Escenas de un mundo bipolar | Letras Libres
artículo no publicado

Escenas de un mundo bipolar

Vanni Pettinà

Historia mínima de la Guerra Fría en América Latina

Ciudad de México, El Colegio de México, 2018, 260 pp.

 

Los más recientes estudios históricos de la Guerra Fría, sobre todo a partir de la obra del historiador noruego Odd Arne Westad, profesor de Harvard, han puesto énfasis en el carácter global de aquel prolongado conflicto. No fue la Guerra Fría, únicamente, el pugilato de dos potencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, ni de dos regiones, el Oeste y el Este, ni de dos comunidades políticas, las democracias occidentales y el bloque soviético, más Cuba, Yugoslavia, China, Vietnam, Corea del Norte y otros socialismos periféricos.

La Guerra Fría fue un proceso global, que involucró al primero, el segundo y el tercer mundos. Y dentro de este último, de manera protagónica, a América Latina, una región igualmente inmersa, junto con Asia y África, en los procesos de descolonización y revoluciones nacionalistas del siglo XX. Ninguna de las dos guerras anteriores (la de 1914-18 y la de 1939-45, mucho más breves) logró tal determinación sobre los contextos nacionales y regionales como esta extraña tercera guerra que, a juicio de Henry Kissinger, uno de sus principales artífices, fue una vuelta al equilibrio posterior al Congreso de Viena, en el siglo XIX.

El volumen más reciente de la serie Historia Mínima de El Colegio de México está dedicado a la Guerra Fría en América Latina. A partir de una exhaustiva revisión de la nueva historiografía sobre el tema (Kyle Longley, Piero Gleijeses, Daniela Spenser, Gilbert Joseph, Greg Grandin, Hal Brands, Tanya Harmer, Patrick Iber, entre otros), Vanni Pettinà propone pensar la Guerra Fría latinoamericana como un periodo compacto, entre 1946 y 1991, en el que las pautas del mundo bipolar marcan de manera específica la trama hemisférica.

Ese largo periodo de casi medio siglo estaría dividido, según Pettinà, en varias fases que no corresponden exactamente a la periodización del fenómeno acuñada por la historiografía occidental. Habría una primera etapa de diez años, hasta el golpe de Estado de la cia contra Jacobo Árbenz en Guatemala en 1954, “relativamente menos turbulenta”, que se caracterizó por el predominio de la izquierda populista o nacionalista revolucionaria y el avance en procesos de democratización, aunque con dictaduras híbridas, especialmente en la zona del gran Caribe.

Pettinà es deliberadamente impreciso en la definición de las fases siguientes y evita fechar con rigidez su periodización, pero está claro, además de sugerido en el exergo de Juan Villoro, que las hace coincidir con las décadas del calendario. De manera que la segunda fase –entre el triunfo de la Revolución cubana en 1959 y 1968 o 1971, según se prefiera– contemplaría la radicalización de las izquierdas latinoamericanas a favor del marxismo y de la lucha armada y la brutal hostilidad de las derechas, los ejércitos y Estados Unidos contra las guerrillas latinoamericanas, mientras Cuba se integraba de manera progresiva y zigzagueante al bloque soviético.

Una tercera fase abarcaría toda la década de los setenta, que arranca con la institucionalización soviética del socialismo cubano y el triunfo de Salvador Allende y Unidad Popular en Chile. Aquel fue el decenio en que se consolidaron y expandieron las dictaduras militares del Cono Sur, respaldadas por Washington, pero, a la vez, cuando surgieron regímenes militares nacionalistas como los de Juan Velasco Alvarado en Perú y Omar Torrijos en Panamá, se produjo el giro tercermundista del sexenio de Luis Echeverría en México y el socialismo cubano logró su mayor estabilidad económica y política, en buena medida, por la convergencia entre la détente soviético-americana y la flexibilización de los vínculos con la isla, promovida por el gobierno de Jimmy Carter.

La cuarta y última fase de la Guerra Fría en América Latina se enmarca en la década de los ochenta: los años del triunfo sandinista en Nicaragua y la agudización de la guerra civil en Centroamérica, del arranque de las transiciones democráticas en el Cono Sur y de la crisis del socialismo real en Europa del Este, como consecuencia de la perestroika y la glásnost, emprendidas por Mijaíl Gorbachov en Moscú, pero también de la movilización de las sociedades civiles y los sectores reformistas en Europa del Este. Fue aquella la década de la reorientación definitiva de la izquierda latinoamericana hacia la democracia y de la primera avanzada de las políticas económicas neoliberales en la región.

En casi medio siglo las principales modalidades de régimen político, desde el socialismo real cubano hasta las dictaduras militares de derecha, pasando por la democracia restringida venezolana o el autoritarismo civil mexicano, tuvieron como trasfondo la Guerra Fría. Sin embargo, como advierte Pettinà, el desplazamiento del conflicto bipolar a cada país del área estuvo muy lejos de reproducir la tensión binaria entre comunismo y capitalismo. En el lapso de una o dos generaciones, hubo izquierdas comunistas que se hicieron socialdemócratas y derechas católicas que se volvieron liberales.

Estados Unidos respaldó a casi todas las dictaduras militares, pero también les retiró su apoyo en momentos críticos y sobrellevó vínculos realistas con el México posrevolucionario o la Venezuela del Pacto de Puntofijo. La Unión Soviética también sostuvo buenas relaciones con algunas dictaduras militares de derecha y, por supuesto, con Cuba, el Chile de Allende, el Perú de Velasco Alvarado, la Nicaragua sandinista o el México del pri. Pero Moscú rechazó la expansión de las guerrillas marxistas en los años sesenta y entró en conflicto con la Nueva Izquierda, que abrazó las causas de la descolonización y el panafricanismo. Durante el largo periodo de la détente o “coexistencia pacífica” entre los bloques, la polarización ideológica se vio compensada por el realismo diplomático.

El libro de Vanni Pettinà es un magnífico recorrido por las supuestas paradojas de la Guerra Fría. Y es, también, una fuente oportuna de preguntas sobre las tres décadas posteriores a la caída del Muro de Berlín. ¿Qué ha permanecido y qué ha cambiado en América Latina después de la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista? Mucho y poco a la vez. El mundo multipolar introduce algunos elementos de discontinuidad: la opción comunista se ha reducido al mínimo y la democracia es la forma de gobierno predominante en la región. Pero los diferendos de Estados Unidos con Cuba y Venezuela, la reconstitución de la hegemonía de Rusia y la expansión de los intereses económicos de China prolongan y complican los dilemas geopolíticos de la Guerra Fría. ~


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