Hombre de su tiempo | Letras Libres
artículo no publicado

Hombre de su tiempo

Christopher Domínguez Michael

Octavio Paz en su siglo 

Edición corregida y aumentada 

Ciudad de México, Debolsillo, 2019, 984 pp.

Octavio Paz en su siglo de Christopher Domínguez Michael “no es una biografía definitiva” sino “el testimonio de un crítico contemporáneo que tuvo la fortuna no solo de leer a Paz, sino además de estar cerca de su irradiación personal e intelectual”. Es bajo esta advertencia que hay que leer el libro, ya que nos permite deshacernos de los prejuicios que existen alrededor de Octavio Paz.

Paz nació en 1914, un año convulso en el que México tuvo más de un presidente, se suspendieron pagos de la deuda externa y Estados Unidos ocupó Veracruz. El libro dedica su capítulo inicial a los primeros años de Paz y presta especial atención a aquellas figuras familiares que lo marcaron de manera irremediable: su abuelo, Ireneo Paz, su padre, Octavio Paz Solórzano, y su madre, Josefa o Josefina Lozano. No se trata de una etapa ajena a las preocupaciones del poeta, porque Paz mismo se encargó de hablar de su niñez en poemas importantes, como Pasado en claro, en donde dice que las familias son “criaderos de alacranes: / como a los perros dan con la pitanza / vidrio molido, nos alimentan con sus odios / y la ambición dudosa de ser alguien”.

Desde mi perspectiva, el hecho de que Octavio Paz fuera considerado como un “nieto del antiguo régimen e hijo del orden nuevo de la Revolución mexicana” ha impedido saber a profundidad sobre las relaciones literarias que estableció en su formación temprana, puesto que la figura que yo, y gente de mi generación, conocimos era casi la de un dios. Domínguez Michael rescata el acercamiento entre Paz y los Contemporáneos, y su confrontación posterior, que nos permite comprender los primeros pasos de Paz hacia una poética personal. Gracias al contexto que aporta el también autor de Vida de fray Servando, entendemos que a Paz le tocaría conocer mucha pólvora “de otra espesura”. Domínguez Michael presenta a un jovencísimo poeta que, inmerso en la vida estudiantil, enfrenta una coyuntura: política o poesía. Su amigo José Bosch la asume como una dualidad y, si bien Paz no acepta del todo “la jurisdicción del partido comunista y sus jerarcas en materia de arte y literatura”, no se salva de escribir “poesía de propaganda” y publica sus primeros libros. Se aparta de la radicalización y uno de sus incipientes acercamientos ensayísticos, “Poesía de soledad y poesía de comunión”, aparece en la revista El Hijo Pródigo en agosto de 1943. Es en esta sección donde el biógrafo se adentra en las primeras “afinidades electivas” del autor de El laberinto de la soledad: los Contemporáneos y Efraín Huerta, pero también la poesía inglesa y francesa. Para Domínguez Michael, Jorge Cuesta –“el fundador de la crítica moderna en México”– iluminó el camino del poeta “para atender al llamado de su siglo”.

“Tiempo de Helena”, el tercer capítulo del libro, es un acercamiento a su tormentosa relación con Elena Garro (con tensiones semejantes a “las que Paz describe en La llama doble sobre la historia de Abelardo y Eloísa, paradigma de los amantes exaltados, desanimados, tristes, alegres, coléricos, tiernos, desesperados, sensuales”), su estancia en Yucatán para llevar a cabo un proyecto educativo y la “extraña luna de miel en el descampado donde transcurría la Historia”: el II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, en Valencia, España, adonde ambos escritores acuden en el verano de 1937. Por esos días, Paz se enfrenta de nuevo al dilema entre política y poesía, representado en este caso por el momento de esplendor que vive la poesía en lengua española y, en el otro extremo, la Guerra Civil que acaso “lo distraiga hacia la militancia y el compromiso”. En medio de intelectuales y escritores latinoamericanos de gran valía como Pablo Neruda, Vicente Huidobro, César Vallejo, Alejo Carpentier y Rafael Alberti (uno de los primeros poetas modernos que leyó, según lo acepta en “Saludo a Rafael Alberti”), Paz se encontró inmerso en un caudaloso río del que abrevaría. Es también en ese entonces que se despide de Bosch (“Me saludó con la mano derecha y se echó a correr. No me llamó. Nunca más volví a verlo”), el amigo anarquista que introdujo al joven poeta en el pensamiento marxista y al que le dedicaría el poema “Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón”, convencido de que había sido una víctima más de los enfrentamientos. Esta relación, descrita brevemente en este libro, me parece mitificada (aunque agradezco que se presente a un Paz reticente y sin una inclinación política clara).

Domínguez Michael dedica un largo apartado a examinar con lupa la escritura de El laberinto de la soledad donde “el ejercicio del moralismo nunca es inocuo, y la recurrencia a la ficción, a la fábula y al novelón es proverbial, pues enseña a vivir la vida”. Esa indagación de “lo Mexicano” y, principalmente de “el Mexicano” fue la respuesta a “cómo ser o cómo no ser europeo y moderno tal cual Paz se lo preguntó”, una cuestión que trata también en Posdata y en Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. En el mediodía del siglo, Paz se muestra optimista, a decir de Domínguez Michael. En el capítulo “De la India a la India” somos testigos de “ese lustro fecundo que de 1954 a 1959 lo convierte, ya lo veremos, en uno de los pocos poetas pensadores de su tiempo”. De acuerdo con el autor, en tan solo dos años (de 1956 a 1958) Paz se instaura como “uno de los grandes escritores del orbe hispanoamericano con la publicación, sucesivamente [...] de una poética (El arco y la lira); de una asombrosa colección de poemas, La estación violenta, y de un célebre poema largo, ‘Piedra de Sol’”.

También por esos años, Paz conoce a Marie José Tramini –en un encuentro que llamó “su segundo nacimiento”–. Se casan a inicios de 1966 y prosigue una época fecunda en la que Paz sortea la encrucijada de ser “al mismo tiempo el embajador de México en la India y el poeta de vanguardia que en el Festival de Spoleto [...] fue a exigir a la comisaría la liberación de Allen Ginsberg, quien tras su lectura había sido arrestado por la policía italiana, acusado de proferir palabras obscenas y acaso algo más”. El 68 es un año complejo: como sabemos, Paz renuncia a su cargo de embajador y expresa la necesidad de una reforma a profundidad del sistema político, porque, a su modo de ver, es la única forma de contener la violencia. Hay tres planes que en esos momentos definen su compromiso intelectual: la liberación de José Revueltas de Lecumberri, su intención de hacer del PEN Club mexicano un “foco de resistencia intelectual” y la fundación de una revista que cubriera el ámbito hispanoamericano. Este último proyecto se vería realizado tres años después, con Plural, una publicación dirigida a la clase media, entre cuyas principales características estaba ser universitaria y de izquierda. Paz, asegura Domínguez Michael, “nunca estuvo a la vez tan cerca y tan lejos de la izquierda militante como en los años setenta”. El Octavio Paz que encuentro en esta sección del libro es un hombre que no oculta sus inclinaciones de izquierda y que está dispuesto a librar batallas en libros como El ogro filantrópico. Aparece en estas páginas un pensador con simpatías socialistas, una imagen desconcertante para quienes lo han reducido a un mero intelectual conservador. Sus críticas a la reacción gubernamental ante el movimiento estudiantil y sus cuestionamientos al culto presidencial ponen en entredicho aquella supuesta pertenencia acrítica al sistema.

Es posible establecer un fecundo periodo en la vida de Paz, entre dos hechos históricos de repercusión mundial: la restauración de la democracia española de 1977 y la caída del Muro de Berlín en 1989. Entre esos años, Paz consolidó su presencia como intelectual público: aparecía en televisión, escribía en los periódicos, fortaleció Vuelta –la revista que fundó tras el golpe a Excélsior– y, con el tiempo, El laberinto de la soledad se había convertido en una lectura obligatoria en las escuelas. No es asunto menor que al inicio de la década de los noventa recibiera el Nobel de Literatura, un premio que parecía culminar el “camino de respetabilidad” que había emprendido. Los últimos dos decenios de su vida significaron su consagración. Sin embargo, Paz no cejó en sus preocupaciones políticas. En los días finales de este “vidente” –como lo llamó Max Aub– “había un equilibrio siempre precario entre el pundonor y la tenacidad y la cuota penosísima entre el sufrimiento y el dolor físico que, a veces, aliviaba con la lectura de poesía”. Domínguez Michael nos ofrece al último Paz, que es el que más conocemos: un hombre establecido como el más poderoso del medio cultural mexicano. Y lo presenta, hasta donde le es posible, con sus defectos y virtudes.

Hay que leer esta biografía no solo como un retrato de lo que Domínguez Michael piensa “de Paz, de su tiempo, de sus libros” –según él mismo lo anuncia– sino más bien como un producto del amor. “A Octavio Paz, como dijo uno de nosotros, a Octavio, lo amábamos”, reconoce en la última línea de su libro. No hay que perder de vista algo que Domínguez Michael aclara desde un inicio: su reelaboración de la vida de Paz está basada en lo que el poeta dijo sobre sí mismo y, por supuesto, todavía faltan muchos vacíos biográficos por llenar. Es por eso, también, que seguiremos hablando de Octavio Paz. La imagen con la que me quedo del poeta es la de aquel que, siendo fiel a lo que enuncia en “Decir, hacer”, se deslizaba “entre el sí y el no”, porque, a más de veinte años de su muerte, sigue haciéndonos pensar y sentir que, cuando sus ojos se cierran, las palabras se abren. ~


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