En los años 1600, pan-pan-pan | Letras Libres
artículo no publicado

En los años 1600, pan-pan-pan

Lo primero que llama la atención de dos reediciones recientes de libros sobre salsa (Los rostros de la salsa, de Leonardo Padura, original de 1997 y publicado con añadidos en 2020, y El libro de la salsa, de César Miguel Rondón, de 1980, actualizado en 2004 y vuelto a actualizar en 2017) son precisamente los prefacios, prólogos, codas, notas al pie y nuevos apartados con que los autores intentan poner al día los materiales originales. “En tiempos del reguetón, ¿para qué volver a hablar de la salsa, qué nos importa ya de la salsa... y a quién?”, se pregunta Padura para justificar el regreso de su libro, un compendio de conversaciones con músicos, empresarios y estudiosos del género, que había aparecido cuando el público redescubría los viejos sones cubanos, gracias al éxito de Buena Vista Social Club, y por tanto cierto periodo de tensión entre el fenómeno comercial conocido como salsa y la música cubana tradicional podía darse por cerrado. Por su parte, el libro de Rondón –un texto pionero que suele citarse en los trabajos académicos, como ha subrayado Ibsen Martínez en esta misma revista– quería hacer el primer corte de caja de un movimiento que, a finales de los setenta, parecía haberse agotado en las fórmulas, incluso si por las mismas fechas había sacado a la luz algunos de sus álbumes más propositivos, en particular Siembra (1978), de Rubén Blades. Sin embargo, como demuestra la reelaboración de ambos títulos, a la historia de la salsa todavía le faltaban, y le faltan, muchas páginas por escribir.

Otro volumen aparecido hace pocos años –El dólar de la salsa, de Leopoldo Tablante, que nació de una tesis de doctorado– puede servir para completar el retrato. Su análisis de los dilemas de identidad de la comunidad puertorriqueña en Nueva York y los vaivenes económicos que vinieron con la masificación y globalización de la salsa pone en el centro a la industria discográfica de Estados Unidos, sin la cual no puede entenderse su popularidad. Con especial atención a los abusos laborales y a las estrategias de mercadeo, Tablante describe las relaciones entre artistas, sellos independientes, firmas multinacionales y medios de comunicación de 1971 a 1999. A pesar de su jerga y no pocos excesos sociológicos, Tablante sabe unir la historia de una música al comercio de los fonogramas y termina su relato precisamente cuando aquella industria iba a transformarse de modo radical, por no decir que iba a entrar en una crisis profunda, gracias a internet. En ese sentido, su libro también da por concluida una época en que la música se hacía, distribuía y escuchaba de otra manera.

Es quizá debido a esa mirada medianamente fría de Tablante que, a la distancia, los libros de Padura y Rondón se leen con mayor placer y no exagero si digo que con mayor provecho, a pesar de que ninguno podría considerarse una “historia de la salsa”. A Padura le faltan varios nombres clave y en ocasiones Rondón cae en esa militancia feroz que le ha reclamado el crítico Diego A. Manrique, pero en ambos late una curiosidad digna del mejor periodismo y, sobre todo, una necesidad de entender la salsa y a sus exponentes en términos musicales, no solo desde la perspectiva cultural y comercial. Lo que identifica a gente como el panameño Blades, el nuyorriqueño Colón, el cubano Formell o el puertorriqueño Lucca, además de “la región Caribe” en la que se inscriben, es que son artistas –compositores e intérpretes que lidian con la instrumentación, los ritmos, los acentos, las tradiciones, el trabajo–, una condición que a veces se les resbala a los estudiosos universitarios del género.

Es verdad que, a menudo, resulta chocante que Padura les pregunte a casi todos sus entrevistados si la salsa de verdad existe, pero su insistencia revela un conflicto con dicho término, inventado por la compañía Fania en su pretensión de volverse una Motown de la música latina, que ha perseguido a los músicos por décadas. Gente como Cachao López o Mario Bauzá lo desacredita por razones formales (“A ver, ¡enséñame un papel con música salsa, anda!”, reta Bauzá) y Willie Colón suena a veces como curador de arte contemporáneo cuando pide ir más allá de las categorías musicales y las partituras, porque “la salsa es una idea, un concepto”. En todo caso, el entrevistador admite estar del lado de los creyentes.

Sería un error pensar, sin embargo, que las conversaciones de Padura se pierden en debates hoy en día bizantinos o en meros asuntos técnicos. Si bien descubrimos que muchos de los entrevistados –no todos ellos salseros, pero relacionados de algún modo con el movimiento– logran ubicar con sorprendente claridad su lugar en la música caribeña y reconocer sus alcances políticos, lo mejor de Los rostros de la salsa es que ninguno pierde su individualidad al hablar. Blades tiene todo el tiempo ese tono intelectual que encaja perfecto con el tipo que hizo mención de Kafka en un tema bailable y el cofundador de Fania, Johnny Pacheco, deja ver su lado empresarial incluso si cree que está hablando solo de canciones. Una leyenda del bajo como Cachao explica bien por qué un bajista debe saber bailar –a tiempo o “atravesado”, según la idea que se tenga de “saber bailar”– y un guitarrista nacido a la sombra del rock como Juan Luis Guerra es capaz de dar pormenores de la influencia de los Beatles en la renovación del merengue.

Esa variedad también está presente en el libro de Rondón, que en numerosos capítulos ejerce la crítica musical para hacer avanzar su crónica. Dado que los sucesos eran muy recientes, Rondón se toma la libertad de comentar temas, álbumes y estilos de interpretación con juicios las más de las veces aventurados, pero lo suficientemente agudos para tomarlos en serio. A fin de dar una idea de los impulsos innovadores de muchos músicos, pone atención a discos ahora en el olvido, a fracasos comerciales y a figuras que luego se pasaron al jazz, pero también examina con malicia aquellas piezas escritas para ganarse al mercado a como diera lugar (para mayores ejemplos, “El ratón” de Fania All Stars, que, a fuerza de querer sonar a Carlos Santana, se grabó con la participación de su hermano, el también guitarrista Jorge Santana). Ese seguimiento a poca distancia otorga al volumen una vitalidad única: el mismo autor muestra sorpresa de que un trombonista poco dotado como Willie Colón se convirtiera con los años en el eje del movimiento o que Richie Ray y Bobby Cruz terminaran ofreciendo conciertos cristianos. Sus retratos exprés de Héctor Lavoe, Cheo Feliciano o Eddie Palmieri los muestran en sus altas y sus bajas como artistas desplazándose a tientas en medio de un furor comercial que nadie sabía adónde iba a parar. Con fortuna, Rondón mezcla la apreciación crítica con el chisme, la posición del conocedor y la del entusiasta. Está consciente de que una etapa ha llegado a su fin e intenta narrarla con los recursos a la mano.

De nuevo, ¿para qué hablar otra vez de un género cuyos mejores años parecen haber quedado atrás? Padura dice que para apreciar el pasado cultural, un pasado que por un buen tiempo transcurrió a ritmo de salsa. Pero no estoy tan seguro. Si uno es atento, resulta que depende del disco de éxitos que hayas escuchado, Simón el Gran Varón pudo haber nacido en el verano del 56 (de acuerdo a la versión de Súper éxitos de Willie Colón, de 1992) o en el verano del 63 (según la de Solo éxitos, también de Colón, de 2013). Si ni siquiera la salsa trabaja con elementos estables, para qué empeñarnos en fijarle una historia única, o ponerla, como afirma Rondón, en la cima del “rico y contradictorio universo de la música caribeña”. Por lo que permiten apreciar sus propios libros, a la salsa se le comprende mejor observándola en acción, en movimiento. ~


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