Entrevista a Boris Muñoz. “La edición no es una batalla de egos ni un pugilato arbitrario” | Letras Libres
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Entrevista a Boris Muñoz. “La edición no es una batalla de egos ni un pugilato arbitrario”

El 17 de julio de 2019, la Universidad de Columbia difundió los nombres de los receptores del premio Maria Moors Cabot, el más antiguo reconocimiento al periodismo en Estados Unidos. Boris Muñoz, el periodista venezolano que funge de editor de Opinión en The New York Times en Español, fue uno de los seleccionados. Dijo el comité del Moors Cabot: “La riqueza y la profundidad de estas páginas editoriales han establecido un estándar dorado para la escritura de opinión en español y proporcionan modelos para una región que recién ahora está comenzando a experimentar con el género.”

Conozco a Boris desde hace algún tiempo. Somos amigos, de esos que construyes cuando ya eres adulto, más por cercanía y respeto intelectual que robando naranjas cuando niños. Fui su editor en dos oportunidades significativas: una cuando lancé Crecer a golpes, el libro sobre el estado de América Latina a cuarenta años del golpe de Augusto Pinochet en Chile, y otra para Hacer la América, una producción de historias que presentaban las dificultades del desarrollo sostenible en la región. Boris ensayó sobre Venezuela, la tierra que sigue moviéndole la sangre por el cuerpo, y perfiló a emprendedores de las selvas de Costa Rica. Eran textos dinámicos, climáticos, chispeantes.

Boris es hoy mi editor de Opinión en The New York Times en Español. En tres años, ha construido una red de columnistas en América Latina que hacen del Times un medio cuya lectoría se mueve antes por la opinión que por las noticias que produce. Mérito de editor es hacer lo mejor con la argamasa que te ponen al frente: el Times tiene una redacción pequeña para el día a día, así que Boris se ha valido de la opinión como daily, la voz de los autores convertida en el relato de América Latina. Su aproximación ha funcionado en un oficio donde qué resulta o no tiene un elevado componente subjetivo.

“Cada editor tiene su estilo y cada quien interviene un texto a su manera, así haya escuelas”, me dirá Boris como profesión de fe. “Hay tantas formas de editar como editores; a mí me gusta conversar.”

Boris –Caracas, 21 de mayo, 1969; la voz grave de los que parecen haber despertado hace tres minutos– lleva diez años en Estados Unidos. Publicó los libros La ley de la calle y Más allá de la ciudad letrada y la macrocrónica ensayística Despachos del imperio. El último, Ciudades visibles, es una coedición de crónicas junto a Claudi Carreras para la Fundación Gabo y la alcaldía de Quito. Antes y después de eso, y hasta llegar al Times como su editor de Opinión en español, vivió en Cambridge, donde pasó cinco años en Harvard University. Boris hizo un doctorado en literatura hispanoamericana en Rutgers.

¿Qué ha sucedido desde el anuncio del premio Moors Cabot?

Más atención y trabajo. Tuve que asistir a entrevistas para las cuales no tengo un guion muy elaborado. Jugué tocando de oído –ríe– y el resultado fue positivo. Tienes momentos bastante simpáticos con la prensa, porque no estás acostumbrado a responder preguntas sino a hacerlas. Un viernes hablé en cnn y me preguntaron inesperadamente por mi mamá y mi papá, y me sorprendió. Como editor te acostumbras a estar detrás y acá tenía que hablar de mi experiencia en primera persona. Inusitado, pero simpático.

El Cabot es un premio de referencia. Si dijeran que dan el premio a un medio con solo tres años en internet, nos preguntaríamos si en Columbia se volvieron locos. Pero es el Times y eres tú. Cuéntame qué te dio el Times como editor y qué ganó el periódico contigo.

Lo primero que espero es que ganen los lectores, y ganen mucho. Pensé que había llegado a un punto en mi carrera en que tenía poco que aprender formalmente, pero no fue así. Aquí tuve que aprender a marcha forzada un estándar de trabajo que se basa en un cuidado muy elevado del artículo. La orientación general del New York Times es buscar la verdad y buscar la verdad en la Opinión es muy delicado porque trabajas con perspectivas personales. En Opinión hay muchas cosas que son materia de discusión, controversiales, de punto de vista. Lo que he aprendido es ese estándar, desde la concepción de la idea a la realización. Que los hechos sean rigurosos y verificados, el punto de vista equilibrado, el argumento lógico y coherente, que el contexto no esté lleno de ripios. Fundamentación, funcionalidad, estética. Suena técnico, pero es el aprendizaje que he hecho.

Creo que a cambio le di al Times la experiencia y el entendimiento de la región, el conocimiento de la historia y la cultura latinoamericanas. Y creo que lo más importante es que llegué contigo, con Martín [Caparrós], Gaby [Wiener], Guadalupe [Nettel], Michael Shifter, Enrique Krauze, Sylvia Colombo, Jorge Castañeda, Carol Pires, Alberto Barrera, Javier Corrales y muchos otros escritores. Es una red que ha crecido todavía más. O sea, no llegué desprovisto. Esa buena compañía es algo que le he dado al Times en Español y, hasta cierto grado, también en inglés.

En Opinión, el Times tiene un método y una fórmula, digamos, anglo: es más seco, por la economía propia del inglés, y por método. El adjetivo parece sospechoso. ¿Es igual en el Times en Español, con un público tan disímil? ¿Qué debiste tropicalizar?

No es que América Latina no tuviera buen periodismo de opinión, sino que nosotros añadimos valor al debate y tratamos de elevarlo. El género de opinión latinoamericano tiene acentos propios y está lleno de brisa, digresiones y música tropical. En The New York Times en Español hacemos nuestra propia fórmula. No una réplica o una imitación del estilo del Times en inglés. No es talla única, para nada. Tratamos de que Diego Fonseca sea Diego Fonseca en clave de OpEd. Buscamos que el escritor que pase por nosotros conserve su genio y figura y que diga las cosas de un modo directo, con claridad suficiente y de manera muy eficiente para que el lector aproveche la experiencia de lectura en un tiempo y número de palabras limitados. Aceptar esos límites y poder negociarlos con los autores es beneficioso para todos. Para los autores, porque los textos quedan más redondos y contundentes, afilados y elocuentes; para el lector, porque lo ayuda a cortar mejor a través del ruido y a hacerse una visión más cabal de lo que lee; y para el periodismo latinoamericano, no suena exagerado decirlo, porque de alguna manera hemos ajustado un poco mejor la tradición nuestra, que es esencialmente autorial. Llevamos eso a un terreno institucionalizado en el sentido de darle un estilo al género de opinión que lo hace más firme y más cercano de una voz que predica a través de los hechos. Publicamos luego de someter a una prueba de rigor todos los elementos que conforman una opinión, empezando por los datos y las afirmaciones. Detrás de cada uno debe haber respaldo. Hay un proceso de destilación de los artículos que puede ser más o menos laborioso. Todos nuestros escritores pasan por allí. Es el estilo del Times.

Como cronista, tu ritmo es parsimonioso, te tomas el tiempo para contar. Pero en el Times las columnas tienen novecientas palabras. ¿Cómo manejaste el cambio de autor de largo a editor de corto?

Es un punto importante, pero no lo tengo completamente racionalizado. Hay un proceso de reflexión, pero también es disciplina autoimpuesta. Hay un asunto externo, un orden que exige que el artículo se organice según un hilo argumental y diga lo que debe en el espacio que existe. Yo he tenido que hacer esa reflexión. Antes no tenía claro eso y ahora lo tengo. En la crónica, el pequeño gran género de nuestra América, respira lo mejor de nuestra lengua, pero en un artículo de opinión esa extensión es un lujo. El artículo de opinión debe ser sobre todo funcional y utilitario. Son dos criaturas diferentes.

¿Has escrito desde que te nombraron editor?

Poco. Este trabajo ha implicado una curva de aprendizaje larga que me absorbió muchísima energía. Ser editor no es solo editar: es concebir ideas. Yo venía equipado para eso. Tener ideas originales, abordar la realidad, discriminar hechos, leer entre líneas, entender el juego político y cultural regional. Ver las idiosin- crasias locales, cuestiones que no se consiguen en la escuela de periodismo. La que traes tú de Argentina, yo de Venezuela, las que creamos con nuestros viajes y relaciones.

Mencionabas que, aunque el Times tiene un modo de escribir OpEd, tratas de mantener la voz del autor. ¿Te resulta más difícil trabajar el argumento del texto o el ego del autor?

[Risas.] Es más difícil el argumento. El ego estará siempre allí pero cuando hay tratamiento profesional debe hacerse a un lado en cierto punto. Los que mejor trabajan son los que entienden eso, y se benefician más. La edición está orientada por la idea de servir al artículo lo mejor posible. No es una batalla de egos ni un pugilato arbitrario.

Ya: la idea del diálogo entre editor y autor, el texto como un trabajo colectivo.

Creo en ese diálogo. Profundamente. Y es positivo y productivo. No impones una visión sobre el autor: desarrollas con él o ella el borrador a su máxima potencia. A mí me parece aventurado cuando un escritor o escritora envía un artículo esperando que se publique como llega. Un texto da vueltas. Si fuera análogo a la fotografía, la edición sería un proceso para revelar la mejor imagen. La más nítida, la más expresiva, la del mejor ángulo.

La idea del trabajo colaborativo editor-autor es más propia de la tradición estadounidense. En Iberoamérica no existía ese acompañamiento del editor, diría. Se necesita tiempo, y esa puede ser una razón. ¿Crees que ha mejorado el diálogo editor-autor en los medios de la región?

No sé si se haya generalizado la relación editor-autor. He asistido a un par de charlas y conferencias donde intercambiamos ideas y creo que hay una intención en ese camino, pero no sé qué tan firme y arraigada esté. Es una relación esencial para el desarrollo de un mejor periodismo de opinión en habla hispana y, particularmente, creo que es central para obtener mejor calidad de artículos, incluso de autores muy probados y consagrados. Lo digo sin desmerecer el talento de nadie. Esa conversación ayuda a afinar un texto. Pienso en el ángulo desde el cual se entra a un tema, los anclajes de un argumento, qué se puede proponer como solución al problema o la situación planteada. Este proceso debiera transitarse incluso en condiciones de mucha presión por publicar.

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En Opinión, el Times publica entre seis y ocho textos por semana. Puede parecer poco, pero calidad y cantidad no siempre van de la mano si cada pieza debe girar varias veces entre autor y editor y el equipo es pequeño. Boris no está solo en el proceso. Su equipo incluye a Patricia Nieto, la editora asistente en México, y a Isvett Verde, verificadora y asistente editorial en Estados Unidos. Como editora operativa, Patricia comparte la carga diaria; Isvett apoya con la filigrana de la edición en inglés. “La tarea de equipo es sustancial”, dice Boris. Todo texto pasa por varios filtros de edición. El primer editor trabaja las ideas con el autor y es, también, quien recibirá y rebotará los borradores iniciales. Cuando el artículo tiene forma pasa al segundo editor, que se ha mantenido distante para poder mirar sin compromiso subjetivo el resultado y hacer comentarios con el cuchillo de disección frío.

En el Times anglo la producción diaria de información es central, tanto más que OpEd. Mi percepción es que en el Times en Español esa cobertura diaria queda en manos de tu sección.

Somos un medio pequeño, flexible y muy funcional. No creo que en la sección de Opinión reemplacemos a la redacción. Cubrimos no solo la actualidad sino temas, áreas y tendencias que valoramos como relevantes. También nos abrimos a explorar cosas que se mueven fuera del radar de una pauta diaria. Es un privilegio contar con colaboradores en toda la región y en Estados Unidos y España.

Hasta ahora funcionó un pool regional con autores de renombre, pero ¿puede subsistir como modelo? The Washington Post tendrá también una sección de Opinión en español y, supongo, reproducirá la estrategia. ¿Cómo te diferencias?

La pregunta es cómo se va a diferenciar el Post de nosotros. No lo sé.

El periodismo sigue siendo encontrar algo nuevo que contar o dar un ángulo distinto a algo conocido. ¿Privilegias novedad o ángulo?

La novedad se impone por sí misma. La revelación del acontecimiento siempre es atractiva de manera que el ángulo está supeditado a la novedad. Ahora, cuando se trata de un asunto conocido, es precisa una perspectiva fresca. El ángulo se vuelve importante porque demuestra la capacidad de los autores de pensar las cosas outside the box. Y buscas esa diferencia, lo que hace que en un área geográfica tan grande como América Latina tengas un gran número de textos descartados.

Ya que hablas de América Latina, en los primeros tiempos de internet los medios regionales eran multilatinos, estaban en varios países pero carecían de un pie local fuerte, así que perdían con el medio nacional de referencia, que podía ofrecer más volumen y profundidad. ¿Cómo manejas el flujo ahora que hay más posibilidades de intercambio?

[Suspira] Uf, buscas la mejor calidad. La persona que mejor pueda explicar las cosas con suficiente generalidad para que sean comprendidas por un público no nacional muy grande y un grado de especificidad alto para que el tema sea nuevo y original para quien lo leerá en el país de origen de la historia. Es difícil de lograr. Por eso nosotros no podemos andar al mismo ritmo de las redacciones locales. Debemos optar por mayor originalidad.

¿Y eso te permite originalidad formal, ir más allá de las limitaciones estilísticas del Times?

Los estándares del Times son una condición sine qua non, y deben respetarse en cualquier artículo, sea incluso un ensayo personal o un poema. Los límites éticos y estilísticos son necesarios. Ahora, más allá de ahí, hay un campo enorme que invita a ser explorado. ¿Limitan? Prefiero pensar que abren nuevas posibilidades.

Eso obliga al editor a ser el estratega en la sala de guerra.

El editor tiene que crear su propia agenda. La realidad existe per se pero el editor debe tener un sentido cabal de lo que pasa y proyectarlo al futuro. Ver los temas relevantes a discutir. El periodismo tiene unos plazos muy breves, de acuerdo, pero si tú te informas y formas en profundidad crearás intereses propios, y eso influye en las historias que decides asignar y editar. Por ejemplo, Cuba como tema: ahí había un interés mío que traduje en la búsqueda de un ángulo en la producción de la serie Revolución 60 que está en curso. O la atención al medio ambiente, porque implica el futuro de la humanidad. Es personal: tenemos hijos.

Creo en la idea del editor como un ensayista que comparte y debate sus ideas en privado con otros.

Es un ensayista que necesita dar curso a sus pasiones. Y lo encuentra en la pauta editorial que diseña, la forma en que ve el mundo, lo que edita. Necesita compartirlo, porque no puede ser omnisciente.

Flaubert hablaba del artista como un dios presente en todas partes pero invisible.

Exacto, y lo ideal es que no se vea [risas]. Si toma distancia, un editor puede ver todo en perspectiva.

¿Cuál fue tu mejor acierto?

[Se ríe] Es algo diario. A veces los temas te buscan y debes oírlos. Estar abierto a la serendipia, al hallazgo accidental, así tengas una pauta. Y hay temas que buscas hasta que los encuentras. Hay algo ahí que tiene que ver con la proyección intelectual: encontrar al articulista indicado para dar forma a una idea. Editar requiere mucha complicidad. Eres un co-conspirador buscando otros conspiradores para articular un interés o hasta una especulación razonada, una fantasía que nadie más previó pero que de golpe se hace realidad.

¿Eres capaz de ver tu peor fallo?

[Ríe] Espejito, espejito, dime cuál es mi peor fallo... No lo sé. ¡Esto es terreno minado siempre! [Más risas]. Cualquier día que te descuides pasa algo. Errores de varios tipos, por supuesto que hay, pero trato de que sean menores. Es un trabajo peligroso. Cuando estás condenado a la precisión, cuando dependes de ella, tienes que ser obsesivo-compulsivo. Si no tienes esa personalidad de manera natural, debes desarrollarla. Es un ejercicio de tensión extrema, tan gozoso como desgastante.

Para un editor, el peor día es siempre hoy y el mejor ayer, ¿no?

Hoy es siempre terra incognita. Las redacciones tienen horas locas en las que hay que amarrar todo porque llega la tempestad del cierre. Es intenso, titánico. Sabes cómo empieza el día pero nunca cómo terminará. Y mañana todo recomienza. ~


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