar, evocar y comunicar los misterios y enseñanzas centrales de la fe. En tanto expresiones visuales de lo sagrado, muchas veces atribuidas a la intervención directa del poder divino (como nuestra Virgen de Guadalupe), las imágenes también han sido objeto de profunda veneración por parte de los fieles y en esa medida una causa de intensos debates acerca de su legitimidad como medio de evangelización. ¿No existe acaso el riesgo de sustituir la escucha de la Palabra de Dios por el culto de ídolos fabricados por el hombre? Los temores de quienes han visto en la imagen no un auxilio para el creyente, sino una distracción de carácter diabólico, han dado lugar a una larga historia de revueltas iconoclastas: destrucciones masivas del patrimonio artístico de las iglesias como una forma de combatir la idolatría y reorientar la atención del pueblo hacia el Dios encarnado en Jesucristo. No es casual que la iconoclasia haya sido un elemento central de varios movimientos contra la corrupción eclesial, particularmente la Reforma protestante del siglo XVI.

El reciente libro de Gabriela Díaz Patiño aborda la presencia del fenómeno iconoclasta durante la segunda mitad del siglo XIX y su impacto en la religiosidad popular de la arquidiócesis de México. Aunque la autora aclara que no existió una “construcción teórica iconoclasta” por parte de los gobiernos liberales, su investigación demuestra que el nuevo Estado trató a las imágenes sagradas como “enemigos invisibles a vencer”, pues estas ocupaban un lugar privilegiado en la conciencia colectiva y la nación moderna requería, en palabras de José María Luis Mora, “una reforma caracterizada por revoluciones mentales que se extiendan a la sociedad”. Este viejo anhelo de transformación cultural, aunado a la implementación de las leyes liberales sobre desamortización y nacionalización de bienes eclesiásticos, facilitaría la destrucción y desaparición de obras pictóricas y escultóricas de arte sacro, así como la ruina de numerosos templos. Además de incidentes bien conocidos, como la destrucción del gran convento de San Francisco en la Ciudad de México, Díaz Patiño recuerda que el gobierno liberal llegó incluso a considerar la demolición del magnífico Sagrario Metropolitano en 1869, a fin de sustituir dicho edificio por un nuevo recinto para el Congreso de la Unión, decorado “con las estatuas de nuestros grandes oradores parlamentarios”.

La contribución más interesante del libro, sin embargo, tiene que ver con los efectos que tuvieron estas medidas iconoclastas. Por un lado, la autora analiza casi ocho décadas de cambios en las prácticas devocionales de los fieles católicos, provocados tanto por la Reforma liberal como por las políticas “restauradoras” promovidas desde Roma por los pontífices León XII, Pío IX y León XIII (y adoptadas con entusiasmo por la jerarquía mexicana). Al igual que otros historiadores, Díaz Patiño advierte una cierta decadencia del arte sacro en el siglo XIX, pero subraya que, frente a dicha realidad, la Iglesia optó por promover la recuperación de antiguos íconos marianos y por fomentar una “cultura exacerbada de piedad religiosa”, centrada en el rezo cotidiano del rosario y en la veneración al Sagrado Corazón de Jesús, la Inmaculada Concepción de María y la figura protectora de san José, elementos básicos de un nuevo modelo devocional que apostaba por afirmar la presencia del catolicismo tanto “en la vida privada como en todos los sectores de la vida social”. Este modelo alcanzaría su mayor éxito durante los años finales del porfiriato, cuando comenzaron a construirse nuevos templos, se redecoraron las iglesias con vitrales, pinturas y esculturas modernas, y las procesiones de imágenes regresaron a las calles de la arquidiócesis.

Por otro lado, a la par de describir este “retorno de lo católico en el espacio urbano”, la autora también destaca el activismo de las iglesias protestantes que entraron a México gracias a la Ley de Libertad de Cultos de 1860 y que inmediatamente se sumaron a esta “guerra cultural”. Haciendo mancuerna con el liberalismo jacobino, los protestantes denostaron el culto a las imágenes como un mecanismo de manipulación de las conciencias por parte del clero católico y atribuyeron el arraigo de las devociones populares a la “ciega credulidad de los indígenas” y de tantos otros “fanáticos y supersticiosos”. De esta manera, frente a las campañas protestantes contra la “idolatría”, los católicos se vieron obligados a reformular los argumentos teológicos contra la iconoclasia bizantina del siglo viii, así como las doctrinas del Concilio de Trento respecto a las imágenes sagradas. Este debate permitiría que los protestantes fueran escuchados por una franja más amplia de la población, pero también ayudaría a que el catolicismo mostrara toda su “capacidad regenerativa”.

Aunque el debate sobre las imágenes demuestra nuevamente que la Reforma privó a la Iglesia católica de su tradicional “monopolio de las creencias religiosas”, el libro no demuestra necesariamente que el liberalismo hubiera logrado expulsar por completo a la religión de la vida pública. De entrada, porque la propia política liberal se nutrió del reformismo filo-jansenista del siglo XVIII hasta bien entrada la década de 1870. Y, sobre todo, porque lo que esta obra descubre es una diversificación del panorama religioso mexicano y una profunda transformación del catolicismo nacional en sintonía con las directrices del Vaticano. Determinar qué tanto contribuyeron ambos procesos a la inacabada secularización de la cultura mexicana es una tarea que todavía tenemos pendiente. ~


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