Están aquí: cómo la migración centroamericana salió de la clandestinidad | Letras Libres
artículo no publicado
Fotografía: Luis Villalobos

Están aquí: cómo la migración centroamericana salió de la clandestinidad

En octubre de 2018, miles de centroamericanos entraron a México organizados en una caravana. Ese inédito acto político desató todo tipo de reacciones, desde la solidaridad hasta la xenofobia. Esta crónica recupera la temperatura de aquellos días.

–Se suponía que nos iban a dar el paso. Pero ahora resulta que están diciendo que tenemos que montarnos en un bus en el que nos van a dar un pase para solicitar un permiso. Los requisitos son llevar cédula y pasaporte. A mí me asaltaron dos semanas antes de venirme. No ando más que con una partida de nacimiento, ni cédula ni pasaporte.

Josef Martínez tiene veintitrés años, pero es tan bajito y tan delgado que parece un adolescente algo avejentado. Viene de La Primavera, en San Pedro Sula, una colonia que es una colección de calles tan destruidas que parecen hechas de hoyos conectados por algo de tierra y asfalto. Martínez está aquí harto de que su trabajo como mecánico automotriz no le alcance. Viene solo; en casa de su madre se quedaron su esposa y su hijo, de tres años. A ella le mintió: dijo que salía a Tegucigalpa. Si hubiera confesado, dice, no estaría aquí.

¿Cuántas de estas personas se han puesto en marcha sin decir a sus seres queridos adónde se dirigían exactamente?

Es el mediodía –otro mediodía con la canícula activa– y el joven camina entre los matorrales que conducen a la orilla del río Suchiate. Una pequeña riada intermitente llega desde el casco urbano de Tecún Umán, que está pegado al borde del río. La ciudad y el río son aquí una sola cosa. De repente caminas por el empedrado, dejas atrás la última casa y ya estás entre los matojos, a pocos metros del Suchiate. Pequeños grupos con la mochila al hombro caminan como dejándose llevar, desgastados, sin el entusiasmo de jornadas previas. Frente a ellos, México sin policía, que es mucho más de lo que ofrece el puente. A su izquierda, a lo lejos, el puente con las tiendas de los que todavía no deciden qué hacer. Un microcosmos de champas, gente deambulando y ropa colgada en las verjas.

Desde el río, Josef alcanza a ver la cabina de Migración del lado mexicano. Rendirse a las autoridades para pedir asilo no tiene sentido para él. Para eso uno tiene que disponer de algún documento, y Martínez no tiene ninguno. En Tapachula hay consulado hondureño, ¿podría ir a pedir sus papeles allí? No parece tener sentido tampoco.

–Están diciendo que las personas que no cuenten con eso [pasaporte o cédula] van de regreso –dice–. Me sacrifiqué desde allá hasta aquí y no me quiero montar en un autobús que me lleve a Honduras.

El río corre, renovando su piel marrón, llevando y trayendo balsas de un lado a otro. Josef va hacia ellas. La orilla, que era una continuidad de la ciudad, ahora es también una extensión del campo de refugiados. Varias mujeres se bañan en el Suchiate mientras algunas familias esperan por sus transportes. El martes, que terminó hace unas horas, sucedió en realidad hace un siglo. Cientos de personas colapsaban entonces en la orilla. Llegaron aquí porque conocían el camino, porque es un trayecto que decenas de miles de migrantes ya realizaron antes de la Caravana. El primer día en Tecún Umán, la mayoría aguardó la llegada del resto, convencidos de que el grupo los amparaba, de que no había barrera que no pudiera sortearse, que caminar en bloque marcaba la diferencia. Que pasarían primero la verja guatemalteca y que la mexicana se les abriría de par en par. Tardaron veinticuatro horas en desengañarse. El río cambió los planes. Ahora la Caravana no camina, nada y navega.

–Tengo dos días de estar aquí por pura mentira. Siempre dicen que van a abrir y luego no ocurre –dice Byron Antonio Bueso, otro santabarbarense apenas salido de la adolescencia.

Byron también espera la balsa. Cuando llega, él, Martínez y otros tipos a los que no conoce, trepan a la barquita construida con un par de enormes neumáticos y unas tablas de madera. Un minuto atrás, Byron y Martínez dudaban; no de si debían cruzar o no, sino de cuándo hacerlo. El éxodo, en su infinito espacio para la rumorología, había aceptado la idea lanzada por un viejo de que la policía migratoria esperaba escondida en la otra orilla, dispuesta a arrestar a quien pusiera un pie en México.

No era cierto.

–Mirá –dice el viejo–, ahí se les ve –y señala.
Todos asienten, convencidos de que lo que ven entre los matorrales, al otro lado de la orilla, son agentes migratorios. Pero allí no hay nada. No se ve nada. Solo barcazas yendo y viniendo y migrantes recién desembarcados a los que nadie está arrestando. Gente estrujando las ropas empapadas. Ningún policía. Pero el hombre sigue señalando temeroso, seguro de lo que dice, así que todos afirman creerle mientras buscan con la mirada quién será su patrón para el trayecto de tres minutos.

...

México.
Estamos en la orilla mexicana.

He cruzado con Byron, Josef y otra decena de hondureños. La barcaza se mueve porque somos demasiados. Miro a mi izquierda y veo el puente Rodolfo Robles, todavía lleno de gente. En menos de veinticuatro horas, la mayoría de ellos estará transitando el mismo camino que hago yo ahora.

No dejan de llegar las balsas. Hay miedo de que en cualquier momento aparezca la Policía Federal o los temidos agentes del Instituto Nacional de Migración. Pero no dejan de llegar las balsas. El día d es hoy. La Normandía cuartomundista tiene cabecera de playa en la ribera mexicana del Suchiate. Y no se detiene.

El abordaje es a plena luz del día, a menos de medio kilómetro de una frontera militarizada. Las autoridades mexicanas saben qué está ocurriendo, y dejan hacer. Otra cosa es que los migrantes no se fíen. Desembarcan y se quedan paralizados, mirando en derredor, sin saber hacia dónde dirigirse. Los más aventados empiezan a tomar costumbre. Hay dos lugares emblemáticos que buscar cuando uno llega a un nuevo lugar con la Caravana. Primero, el albergue o la Casa del Migrante. Allí habrá un lugar caliente para dormir, se repartirán víveres y hasta hay posibilidades de tomarse un baño. Segundo, el parque central. Si no hay refugio, la plaza del pueblo será el punto de reunión general. Esta regla, que se impondrá a fuerza de uso, todavía no está asentada el sábado 20 de octubre. Así que los migrantes necesitan un empujón.

Hasta aquí, la Caravana ha operado con una organización mínima. Pero nadie se reivindica como organizador. Algunos coordinadores pastorearon a la gente hasta una asamblea en Tecún Umán, donde apareció Pueblo Sin Fronteras, el primer grupo activista que trabaja con y para la Caravana. Pero no es nada formal. Nada a lo que un agricultor de Olancho pueda aferrarse. Así que la gente se guía por lo que escuchó en la asamblea. O lo que escuchó al vecino que estuvo en la asamblea.

Solo hubo un instante que dejó entrever una organización corriendo por las sombras. El viernes, encaramado a la cornisa de un edificio, David Cuevas, el activista que apareció de la nada y trató de poner algo de orden en medio del caos fronterizo, en el puente Rodolfo Robles, advirtió por su megáfono a la policía mexicana: “¡O nos permiten pasar o en media hora cruzaremos por el río!”

Aunque con un día de diferencia, está sucediendo lo que Cuevas anunció que harían.

Todo cobra más sentido al pasar algunos minutos de las dos de la tarde. Desde Ciudad Hidalgo, Chiapas, han bajado al río Suchiate algunas personas vestidas con petos verdes. El parque central está a tres cuadras del embarcadero, pero la mayoría de los marineros de agua dulce no tiene ni idea de dónde se encuentran. Necesitan un guía. Y ahí aparecen, nuevamente, Cuevas y su megáfono. No está solo. Los del peto verde son sus amigos. Y saben exactamente qué hacer. Es un mensaje tranquilizador para muchos de estos desarrapados, labriegos, gente de barrio, personas humildes que están más lejos de sus casas de lo que jamás imaginaron que estarían.

Cuevas reúne a los recién llegados. Algo más de un centenar de personas obedece y forma un semicírculo a su alrededor. El activista, que tiene formas duras, como si siempre anduviera con prisas, explica que en el parque hay gente esperándolos. Que habrá asamblea. Que tienen un plan. No llegamos a la tierra prometida, pero se ha superado el peor obstáculo encontrado hasta el momento.

Cuevas inicia de inmediato la marcha al parque; los recién llegados lo siguen. Recupera las consignas que ya lanzaron un día antes frente a la barrera policial guatemalteca. En el camino, toma el megáfono y canta, como si pudiera escucharlo una multitud en las calles de una gran ciudad.

“¡Los migrantes no somos criminales, / somos trabajadores internacionales!”

“¡¿Por qué nos matan, por qué nos asesinan, / si somos la esperanza de América Latina?!”

“¡Manchadas de sangre están las fronteras / porque ahí se mata a la clase obrera!”

Cuevas ha armado una manifestación. Van a recorrer cinco o seis cuadras hasta llegar al parque central de Ciudad Hidalgo y fundirse en abrazos con sus iguales. Son suficientes para protagonizar una exhibición de orgullo migrante, de paso firme, de mirada altiva. No se esconden, sino que lanzan consignas y se reivindican. En la primera cuadra, nada más bajar del embarcadero, siguen llegando migrantes que observan a su alrededor con curiosidad y algo de miedo. Han cruzado cientos ya, pero igual no se fían. Ayer los golpearon. Acababan de atravesar un río oscuro y algo acelerado en una precaria góndola. Quién sabe cómo demonios los pueden recibir estos mexicanos. El susto se les quita rápido cuando ven a Cuevas con su megáfono. En las primeras tiendas que se cruzan por el camino se dan cuenta de que los lugareños los miran con la misma curiosidad con la que ellos se adentran en el municipio. Están acostumbrados a los migrantes, pero no a estas expresiones colectivas. Por eso, el grupo de cien (¿son ya doscientos?) gana confianza a cada paso.

Están aquí.

Han cruzado a México.

Y se sienten imparables.

“¡Los migrantes no somos criminales, / somos trabajadores internacionales!”, canta Cuevas y los demás ya lo siguen a voz en cuello.

“¡Sí se puede!”, suman luego.

A unos tres metros de distancia de Cuevas y su megáfono va un chico esquelético. No tiene camiseta; la mitad de su cintura está vendada. Lleva gorra, dos collares y calza chancletas en los pies desnudos. Si los fotógrafos hubieran buscado un cliché de chico-joven-de-barrio para ilustrar la escena no habrían encontrado mejor candidato: un menesteroso herido defendiendo las consignas de una suerte de Internacional Migrante.

Tras la avanzada camina el grupo grande. Hay una mujer oronda, de piel muy oscura y pelo lacio, que destaca por su mochila rosa histérico; un tipo con gorra y la playera del Barça –nada destacable, en verdad: hay muchos tipos con gorra y playera azulgrana–; otro hombre de gorra y perilla lleva a hombros a su hija con una menuda cara de susto.

Durante esos escasos minutos rumbo al parque de Ciudad Hidalgo –está apenas a cuatro o cinco cuadras del río– desaparecen el cansancio y la frustración. Estamos ante una caminata de seres humanos orgullosos, que acaban de superar una nueva dificultad.

Toman la calle con paso firme. Les pusieron una barrera, la sortearon y ahora van a reagruparse con quienes los antecedieron. Vuelve el “¡Sí se puede!”.

La plaza de Ciudad Hidalgo adquiere un ánimo festivo. Es una plaza presidida por una concha acústica, con un techado en el centro y varias jardineras en los alrededores: el lugar perfecto para secarse al sol tras la zambullida. El suelo está sembrado de colchonetas, mantas y cartones, pero el ambiente es completamente distinto a la desazón que dominaba en el puente Rodolfo Robles. Vuelve a haber esperanza. Se recupera esa confianza en que, si continúan juntos, todo es posible. Algunos se instalan en los albergues. Hay uno, en la misma plaza, completamente colapsado y al que no permiten acceder a la prensa. (Cuando pase el tiempo no nos pillarán en esa. No habrá vigilante que logre imponer su autoridad. Pero todavía somos novatos.) Otros ya están preparados para dormir al raso. Suena la música, porque ha llegado una banda. Reparten comida: frijoles, tortillas, arroz. Un grupo juega al futbol –no es competitivo, solo dar patadones–. Vuelve a escucharse, a pleno pulmón, el himno de Honduras, ese país que expulsa a cientos de sus conciudadanos. Gracias, Guatemala. Bienvenidos a México. Regresan las oraciones épicas. Regresa el Señor. La narrativa que dice que esta es una caminata bendecida por Dios y que, como hizo con Moisés en Egipto según la Biblia, abrirá las fronteras a su paso. Tras una jornada funesta, todos necesitaban esta pequeña victoria.

...

¿Quiénes son estos chalecos verdes que ahora organizan la logística, acompañan a los migrantes en el desembarco, ayudan a su acomodo y, en ocasiones, vigilan las buenas costumbres? Porque ahora, en medio del parque, lleno hasta reventar, una mujer de mediana edad se ha acercado a un grupo de jóvenes advirtiéndoles, sonriendo, pero con firmeza, que los apoyarán pero que “no fumen cosas raras”.

–Ustedes me entienden, ¿verdad?

Rodrigo Abeja es uno de los chalecos verdes aparecidos. Estuvo en el puente y tiene un tobillo herido por golpes de la policía. Los chalecos me han dicho que Abeja es el tipo con quien hay que hablar. Es difícil. Atiende llamadas, hace sugerencias, charla con uno y con otro. A primera vista, parece que sabe de qué va esto. Lo persigo por media plaza, aprovechando los instantes de tránsito entre charla y charla con otros voluntarios.

Abeja me cuenta que los migrantes se han organizado, que han nombrado a diez responsables, cinco hombres y cinco mujeres. A partir de ahora, esta será una dinámica habitual. Por un lado, el éxodo forma sus comisiones de representación, que van y vienen, se crean y se deshacen, y apenas tienen relación con los periodistas. En paralelo, transitan los acompañantes, como miembros de Pueblo Sin Fronteras y activistas a título personal. Ellos conocen mejor la ruta, sus peligros y tienen más recursos que los migrantes para relacionarse con informadores y autoridades. No hay una estructura piramidal, ni dirigentes con puño de hierro. Hay un montón de seres humanos que están aprendiendo a conocerse.

Por ellos, sabemos que Tapachula es el próximo destino. Es el mismo municipio al que están siendo trasladados aquellos que transigen con las exigencias migratorias, se inscriben en el puente y suben a los famosos autobuses. Unos y otros llegarán en condiciones bien diferentes, aunque no sabemos ni cuántos son ni adónde van los caminantes que cruzaron por la puerta de Migración. Los otros, los que desobedecieron, al menos saben que están libres. Y quieren convencer a los que todavía quedan en el puente de que este es el mejor camino para seguir hacia el Norte.

–Estamos esperando a que se anime a salir la última persona para iniciar a subir hacia Tapachula para ver qué sigue, si nos van a ofrecer una mesa de diálogo con el secretario de Gobernación o Migración –me explica Abeja.

Minutos después, Abeja estará subido a una especie de escenario improvisado, con el indispensable megáfono, en medio de una asamblea. No es tan multitudinaria como la que abrió la marcha hacia la frontera de Tecún Umán, pero todavía es numerosa. No llegan al millar de asistentes. Propone dar una última oportunidad a quienes no se han sumado a la marcha desobediente. Si no llegan, ellos continuarán el camino. Saldrán a las siete de la mañana.

“¡Vámonos, vámonos!”, grita la audiencia, envalentonada. Este será otro de los gritos de guerra de la Caravana. Nunca dejaremos de escucharlo.

Esa última llamada se convierte en una marcha hacia el puente, donde cientos de personas –muchísimas menos que las que habrá veinticuatro horas después– esperan para cruzar la frontera. Desde la orilla, solo iluminada por la pantalla de algunos celulares, les gritan invitaciones, lanzan consignas, les transmiten entusiasmo. Esto provoca una pequeña conmoción entre quienes aguardan. Algunos caen en una especie de epifanía y salen corriendo hacia la salida, convencidos de que estaban equivocados, y que la única opción es sumarse a las barcas. Otros miran escépticos. Se forman debates en corro. En uno, un tipo fuerte, de barba y camiseta roja, alecciona a sus oyentes: “Están locos. No se dan cuenta de que eso es México. Ahí se secuestra. Están los narcos. Lo mejor es que nos quedemos aquí.”

Es un discurso llamativo: personas asustadas que huyen de una violencia brutal en sus países, temerosas de cruzar por otro país cuya violencia aún les aterroriza más.

Subo al puente. Charlo con partidarios de seguir esperando, con gente que ya empieza a cansarse, con algunos que están decididos a lanzarse al río. Muchos me preguntan –porque soy extranjero, porque soy periodista– cuál creo que es la mejor opción. A mí. No tengo el valor de contestarles. No me puedo poner en sus pellejos. No he pasado ni por una milésima parte de lo que estos seres humanos exhaustos, confundidos y angustiados han tenido que soportar. Cuando ellos van a pie, yo generalmente tengo un auto. Mientras se apilan en una plaza, yo tengo un cuarto con agua caliente. Tampoco pagaría las consecuencias en caso de errar. Estoy en la cúspide del privilegio y mi pasaporte es un salvoconducto para la mayoría de mis decisiones equivocadas. No, jamás me atrevería a sugerirles nada. Únicamente, ante estos casos, les relataré con todo el detalle que quieran cómo está el panorama que yo he visto.

Aquel día, cerraría mi crónica para el medio digital guatemalteco Plaza Pública con esta frase: “Llegados a este punto, no se puede hablar de una caravana.”

Qué equivocado estaba.

La Caravana, la larga marcha centroamericana, el éxodo de miles de hombres, mujeres y niños hartos de una vida que no es vida, acababa de empezar. La fiesta de los balseros había sido un respiro, un subidón de adrenalina. Las puertas de México estaban cerradas y ellos decidieron colarse por el desagüe. Nadie podrá acusarlos de no haberlo advertido. ~

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Fragmento de Caravana. Cómo el éxodo centroamericano

salió de la clandestinidad, publicado recientemente por Debate.


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