artículo no publicado
Fotografía: Manuel Velásquez

Estar junto a los otros: Juchitán frente al temblor

El Comité Autonomista Zapoteca Che Gorio Melendre (o Comité Melendre, como también se le conoce) es una asociación civil fundada en 2004 en Juchitán, Oaxaca. Propone “la transformación positiva de la sociedad zapoteca mediante la realización de actividades encaminadas al desarrollo integral de sus poblaciones”, entre las cuales se encuentran “la preservación, revaloración y divulgación de su cultura e identidad, la participación ciudadana en asuntos de interés colectivo, el uso sustentable de sus recursos naturales y la instauración de sanas condiciones sociales para un desarrollo colectivo pleno.”

Al modo del personaje disidente de quien toma su nombre, el Comité Melendre finca sus objetivos en: estrechar lazos y procurar la unión de los zapotecas; el reconocimiento, preservación y fortalecimiento de la lengua originaria y sus variantes; la reformulación y mejora de la educación; la instrumentación de acciones para el mejoramiento de las condiciones sociales que contribuyan al desarrollo colectivo; la reestructuración y el saneamiento del sistema político-administrativo de la región; la preservación y la buena administración de los recursos naturales, los bienes y el patrimonio artístico y cultural de los pueblos zapotecas, y el establecimiento de un modelo de gestión que siente las bases para la autonomía de la sociedad en un hogar común, Guidxizá (“nación zapoteca”).

Después del terremoto del 7 de septiembre, tanto el Comité Melendre como la Junta Vecinal Guendalisaa, de la que se hablará más adelante, marcaron la pauta de cómo se podía coordinar la ayuda humanitaria en las zonas devastadas por el sismo en el sur del país, un paisaje que amaneció convertido en escombros.

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El primer convoy de ayuda externa llegó a Juchitán veinticuatro horas después de la catástrofe. La noche del 8 de septiembre, recién terminaba la asamblea del barrio Guendalisaa y ya estaban asignadas las tareas de sus integrantes, dispuestos los espacios de trabajo en los claros a resguardo que no se derrumbaron, y listo el método de trabajo en familia y en cadena: vecinos como hormigas bajaban el cargamento de víveres y los colocaban en el patio techado de una casa que todos votaron como un sitio seguro; las mujeres ponían orden, indicaban a los varones dónde dejar cada grupo de cosas: agua, comida, papel higiénico, ropa, granos. Contaban, anotaban, hacían listas. Otro grupo acomodaba bolsas que a la primera hora de la mañana tomarían forma de despensas armadas listas para repartir por las calles. Y era el comienzo.

Así, con ese orden, un mes después y sin pausa, el centro de recepción y distribución del Comité Melendre y la Junta Vecinal Guendalisaa había recibido y distribuido 350 toneladas de ayuda humanitaria en poblaciones del Istmo de Tehuantepec, a las comunidades de origen zapoteco, huave, mixe, zoque, chontal. En ese tiempo, las autoridades municipales continuaban transmitiendo su preocupación televisada, saludando al gobernador, haciendo reuniones con desayuno, café y postre para idear una solución en la cual no se vieran rebasadas. La sociedad se había organizado con mayor eficiencia desde las primeras horas de la tragedia.

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Es necesario remontarnos a los antecedentes del Comité y de la Junta para entender cómo las comunidades afectadas por el sismo han logrado ese nivel de organización. Al Comité Melendre lo componen personas de distinta procedencia y origen, la mayoría del estado de Oaxaca, y de la más diversa formación y quehacer: arquitectos, médicos, historiadores, filósofos, comerciantes, amas de casa, estudiantes, profesores... Asimismo, aunque se rige por el modelo de asamblea, en el que las decisiones no se piramidalizan sino que se consensan, está conformado por una estructura que tiene como órgano rector al consejo directivo (de rotación anual) que se apoya por comisiones que, a su vez, se ramifican en el colectivo de elementos más numerosos mediante una red de voluntarios.

Desde su fundación, el Comité ha impulsado una veintena de proyectos e iniciativas: campaña por la memoria histórica (publicación de trabajos de investigación); el Centro Cultural Herón Ríos (espacio multidisciplinario para talleres dirigidos a la comunidad infantil y adulta, que organiza actividades artísticas varias y comprende una pequeña biblioteca); la revista Guidxizá (publicación literaria para creadores de la región o que tratan asuntos relacionados con el Istmo y su historia) y editorial del mismo nombre (que publica pequeños libros en offset); los ciclos de proyecciones cinematográficas (curadurías temáticas según la temporada o el tópico) denominados “Cine para todos”, que llevan películas a barrios, comunidades, orfanatos y escuelas; el programa de radio Nuestros pueblos, nuestra historia, cuya transmisión se hace en línea y en directo a estaciones comunitarias de varias poblaciones del Istmo y los Valles Centrales de Oaxaca; el canal de YouTube TvMelendre, que produce material documental para la divulgación (documentos, promocionales, reseñas y crítica). Asimismo, resguarda en el acervo sonoro Sonidos de la Nación Zapoteca cerca de medio millar de registros de canciones, sonidos, instrumentos y voces en zapoteco, descargables gratuitamente. Al mismo tiempo, busca, recopila, digitaliza y pone al alcance de la ciudadanía, artículos históricos o de valor documental que hagan referencia a la cultura zapoteca; y registra con entrevistas y fotografías a los abuelos binizaa en el proyecto “Retratos de nuestra historia”. Lo anterior es un caso singular porque todas estas propuestas están soportadas en el formato de blog tradicional y por medio de software libre desde la página www.comitemelendre. blogspot.mx.

Lo más interesante de esta asociación reside en los proyectos de participación social que emprende desde el proyecto de escuela comunitaria Aída López Piza –un centro de enseñanza para la alfabetización y acreditación de nivel primaria y secundaria, en colaboración con el Instituto Estatal de Educación para Adultos (IEEA)– para brindar a la comunidad la oportunidad de estudiar la primaria. Ha sido sobresaliente el proyecto de electrificación comunitaria por medio de la energía solar. Inició con cuatro abuelas que estudiaron con el auspicio del Barefoot College, de la India, quienes residieron en ese país medio año y aprendieron todas las técnicas relacionadas con la instalación y reparación de generadores solares. Después, con ese conocimiento, electrificaron su pueblo, la isla de Cachimbo (en el reducto del Mar Muerto istmeño), e hicieron sustentable el proyecto para multiplicar el esquema en otras comunidades marginadas.

Los índices de violencia e inseguridad, las ejecuciones en aumento, también preocuparon a los integrantes del Comité Melendre y, ante la inoperancia de las autoridades municipales, coordinaron esfuerzos con los vecinos de una decena de cuadras alrededor de las casas del barrio. Así, esbozaron el proyecto de una junta vecinal. Al cabo de unos meses, con ensayos, definiciones de protocolos de seguridad puestos en común, dinámicas de participación y acompañamiento sometidas a consenso, cooperación y convencimiento de algunos vecinos reacios a participar en un inicio, se integró la Junta Vecinal Guendalisaa (“hermandad” en zapoteco). El funcionamiento, en apariencia sencillo, es de una disciplina ejemplar: cada familia del barrio tiene bajo su responsabilidad y resguardo una alarma sonora con su control remoto. Todos los adultos de las familias forman parte del grupo de WhatsApp del barrio, en el que se comunican notas y mensajes de seguridad entre vecinos (advertencias, avisos de personas sospechosas, llamados solidarios o de emergencia; por ejemplo, si alguien requiere una ambulancia). Quienes no cumplen el protocolo del grupo son reconvenidos y, si reinciden, eliminados del grupo; enseguida se les asignan tareas de apremio: limpiar el parque, encalar árboles, barrer el callejón. No hay acoso o intimidación social, nadie se burla del castigado, campea el respeto por la dignidad del vecino. Son las reglas. Lo mismo ocurre en caso de peligro. Si alguien, por ejemplo, es víctima de un asalto en la demarcación, sea o no vecino del rumbo, de inmediato se genera un llamado de auxilio y suenan todas las alarmas del barrio. En segundos, de varias cuadras alrededor los vecinos acuden a ayudar impelidos por las alertas sonoras mientras una comisión acordona las cuadras a la redonda. Nadie sale de la zona, ni entra a ella. No importa la hora. Si es necesario, los maleantes son sometidos. Al mismo tiempo, otro equipo de vecinos notifica a la policía local, y otros más graban los hechos con sus teléfonos. La consigna es salvaguardar la integridad del delincuente y entregarlo a la autoridad municipal, la cual deberá identificarse a su llegada. Frente al delito, la denuncia en grupo: si hay que ratificar dicha denuncia, todos los vecinos se acompañan, se ayudan. Son las reglas.

Los vecinos que conforman la Junta Vecinal Guendalisaa no solo neutralizan delincuentes in fraganti. También colaboran coordinadamente para limpiar el barrio, reparar las luminarias inservibles, podar los árboles, cuidar a los hijos de los otros vecinos, pedirle al de al lado echarle un ojo a su casa durante su ausencia, vender comida en familia los fines de semana cuando hay proyecciones de cine u otras actividades culturales en el barrio, visitar al vecino enfermo, cooperar para apoyarlo, asistir mensualmente a la asamblea de la cuadra. Son las reglas, y se están volviendo, por suerte, costumbre.

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Antes que la ayuda humanitaria de todas las latitudes tocara tierra istmeña o oaxaqueña ya se habían abierto cuentas bancarias y se habían creado fundaciones y fideicomisos para recibir dinero. ¿Cuántas asociaciones civiles se constituyeron esos días? ¿Cuánto dinero ha entrado desde entonces a las cuentas bancarias de las instituciones oficiales? La desconfianza respecto al uso del dinero se ha mantenido desde el principio.

En un evento junto a la Secretaría de Hacienda, el Consejo Coordinador Empresarial y Nacional Financiera, el gobierno federal puso los números sobre la mesa: la reconstrucción de los lugares afectados por los sismos de septiembre en distintos puntos del país costaría 37,500 millones de pesos (se anticipa que esta suma aumentará conforme se avance la labor de avalúos). Los recursos no saldrán del Fondo de Desastres Naturales (Fonden), sino que serán aportados por quienes decidan dar dinero a la causa de este nuevo fideicomiso.

Se estima que los recursos públicos y privados para la reconstrucción podrían llegar a 39,424 millones de pesos. El Fonden cuenta con recursos por 9,000 millones de pesos, de los cuales se han autorizado 6,500 millones: 2,000 para atender emergencias y 4,500 para iniciar la reconstrucción de inmuebles dañados. Al dinero público deben sumarse las donaciones de empresas, artistas, deportistas, organismos internacionales y gobiernos de otros países. La cantidad en pesos llega hasta 424 millones, de acuerdo con información recopilada por Expansión.

Hay una brecha enorme entre estos fondos de millones y los recursos con los que dispone la sociedad civil organizada de Oaxaca. Mientras las autoridades seguían en el aturdimiento del sismo, el pintor Francisco Toledo y la poeta Natalia Toledo, más un grupo de artistas y vecinos del barrio Séptima Sección, organizaron 43 cocinas comunitarias que han brindado alimentación a los damnificados de Juchitán y Santa María Xadani. Y están los proyectos sustantivos con resultados visibles para la sociedad del Comité Melendre: “Adopta un horno” (que apoya a familias alfareras, tortilleras y totoperas), “Canasta básica istmeña” (que brinda alimentos de consumo local y da trabajo a productores, incluyendo a las mismas tortilleras y totoperas) y “Tejiendo hermandad” (que apoya la cadena productiva completa de la confección de huipiles y, al mismo tiempo, posibilita la adquisición de una prenda original que puede ser recibida en el domicilio).

En contraparte, los gobiernos federal y estatal perpetúan la opacidad de sus procedimientos para otorgar concesiones y permisos, y generar convenios para la edificación y la compra de materiales de construcción a través de mecanismos electrónicamente prepagados. ¿Cuáles son las constructoras “listas” para iniciar la reconstrucción? ¿Mediante qué procedimientos se destinan fondos a determinadas personas morales?

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“Cuando fundamos el Comité Melendre pensamos en el ejemplo de Francisco Toledo y sus iniciativas artísticas y culturales, en su defensa del patrimonio cultural y natural”, dice Gubidxa Guerrero, etnohistoriador juchiteco y actual representante del consejo directivo del Comité. La referencia no es para nada extraña porque Toledo posiblemente sea el primer creador contemporáneo en situar en su justa medida la figura de José Gregorio Meléndez (cuyo hipocorístico zapotequizado era Che Gorio Melendre). Hay una evidente simpatía del pintor por las causas que en su tiempo movieron a Melendre. También fue Toledo quien le devolvió la dimensión épica a un personaje que, pese a haber nacido en Juchitán, no cuenta con ninguna efigie, escuela, archivo, festival o auditorio con su nombre.

En Disidencia y disidentes en la historia de México, volumen coordinado por Felipe Castro y Marcela Terrazas (UNAM, 2003), Margarita Guevara Sanginés esboza un retrato de Melendre y de su tiempo. Nacido en el Rancho la Palma, Juchitán, en 1796 el día de san Gregorio Magno (12 de marzo), combatió durante la Guerra de Independencia cuando Mariano Matamoros fue comisionado por Morelos en la región del Istmo para detener la acometida realista procedente de Guatemala.

A la independencia de España en 1821 sucedieron una serie de revueltas intestinas, golpes de estado, celadas, despojos, y bancarrotas. Los recursos naturales comenzaron, desde entonces, a ser blanco de planes privatizadores. En la mira de la expropiación estaban las salinas, los terrenos comunales... Eran los tiempos de la sal, objeto del trueque decimonónico del Istmo de Tehuantepec. La sal istmeña enriqueció el comercio y condimentó las mesas de las regiones mixe, chontal y zapoteca de la sierra y el valle de Oaxaca del siglo xix. El gravamen de su comercio enriqueció las arcas del Gobierno oaxaqueño. La sal purificó metales en las fundiciones.

La bonanza de la sal fue amenazada por el despojo ataviado de legalidad. Cuatro siglos de comercio desaparecerían por decreto. Hubo levantamientos, rebeliones y cerrazón oficial, ante la cual los nativos fortalecieron sus demandas de autodeterminación en las salinas, de independencia del Departamento de Tehuantepec en oposición al estado de Oaxaca. Y Che Gorio Melendre, casi siempre, estuvo al frente de estos movimientos de emancipación que pusieron más de una vez los poderes del gobernador Benito Juárez contra la pared.

El 19 de mayo de 1850, Juchitán fue incendiado por soldados de la Guardia Nacional. La prensa anunció un millar de muertos, aunque las crónicas dicen que pereció cerca de la mitad de la población. Suele achacarse a Juárez este fatal siniestro. Luego de numerosas confrontaciones y muertos, el 10 de enero de 1851, Melendre suscribe un documento mediante el cual solicita la independencia del Istmo y su conversión a entidad federativa autónoma.

Gubidxa Guerrero refiere que “en enero de 1853 cayó la Villa de Tehuantepec en manos rebeldes. En febrero, juchitecos, tehuanos, ixtaltepecanos, ixtepecanos, nativos de Huilotepec, Mixtequilla y otros pueblos zapotecas tomaron la ciudad de Oaxaca. Derrocaron al gobernador, fue disuelto el Congreso del Estado e impuesto un nuevo orden. En abril tomó posesión un nuevo presidente de México –Antonio López de Santa Anna–, que el 29 de mayo del mismo año proclamó la creación del territorio federal del Istmo de Tehuantepec. Por ironías del destino, ese mismo día murió José Gregorio Meléndez”.

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Según el Censo de Viviendas Dañadas por el Sismo del 7 de septiembre de la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu) se han contabilizado 14,918 tan solo en la ciudad de Juchitán de Zaragoza. En toda Oaxaca se reportan daños en 63,335 inmuebles. Hasta el 16 de octubre el Servicio Sismológico Nacional ha registrado 7 mil 897 réplicas del terremoto del 7 de septiembre.

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“Nosotros no lloramos las paredes, no lloramos los ladrillos. Lloramos los recuerdos. Aquí parieron nuestras madres, nuestras abuelas. Aquí la bisabuela sembraba rosas de Castilla, las hierbas curativas, las de la comida”, dice Naya’ni (Claridad), niña vecina del barrio Guendalisaa, en Juchitán.

–¿Se derrumbó la casa, verdad? –dice otra niña pequeña frente a los escombros.

–Sí, mi amor.

–Lo bueno que no le pasó nada a nuestra foto de la guardería.

Su tono no denota nostalgia por la casa. El retrato del que habla preserva lo que ella es, la humanidad que significa estar junto a los otros.~


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