Falsa victoria | Letras Libres
artículo no publicado

Falsa victoria

Michael J. Sandel

La tiranía del mérito. ¿Qué ha sido del bien común?

Traducción de Albino Santos Mosquera

Ciudad de México, Debate, 2020, 336 pp.

 

Una estela de grandes personajes puebla el fresco de la historia. Héroes primigenios de guerra, fundadores de ciudades y pueblos, salvadores del honor, profetas, elegidos. Y en nuestro tiempo: astros del deporte que han tocado el cielo con las manos, pioneros insignes de las ciencias y de las artes, héroes de la patria y prohombres de las historias nacionales. Aparentemente, ellos son la historia de la humanidad, no millones de almas condenadas al olvido, eclipsadas por el resplandor de unos pocos.

El fulgor de aquellos astros es capaz de conmovernos hasta las lágrimas, de inspirarnos devoción. En un arranque de apasionamiento, no solo los defendemos, sino que comenzamos a imitarlos, con el afán de merecer nuestra parte de gloria. En esa actitud de superación de la adversidad radica la búsqueda del mérito. “Merecer” presupone retribución, reconocimiento y legítimo derecho a gozar de la victoria. Siempre hay alguien a quien superar, aplastar e incluso humillar.

Preocupado por esta situación desde un punto de vista moral y político, el profesor de Harvard Michael J. Sandel (Mineápolis, 1953) se ha lanzado en su libro más reciente contra la “tiranía del mérito”. Su preocupación central es la erosión del bien común. De hecho, entiende la política como una acción de responsabilidad compartida que no solo involucra a las élites gobernantes. Aunque, en la interpretación de Sandel, han sido los partidos políticos tradicionales los principales autores del desasosiego electoral que prefirió votar por Donald Trump o el Brexit.

La hipótesis de Sandel es que el auge del mérito, instaurado como forma de convivencia con sus propios métodos de reproducción, sobre todo en el sistema educativo, ha dado paso a líderes de corte autoritario, apoyados por un electorado xenófobo y nacionalista. Quienes votan así, lo hacen desde las márgenes de la competencia perpetua por la victoria social y de ingresos. Son electores sin título universitario que guardan un sentimiento de inferioridad, aquejados por diversos males y que ven a las élites meritocráticas con lícito rencor.

En las últimas décadas, un gran número de norteamericanos sin grado universitario ha muerto de causas no naturales, relacionadas con el suicidio y el consumo de drogas y alcohol. Enfermedades, malestares físicos, desórdenes mentales, debilitamiento para trabajar o tener una vida social son algunos de los rasgos que caracterizan a aquellos que no han obtenido un título profesional en Estados Unidos.

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Anne Case y Angus Deaton, Muertes por desesperación y el futuro del capitalismo, Barcelona, Deusto, 2020.

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La presión que ejercen las élites sobre las nuevas generaciones en desigualdad de circunstancias, así como la soberbia con que miran desde arriba, ha generado rencor social, según Sandel. Los efectos son perniciosos para el sentido de comunidad, tanto como para el sufrimiento individual de quien es rechazado en un proceso de admisión universitario.

Gracias al magnífico archivo de discursos presidenciales estadounidenses que ha impulsado la Universidad de California, en Santa Bárbara, así como a Google Books Ngram Viewer, el autor consigna cuatro décadas de discurso meritocrático y falsas promesas de ascenso social. El discurso voluntarista que promete la movilidad social y la gloria del éxito con tan solo desearlo ha chocado fuertemente contra la triste realidad de una sociedad desigual e injusta. Peor aún: las evidencias apuntan a que el mérito tiene más que ver con la riqueza heredada en unas cuantas manos y no como consecuencia de madrugar y perseverar. De manera tal que ascender desde los estratos más bajos hasta la gloria y el éxito, como se entienden hoy, es ya un acto heroico.

La idea del mérito incluso ha absorbido a la de igualdad, porque presupone una supuesta igualdad de origen y, después del éxito, atribuye y exalta la diferencia. Pareciera que más bien persigue los extremos, los casos únicos, incomparables, pero sin aceptarlo abiertamente. Tapa el pudor de su callado deseo con aquella aparente igualdad inicial y, en el acto, niega toda posibilidad de discutir diferencias de origen.

Nadie puede estar en contra del mérito justo ni la recompensa social o económica. Pero el ánimo de victoria individual o grupal ha surtido un efecto más allá de la vida privada. La noción de justicia se ha empobrecido demasiado; debe y puede liberarse de su único ámbito, el de los supuestos ganadores y perdedores. “Perder” una elección o un duelo deportivo no es, precisamente, deshonroso, pero la cultura del mérito nos ha hecho creer que sí, de la misma forma que cuando “se gana” otorga gloria y soberbia para pisotear al contrincante “vencido”. Este teatro desaforado, que consume a los jugadores, actores incapaces de distinguir la ficción, arde en llamas cada vez que el favorito cae en “derrota”. Lo peor de esta actitud es que impide disfrutar el acto, el proceso, el juego, en espera siempre del resultado final.

Como típico estadounidense, Sandel no menciona ningún caso de América Latina, pero su argumento es atendible porque el malestar es general. Hoy México también exhala ese tufo soberbio. En la vida privada, en los deportes, en la cultura, en la política, quien resulta “vencedor” celebra y humilla. Tanto ha arraigado esta forma de convivir que incluso los “perdedores” de ayer, cuando por fin obtienen la victoria, toman venganza y se ensañan desde el pódium del ahora. La noción de lo público no puede ser un certamen ni una subasta; es un proceso de discusión organizada. Buscar la razón –y, eventualmente, encontrarla– es humilde tarea de todos. ~

 


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