“El sentir de la población era que no se podía respirar” Testimonios del 68 | Letras Libres
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“El sentir de la población era que no se podía respirar” Testimonios del 68

Luis González de Alba: “Lo que llamamos el ‘movimiento estudiantil’ tuvo poco de estudiantil, esto es, la participación era de estudiantes, pero las demandas planteadas al gobierno, y no a la Universidad ni al Politécnico, eran demandas políticas generales que surgían del sentir de toda la población. Todo mundo en México para el 68 ya estaba harto... El sentir de la población era que no se podía respirar; no solamente los sectores de la población que habían sido ya directamente apaleados sentían esto, sino que en general toda la población sabía, por ejemplo, que las elecciones eran absolutamente inútiles. Ahora podemos tener dudas fundadas de que tales o cuales elecciones fueron fraudulentas, pero ya lo podemos decir, ya hay formas de expresarlo, lo puede decir uno en televisión, lo puede decir uno en los diarios. Entonces era algo que se daba por descontado, era absolutamente natural que otros ganaran las elecciones y que se robaran los votos, que hicieran todo tipo de trampas. Eso es lo que había producido ya este ambiente ominoso, pesado, difícil, irrespirable.”

Gilberto Guevara Niebla: “Para mi generación, la influencia de la Revolución cubana fue más diluida y débil de lo que fue para generaciones anteriores. Yo no recuerdo que haya tenido mayor atractivo. En cambio lo que sí tuvo impacto en nosotros fue el movimiento negro por los derechos civiles y el movimiento estudiantil de Estados Unidos. Las movilizaciones en Estados Unidos influyeron en mi generación y en los estudiantes franceses, desde luego. El mayo francés nos proponía un discurso demasiado sofisticado para la masa estudiantil mexicana. Consignas como ‘Prohibido prohibir’ o ‘Arriba Heráclito, muera Platón’ eran atractivas para los estudiantes de Filosofía y Ciencias pero no para el resto. Sin embargo, la televisión transmitía imágenes casi al instante de lo que estaba sucediendo en París, imágenes de las barricadas y de la acción estudiantil, y eso sí fue muy importante.”

Ana Ignacia Rodríguez: “Lo más importante del movimiento fueron las brigadas. Solamente con ellas se pudo haber logrado lo que se logró. Como sabíamos todos, la prensa estaba vendida y no informaba nada de lo que estábamos haciendo. Las brigadas proporcionaban todo lo necesario para hacer pintas y calcomanías. Todas las noches se trabajaba en los mimeógrafos. Yo llegaba, les daba el material y les preguntaba: ‘¿A dónde van?’ ‘A tal y tal calle.’ ‘¿Qué van a hacer?’ ‘Vamos a la fábrica tal’ o ‘Vamos a donde nos dejen entrar’ o ‘Vamos a la explanada de la fábrica o al parque fulano o al parque zutano’. En realidad sí nos estábamos conformando como un grupo. No recibíamos órdenes de nadie y éramos libres e independientes. Armábamos siempre un plan en conjunto para saber qué íbamos a realizar.”

Roberta Avendaño Martínez: “La Marcha del Silencio viene en un contexto totalmente diferente. Primero, las brigadas ya no salían con la misma fuerza que antes porque existía el miedo, ya no hubo una difusión grande para la manifestación. Segundo, el gobierno repartió por todos lados, con aviones, volantes que decían: ‘Padre de familia: no dejes ir a tus hijos a la manifestación, en esta manifestación van a atacar la embajada norteamericana, va a haber golpes, va a haber fuerza pública, no dejes ir a tus hijos.’ Había una merma: los que habían regresado a provincia, a los que sus papás no los dejaban salir, los que habían perdido el interés. Realmente había una baja efectiva en las huestes revolucionarias estudiantiles. Pero, a pesar de ello, nosotros programamos esta manifestación y se da, se da...”

Luis González de Alba: “Supimos que había una llamada de Gobernación que nos invitaba a acercarnos a la Secretaría, no sabíamos exactamente cómo, con qué mecanismo, quién, cuándo. El secretario de Gobernación era Echeverría. Los que estaban de acuerdo en que fuéramos decían que había que dialogar. Sí, decían otros, pero que nos lo digan de forma pública, una llamada por teléfono no es una llamada pública. Eso se discutió hasta que salió el sol. Decidimos que no era pública, pero que eso no justifique luego que bien merecido nos lo teníamos, no, no, no.”

Luis González de Alba: “¿Por qué en Tlatelolco? Porque es una plaza cerrada, así la podíamos vigilar bien. Entre la Universidad y el Poli necesitábamos un lugar más o menos intermedio para reiniciar lo que se nos había venido abajo con la ocupación de las escuelas –la UNAM, el Casco de Santo Tomás, las politécnicas–. Eso había desorganizado mucho la dirección del movimiento. Había entrado en funciones un pequeño organismo olvidado por mucha gente, era una especie de comité central, que había seguido dando señales de vida durante ese periodo de ocupación. Pero sí estábamos muy desorganizados ya. Cuando el ejército dejó las escuelas, fue necesario hacer un par de pruebas. No podíamos convocar algo muy grande. Hicimos primero un mitin en cu, muy exitoso, el día siguiente era el de Tlatelolco. [...]

El primer intento de negociación fue el 2 de octubre, con dos representantes de Díaz Ordaz y tres de nosotros, enviados por el Consejo Nacional de Huelga (cnh). Supimos de este intento, digamos, de aproximación de la presidencia y dijimos que sí. Fue el 2 de octubre porque nadie sabía lo que iba a ocurrir en la tarde. Yo creo que no fue un acto fríamente premeditado, fue una operación torpe. ¿Por qué fue en casa del rector? Porque nosotros les habríamos dicho: ‘Vengan aquí a una reunión del cnh’, pero ellos habrían dicho: ‘No, vengan a Gobernación.’ Entonces acordamos un país neutral y el rector ofreció su casa. Aceptamos de inmediato porque los estudiantes seguíamos sintiendo un gran respeto por Barros Sierra. Pero fue una reunión muy desafortunada. Nosotros nos instalamos en que no habíamos ido a negociar el pliego petitorio. ‘No venimos a tratar nuestras demandas con ustedes. Venimos a hablar del sistema para tratarlas porque seguimos exigiendo diálogo público y aquí, en el despacho del rector, el diálogo no es público. Venimos a ponernos de acuerdo acerca de cómo sería para nosotros un diálogo público, y para ustedes uno aceptable.’ Ese fue el desastre porque ellos decían que iban a negociar, no tonterías como esas, sino los presos políticos. Estuvimos a punto, en dos o tres ocasiones, de levantarnos e irnos. Pero había voces sensatas en ambos bandos. Finalmente no terminó mal, nunca rompimos la plática. Acordamos vernos el 3 de octubre en la Casa del Lago, que considerábamos territorio neutral. Bueno, el 3 de octubre estábamos detenidos los tres, Guevara, [Anselmo] Muñoz y yo, los tres estábamos en el bote.”

Luis González de Alba: “Alcancé a ver que el ejército estaba sobre el puente, hacia el fondo de la plaza. Pensé que estaban observando; sí, estaban observando pero esperaban la señal de las bengalas para avanzar. Yo no sabía que eso era un cerco: atrás del [edificio] Chihuahua también había ejército, que iba a avanzar bajo el edificio, porque está montado como en zancos. En un momento los que estaban disparando desde el barandal en el tercer piso hacia abajo con armas de grueso calibre, con pistolas de oficiales, les dieron a algunos soldados. Cuando pasaron bajo el edificio se encontraron con las balas que llegaban de arriba, las del Batallón Olimpia, y le empezaron a disparar al Batallón Olimpia. Fue una operación desastrosa desde el punto de vista militar, absurdamente concebida, nadie sabía de los demás, ni el ejército del Olimpia, ni el Olimpia del ejército, no tenían manera de comunicarse. Llegó al extremo ridículo de que, al no tener ni siquiera tambores para hacerle saber al ejército ‘Aquí estamos’, los del Olimpia se tiraron al suelo ya balaceados por el ejército y decían: ‘Una, dos, tres: ¡Batallón Olimpia!’, para hacerse oír entre la balacera. No tenían otra forma de hacerle saber al ejército: ‘Somos militares especiales, de un cuerpo especial.’ Eso es inconcebible.”

Roberta Avendaño Martínez: “A mí me habían dicho que un balazo se sentía como un golpe muy fuerte y después, un ardor. Vi parapetarse entre unas plantas a dos soldados con fusil. Después de que había estado sonando ta... ta... ta... empieza ta-ta-ta-ta-ta-ta. Todo mundo se echa al suelo cuando empiezan a disparar y yo ¡no alcanzo lugar! Quedé en cuclillas, y viendo ahí a los soldados me dije: ‘Dios mío, ¿qué hago aquí, para dónde me muevo?’ En ese momento oigo a una muchachita adelante que dice: ‘¡Mamá, mamá!’ y pienso: ‘Pendeja, ¿a quién se le ocurre traer a su mamá?’”

Ana Ignacia Rodríguez: “Nosotras siempre hemos sido discriminadas, aunque hayamos sido presas políticas. Incluso los mismos compañeros del movimiento nos discriminaban. Cuando se habla del 68, son los hombres los que cuentan la historia, las mujeres no aparecen. Tuvimos que salir de la prisión para poder narrar la historia de las mujeres. En la Facultad de Derecho había muchos maestros que nos decían que para qué estudiábamos en lugar de estar en nuestras casas haciendo la comida y teniendo hijos.”

Gilberto Guevara Niebla: “El 2 de octubre tuvo muchas consecuencias: dejó una gran indignación, terror, miedo, sobre todo coraje, rabia contra el gobierno, contra la autoridad. Los grupos estudiantiles radicales tomaron fuerza, las posiciones democráticas perdieron terreno. En los meses siguientes hubo una deserción masiva: mucha gente mandó a sus hijos al extranjero o al interior de la república para alejarlos del peligro, y la Universidad se fue quedando vacía. El movimiento desvirtuó sus propósitos, sus seis demandas, porque ahora luchaba por la libertad de los que habían sido capturados el 2 de octubre. También se desvirtuaron sus medios. Los estudiantes empezaron a negociar con las autoridades y se olvidó el diálogo público. La huelga finalmente se levantó, pero en los hechos la Universidad permaneció parada hasta inicios del siguiente año.”

Ana Ignacia Rodríguez: “No había razón para detener estudiantes ni mucho menos sentenciarlos por ocho delitos comunes y dos delitos políticos. Violaron las leyes para meternos a la cárcel y también las violaron para sacarnos. Nos quitaron ocho delitos comunes y nos dejaron los de sedición e incitación a la rebelión. Con eso lo que nos dieron fue libertad bajo protesta, lo que significaba que uno se comprometía a no meterse en nada, a ser muy santo y sano. Luego a mí me dijeron: ‘Tienes que darle las gracias a Echeverría porque te liberó.’ Como estaba en campaña electoral, a todas las plazas a donde se presentaba le pedían la libertad de los presos políticos. Por eso anunció, con las campanas al aire, que el 24 de diciembre iba a liberar a dos mujeres y a un hombre, para que estuvieran con sus familias. Pero lo hacía por propaganda, no porque mereciéramos la libertad.”

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Testimonios recopilados por el equipo de Clío TV.


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