Fusiones y confusiones | Letras Libres
artículo no publicado
Ilustración: Hugo Alejandro González

Fusiones y confusiones

Un catálogo editorial es más que un conjunto de libros; debería conformar una identidad reconocible para autores y lectores. El valioso patrimonio del FCE está en peligro si se decide fusionarlo con otras dependencias.

Se habla de fusionar el Fondo de Cultura Económica, la Dirección General de Publicaciones de la Secretaría de Cultura y la cadena de librerías Educal, S. A. de C. V. Las tres se ocupan de libros, pero de modos operativos muy distintos. Afortunadamente, no se habla de fusionar también la Dirección General de Bibliotecas de la misma secretaría, que también se ocupa de libros.

En el mundo empresarial, las fusiones han sido una forma fácil de construir gigantismos y aumentar el poder de los altos ejecutivos. Muchas fusiones resultan contraproducentes y los conglomerados acaban soltando empresas adquiridas, porque no es fácil uniformar contabilidades, sistemas de producción, canales de venta, proveedores, tecnologías, sindicatos. Más de una vez ha sucedido que una empresa mediana y próspera deja de serlo cuando se vuelve parte de un conglomerado y que, al soltarla después de arruinarla, no recobre su antigua prosperidad.

La moda llegó al mundo editorial y las consecuencias fueron peores. El patrimonio invisible de una buena editorial es su fisonomía. Un catálogo editorial de perfil distintivo atrae más que un catálogo amorfo. Su conjunto de títulos publicados integra una constelación de figura reconocible y llama la atención de lectores y autores. Además, facilita muchas cosas en el diseño, la producción y la administración; como es obvio en el caso de una buena colección; por ejemplo: los antiguos Breviarios del Fondo de Cultura Económica. Una buena editorial o colección que pierde su fisonomía se vuelve menos atractiva, vale menos.

Las fusiones editoriales tienen problemas prácticos mayúsculos: cambiarse o no a otro lugar de trabajo, celebrar nuevos contratos autorales y laborales, despedir personal o retenerlo y mezclarlo bajo nuevos jefes, cambiar de imprentas y encuadernadores. Pero, sobre todo, integrar catálogos.

Para amortiguar este último problema, se han inventado los “sellos” dentro del catálogo global. La editorial adquirida se vuelve un sello del grupo, para conservar su identidad o, al menos, su nombre. Pero la fisonomía se va desdibujando y el atractivo para los lectores y autores se esfuma. La editorial Joaquín Mortiz fue central para la nueva literatura mexicana. Cuando la historia literaria reconozca a los editores creadores, Joaquín Díez-Canedo será celebrado con justa razón. Pero, ¿qué se hizo su legado cuando se redujo a sello del Grupo Planeta? Una reliquia, de la cual se conservan los títulos más vendidos, pero no su papel central.

Algo peor sucedería con el Fondo de Cultura Económica integrado al catálogo de la Secretaría de Cultura. El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (su antecesor) no reeditaba: nunca tuvo interés en desarrollar un fondo editorial permanente; ni posibilidades de hacerlo, porque en el sexenio siguiente vendrían otros a empezar de cero. Fusionar un catálogo de fisonomía definida con un paquete sexenal amorfo daría como resultado un paquete amorfo más grande, de corta vida y destino incierto. El patrimonio invisible del Fondo desaparecería.

Lo importante en la cultura lo han hecho personas con vocación, talento y oficio. Personas que no subieron burocráticamente; que, en el mismo puesto y con el mismo título o con ninguno, produjeron cada vez mejor, en ciclos creadores de diez, veinte o treinta años. Por el contrario, mejorar burocráticamente es ante todo recibir un puesto como un peldaño para subir a otro. En la burocracia, quedarse a hacer las cosas bien es anquilosarse, vegetar, exponerse a ser barrido como el odioso detentador de un feudo.

El Fondo de Cultura Económica fue creado por Daniel Cosío Villegas y Arnaldo Orfila Reynal a lo largo de cinco sexenios (1934-1965). Cuando empezaba el sexto, el presidente Gustavo Díaz Ordaz le dio un golpe mortal: el despido arbitrario de Orfila por haber publicado Los hijos de Sánchez de Oscar Lewis, que supuestamente denigraba a México. Logró recuperarse, gracias a buenos directores que, desgraciadamente, estuvieron de paso, porque el puesto se volvió sexenal y sujeto al capricho del presidente en turno.

El Fondo ha sido una institución muy querida, dentro y fuera de la institución y del país. Quizá por eso ha sobrevivido a los malos tratos presidenciales. El más reciente (del presidente electo) fue despectivo: no dignarse a anunciar el nombramiento del próximo director. Acabó siendo este el que proclamó que lo aceptaba, como haciendo un favor, aunque, según él mismo, carece de experiencia para desempeñarlo. En declaraciones anteriores había manifestado aspiraciones más ambiciosas: ser el secretario de Cultura. Quizá para consolarse, habló de tomar también el control de Educal y las publicaciones de Cultura.

Ni Andrés Manuel López Obrador ni Paco Ignacio Taibo II sabían que la Ley Federal de las Entidades Paraestatales exige que en el Fondo, como en todas las paraestatales, el director general debe “ser ciudadano mexicano por nacimiento”. Taibo no nació en México. Nombrarlo sería un atropello legal, fácilmente impugnable.

Ojalá que el Fondo quede en manos mejores, con vocación y experiencia editorial. No merece el desprecio de ser dado como premio de consolación. ~


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