Ficción | Letras Libres
artículo no publicado

Ficción

No quise abrir la puerta

ni que se abriera para mí:

me bastó el ojo de la cerradura

para pasar al otro lado

y ver la casa donde el tiempo

era un zumbido en la cocina

y nosotros oíamos, al fondo,

la obstinación del mar,

el crujir obediente de la arena

–y luego por las noches

cómo la curva de las luces

que llevaban al faro

se retorcía en forma de pregunta

para que respondieras: nadie, nada,

me despierto con miedo

y el miedo me mantiene alerta,

por qué esta angustia

que insiste en los pasillos...

Tal vez nos queríamos suavemente,

sin decirnos gran cosa,

y en el salón nos rodeaban fotos

de una vida ficticia

que recordábamos por turnos

y jamás en el mismo orden,

hasta que una mañana,

cuando el mundo pedía amanecer,

un harapo humeante del frío

se escurrió por el techo

y dibujó una cruz en esta puerta:

la puerta que no daba a ningún sitio.

Despertamos a cielo abierto,

en mitad de la playa,

y era como si hubiéramos dormido

desde el principio de los tiempos:

entre el chillar de las gaviotas

y el olor a salitre.

No quise abrir la puerta

ni pedir que se abriera

–tras ella escribo, he muerto,

sigo viviendo. ~