Funko Town | Letras Libres
artículo no publicado

Funko Town

En 1963, el cada vez más visionario y anticipador de nuestro presente Philip K. Dick publicó uno de sus mejores cuentos: “Los días de Perky Pat”. Allí, los sobrevivientes de una guerra mundial termonuclear habitan en búnkeres californianos alimentándose de lo que les envían desde las colonias de Marte y matando el tiempo para no matarse jugando con unos muñequitos marca Perky Pat que les permiten evocar cómo eran las cosas antes de que todo volara por el aire radioactivo. Los adultos que conocieron un “mundo mejor” son adictos y enganchados al juego, mientras que sus hijos los observan con una mezcla de pena y desprecio. Dick llevó la cuestión aún más lejos dos años después en una de sus mejores novelas –Los tres estigmas de Palmer Eldritch– donde los Perky Pat se combinan con la ingestión de una droga ilegal, Can-D, que permite a los viajeros espaciales hacer menos tediosa la travesía y trasplantar sus conciencias a los muñequitos para así acabar creando una especie de culto pseudorreligioso en el que se han difuminado las fronteras entre juguete y jugador. La ética y estética de la serie Black mirror; la reciente noticia verdadera de que se ha denunciado una línea de ositos de peluche que grababan a niños y padres para destilar un codiciable y codicioso logaritmo de gustos y apetencias a partir de lo registrado; así como Kentukis, la reciente novela de Samanta Schweblin, no han hecho otra cosa que seguir el camino hacia la Tierra Comprometida que –tal vez de manera muy consciente– Dick no llegó a ver ni a vivir porque ya la veía y vivía dentro de su mente. Y habiéndolo visto todo optó por cerrar los ojos en 1982, en el momento exacto en que nuestro planeta comenzaba a parecerse al suyo.

Pensaba en todo esto días atrás, cuando iba rumbo al llamado Triángulo Friqui de Barcelona (un mapa creciente de tiendas de coleccionismo y “vicio y subcultura”) para ver si habían llegado nuevos modelos de Funko Pop. Mi hijo y yo llevamos ya demasiado tiempo buscando el Georgie Denbrough de It de Stephen King. No el Georgie sosteniendo un barquito de papel (fácil de conseguir en todas partes), sino el Georgie con su bracito recién cortado a mordiscos por el siniestro payaso Pennywise (del que hay, también, varios modelos; nunca hemos encontrado el que tiene el pelo sobre su rostro).

Me explico: la Funko es una compañía casi doméstica fundada en 1998, vendida a un gran capitalista en 2005 y que ofrece otros varios productos, pero que, desde 2011, ha encontrado un verdadero filón con estos muñequitos. Y estos se venden bajo el incontestable lema de “Todos son fans de algo”. Y, así, lo que hace la Funko aquí es nutrirse aléphica y tlönísticamente de toda franchise o fenómeno pop –Marvel y dc, Twin Peaks y Stranger things, Los Simpson y la Disney y todo lo que se puedan imaginar llegando también a héroes del rock y de los deportes y, por supuesto, a los Padres Mayores que son Chucky y Annabelle– y, sí, funkizarlo. En pequeñas efigies que siguen los dictados del caricaturismo clásico (la cabeza más grande que el cuerpo), pero reduciendo toda particularidad a una síntesis funkoide universal. Así, el método es tan sencillo como inquietante: hacer que todo el mundo quepa y se vea obligado a entrar dentro de los parámetros del Mondo Funko. Con esos ojos redondos, tan funko, y como los de los consumidores en serie de píldoras de colores que te lentifican o aceleran.

Y, sí, los Funko Pop son bonitos de mirar, agradables de sostener, graciosos de comentar y dotados de un humor muy negro (abundan los detalles sangrientos y escatológicos, como puede comprobarse en su versión de Carrie o de la niña de El exorcista) y están hechos de ese material del deseo milenarista que es el vinilo. Y –detalle más que importante– son muy económicos, a diferencia de otras modas de lo coleccionable. (Aunque, perversamente, la Funko lance modelos especiales o exclusivos de convenciones como la Comic-Con o de ciertas tiendas como Target, y retire otros de circulación –vaulted, es el lovecraftiano término que utilizan y, sí, hay un Funko Pop de Cthulhu– para que el valor aumente en ocasiones hasta alcanzar precios preocupantes; y, atención, los vendedores locales de los Funko Pop me confían que, no importa mucho lo que pidan, nunca están del todo seguros en cuanto a lo que les enviará la compañía.)

Y los Funko son, por encima de todo, sí, muy adictivos. Tienes uno y quieres otro (yo tengo el Fredo de El padrino, una muy bonita Laura Palmer envuelta en plástico y el esquelético y traicionero Emilio de La Cruz de Coco, tan parecido a esos dibujos de José Guadalupe Posada que me fascinan desde mi infancia; mi hijo tiene muchos más con una especial dedicación a los de Rick y Morty, dibujo animado cuyas tramas psicotrónicas habrían hecho las delicias del ya varias veces aquí mencionado Dick). Y desde el site de la Funko se potencia aún más el síntoma con el uso del Randomizer: una aplicación que te permite construir virtualmente y online un Funko Pop a tu gusto y medida mezclando partes de otros Funko Pop (que, detalle importante, son de una pieza e imposibles de desmontar); y así ya andan circulando por ahí imágenes muy logradas de Funko Pops de Bob Dylan (quien no habrá dado autorización, pero ya la dará) y hasta uno de Mariano Rajoy sosteniendo en su manito un sobre con la letra B.

Más allá de lo novedoso, lo interesante aquí es lo que nunca pasa: porque –de manera apenas subliminal– lo que los Funko Pop proponen y hasta dictaminan es volver a reflexionar acerca de qué es lo que, en verdad, resulta digno de ser recordado y lo que se desea inolvidable. La respuesta parece ser cada vez más cosas, pero ser cada vez menos tiempo guardadas en la memoria.

No hace mucho pasé por un negocio que ofrecía muñequizarte a escala a partir de una foto que le llevases. En el escaparate se ofrecían varios ejemplos de la maniobra y lo cierto es que no me parecieron muy logrados. La tienda ya no está allí pero algo me dice que falta menos –falta muy poco– para que la Funko te ofrezca ser uno de ellos.

Mientras tanto y hasta entonces queda seguir coleccionando –ese impulso del que hay registros ya en el Antiguo Egipto y que te puede convertir, según los psicólogos y sociólogos, en alguien felizmente disciplinado o insatisfechamente obsesivo– y allá vamos y aquí estamos.

Y no: no hemos encontrado el Georgie des/brazado; pero mi hijo me señala, lanzando una carcajada cruel, el Funko Pop del peor mejor arquero, David de Gea. Solo y en un rincón. Tan lejos del Batman fosforescente y del de las mellizas Grady de El resplandor en carísima versión Chase (no vivas y rozagantes sino de un gris cadáver y recién asesinadas por su Papi) y del de Kurt Cobain. Ahora, seguro, nadie lo quiere a De Gea. Pero de aquí a unos años tal vez valga mucho.

Mientras tanto y hasta entonces, en marzo de este año, la Funko Pop anunció el lanzamiento de una marca propia de cereales cuyas cajas incluirán pequeños muñequitos coleccionables. Es decir: los Funko Pop, de algún modo, serán ya parte de nuestra alimentación diaria, vamos a masticarlos y a digerirlos y a volverlos parte de nuestros cuerpos.

Y ya saben cómo sigue.

Y, si no lo saben, sepan que Philip K. Dick siempre lo supo. ~


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