Entrevista a Sergio Vila-Sanjuán. “¿Queremos jugar en la liga de los grandes países europeos o conformarnos con un ir tirando propio de asentadas medianías?” | Letras Libres
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Entrevista a Sergio Vila-Sanjuán. “¿Queremos jugar en la liga de los grandes países europeos o conformarnos con un ir tirando propio de asentadas medianías?”

Sergio Vila-Sanjuán es novelista, ensayista y responsable del suplemento Cultura/s de La Vanguardia.

La crisis económica, y sus efectos sobre la cultura, coincide con la de los medios y su modelo de negocio, y con la pérdida de capacidad de prescripción. ¿Cree que puede haber un cambio en el sistema cultural? ¿Qué cambios le parece que pueden ser permanentes y cuáles son coyunturales?

Las dos principales tendencias que hemos vivido estos dos meses de confinamiento en el campo cultural son, a mi entender, 1) revalorización y gran intensificación del consumo cultural, por lo general en su vertiente más ligada al entretenimiento pero no solo en ella (series de tv, cine, lectura, música, etc.), y 2) consolidación de la “nueva cultura” de la comunicación digital, a través de las tecnologías de la telecomunicación y el teletrabajo.

Sospecho que de cara al futuro esa consolidación se mantendrá y ampliará. Pero a la vez, va a surgir una gran demanda de la experiencia cultural de, digamos, “contacto humano”, que estos meses no ha podido vivirse. En cuanto sea posible desde el punto de vista sanitario –probablemente de una forma paulatina– creo que vamos a contemplar una gran demanda por acudir a conciertos, conferencias, exposiciones, librerías, rutas culturales… Todo lo que nos hemos estado perdiendo y cuyo valor ahora se verá, al menos temporalmente, muy acrecentado. La cultura del “mundo de ayer” está llamando ya con fuerza a la puerta para retornar. Quienes dicen, por ejemplo, que se ha acabado la era de las grandes exposiciones con colas interminables creo que están expresando su wishful thinking más que una hipótesis realista.

¿Qué es lo que más le preocupa? ¿Cree que puede haber algún efecto positivo?

Lo que más me preocupa, claro, es el balance de víctimas, la situación de mi familia y mis amigos, la posibilidad de que ellos o yo aún podamos contagiarnos por exceso de confianza. Que esta crisis se haga crónica. Las repercusiones económicas generales. Y me preocupa también cierta sensación de melancolía que percibo en algunos ambientes de la cultura.

El efecto positivo es que todo el mundo ha tenido más tiempo del acostumbrado para leer y escribir. Yo aproveché para ponerme al día con El vizconde de Bragelonne, de Dumas, 1.500 páginas que tenía a la espera desde hace veinte años. Y también hemos aprovechado para reflexionar: la crisis nos ha dado un tiempo con el que no contábamos para confrontarnos con nosotros mismos. Otra cuestión potencialmente positiva es que, como apunta el historiador J. E. Ruiz-Domènec, después de la peste negra vino el Renacimiento, es decir, la respuesta histórica a las grandes crisis tiende a crear nuevas situaciones que pueden representar grandes mejoras socioculturales de amplio espectro.

¿Qué le ha parecido la respuesta de las instituciones?

Supongo que han hecho lo que han podido, dado que la situación resultaba tremendamente complicada e incierta en todos lados. Desde el punto de vista gubernamental he echado de menos en España la respuesta que se produjo inmediatamente en Francia y Alemania. Ambos gobiernos establecieron que la cultura era y seguiría siendo prioritaria para el país, y los ministros económicos secundaron de inmediato la posición cultural poniendo los medios para asegurarla. En España claramente ha faltado en este terreno tanto agilidad como liderazgo.

El otro día comentaba que los dos ministros de Cultura que han tenido un sentido del puesto, visión de la cultura y criterio político eran Jorge Semprún y César Antonio Molina. ¿Por qué, y cuáles serían para usted las tareas más urgentes de los responsables actuales?

Cuando Pedro Sánchez nombró ministro de Cultura a José Manuel Rodríguez Uribes –con todo mi respeto para este señor–, fuimos varios los que señalamos que era una pena, y a la vez un detalle significativo, que este primer gobierno de coalición de izquierdas en muchos años no lanzara un mensaje claro de compromiso con la cultura, poniendo a dirigirla a una persona con experiencia en el sector y a la vez emblemática, como hizo en su día Felipe González al nombrar a Jorge Semprún.

Conviene recordar que el sistema político de la transición democrática española apostó de forma contundente por la cultura como signo identitario a todos los niveles al menos desde 1976, según han documentado estudiosos como Giulia Quaggio, y esta apuesta se mantuvo, con buenos resultados, hasta la segunda mitad de los años noventa. Desde entonces ha sido poco usual que ocuparan el cargo figuras con visión clara del tema que representaban (eso cuando no se ha fundido su departamento con otras áreas como educación, deportes, etc.). En el caso del actual ministro, el comienzo de la crisis le cogió sin que hubiera tenido tiempo de familiarizarse con el sector, y de ahí la lentitud y poca precisión de su respuesta en estas semanas tan claves.

Es urgente reformular algunas cuestiones, que el último ministro del ramo en plantear con cierta profundidad fue César Antonio Molina en el periodo 2007-2009. Como las siguientes: ¿cuál es el papel de la cultura en el Estado español: queremos o no ser un Estado cultural? ¿Cómo puede reformularse una visión pluralista de la cultura española que resulte estimulante y aceptable en el tiempo actual? Coordinación de las políticas culturales del Estado y de las autonomías, que nunca –nunca– se ha llegado a establecer con seriedad. Unidad de criterio entre la política cultural interior y la difusión en el exterior. El papel social de la cultura en la sociedad digital, y especialmente en un momento de reconstrucción como el que viviremos. En general, el sentido de fondo y la dirección a largo plazo. ¿España puede impulsar una política cultural que sea motivadora y solvente, o bien hay que renunciar a ella y contemplar su definitiva fragmentación a través de las autonomías? ¿Queremos jugar en la liga de los grandes países europeos o conformarnos con un ir tirando propio de asentadas medianías? ~


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