Entrevista a Teodoro González de León | Letras Libres
artículo no publicado
Fotografía: Bernardo Arcos

Entrevista a Teodoro González de León

“Hago lugares para vivir, para transitar, para recordar”

Escucha a Fernanda Canales:

El trabajo de Teodoro González de León (Ciudad de México, 1926) narra la historia del desarrollo moderno del país. Sus obras forman parte de algunas de las imágenes más representativas de nuestras ciudades, como el Museo Tamayo, el Auditorio Nacional (ambos construidos en coautoría con Abraham Zabludovsky) y los íconos de bienvenida a Villahermosa y el Tajín.

González de León ve la arquitectura a través de la forma. La relevancia del aspecto formal de su trabajo es lo que hace fácil que sus edificios se conviertan de inmediato en apodos –el pantalón, el dorito–, cosa que no sucede con la arquitectura de Barragán, que trata más sobre el espacio que sobre las formas, o la de O’Gorman, que fue un manifiesto social.

Para González de León la arquitectura no es un discurso ni un oficio sino una forma de vida. Cada proyecto es una excusa para entender cosas que no sabía. No se limita a dar respuesta a los aspectos funcionales sino que piensa en sus edificios lejos de las cuestiones inmediatas. Por eso son difíciles de fechar y no es sencillo tampoco descifrar la función que desempeñan. Su arquitectura se caracteriza por trazos contundentes y son el resultado de profundos conocimientos sobre urbanismo, historia, arte y modulación.

El pasado 28 de mayo González de León cumplió noventa años, y casi setenta de trayectoria. Ha sido testigo y protagonista de las transformaciones urbanas más relevantes. Considera que el futuro está donde las infraestructuras sean capaces de llevarnos: “lo que nos dicte el agua y el transporte”. Por eso añora al México de cuando “se pensaba en grande”, cuando las cosas sí se hacían y la ciudad se “compartía a pie”.

En esta conversación recorrimos la ciudad que ha vestido con sus edificios y su modo de pensar la arquitectura.

Hace casi quince años, en una entrevista publicada en la edición de agosto de 2002 (núm. 44) de Letras Libres, le preguntaron si la Ciudad de México era un caso perdido o si había soluciones posibles. En ese momento parecía optimista. Tres gobiernos después, ¿ha cambiado de opinión?

Seguimos igual. Tenemos los mismos problemas, pero se ha agravado la falta de transporte público. Es quizá la gran falla. Este gobierno no ha hecho nada: no hay nuevas líneas de metro, por ejemplo. Este último gobierno entró anunciando cambios, cerró la línea 12, no le hizo mejoras y la volvió a abrir. Es la locura. Hicieron esto solo para molestar al gobierno anterior, pero no se pueden tener caprichos políticos con el transporte colectivo de una ciudad. Ya se le fue el tiempo a este gobierno. En este aspecto no seguimos igual, hay un retraso.

Le ha tocado vivir en una ciudad que pasó de tener dos millones de habitantes a más de veinte millones. ¿Qué soluciones hay para un entorno tan cambiante?

Hay muchas acciones posibles, pero nadie las emprende. Es triste. En el tema de vivienda estamos muy mal. Los proyectos de vivienda que se desarrollaron en la década de los cincuenta, sesenta y setenta estaban diseñados por arquitectos, en zonas centrales. Desde hace algunos años se entregó el sector de vivienda a la iniciativa privada, quienes buscan los terrenos más alejados. Las unidades vacías son una tragedia espantosa.

Somos uno de los países con más vivienda abandonada. Por un lado millones de personas carecen de hogar y por otro sobran casas nuevas que han probado ser inservibles. Desde hace décadas dejó de hacer proyectos de vivienda, ¿por qué?

Nos sacaron hace años. Parece que ahora Alberto Kalach está haciendo vivienda con Carlos Zedillo en el Infonavit, una buena noticia. Tatiana Bilbao también, pero están haciendo proyectos muy pequeños. El gran trabajo ya está realizado, pero está mal hecho.

¿Se puede revertir ese alejamiento de los arquitectos en las decisiones de planeación urbana y en una injerencia real en la sociedad?

Yo no creo en los arquitectos como gremio. Con frecuencia piensan en los beneficios particulares a través de un puesto público. Y así están felices. Todo lo que se llega a hacer con el Colegio de Arquitectos va en ese sentido. No hay que generalizar, claro. Pero se necesitan estudios serios, de cómo arreglar, de cómo ocupar zonas más cercanas. Lo más importante: infraestructura y transporte colectivo. Desde la llegada de Andrés Manuel López Obrador al gobierno se detuvo el desarrollo del transporte colectivo.

En los últimos años lo que hemos hecho como gremio es muy banal: ha sido simplemente parar proyectos absurdos, como el Corredor Chapultepec, una obra que habría sido trágica. Los arquitectos estamos participando en detalles marginales de la planeación de la ciudad: la propuesta para arreglar la avenida Chapultepec de Kalach –a la que yo agregué ideas– es un ejemplo. Sin embargo, Simón Levy, el funcionario que estaba a cargo, es una persona que dice una cosa y de inmediato se contradice. Que los proyectos estén en manos de alguien así es terrible.

Sobre todo porque existen propuestas serias, como la que usted desarrolló con Kalach para rescatar el lago de Texcoco, que cambiaría no solo la ciudad, sino nuestra relación con la geografía, la historia y las posibilidades a futuro.

Aunque llevamos veinticinco años con ese proyecto yo no me siento desanimado. Me preocupa, pero no estoy desalentado. A mí no me han derrotado.

Usted atribuye el deterioro de la Ciudad de México al momento en que se vació el centro, con el traslado de la Universidad Nacional al sur, y comenzó su crecimiento extendido (poco después hacia el norte, con Ciudad Satélite). Ahora se intenta lo opuesto, llenar las zonas céntricas. Pero estas nuevas políticas de redensificación urbana no contemplan adecuar las redes de infraestructura, de transporte público y servicios (agua, drenaje, basura, espacio público). ¿Qué va a suceder con esta estrategia?

Trasladar la Universidad a la periferia fue un detonador, sí. Hoy, sin embargo, no tenemos infraestructura para recibir la redensificación que se propone. En la Condesa, que está en el centro, nos inundamos cada año. Se están acumulando problemas. Cada vez más se han ido empobreciendo los lugares. Hay intensidad de uso, que es muy bello. Es fantástico que la ciudad se use. Pero se inunda, hay problemas con la luz... La infraestructura es la que falla. En todos los aspectos.

Es también una locura hacer una constitución para la Ciudad de México. Además, esta se limita a lo que era el antiguo Distrito Federal, cuando hoy la ciudad es veinte veces más grande. En lugar de una constitución, necesitamos coordinación con todas las entidades, para la basura y el transporte. La ciudad necesita un sistema de coordinación con los demás estados, no una constitución. Pero van a aplaudirse ellos mismos con una constitución que no va a servir para nada.

Hay un dicho holandés que dice que Dios creó el mundo y los holandeses crearon Holanda, con sus polders ganados al agua. En México hemos hecho lo opuesto: pavimentado los ríos, secado los lagos, entubado el agua de lluvia para enviarla al drenaje. ¿Podríamos decir que Dios creó el mundo y los mexicanos se han dedicado a destruir su territorio?

Es cierto, sobre todo para un ateo. Hemos habitado mal nuestro territorio. Desde tiempo atrás: la ciudad del siglo xix no era una belleza. Tenía colonias nuevas, pero rodeadas de zonas de pobreza. No tenían ningún servicio. Se ha glorificado la ciudad colonial y la ciudad del siglo xix, pero no eran lugares fáciles de habitar. Históricamente, la Ciudad de México siempre fue inacabada y careció de infraestructura. Hubo un momento en el que se quiso alcanzar el desarrollo, a finales del Porfiriato: se hicieron, por ejemplo, todas las estaciones de ferrocarriles, que fuimos perdiendo poco a poco. Tener y no saberlo conservar es un error doble. Pese a ello, no soy pesimista.

¿Qué va a suceder con las conexiones pendientes que nuestras ciudades requieren, como el sistema de trenes y el aeropuerto de la Ciudad de México?

Si inauguran el aeropuerto será en el año dos mil veintitantos. Por cierto, una de las condiciones en el concurso era “no lagos”. Nadie sabe cómo va la obra en este momento, hay un silencio total. El gobierno siempre ha sido muy oscuro, pero este más. Presumía de tener mucho dinero para las obras que anunciaba, pero ahora no sabemos si aún lo tiene o se acabó.

Ha señalado tres puntos que debilitaron la arquitectura de manera irreconciliable: el alejamiento de las aulas por parte de los arquitectos que hacen obras; la pérdida de la importancia del dibujo; y el olvido de la historia. México es uno de los países con más escuelas de arquitectura del mundo pero carece de un control de calidad de los estudios. ¿Qué opina al respecto?

La educación es tal vez nuestro mayor problema. Falta educación en todos los aspectos. Estoy alejado de las escuelas, pero sé que en otros lados están reincorporando el dibujo en la formación de los arquitectos. La mano está conectada directamente con el cerebro, a diferencia de las máquinas. El dibujo está volviendo a tener la importancia que debe tener. Ojalá. Eso le daría un giro al oficio.

Tras defender en un inicio el Movimiento Moderno, en los años cincuenta usted señaló que estos principios no funcionaban para la realidad del país y no resolvían temas como la carencia de vivienda. Hoy la escala de los problemas ha crecido de manera exponencial, ¿cuál debe ser el papel de los arquitectos frente a estas realidades?

No creo que los arquitectos tengan ese papel; es el papel de la política de vivienda. Es la política la que puede hacer que los arquitectos se involucren para concebir vivienda económica con creación e innovación. Las instituciones, sin embargo, no entienden esto.

¿Tenemos la arquitectura y las ciudades que merecemos?

La arquitectura y las ciudades no son una calca de la sociedad. Yo creo que hay escapatoria.

En sus ensayos pone rostro a los autores de la arquitectura informal, de los asentamientos irregulares: primero el PRI, luego el PRD. ¿Qué podemos hacer con este fenómeno impulsado por las autoridades?

Desde los últimos años este fenómeno ya no está en manos de las autoridades, sino de la iniciativa privada. Se nos adelantó la mala política de vivienda, ahora es muy difícil medir qué área está invadida de manera ilícita. Esas casas en los cerros, que para mí eran muy bonitas, se agrupaban de manera armónica. El crecimiento espontáneo puede ser bueno. El problema que vemos hoy es distinto.

Un arquitecto no puede ocultar sus errores. ¿Le ha pasado que no quiere regresar a alguna de sus obras?

He vuelto a mis obras cuando me lo piden, si hay algún problema o hay que hacer una ampliación. Sin embargo, no siento nostalgia por ellas. No las visito: ya están hechas, están viviendo su vida.

Ha dicho que sus edificios son una posibilidad de poner orden dentro del desorden de las ciudades.

Ya no diría “orden”. En cambio hablaría de dejar una huella urbana. Hacer que un edificio tenga un impacto por su ubicación y por la forma en la que el espacio público penetra, pero nada más. La palabra orden debe abolirse: la ciudad moderna es desordenada, necesita confrontaciones, puntos de interferencia. Con el tiempo mis definiciones han variado. Quiero que mis edificios sean un punto donde algo gire, irradie. No sé si lo he conseguido... Creo que la Torre Manacar va a tener ese giro, que no está expresado en una forma distinta, sino en una presencia. Una presencia acertada para el sitio.

Sus edificios tienen un carácter monumental, son reconocibles.

Sí, pero no me gusta la connotación de monumento. La palabra monumento congela. Mejor: punto de atracción.

¿Cuál es el mayor miedo de un arquitecto?

¿Miedo? Yo nunca he sentido miedo. Que se caiga la obra o cosas de esas, pues está fuera de mi horizonte porque la estabilidad de un edificio es básica. Tiene que estar construido con ciencia y con colaboración. Así que miedo por ahí, no.

¿Miedo a cómo se comportan los edificios con el paso del tiempo, o miedo a no tener ideas nuevas?

Creo que mis edificios se han portado más o menos bien con los años. Tal vez persiste el miedo a que el siguiente no me salga. Cada vez pienso con más frecuencia que “este no me va a salir”. Justo hoy tuve una reunión larga con unos clientes nuevos: del primer encuentro saldrán cambios, pero ya va caminando. Y cada vez es lo mismo: siempre sale.

¿Cómo empieza un proyecto?

Pienso en el lugar y veo el lugar. Discuto el programa y de pronto sale una idea que hay que atrapar rápidamente. Porque esa idea que se forma en el fondo del cerebro ya es una idea arquitectónica, ya tiene volumen, ya es espacial. Es entonces que se pasa a una pequeña maqueta y a un croquis. Después de que concibo la maqueta viene la parte penosa: la idea se va ajustando al programa, con prueba y error, se va ajustando al sitio, al paso del sol...

En un proyecto participan muchas personas. Casi todas las obras se van modificando. Algunas conservan una imagen inicial, pero casi todas se transforman. El reto es que con la colaboración no pierdan, sino ganen. Que la participación del cliente enriquezca la idea original.

La manera en que surge la idea de un proyecto, ¿es un don o un oficio que se puede enseñar?

Creo que imaginar formas en tercera dimensión es un don. Esa es la tarea que debe tener toda escuela de arquitectura: entrenar a los jóvenes a imaginar en tercera dimensión, que veas una idea en el espacio. Desde que recuerdo, la imagen que me salía era espacial, tridimensional, y creo que esa es la base de la educación para un arquitecto.

En mi caso me imagino la maqueta, a veces desde el principio veo cómo quedará la versión final. Luego hay que fijarla en el lugar. Creo que para mí el recuerdo espacial es nato. Me acuerdo de las casas en las que vivía a los cuatro años. ¿Se puede enseñar la memoria espacial? Es posible que sí. No fue algo que yo aprendiera, en todo caso.

Nunca habla de Luis Barragán, ¿qué es lo que más destacaría de él?

Lo que más me ha emocionado de Barragán son sus jardines muestra de los años cuarenta. Cuando los conocí quedé azorado. Entonces él casi no había hecho arquitectura, pero esos primeros proyectos me asombraron.

¿Cuál ha sido su mejor proyecto?

El último. No me interesa todo lo que ya está.

¿Qué relación encuentra entre su trabajo arquitectónico y sus inquietudes artísticas?

Como no me he hecho psicoanálisis, no sé. No sé para qué me ha servido la música, por ejemplo, pero sé que si no la escucho no vivo. Si no dibujo o leo durante dos horas estoy arruinado para el resto del día. Es básico. Tengo muchas manías de ese tipo, ayer me pasé la tarde entera leyendo a Jane Austen.

En sus esculturas y pinturas se pueden distinguir las formas que aparecen en sus edificios, ¿existe una relación entre el dibujo, la escultura y la arquitectura?

Sin duda, pero no sé cómo se conectan. Tendría que reflexionarlo, y ni así creo que sea posible saberlo. Esas cosas penetran por el subconsciente, por la parte que no manejamos de manera racional. Eso lo describía muy bien Octavio Paz.

¿Extraña hacer proyectos de vivienda?

Es una tipología que extraño. A lo largo de mi carrera hice muchos proyectos: más de quince mil departamentos. Recalco lo grave del hecho de que a los arquitectos nos hayan marginado de la vivienda. Es muy grave. El chileno Alejandro Aravena, un formidable creador de lo mínimo, es una figura insólita.

Si yo hiciera un proyecto de vivienda hoy no sé cómo lo haría, pero me gustaría volverlo a hacer.

En el edificio de Reforma 222 combinó de forma poco común en México vivienda, comercio, oficinas y una plaza que entra al edificio.

Yo lo siento como una prolongación de Paseo de la Reforma. Esa fue mi intención y creo que funciona así. La calle se metió al edificio. La absorbió.

Ha dicho que Le Corbusier, con quien trabajó una temporada, vivía para tener emociones espaciales, ¿qué valor da usted a la arquitectura como servicio frente a la arquitectura como creación artística?

Ambos elementos siempre están presentes, no los puedes disociar. Separarlos sería un error: la arquitectura sirve para vivir. Es muy difícil definir la arquitectura, sus definiciones son kilométricas o poéticas, como la de Le Corbusier, que es un poema. Yo no pudo definir la arquitectura, es un concepto muy extraño: hago lugares para vivir, para transitar, para recordar.

Ha firmado buena parte de su trabajo con alguien más. ¿Qué papel han jugado las colaboraciones y sociedades con Abraham Zabludovsky o Armando Franco?

Ya pasaron.

Ha hablado de la riqueza artística y cultural que encontró en la universidad, un espacio que combinaba una gran biblioteca, talleres, exposiciones, escultura y grabado.

Ese era el atractivo del San Carlos de aquella época. Sigo creyendo que todas esas disciplinas están unidas. La invención del interiorismo parte de la idea errada de que puedes cambiar un espacio arquitectónico con un mueble. La arquitectura debe tener flexibilidad para recibir cambios.

¿Cuál podría ser la transformación capaz de mejorar esta ciudad?

Transporte colectivo, transporte colectivo, transporte colectivo, así, repetido tres veces. Pasan muchas cosas con el transporte colectivo, es el que desencadena todo. Quitar la ley de estacionamientos y pensar en el transporte colectivo.

¿Qué opina del futuro de la ciudad?

No hay que hacer planes, mejor deberíamos pensar ¿qué se puede hacer hoy? Un plan que anticipa está mal. Los planes deben ser para hoy, de eso estoy convencido. En la ciudad, si no haces planes para hoy, terminas inmovilizado. No creo en la planeación, creo en proyectos presentes, a corto plazo. Esto es tan cierto en economía como en urbanismo. No sirve un plan a veinte años sobre cómo abatir la pobreza. Mejor: ¿qué planes tengo hoy para irla combatiendo? Hoy, nada más. Dentro de diez años pensaremos de manera distinta, habrá otros medios. El mundo cambia.

¿No es ese nuestro problema recurrente, el de la planeación a corto plazo? ¿Políticas que carecen de una visión de largo alcance?

No ha habido políticas, punto. No hay que confundir: no hemos tenido programas concretos que se hagan. Todos los programas “programados” no se llevan a cabo. Yo difiero de la opinión general: la planeación debe ser a corto plazo. Al plazo razonable de tu dinero y de tus capacidades. La gran visión no existe. Todos son planes aislados, no hay el “gran plan”. ~


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