El testamento de Homero Aridjis | Letras Libres
artículo no publicado

El testamento de Homero Aridjis

Homero Aridjis

El testamento del Dragón

Ciudad de México, Alfaguara, 2018, 512 pp.

“¿Cómo vivir con Homero?”, se pregunta Homero Aridjis en El testamento del Dragón. Si la pregunta es, de manera inevitable, megalomaníaca, la respuesta del hijo de Nicias Aridjis Theologos –inmigrante griego llegado a Michoacán en 1922 y casado con la mexicana Josefina Fuentes– es amable en un poeta cuyo sentido ha de resumirse, según Guillermo Sucre, en una sola línea: “El único milagro es el de la Creación / lo demás es anecdótico.”

Guillermo Sucre, La máscara, la transparencia. Ensayos sobre poesía hispanoamericana, Ciudad de México, fce, 1985, p. 315.

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 “Esa pregunta”, responde Aridjis, “me la hice en mi adolescencia, porque el nombre de Homero era para mí un destino y porque me preocupaba saber que había estado ciego. Lo de la ceguera se me volvió una preocupación cuando una periodista al hablar de mi padre, en lugar de decir que era griego, dijo que era ciego. Obsesionado por la posibilidad de quedarme ciego, como si fuera una reencarnación del hombre del cual llevaba el nombre, me preguntaba cuándo perdería la vista; yo, que consideraba el don de ver la belleza del mundo y de los seres el más grande don que puede tener un ser humano. La confusión con el poeta clásico surgió en mi pueblo cuando íbamos mi esposa Betty, mis hijas Chloe y Eva Sofía camino del cerro Altamirano, y un campesino que atravesaba los campos me llamó con el diminutivo que mis padres me decían de niño: ‘Homerito, leí tu libro.’ ‘¿Cuál?’, pregunté. ‘La Ilíada.’ ‘¿Cómo lo leíste?’ ‘¡Me lo dieron a leer en la escuela!’ ‘Qué bien, ¿te gustó?’ ‘¿Cuándo escribes otro?’ ‘Lo estoy escribiendo.’ ‘¿Cómo se llama?’ ‘La Odisea’”.

Homero Aridjis, El testamento del Dragón, op. cit., p. 212.

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Además de encontrar en su natal Contepec al campesino lector de La Ilíada soñado por Vasconcelos, Aridjis pinta ahí –pues es de los poetas devotos de la pintura– una escena primordial en su biografía literaria. El autor de El poeta niño (1971) no podía sino aspirar a escribir una cosmología, predestinado desde el bautismo a responder, con Ernest Renan, a la pregunta de Hölderlin sobre el destino de Grecia: “Atenas yace oculta en el hombre moderno”, tal cual está citado en El testamento del Dragón.

Ibid., p. 192.

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 Cajón de sastre, autoantología de aforismos, poemas, sueños, pensamientos, ocurrencias y notas de lectura, dispuesto alfabéticamente como los libros recalentados en ese sazón por Czesław Miłosz o por Carlos Fuentes, esta enorme “materia de testamento” –diría Gonzalo Rojas– de Aridjis prueba que un poeta moderno no puede escribir una cosmología pero sí, en cambio, expresar con tozudez, anhelo y hasta alegría, esa nostalgia.

Ese gusto por la totalidad (véase el primer poema de Del cielo y de sus maravillas, de la tierra y sus miserias, libro de 2013 que desde el título delata la ansiedad cosmológica del poeta) recorre, para bien y para mal, toda la obra de Aridjis. Ha sido uno de nuestros poetas eróticos más plenos, aun en contra de sí mismo, y la suya bien puede ser considerada, a su vez, como una rusticatio apocaliptica, pues a la nostalgia infantil por la tierra nativa y el astro rey (al cual dedicó Los poemas solares en 2005) que la ilumina, Aridjis contrapone el lado oscuro del hombre, su capacidad para destruir el planeta, ya sea mediante el calcinante ecocidio o la guerra nuclear con su último hombre, el sobreviviente, ya presente en las pesadillas ideológicas de Revueltas.

Mala cosa fue en Aridjis el encuentro entre la ambición cosmológica del poeta y la militancia ecologista del influyente ambientalista que ha sido en su activa vida civil, pues esa indignación lo llevó a escribir novelas donde, a la manera del Cristóbal Nonato, de Fuentes, y sus sucedáneas, no se necesita otra cosa para narrar que la indignada caricatura del desastre mexicano. Si antes de las guerras narcas de esta década México –por haber sido escenario de la conquista de 1521 y de toda clase de desgracias políticas y naturales en las cuales estamos lejos de tener el monopolio– ya era materia apocalíptica en la poesía de José Emilio Pacheco y en algunas de las novelas de José Agustín, Hugo Hiriart o Guillermo Sheridan, un Aridjis –como el último Fuentes, insisto– se tomó, en prosa, libertades infantiles que incluían viajes ida y vuelta al Mictlán, lo cual resultaba casi siempre en un reprobable lirismo periodístico. La guerra de Troya nunca será ecológica.

Si la novela y la cosmología no se llevan, el dolor de Aridjis por la devastación de esa fauna, que en Mirándola dormir (1964) rodeaba el cuello de la amada, aparece –de libro en libro y a través de hermosos poemas en prosa y en verso– a lo largo de su poesía. El suyo es, a su manera, otro manual de zoología fantástica, como puede leerse, fragmentariamente, en El testamento del Dragón. Las creaturas predilectas de Aridjis son los ángeles y Swedenborg, algo más que su lectura de cabecera. El vidente sueco, tan urbano, convirtió a Aridjis en un creyente en que Dios no se lleva a nadie al infierno. Pero ese sitio, a diferencia de la hipótesis con la que batallaron Lezama Lima y la gente católica de Orígenes, no está vacío. Al averno, según Swedenborg, se dirigen, soliviantados por su libre albedrío, numerosos espíritus malignos a los cuales Aridjis también pasa lista en El testamento del Dragón, pues todo esbozo de cosmología digno de serlo incluye, sellados, sus capítulos demonológicos en donde atisbamos la figura tan temida de Huitzilopochtli: “Nació feroz, ni quien lo dude” (Diario de sueños, 2011).

Las creaturas convocadas en El testamento del Dragón van desde los amantes de Mirándola dormir expulsados por Aridjis de sus recopilaciones canónicas, las piezas del ajedrez aprendidas a dominar con Arreola, las Hijas Sombrías de William Blake (otro de sus penates, junto a Rilke), Durero autorretratado y el Dragón desaforado de Sebastián de Covarrubias, la Mariposa Monarca de la cual es Quijote y custodio, la Belleza díscola que a Pound solo le envió a sus doncellas, las niñas congeladas en las fotografías de Lewis Carroll, los perros de Petronio y todos aquellos canes corriendo por las playas sin saber que han perdido su sombra, hasta los árboles que al ser talados se llevan, con el oxígeno, a los bosques encantados de la literatura infantil.

También aparecen en este gran cuaderno de notas Paul Celan en los campos de concentración, las creaturas de Eckhart hablándole a un Dios que es y no es el de Spinoza o Descartes, junto a “los dobles [que] en las mitologías me obsesionan”,

Ibid., p. 137.

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 la terrible luna de Heine y Nicias huyendo por las calles en llamas de Esmirna. “Un fantasma es aquel que ve al barco de la vida alejarse de la costa sabiendo que ya no es un pasajero”,

 Ibid., p. 167.

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 anota Aridjis en El testamento del Dragón, en la letra F del libro, donde asoman las flores de Nezahualcóyotl. Seguirá la cita referida a su amado Giorgione, los libros abiertos y las mujeres amadas desplegadas en Ajedrez-Navegaciones, que me regaló mi padre y aún atesoro, Poe en el espejo de Munch, “el sistema político mexicano [que] es el más ecologista del mundo [pues] recicla la basura”,

Ibid., p. 405.

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 Virgilio en el limbo y los volcanes en el Valle de México.

Un libro escrito a lo largo de una vida como El testamento del Dragón posee la nobleza de los antiguos tratados sapienciales: dondequiera que se abren nos instruyen e iluminan sin ensombrecer. Pero este legado deja un sabor agridulce. Es el dichoso testamento de un lector erudito y la confesión del fracaso del poeta como cosmólogo. Acaso Aridjis (1940) hubiese querido escribir un tratado de las mitologías como el de Yves Bonnefoy, quien tanto lo admiró (y con él Buñuel, Paz, Le Clézio, Jodorowsky, Elie Wiesel), quizás una historia comparada de las órdenes angelicales, del cielo estrellado y de la ley moral que, uno junto a la otra, conmovían a Kant; del mundo azteca cuya cocina de hombres le fascina y le aterra a su generación, pues “Somos hijos de dioses crueles. / De nada sirve ver sus pirámides derruidas” (Diario de sueños); de Joaquín de Fiore como adelantado del ecologismo; de la gramática de Nebrija y de la tradición lírica castellana tan bien leída; de la cábala y su simbolismo según Scholem o Borges, pero, al final, El testamento del Dragón expresa todo aquello que fue anotado como marginalia y abandonado en calidad de residuo de los sueños en los que tanto confía, como ambrosía poética, Aridjis: “Soñé que estaba delante del Muy Alto / Y no se me ocurría decirle nada” (Diario de sueños).

Libros como El testamento del Dragón solo atisban, fatalmente, esa sabiduría de La Ilíada y La Odisea, que para Homero Aridjis, como para cualquiera de sus lectores, nunca revelará el secreto de su fama y de su fortuna, de su idilio con el tiempo. Queda el fragmento, como acaso lo sospechó Heráclito de Éfeso. Pero qué importa si la cosmología entera cabe en unos pocos versos –atributo intransferible del poeta– como aquellos donde Homero de Contepec recuerda: “La casa de mi infancia no tenía paredes, / era tan diminuta que cabía en una mano. / El pueblo era tan pequeño / que comenzaba y terminaba en el cielo” (La poesía llama, 2018).

Ibid., p. 83.

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