Goebbels no lo sabía | Letras Libres
artículo no publicado

Goebbels no lo sabía

Florent Brayard

Auschwitz: Investigación sobre un complot nazi

Traducción de Javier García Soberón

Barcelona, Arpa, 2019, 575 pp.

El Holocausto y la denominada “solución final de la cuestión judía” han dado lugar a innumerables libros y artículos. Son miles y miles de páginas que nadie puede leer en su totalidad. La bibliografía, en todas las lenguas, es inmensa: desde monografías locales, regionales o nacionales hasta recopilaciones de documentos, sin olvidar biografías, memorias, síntesis o visiones generales. Una atención excepcional, a fin de cuentas, para una excepcional temática, conformada por unos hechos y procesos que han marcado profundamente el siglo XX. Resulta de un cierto interés preguntarse si todavía puede descubrirse y contarse algo nuevo sobre la “solución final”. No es descartable, evidentemente, la aparición de documentación inédita. Una lectura atenta y distinta de la ya conocida puede ofrecernos, asimismo, nuevas vías de conocimiento y comprensión del fenómeno. Es bien sabido que lo más decisivo, en el trabajo del historiador, no es necesariamente el documento en sí, sino la capacidad de formular buenas preguntas. Florent Brayard, uno de los grandes especialistas actuales sobre la política nazi de persecución y de exterminio de los judíos, lo hace en Auschwitz: Investigación sobre un complot nazi, una obra originalmente publicada en francés en 2012 y que Arpa ha dado a la luz, en traducción española, a principios de 2019.

Brayard revisa en este libro cronologías, lugares comunes y visiones más o menos fijadas sobre la “solución final”. Algunas ideas extendidas tras los juicios de Núremberg, asegura, necesitan una seria revisión, como la que imagina que Hitler decidió exterminar a los judíos desde muy pronto, leyendo todo el proceso como una lógica continuidad. Esta, no obstante, no tenía nada de evidente en la época. No existió una perspectiva genocida asentada desde 1939. También la conferencia de Wannsee, en enero de 1942, interpretada como el momento preciso del radical giro en la política antijudía y el paso al asesinato sistemático e industrial, es objeto de reconsideración. Pensar Wannsee como la antesala de Auschwitz resulta anacrónico. Confundir la deseada extinción futura del pueblo judío con el exterminio induce a una mala lectura de la realidad. El autor propone retrasar algunos meses el paso al asesinato indiscriminado que simboliza el campo que da nombre al título del libro. Auschwitz constituye la configuración última de la política judía, la del asesinato total, que se puso en marcha no antes de la primavera de 1942. Para sus propósitos, el autor nos propone una auténtica investigación, no un estudio. Toma prestados algunos de los métodos de la microhistoria, que concreta en un particular y original paradigma Settis-Ginzburg –el historiador del arte Salvatore Settis y el historiador Carlo Ginzburg, con su Indagini su Piero–, que se articula en torno a las reglas de exhaustividad, coherencia y principio de moderación. El resultado es una obra original, meticulosa, apasionante y altamente sugestiva.

El punto de partida de la investigación es el diario del ministro nazi y confidente de Adolf Hitler Joseph Goebbels. Un total de 42.000 páginas entre 1923 y 1945. Feroz antisemita, deseoso de la muerte de los judíos, Goebbels ignoró durante meses, desde la primavera de 1942, que los judíos del oeste estaban corriendo la misma suerte que los del este en las cámaras de gas. ¿Cuándo lo supo? Según Brayard, se enteró de ello en la conferencia de Posen, en octubre de 1943, con ocasión del discurso de Himmler ante altos responsables del partido nazi. Allí, este dirigente explicó por vez primera lo que en realidad había sido la llamada “solución final”. Solamente entonces comprendió Goebbels que esta –casi terminada en aquel momento– constituía un asesinato sistemático de todos los judíos, tanto los del este como los del oeste. Fue una sorpresa. Esta ignorancia lleva al autor del libro a preguntarse acerca de la difusión de las informaciones sobre el genocidio en Alemania, en especial entre las altas instancias del poder. ¿Era Goebbels una excepción? No. El círculo de conocedores del secreto, sostiene Brayard, era mucho más restringido de lo que se piensa habitualmente. Hitler y Himmler tenían sus motivos y una clara conciencia de la radicalidad de la medida. El uso del término “complot” se justifica de pleno, por tanto, para esos meses de 1942 y 1943. Ello topa, sin embargo, con algunas de las ideas asentadas después de Núremberg: mientras que a la población alemana se le había ocultado la ejecución de la política criminal contra los judíos, las altas jerarquías del régimen lo supieron muy rápidamente y las administraciones civil y militar competentes habían participado en ella con todo conocimiento de causa. Estos esquemas de análisis deben ser replanteados a fondo.

La profunda investigación de Brayard revisa seriamente tres puntos. Ante todo, la cronología de la “solución final”, en la que se desplaza un trimestre la decisión de matar a todos los judíos, alemanes inclusive. En Wannsee, esto no estaba aún previsto. Heydrich pensaba entonces en una deportación al este dentro de un programa de extinción, no a corto plazo, del pueblo judío, que coincidía con la famosa “profecía” hitleriana. El segundo elemento reconsiderado es la necesidad de no confundir extinción con exterminio, dejar morir –en Madagascar o en una urss conquistada– con matar, deportación con asesinato. Asegura el autor que “el sentido genocida que damos habitualmente a ‘exterminio’, a ‘aniquilar’, es un sentido reciente que surgió durante la guerra y se consolidó tras la derrota alemana”. El consenso sobre la voluntad de extinguir al pueblo judío resultaba compatible con el mantenimiento de un límite transgresor en la sociedad alemana nazificada, con respecto, por ejemplo, a los judíos alemanes. Este es el límite que se traspasa en la primavera de 1942 y que, en consecuencia, conduce a su ocultación.

El tercero de los puntos se refiere a las diferencias entre los judíos del este y los occidentales. No era lo mismo asesinar a los Ostjuden –de hecho, dos terceras partes de las víctimas del genocidio– que a los judíos alemanes y de los países aliados de Alemania. No solamente era diferente, sino transgresor. La eliminación de los primeros era bien conocida por las élites nazis y parte de los alemanes y, asimismo, ampliamente aceptada. Pero la de los judíos alemanes y de Europa occidental, cuya proximidad con los miembros de sus propias sociedades era evidente, planteaba, aunque fueran una minoría de las víctimas totales, otra problemática. Quizá ahora nos cueste ver los matices, puesto que existe una visión del Holocausto como conjunto, pero en la época la diferencia era sustancial. Escribe Brayard, en este sentido: “El asesinato de los judíos occidentales se decidió más tarde y fue objeto de procedimientos específicos, y justamente para ocultarlo se llevó a cabo un secreto reforzado, superlativo, que asimilo por ello a un complot.” El asesinato rápido e indiscriminado de los judíos de Europa a través del aparato policial, unido por el secreto, no fue comunicado por Hitler, Himmler y otros altos responsables a buena parte del aparato del Estado. El asesinato sistemático de los judíos europeos fue concebido, concluye Brayard, en el mayor secreto posible. En Posen, abandonado el secretismo, Himmler reveló el contenido último de la “solución final”. Allí lo descubrió Goebbels y lo fijó con celeridad en su diario. Ahora ya lo sabía. Y, como el lector puede fácilmente imaginar, no le pareció nada mal. ~


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