Hugo Hiriart: narrador, dramaturgo, ensayista. El científico de las pesadillas | Letras Libres
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Hugo Hiriart: narrador, dramaturgo, ensayista. El científico de las pesadillas

Ha dinamitado las convenciones para crear una obra única, en la que el género policiaco convive con la enciclopedia y el teatro de títeres con la mitología. Su apuesta por la imaginación ha logrado algunas de las páginas más luminosas de la literatura mexicana.

Se sabe que Hugo Hiriart es un escritor de la imaginación. Lo demuestran sus narraciones, como La destrucción de todas las cosas, una novela delirante en la que reescribe los acontecimientos de la conquista de México, al ubicarlos en un tiempo futuro, donde los invasores son extraterrestres; o los Cuadernos de Gofa, incursión en la misteriosa civilización gofa, cuya historia, cultura, vida política, social y económica, así como sus manifestaciones artísticas y científicas, da a conocer el profesor Dódolo, su descubridor; qué decir de Galaor, una aventura de caballeros y doncellas, publicada en los años setenta, época signada por la desilusión frente a la modernidad. No existe reseña, crítica o perfil suyo en que no se reconozca la capacidad de Hiriart para desmarcarse de cualquier postura ideológica y su afán por recuperar el espacio de lo imaginario en la literatura. Él mismo escribió a este respecto en El juego del arte: “Nada tan bello, ni tan inasible como la imaginación.”

Soñar es uno de los lugares donde ha podido dar rienda suelta a la imaginación. Hiriart es un perpetuo soñador y ha hecho del sueño su forma de vida. En el luminoso ensayo Sobre la naturaleza de los sueños (Era, 1995) despliega sus tesis al respecto como que los sueños son fenómenos que suceden, nadie los hace ni los inventa; aparecen y se interrumpen, no empiezan ni acaban; son la música nocturna, la serenata al dormir. La única manera de acceder a estos es mediante el recuerdo. Se describen, no se relatan ni se pueden resumir. Pero quizá la idea más original que ha planteado Hiriart en este ámbito, porque contradice lo conocido, sea la de que la esencia onírica no son las imágenes que se proyectan en la mente durante la etapa rem, la más profunda del ciclo, sino la sensación vívida de estar situado en una realidad ficticia.

El esfuerzo onírico de Hiriart se asemeja al de Borges, otro autor imaginativo que trató el mismo tema y compiló en un libro los sueños de todas las épocas, al considerarlos el género literario más antiguo, pues el ser humano ha soñado siempre y ha contado sus sueños a los demás. Nuestro autor coincide en materia de sueño con Borges, pero tampoco completamente. El 15 de junio de 1977, el escritor argentino inicia su segunda conferencia “La pesadilla”, dentro del ciclo Siete Noches en el Teatro Coliseo de Buenos Aires, diciendo que se siente “singularmente defraudado” porque ha releído en días recientes algunos libros de psicología que omiten lo asombroso y lo extraño del acto de soñar. Hiriart comparte, pues, ese desencanto, al escribir su propio tratado onírico casi veinte años después de haber sido editadas como libro las charlas borgianas. Solo que para él los sueños son “eternidades de bolsillo, una probadita de lo que debe ser el cielo y el infierno” y Borges está en desacuerdo con esa suposición que por cierto proviene de un autor británico, J. W. Dunne. La charla de Borges sobre las pesadillas se grabó en su momento en cinta magnetofónica y ahora es posible escucharlo decir, en la red, una frase ejemplar al respecto de Dunne, más relacionada con la empatía que con los sueños: “No estoy de acuerdo con su teoría, pero es tan hermosa que merece ser recordada.”

A diferencia de Borges, Hiriart, sin ánimos de convencer a nadie ni de imponer sus ideas “con elocuencia subrepticia”, se confiesa. No tiene idea de lo que hizo ni de la calidad que pueda tener una disquisición sobre los sueños como la suya, pues la escribió en absoluta soledad, sin comentar con nadie ni leer libros al respecto para evitar desviarse de sus propias reflexiones, por lo cual tampoco incluyó bibliografía. Al no ser neurofisiólogo ni psicólogo ni filósofo –sí es filósofo de formación, pero se presenta de este modo en el primer capítulo– sino tan solo un escritor en una época de minuciosa especialización, Hiriart elabora su propia teoría del sueño, porque, dice, es natural desconfiar de que aún pueda decirse algo interesante acerca de este “viejo y pisoteado” tema.

Hiriart pretende comprobar sus hipótesis a partir de ciertos experimentos en el ámbito de lo intangible. Aplica metodologías a los sueños. Lanza hipótesis que nunca podrán ser comprobadas a través de los sentidos, pero se fascina en el juego de posibilidades que le ofrece su imaginación. Establece conceptos propios como “mirada sinóptica”, “percepción escondida”, “dato de vinculación”, “criterio de orden completo”, “impregnación”. Su método es claro: hace una afirmación, discurre sobre esta, ofrece ejemplos y propone ejercicios para desarrollar ciertas habilidades en el lector, pues aunque le gusta mucho argumentar, desconfía de los argumentos, prefiere mostrar. Dialoga con su interlocutor, de quien presupone las ganas de aprender, la curiosidad para jugar reflexivamente y ningún conocimiento o habilidad particular, solo haber soñado alguna vez. Hiriart se propone entonces la construcción artificial en seis pasos de un sueño en la vigilia como un posible acercamiento a la naturaleza de estos.

Según su razonamiento, los sueños no se hacen sino se cazan, por lo que es necesario desatender los pensamientos. Hiriart invita a suponer primero una situación determinada, si es extraña mejor, como que un payaso entra de pronto a un salón de clases, gritando. Casi de inmediato hay que pensar en cualquier otra cosa, lo que sea, un cepillo de dientes amarillo, por ejemplo. Al retomar la conjetura inicial deben cuestionarse ciertos atributos de esta: cuántos alumnos había, si estaba el profesor, las características del espacio. Las respuestas derivarán de esa “escena instantánea, apenas perceptible, pero lo suficientemente nítida” que apareció en la mente al imaginar. Lo siguiente es volver a la figuración original y añadir otro elemento: un conejo avanza desde el fondo del salón, brincando. Después poner la atención en algo distinto. ¿El animal era grande o pequeño?, ¿tenía dientes?, ¿de qué color era? Eso es soñar despierto.

Hiriart es un rebelde; si Lacan lamentó alguna vez el poco interés que el psicoanálisis puso en las pesadillas, él les lleva la contraria a todos los psicoanalistas subsanando esa carencia con una teoría propia acerca de la pesadilla. Nadie dirá que el ejemplo anterior del salón de clases, el payaso y el conejo provoca miedo, sin embargo, podría convertirse en algo pavoroso si uno de esos elementos familiares se torna hostil, dejando al soñante desvalido. Pensar que los conejos son mudos y descubrir que este lagomorfo, en específico, emite un chillido. Es en ese hallazgo donde el sueño se transforma gradualmente en pesadilla, en el descubrimiento de lo otro, de lo ajeno.

No conforme con teorizar, Hiriart pone en práctica su discurrir sobre los sueños y las pesadillas. Su obra de teatro Descripción de un animal dormido, estrenada a principios de 1994 en el Teatro Santa Catarina, en Coyoacán, es una muestra. Adentro de una enorme cajetilla de cigarros, una mujer acostada con los ojos cerrados monologa debajo de una colcha de seda: “Y no pude dormir bien, estaba muy inquieta, pensando en ese hombre, sentado, mascando chicle, inmóvil, sin cansarse, en la oscuridad, y sé qué hace, pero no sé por qué lo hace, sé que está sentado en la silla de palo, pero no sé por qué [...] y me da miedo el hombre ese, mascando allá en la oscuridad, me da miedo y yo me digo, ¿por qué?, no hay razón, pero de todos modos me da miedo porque el hombre está inmóvil, sentado en la silla de palo duro, mascando chicle y pensando.”

Existe en internet una serie de videos en los que un hombre calvo y de lentes, en cuyas micas se refleja un aro de luz blanca que mejora la iluminación, recita Sobre la naturaleza de los sueños en su reedición de 2018. Ha calculado que serán doce sesiones para completar la lectura de las 220 páginas del libro, porque al final de la primera, al ritmo que lleva, apenas avanzó veinte. Hace pausas para responder a los comentarios de la audiencia, pero también para hacer los suyos en relación con la argumentación del autor, a quien compara con Jung, Freud, Nietzsche y Marie-Louise von Franz, entre otros. En los últimos minutos de la cuarta sesión, lee en voz alta el soliloquio de la mujer que mira al hombre que masca un chicle. Es aterrador. No cabe duda de que cuando un autor explora sus obsesiones profundamente, sin rendir tributo a nadie más, se hace pronto de adeptos que creen en sus ideas con fervor. Como Hiriart. ~