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artículo no publicado

Escribir lo que se ve

Patricio Fernández

Cuba. Viaje al fin de la revolución

Santiago de Chile, Debate, 2018, 410 pp.

 

Amor por el pueblo cubano, fascinación por las cubanas, simpatía con los ideales de la revolución, el impacto de Obama y los Rolling Stones, una interpretación sobre quién fue Fidel Castro y un relato descarnado de las miserias de la vida real y cotidiana en la isla. Todo eso y más puede encontrarse en Cuba. Viaje al fin de la revolución, crónica informada, entretenida e inteligente que se basa en una multitud de prolongadas visitas que hizo Patricio Fernández –fundador y director del semanario chileno The Clinic– a la isla caribeña entre 1992 y 2018. A Pato Fernández no le gusta lo que ve, sabe que está ante un fracaso monumental, pero, a la vez, no descarta del todo la posibilidad de que los “militares a cargo del aparato productivo consigan por fin que sus industrias rindan frutos y estos se distribuyan equitativamente entre ciudadanos cada vez más participativos”. Conviven en nuestro narrador la constatación de que “el hombre no es como los socialistas quisieran” con la esperanza de que Cuba no se transforme en una sociedad capitalista más. Dice que “quizá no exista un mejor lugar en el mundo para los pobres”, pero el libro mismo no alimenta esa esperanza.

En un pasaje, Fernández cuenta la historia de Kenia Rojas, quien por la escasez de comida empezó a criar cerdos apretujados en el lavadero del departamento. La prosa de Fernández logra en este pasaje una calidad extraordinaria gracias a su fría precisión quirúrgica. El mayor problema no era el mal olor sino las molestias de los vecinos por los desesperados quejidos de los cerdos –“una mujel... alegó que la hacían llolal”– y la consiguiente visita del Comité de Defensa de la Revolución. La solución fue “el silenciador de cerdos”, un cirujano que por treinta dólares les extirpa las cuerdas vocales. Lo peor no eran los gritos y la sangre del chancho durante la operación sino después “cuando intenta gritar y no puede, y lo ves llorar con lágrimas en los ojos”.

Según el periodista cubano Rafael Grillo, entrevistado para este libro, “la disidencia no ha conseguido seducir a la población, porque apunta todo su reclamo al tema de los derechos humanos, y eso no es lo que le importa a la gente. Acá todos están preocupados de la escasez”. La prensa no reportea sino que sirve para transmitir boletines y mensajes de un gobierno que clausura sistemáticamente medios online. Por ejemplo, El Estornudo, 14ymedio, Diario de Cuba, CiberCuba, Café Fuerte. Pero a casi nadie le interesan esos problemas. Lo primero es sobrevivir. Y eso se logra gracias al maldito mercado que el socialismo cubano reprime, pero no logra abolir.

La “propensión a trocar, a permutar y cambiar una cosa por otra” –las palabras son de Adam Smith– es poderosa. “El hombre [...] está casi permanentemente necesitado de la ayuda de sus semejantes, y le resultará inútil esperarla exclusivamente de su benevolencia. Es más probable que la consiga si puede conseguir en su favor el propio interés de los demás, y mostrarles que el actuar según él, redundará en beneficio de ellos. Esto es lo que propone quien ofrece a otro un trato: dame esto que deseo y obtendrás esto otro que deseas tú” (La riqueza de las naciones). Fernández confirma en Cuba la validez de Smith: “Pretendieron ser más justos y mejores que el resto, y han terminando ‘resolviendo’ la existencia ‘por la izquierda’, como dicen ellos. Muy pocos viven de su trabajo y son muchísimos los que roban para subsistir. El camionero estatal roba el petróleo de su camión y lo vende, el albañil estatal roba el cemento y lo vende, el carnicero la carne y así sucesivamente, de modo que fuera de los márgenes del socialismo habita una economía desregulada.”

“El concepto mismo de revolución”, dice el autor, “se me volvió de una soberbia indigerible. ¿Cómo era posible que una generación se sintiera repentinamente poseedora de una verdad que no había comprendido la suma de sus antepasados?” El socialismo se nutre, sobre todo, de una crítica moral a la conducta de las personas en el mundo capitalista. Pero este libro muestra lo que es la moral real a la que llegan quienes viven en los socialismos reales. La prostitución es una dimensión de la vida habitual de gran parte de las jóvenes. “Gerardo –otro entrevistado– me dijo un día: ‘yo no confío ni en mi madre ni en mi esposa ni en mi hija’. Es frecuente que los jóvenes oferten a sus novias y que las madres consientan que sus hijas se prostituyan.” Las seductoras cubanas parecen entregarse a los extranjeros al fin por dinero y sueñan, como confiesa Nidia en el libro, con enamorar a un italiano cualquiera –a un extranjero cualquiera–, casarse y lograr salir así de la isla.

Los funcionarios a cargo del sistema económico estatal cubano no conseguirán lo que Pato Fernández quizás todavía añore. La revolución, dice, “pudo ser una cosa idílica, lo más fantástico del mundo, pero en el camino se torció, se cometieron errores humanos y testarudeces”. No es así, el fracaso del socialismo cubano no se debe a meros errores humanos ni a la casualidad. Dado el sistema económico centralizado que implantó, la revolución no podía resultar. El socialismo estatiza los medios de producción y fija precios ajenos a lo que indica el mercado. De ese modo, cualquier inversión se basa en un cálculo que, dada la ausencia de mercado, en rigor, no puede hacerse, pues se ignora un dato clave. ¿A qué precio conviene entregar un terreno con playa a una empresa extranjera hotelera?, ¿cómo saberlo? Los esfuerzos de pizarrón por “simular” el mercado en la práctica no han dado resultados. En gran medida, porque la información económica relevante se encuentra fragmentada y dispersa. Además, es cambiante. Conseguirla y transmitirla –lo mostró Friedrich Hayek– no es gratis. El libre mercado, en cambio, proporciona incentivos que hacen que la información circule y se exprese espontáneamente en los precios. Si se fijan los precios fuera de su valor de mercado son mentirosos, y ocurre lo que ocurrió, por ejemplo, en la administración de los Kirchner en Argentina. Por eso es que el socialismo ha fracasado en Cuba, pero también en la Alemania prusiana, en Corea del Norte, en Rusia, en China y, ahora, fracasa estrepitosamente en Venezuela. El camino chavista se parece más a la “vía chilena al socialismo” de los sesenta y setenta que a la vía armada del Che Guevara y de Castro. Sin embargo, el puerto al que se acerca Venezuela se parece cada vez más a la Cuba de Castro. Nada de eso impedirá que esta utopía vuelva a intentarse. Hay que contar, más bien, con the triumph of hope over experience.

Ocurre también que la Revolución cubana importa no solo a los cubanos. Cuba inspiró y apoyó en toda Latinoamérica movimientos que buscaban derrocar el orden burgués e instaurar un socialismo basado en Marx y en Lenin. Los Tupamaros en Uruguay, los Montoneros y el erp en Argentina, el mir (que justificaba la violencia incluso contra la democracia de tiempos de Frei Montalva) y el Frente Patriótico Manuel Rodríguez en Chile, el fmln de San Salvador, las farc de Colombia y tantos más. El Departamento América, cuyo jefe era Manuel “Barbarroja” Piñeiro, apoyaba a los movimientos guerrilleros del continente. Fernández conversa con Ibrahim, un ex alto oficial del Departamento América, “conocido y respetado por toda la dirigencia de la izquierda en América Latina, cercano a Barbarroja, y a su entorno de combatientes ‘heroicos’, muchos conocidos por sus chapas y apodos, entre los que ‘Ibrahim’, así, sin apellido, como si fuera el único Ibrahim del mundo, se pronunciaba con familiaridad”. Ibrahim añora los años en que se dedicaba a “empujar rebeliones”. Cita con admiración a Fidel: “Prefiero un proyecto equivocado que mantenga la unidad, a un acierto que divida.” Nada se dice, sin embargo, en esta conversación acerca del completo fracaso militar y político del proyecto que Ibrahim empujaba paseándose por nuestros países. El intento de exportar la Revolución cubana tuvo como consecuencia que miles de jóvenes se inmolaran en el altar de la irrealidad y se fortalecieran las respuestas dictatoriales. Pero Ibrahim solo recuerda con nostalgia sus paseos que, a fin de cuentas, solo eran posibles gracias al dinero soviético.

Fernández ve en Fidel una figura religiosa y patronal. “Mientras los valores de la democracia se diluyen en el pueblo que la practica, los del socialismo parecen requerir de un santo que los encarne y una organización bien jerarquizada que los perpetúe.” En sus memorias Alabados sean nuestros señores, Régis Debray escribe sobre la manera en la que en Cuba se pronuncia la palabra “revolución”. A mí me parece que, como concepto, se parece mucho a la “conversión” de la tradición cristiana. Es más una transformación moral interior causada por una cierta convicción, una cierta fe, que el resultado de una transformación de las estructuras de la base económica de la sociedad.

Este es un libro de conversaciones que se suceden con fluidez, agudeza y ritmo cubano. El interés casi nunca decae. Pato Fernández vive en Chile, un país que disfruta de esos tiempos de “pereza de la maldad” de los que habló Reinaldo Arenas, y es en Chile y en Cuba un observador con ojo de lince. Sabe, aunque quisiera no saber. Vio y quisiera no haber visto. Sin embargo, escribió lo que vio. Su libro por eso vale más. ~


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