George Meredith: el fin del amor moderno | Letras Libres
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George Meredith: el fin del amor moderno

Aunque fue un novelista de segunda, triunfó como poeta gracias a Modern love, un libro que escandalizó a la sociedad de su época no por su tema adúltero sino por la crudeza con la que Meredith describió el amor perdido.

De los escritores sorprendentemente eclipsados destacan los casos de Anatole France y Ernest Hemingway. Y antes de ellos, el de Torquato Tasso, que llegó a compartir los altares con Dante y Shakespeare. Con respecto al autor de Jerusalén liberada (1580), su desaparición del canon tiene una explicación acaso más sencilla. Aparecido a principios de la Edad Moderna y fiel a una doble ortodoxia –la aristotélica y la católica–, el canto de Tasso se convirtió con rapidez en un anacronismo, aunque la locura en la que su autor terminó sus días alimentase a Goethe y a Byron, cuando el medievalismo se volvió un culto intelectual.

France está en la Pléiade, el panteón de la edición francesa. En su caso, es un monumento poco visitado y, aunque tiene sus escasos admiradores, solo deben ser algunos pocos más que los de Hemingway, cuyo suicidio el 2 de julio de 1961 ocupó la primera plana de casi todos los periódicos del mundo. A pesar de que sobrevivió a la Gran Guerra y murió cercano al recién fundado Partido Comunista francés, Anatole France era demasiado representativo del espíritu progresista de la Bella Época, arrasado a sangre y fuego. Hemingway, en cambio, se representó a sí mismo con franca megalomanía: pasados los años, el personaje fue perdiendo –a merced de la impiedad de los biógrafos y de las confidencias de su familia– su atractivo, pleno en mentiras, patrañas y leyendas forjadas por la publicidad, ya plenamente cinematográfica, del suicida de Idaho. También André Malraux fue un mitómano; sin embargo, en su calidad no solo de escritor sino de hombre de Estado, esa Francia, tan cuidadosa de sus clercs, lo ha protegido, aunque el número de quienes lo increpan tiende a aumentar.

Ni France ni Hemingway fueron malos escritores y leerlos sigue siendo de provecho por sustanciosas razones pero es incuestionable que su antigua popularidad algo dice sobre los caprichos de la Diosa Fortuna y su desdén por el filosofismo epicúreo –no en balde France fue el primer escritor acusado de “escribir en pantuflas”– y, en el extremo opuesto, el dudoso prestigio de Hemingway como héroe antifascista (se duda no de su antifascismo, sino de una heroicidad elucubrada en la barra del liberado Hotel Lutetia) y como macho cazador de leones es poco apreciado en el siglo XXI.

No tan importantes como ellos fueron el novelista británico George Meredith (1828-1909) y, con él, su fama, tomando en cuenta que las generaciones victorianas (Anthony Trollope, William Thackeray, George Eliot, Thomas Hardy, etc.) habrían de rendirse ante ese semidiós que fue Charles Dickens (a quien quiera bronca con él le recomiendo batirse con G. K. Chesterton)

G. K. Chesterton, Charles Dickens, traducción de Emilio Gómez Orbaneja, Valencia, Pre-Textos, 1995.
 

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 Pero nunca ha dejado de sorprenderme el inmenso crédito, incluso filosófico, que Meredith gozó sobre todo entre la élite crítica francesa reunida en torno a la Nouvelle Revue Française (NRF) y, ahora que lo he leído un poco, mi desconcierto no ha cesado.

Meredith fue uno de los progresistas más consecuentes de la época victoriana. Famoso por un feminismo que actualmente solo sería visto como condescendencia, también se batió por Darwin e incluso (al igual que Hardy, tan distinto a él)

A Hardy le interesaba la selección natural y a Meredith la evolución del hombre. Acaso por ello uno prefería la tragedia y el otro la comedia.
 

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 quiso aplicar, en sus novelas, una versión en extremo optimista del darwinismo, elogiando a los más aptos sin pretender el exterminio de los débiles. Fue más o menos pacifista, en una de las épocas menos belicosas de la historia, aunque, colonialista, no dejó de festejar las hazañas bélicas de los británicos en el Punjab, cuya rebelión en el medio siglo condenó. Lo indignó, sobre todo, la guerra franco-prusiana de 1870-1871 y festejó a la República francesa nacida de sus cenizas.

Apoyó todas las causas liberales, sobre todo la que extendía el número de votantes, y fue amigo de las minorías sojuzgadas: la galesa (donde tenía ancestros), la judía y la católica. Tal parece que solo le tenía inquina a los escoceses. Novelas suyas como Las tribulaciones de Richard Feverel (su primer libro importante aparecido en 1859)

George Meredith, Las tribulaciones de Richard Feverel, traducción de Claudia Casanova, Barcelona, Ático de los Libros, 2018.
 

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 son un alegato en contra del matrimonio burgués y de aquellos padres –como el de su amigo John Stuart Mill– que diseñaban para sus hijos sistemas dizque providenciales para convertirlos en grandes hombres. Esas empresas estaban destinadas al fracaso y hasta a la tragedia, por basarse en el desarrollo metódico de alegorías protestantes como las de John Bunyan, que el barón Austin Feverel reescribió para arruinarle la vida a su hijo, aunque desde luego desease lo contrario y fuera no un malvado, sino un terco. Agnóstico, Meredith no fue tampoco un hombre de su siglo fanático de la ciencia, sino un autor bonachón que hubiera agradecido el suave apellido de libertario. Eso sí, cuando le pidieron que defendiera a un Oscar Wilde convicto de sodomía y conducta indecente, Meredith retrocedió, aprobando su escarnio.

Mervyn Jones, The amazing victorian. A life of George Meredith, Londres, Constable, 1999, p. 223.
 

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Al igual que France y Hemingway, Meredith fue, se diría en el siglo pasado y aún hoy, un hombre de izquierda. Su caída –es una hipótesis– tiene que ver con el destino de quienes avalan el Progreso. Es un hecho que la humanidad progresa –al menos en el sentido que entendía la opinión pública del siglo xix– y quienes impulsan ese derrotero, al ver cumplidas sus visiones, pasan de profetas a habitantes del lugar común. En cambio, el escritor reaccionario, fascinado por la Caída, disfruta de su inmovilidad porque quienes creen que el Mal siempre triunfa, nunca reciben la contradicción de los hechos. Quienes van aún más lejos –Montaigne y Voltaire por ejemplo– nunca pasarán de moda mientras el dogma por el que se batieron –el cuerpo del hombre es inviolable– no tenga aplicación universal y eterna. Espíritus menos ambiciosos, como el de Meredith, no pueden aventurarse a tanto. Suyo es –siempre y cuando no les preguntemos a los franceses– el purgatorio burgués del siglo antepasado.

En contra de Meredith también conspira la comedia. Él creía ser –aunque extrañamente no incurrió en el teatro, la tentación casi siempre fallida de los novelistas de su tiempo– un autor cómico y escribió Ensayo sobre la comedia y los usos del espíritu cómico (1877), donde compara a Aristófanes, Molière y Congrave para concluir, razonablemente, que la comedia es (o debe ser) el género por antonomasia de las sociedades libres. Pero lo que sus novelas tienen de cómicas es idiosincrático, se va con el tiempo y hasta en Dickens (que me perdone Chesterton) lo que a sus lectores les parecía cómico a nosotros a veces nos parece tierno, lastimoso o cursi. Su grandeza, la del autor de la Historia de dos ciudades, está en haber sobrevivido, justamente, al gusto de su época.

La comedia de enredos que Meredith desarrolla en Las tribulaciones de Richard Feverel o en El egoísta (1879) –su obra cumbre– es novelísticamente torpe y estereotipada, como lo señaló Henry James, uno de sus principales detractores. Solo Virginia Woolf, entre quienes hoy día respetamos, alabó a Meredith como novelista, pero se trataba de uno de los mejores amigos de su padre, don Leslie Stephen, quien lo recibía, en familia, como a un tío. Su progresismo y su humor debieron ser un entrañable recuerdo para Virginia.

Virginia Woolf, “Memories of Meredith”, en Essays, III, 1919-1924, edición de Andrew McNeillie, Nueva York, Harcourt Brace Jovanovich, 1987, pp. 137-138. Siempre que puede Virginia Woolf habla con entusiasmo de Meredith.

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Meredith pasó a segundo plano porque no fue un gran novelista, tal cual lo explicó, no sin contundencia, V. S. Pritchett.

 V. S. Pritchett, “Meredith” (1953) en Complete collected essays, Nueva York, Random House, 1991, pp. 517-526.

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 Se creía filósofo y carecía de sinceridad. No fue sino un retórico sentimental extraordinariamente bien dotado –no hubo inglés más cosmopolita que él, educado en Alemania, cuya lengua dominaba a la perfección, lo mismo que el francés–, pero triunfó, según Pritchett, como poeta, gracias a Modern love (1862), “la mejor secuencia de sonetos” de la lengua inglesa, que el gran crítico comparó con A puerta cerrada, de Sartre, en una época –1953– en que se tenía al existencialista como el culmen de Occidente, incluso en la isla.

Ibid., p. 525.

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El poema, que también puede ser leído como una novela en verso, narra, desde el punto de vista del marido y en cincuenta sonetos de dieciséis líneas, la muerte del matrimonio burgués. Como lo serán después, derivativamente, Las tribulaciones de Richard Feverel, el poema narra la gran desgracia en la vida de Meredith. Casado en 1849 con Mary Ellen Peacock Nicolls, la hija del excéntrico escritor Thomas Love Peacock, esta lo abandonó poco tiempo después por el pintor Henry Wallis, autor de La muerte de Thomas Chatterton, ícono romántico.

A la muerte de Mary, Meredith escribió el poema, que escandalizó a la sociedad no por su manido tema adúltero sino por la crudeza en la expresión del desolado narrador, mayor que la que usó Gustave Flaubert para seguir la desgracia de Emma en Madame Bovary (1857). Que Pritchett, hace setenta años, haya citado la encerrona sartreana de A puerta cerrada tiene sentido pues la literatura inglesa tenía que esperar a un Harold Pinter para concentrar en una escena la mutua autodestrucción de dos amantes en un clima de confusión, en efecto, “moderno” de recuerdos falsos y verdaderos (el marido también había sido infiel), fantasías destructivas y descripciones de dolor físico y emocional nunca antes publicadas.

George Meredith, Modern love and poems of the English roadside, with poems and ballads, edición de Rebecca N. Mitchell y Criscillia Benford, Nueva York, Yale University Press, 2013.
 

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 Modern love culmina, como Madame Bovary y Las tribulaciones de Richard Feverel, con el suicidio de la protagonista, destruida por la misoginia de su esposo.

Más allá de la polémica métrica –hay quien dice que los sonetos formados por cuatro cuartetos que riman abba no solo son oscuros sino falsos sonetos–, para el lector contemporáneo son de un romanticismo gemebundo y ampuloso que si acaso anuncia la mutación del alma romántica en decadentista, compartida con mayor radicalismo por un buen amigo de Meredith, A. C. Swinburne (1837-1909). A ambos, como era previsible, les fue negada la sepultura en el rincón de los poetas de la Abadía de Westminster.

Solo apuntando que los lectores victorianos de poesía estaban acostumbrados a los eufemismos de lord Alfred Tennyson –como nos lo recuerda Mervyn Jones, el biógrafo de Meredith–

Mervyn Jones, The amazing Victorian. A life of George Meredith, Londres, Constable, 1999, p. 94.
 

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 puede comprenderse el escándalo que causó Modern love. Pese a ello, Pritchett considera que Meredith y Hardy fueron poetas encerrados en el corsé de la novela. Difiero, con toda modestia. Hardy fue más grande que Meredith como novelista y como poeta e incluso sus novelas, tan monocordes las suyas a veces como tragicómicas se pretendían las de Meredith, serán postergadas por sus versos, algunos de ellos con escenas que parecen provenir de la Magna Grecia. Pagano fue Hardy y no Meredith, contra lo que dice Pritchett,

Pritchett, op. cit., p. 525.
 

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 quien solo fue un descreído y un reformador, como lo prueba el atrevimiento de Modern love: hundirse en el dolor verdadero y no idealizado de una ruptura amorosa. Ambos, finalmente, son de los pocos escritores que han pasado a la historia literaria tanto por sus novelas como por su poesía, lo cual es inusual y una de las características poco estudiadas (al menos por mí) de la literatura victoriana. 

Queda el misterio francés. Que Albert Thibaudet (1874-1936) destacase el carácter circense de Meredith y lo relacionara, como humorista, al solemne Mallarmé,

Albert Thibaudet, “Le masque de Shakespeare” (1919) en Réflexions sur la littérature, edición de Antoine Compagnon, París, Gallimard, 2007, p. 316.

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 o que Ramon Fernandez (1894-1944) considerara al Espíritu Cómico del novelista inglés una afirmación de su propio élan vital, expresa o que los críticos de la NRF estaban viendo “moros con tranchetes” o que nosotros, yo mismo, no hemos sabido leerlo.

Ramon Fernandez, “Le message de Meredith” en Messages (1926), París, Grasset, 1981.

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 Se me ocurre –es solo otra hipótesis– que en su reacción contra el positivismo decimonónico y las beatíficas religiones de la humanidad, hallaban en Meredith a un aliado insospechado, alguien que desde la comedia y a través del optimismo –que según Fernandez se nutría de las mismas raíces que su pesimismo sobre el destino de lo humano– los acompañaba en su misión. Meredith, según la NRF, quedó en una extravagante creatura de Henri Bergson, surtidor de esa energía que, llamada a sepultar el romanticismo, teñiría al siglo de sangre.

En “Le message de Meredith”, aparecido en Messages (1926), Fernandez no solo afirma que la poesía le ha dado todas sus virtudes al novelista, sino que lo prefiere –a Meredith– como conocedor del alma humana sobre Freud, a quien enlista entre los decadentes como una suerte de Doctor Insólito del mal del siglo, ese romanticismo en degeneración cuya cura el crítico francés de origen mexicano encontraría en la colaboración con los nazis. Jamás se hubiera imaginado Meredith que su “tragedia optimista” cayese en manos de un regenerador. Pero darwinistas fueron unos y darwinistas también los otros.

 Michael Ruse, Darwinism as religion. What literature tells us about evolution, Nueva York, Oxford University Press, 2017, pp. 170 y 220.

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Para Fernandez –me apresuro a concluir– el amor moderno era el amor romántico y este había concluido con George Meredith, quien decía que “hay veces que la música no tiene encanto, cuando se utiliza como base del polvo imperial del César”.

Meredith, Las tribulaciones de Richard Feverel, p. 264.
 

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 Conjeturo que solo quedaba, en todo su salvajismo, el desamor. ~

 


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