El presidente historiador | Letras Libres
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El presidente historiador

Un quehacer histórico consistente no tiene por qué ser incompatible con un quehacer político consistente. Pero hay situaciones incómodas para esa doble consistencia que en un momento dado obliga a escoger entre el interés general de conocimiento y el interés político del historiador. Quien, como Andrés Manuel López Obrador, politiza la historia, subordina el interés general de conocimiento a sus intereses políticos particulares. El verdadero historiador no está dispuesto a hacerlo.

Hacer historia

Tres grandes retratos enmarcan las ceremonias oficiales de Andrés Manuel López Obrador, presidente de México. De un lado, Benito Juárez. Del otro, Lázaro Cárdenas. Y en el centro, Francisco I. Madero. Ha dicho reiteradamente que tiene la legítima ambición de estar a la altura de esos tres personajes. Ningún otro presidente mexicano postuló su lugar en la historia antes de que la propia historia dictara su veredicto. Pero López Obrador es distinto: es un presidente impregnado de historia.

“Mi gusto por la historia –ha escrito– me ayuda mucho en el trabajo como dirigente político.”

Andrés Manuel López Obrador, Neoporfirismo. Hoy como ayer, Ciudad de México, Grijalbo, 2014, p. 13.

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Pero es más que un gusto: un vivo interés que cultivó con maestros, historiadores y escritores de su natal Tabasco, una gravitación constante en sus actos y actitudes, en sus conversaciones y discursos. También es un oráculo al que recurre con dos ópticas convergentes entre sí, y convergentes en él: la teoría de los grandes hombres y el libreto de la revolución social pacífica. Según la teoría, la historia mexicana es un elenco de héroes y villanos que López Obrador ha buscado emular y rechazar, pero siempre superar y trascender. Según el libreto, la historia es una promesa de redención social incumplida, desvirtuada, traicionada, que es preciso retomar en una “Cuarta transformación” –acaudillada por él– cuyo fin será completar la obra de la Independencia, la Reforma y la Revolución.

Significativamente, el nombre de la coalición que encabezó López Obrador fue Juntos Haremos Historia. Y la hizo, en efecto, con un triunfo abrumador e inobjetable. El 1 de julio de 2018, el 53% de los votantes le dio no solo la presidencia sino prácticamente la mayoría absoluta a su coalición en el Congreso (mayoría que más tarde obtendría con ayuda del Partido Verde Ecologista de México) y en gran parte de las legislaturas de los estados. Desde los viejos tiempos de la hegemonía del PRI, ningún presidente contó con semejante poder. Con la diferencia de que López Obrador lo logró en una elección libre, gestionada por casi un millón y medio de ciudadanos organizados por el Instituto Nacional Electoral, entidad autónoma que no existía en aquel período cuando el gobierno era juez y parte en los comicios.

En 2014, año en que registró su partido, Movimiento Regeneración Nacional (Morena), López Obrador publicó un libro de historia para hacer historia: Neoporfirismo. Hoy como ayer. Autor prolífico, ya en las campañas anteriores de 2006 y 2012 había dado a luz obras de diversa índole (denunciatorias, programáticas), pero ninguna justificaba su plataforma en términos puramente históricos.

López Obrador ha publicado alrededor de quince libros. Entre 2006 y 2012 publicó tres: La gran tentación. El petróleo de México, Ciudad de México, Grijalbo, 2008, 208 pp. (libro parcialmente histórico), La mafia que se adueñó de México... y el 2012, Ciudad de México, Grijalbo, 2010, 216 pp. y No decir adiós a la esperanza, Ciudad de México, Debolsillo, 2012, 228 pp.

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La portada adelantaba la tesis: aparecía Porfirio Díaz, que gobernó casi continuamente a México de 1876 a 1911; y de cabeza (vestido como Díaz) Carlos Salinas de Gortari, presidente entre 1988 y 1994, cuya influencia trascendió a su sexenio. El mensaje era evidente: así como Francisco I. Madero combatió al régimen llamado “porfirismo”, López Obrador estaba llamado a combatir a su réplica presente, el “neoporfirismo”.

 

De ese modo establecía López Obrador su sitio en el elenco de los protagonistas, su misión en el libreto de la historia. Era el nuevo Madero. De allí proviene la centralidad de ese personaje en las ceremonias oficiales y en el libro: “Como caído del cielo [...Madero era] el hombre a la medida, como lo demandaban las circunstancias; el ser providencial, como dirían los místicos; en palabras llanas, el dirigente que hacía falta para conducir al pueblo y comenzar la obra de transformación.”

Andrés Manuel López Obrador, Neoporfirismo..., op. cit, p. 291

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Hablando de Madero, hablaba de sí mismo.

 

El paralelo no era del todo aventurado. Aunque muy distintos en su temperamento, trayectoria, ideología y origen social (Madero fue un empresario apacible y liberal que pertenecía a la élite del porfirismo; López Obrador ha sido un combativo líder de izquierda, proveniente de una modesta familia de comerciantes en Tabasco), coincidían en su vocación de servicio a los pobres, y en una fe que en el caso de Madero lo inclinó al espiritismo. López Obrador la explica así: “la corriente espírita [...que] en ese entonces era una doctrina de valor filosófico [...] le sirvió para afianzar sus convicciones [...y llegar] a la íntima conclusión de que debía arriesgar hasta su vida por la causa de la libertad”.

Ídem, p. 292.

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 El retrato es un autorretrato, no porque López Obrador sea espiritista sino porque su particular misticismo lo llevó alguna vez a comparar las dificultades de su “apostolado” (la palabra, referida a sí mismo, es suya) con las del propio Jesucristo.

 

Habría otros paralelos en el futuro inmediato. En 1909 Madero publicó La sucesión presidencial en 1910, libro que fue la mecha de su revolución. Neoporfirismo. Hoy como ayer tuvo el mismo propósito, aunque no la trascendencia, pero contiene predicciones sorprendentes. López Obrador, como Madero, sería “vitoreado con entusiasmo rayano en frenesí”. A él también lo favorecería la división del grupo gobernante. Y al igual que Madero, “jamás titubeó ni dio muestras de flaqueza [...] sus esperanzas de triunfo no se limitaban únicamente a ganar las elecciones, sino a perseverar hasta cambiar el régimen”.

Ídem, pp. 301 y 303.

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Pero más que un paralelo (que suele darse entre personajes históricos), lo que López Obrador sugería era una identificación ontológica con el héroe. Se propuso comprobar la maldad radical del porfirismo que enfrentó Madero, para luego equipararla con la del régimen que él ha enfrentado y al que, finalmente, vencería. Neoporfirismo. Hoy como ayer es un libro importante no solo porque refleja su visión del pasado, sino porque resume el fundamento ideológico de sus actos y anticipa la nueva historia oficial. Antes de abordarlo, vale la pena detenerse en los libros que lo antecedieron, obras que, como tantas cosas en la vida de López Obrador, remiten a una historia y una geografía: la de Tabasco.

Escribir historia

De no haber sido político, López Obrador habría sido historiador. Lo ha sido, en sus tiempos libres. Alguna vez referí que en mi primer encuentro con él, hacia 2003, me regaló sus dos tomos de historia de Tabasco, publicados por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Los había escrito a mediados de los ochenta, en un paréntesis de su intensa actividad política. Comprendían sucesivamente la etapa formativa de la nación (1810 a 1867) y la República Restaurada (1867-1876).

Andrés Manuel López Obrador, Los primeros pasos. Tabasco, 1810-1867, prólogo de Rodolfo F. Peña, Villahermosa, Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, 1986, 284 pp.; Del esplendor a la sombra. La República Restaurada. Tabasco, 1867-1876, prólogo de Pedro Ocampo Ramírez, Villahermosa, Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, 1988, 188 pp.
 

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 “Están muy basados en don Daniel”, me dijo, aludiendo al gran historiador liberal Daniel Cosío Villegas (1898-1976) y a sabiendas de que había yo sido su discípulo, biógrafo y editor. Tiempo después advertí que, en efecto, algunos apartados del segundo libro dedicados a la escena nacional descansaban mayoritariamente, de manera directa e indirecta, en el primer tomo de la Historia moderna de México de Cosío Villegas, al grado de replicar ciertos títulos, glosar, parafrasear y aun transcribir partes de su contenido (más una que otra errata). Advertí aquello, pero no me pareció relevante, no solo porque le daba crédito general a don Daniel sino por tratarse de un historiador no profesional que buscaba conocer, comprender y difundir el pasado de su estado, injustamente relegado en la conciencia histórica nacional.

 

En 2015, tres décadas más tarde y en otro paréntesis de su carrera política, López Obrador retomó aquellos libros, los editó y pulió considerablemente, y publicó El poder en el trópico.

Andrés Manuel López Obrador, El poder en el trópico, Ciudad de México, Planeta, 2015, 832 pp.

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 Con una preciosa portada que alude al paisaje selvático de Tabasco y un epígrafe del poeta Carlos Pellicer (su inspiración permanente), debidamente presentado en sus notas, bibliografía e índice onomástico, el volumen incluye (además de los tramos tratados en la obra original) un largo apartado sobre Tabasco en el porfiriato, otro sobre la revolución maderista y remata con “Diez relatos de actualidad”, colección de ensayos sobre los gobernantes posrevolucionarios que desemboca en el presente.

 

En la etapa porfiriana, la narración es un vaivén entre la historia nacional y la local, entre la patria y la que Luis González y González llamaba “la matria”.

Luis González y González, Invitación a la microhistoria, Ciudad de México, Clío, 1997, p. 16.

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Para la primera, Cosío Villegas es fuente primordial pero no única (están también las obras de Andrés Molina Enríquez, Francisco Bulnes, John Kenneth Turner y Jesús Silva Herzog). Para la segunda, el autor recurre a informes de los gobiernos de Tabasco, historias políticas locales, compendios estadísticos, biografías de gobernadores, no pocos documentos del archivo de Porfirio Díaz, colecciones de documentos históricos compilados por el lingüista y gobernador Francisco J. Santamaría y periódicos locales como El Correo de Tabasco y El Renacimiento. Hubiera sido preferible que se concentrara únicamente en la historia propia, trayendo a cuento la nacional solo cuando fuera necesario. (Eso al menos es lo que recomendaba el propio Luis González, padre de la microhistoria.) López Obrador no siguió ese camino, pero el libro fluye porque se sustenta en un amor genuino por su patria chica.

 

López Obrador conoce la tempestuosa geografía de Tabasco como la palma de su mano. Aquel orden en que el hombre convive y lucha con la naturaleza dio origen a una imperiosa cultura del poder, que estudia con detenimiento biográfico. Ahí están, narrados al estilo detallista de don Daniel, los avatares del doctor Simón Sarlat Nova, gobernador por tres períodos pero que, al uso de la época, alternó su cargo con el de senador ¡por el Estado de México! Con todo, Sarlat atendió la educación (fundó el Instituto Juárez), desarrolló la infraestructura, edificó el Hospital Civil y el actual Palacio de Gobierno. En el extremo opuesto está el militar papanteco Abraham Bandala que gobernó “con autoridad e infundiendo miedo” por dieciséis años.

Andrés Manuel López Obrador, El poder en el trópico, op. cit., p. 418.

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No dejó de promover parques, mercados y hospitales (tenía una extraña obsesión por los relojes públicos) pero, muy acorde con los dictados de don Porfirio, disolvió el Club Melchor Ocampo, eco tabasqueño del Congreso Liberal de 1901 celebrado en San Luis Potosí. En El poder en el trópico, Tabasco aparece como un espejo remoto pero fiel de la era porfiriana. Hay, es verdad, demasiadas transcripciones de cartas, documentos y estadísticas en el cuerpo del libro, señal inequívoca de prisa, pero esa densidad se compensa con las páginas que tocan la fibra íntima del autor, su sensibilidad social.

 

En esta vena, hay un capítulo representativo: “A la sombra de la caoba”. Su tema es la dura vida cotidiana en las haciendas, la frenética explotación de las maderas en los campamentos de corte (las monterías), la desigualdad social y la aguda discriminación étnica hacia los indígenas chontales. En la Independencia y la Reforma, señala López Obrador, “jamás se hizo presente un llamado de justicia”. Ya en el porfiriato, las leyes de baldíos que propiciaron la aparición de descomunales explotaciones madereras, que en conjunto abarcaban la mitad del territorio del estado, tuvieron además el efecto lateral de “desarraigar de sus tierras al indígena para incorporarlo al trabajo servil en haciendas y monterías”.

Ídem, p. 467.

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La vida en las monterías no solo merece una historia sino una novela. “El enganche y la esclavitud en las monterías –escribe López Obrador– representan uno de los dos episodios más vergonzosos de la historia de Tabasco. Los campamentos de corte de madera eran grandes cárceles al interior de la selva [...] Una vez endeudado, el trabajador no podía salir de la montería y ‘era obligado a seguir trabajando [...] por la mitad de la paga del primer año’.”

Ídem, p. 500.
 

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 Para el trabajador de las monterías el lodo era “su elemento, pues en él anda, come, bebe y sufre dieciocho a veinte horas cada día”. En su piel quedaban marcadas las “espinas, estacadas, latigazos”.

Ídem, p. 502.

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De este compendio de injusticias se desprende su condena radical a la era porfiriana. Aunque proliferaron en Tabasco las obras materiales, la sanidad y la educación, “nada de eso compensa la tremenda explotación y el sufrimiento de casi todos los tabasqueños”.

Ídem.
 

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 El Tabasco porfirista, señala López Obrador, “fue un buen laboratorio para demostrar con suficiente claridad que el progreso sin justicia es retroceso [...] en lo social no solo se mantuvieron las mismas prácticas de sometimiento a los de abajo, sino que resurgió el régimen esclavista colonial”.

Ídem, p. 481.

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La Revolución estalló para corregir ese orden. López Obrador la sigue de la mano del tabasqueño Alfonso Taracena (1896-1995), maestro de la anécdota puntual y significativa. Entre los gobernadores revolucionarios, se detiene en la vida de Manuel Mestre Ghigliazza: su valerosa oposición al régimen porfirista y su gestión como gobernador maderista. No dejó de tener méritos (entre otros, ser historiador de su estado), pero sus pecadillos conyugales (narrados con malicioso deleite) fueron nada comparados con su falla moral: abandonar a Madero. López Obrador lo explica así: “Mestre no se guiaba por ideales y principios, era más bien un hombre de poder”.

Ídem, p. 637.
 

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 Inversamente, ningún personaje de Tabasco se compara con el general Francisco J. Múgica, michoacano que gobernó el estado en 1915 a quien considera “el más idealista y consecuente de los revolucionarios de México”.

Ídem, p. 683.

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 El paso de Múgica por Tabasco así como los perfiles de dos gobernadores decisivos –Tomás Garrido Canabal y Carlos Madrazo– provienen de Entre la historia y la esperanza, libro de índole política pero con fuerte contenido histórico, publicado por López Obrador en 1995, al cierre de su larga trayectoria tabasqueña y al inicio de su carrera política nacional.

Andrés Manuel López Obrador, Entre la historia y la esperanza. Corrupción y lucha democrática en Tabasco, Ciudad de México, Grijalbo, 1995, 270 pp.

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En otro sitio he aludido a la gran significación de Garrido Canabal en el perfil teológico político de López Obrador.

Enrique Krauze, “El mesías tropical”, en Letras Libres, junio de 2006.
 

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 Baste apuntar que –como sugiere Graham Greene en El poder y la gloria– en Tabasco la política, aun la más antirreligiosa, tiene un peculiar sustrato religioso, un celo dogmático y disruptivo que no existe en otras partes del país. López Obrador lo comparte de manera profunda. Su libro no se alarma demasiado ante la persecución religiosa desatada por Garrido. Extrañamente, la explica por la tenue huella de la Iglesia en Tabasco y el auge en la producción de plátano: “la gente aceptó la idea del universo sin Dios porque había progreso”.

Andrés Manuel López Obrador, El poder en el trópico, op. cit., p. 688.
 

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 Cabe preguntar: ¿Por qué la falta de raíces religiosas tendría que haber desembocado en la persecución? ¿Era necesario el retroceso para avivar la fe? Lo cierto es que en Tabasco Garrido desató una guerra santa contra los católicos. Cuando saltó a la política nacional e intentó exportar esa guerra al centro del país, Cárdenas –cuyo “estilo personal de gobernar” era moderado– le puso el alto. López Obrador admira la obra económica de Garrido y describe así el “estilo personal” de su paisano: “[creó] agrupamientos verticales dependientes del gobierno y sobre todo de él mismo [...] fue un caudillo autoritario, él concentraba el poder. Nada se hacía en Tabasco sin su consentimiento”.

 Ídem, pp. 690-691.

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En los cuarenta y cincuenta se sucedieron una serie de “gobernadores inteligentes” que el libro rescata con gracia y simpatía.

 El poeta Noé de la Flor (fundador de la Biblioteca José Martí de Villahermosa), el lingüista Francisco Javier Santamaría (editor de autores tabasqueños, que terminó el Ferrocarril del Sureste), el ministro Manuel Bartlett Bautista (que defendió el federalismo ante el poder central, y cayó por eso). El breve apartado sobre Miguel Orrico de los Llanos cuenta cómo se hizo realidad el sueño de Carlos Pellicer de crear el Parque Museo de La Venta, con una anécdota maravillosa: una de las imponentes cabezas olmecas se soltó de las cuerdas y se hundió en el Suchiate. Quizá llegó la hora de rescatarla.
 

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 A ese elenco siguió otra figura tutelar para López Obrador, otro gran político tabasqueño que se proyectó como un torbellino en la escena nacional: el carismático Carlos Madrazo. Gobernador de enorme arrastre popular, quiso y no pudo democratizar al PRI nacional, pudo y no quiso encabezar la disidencia estudiantil en el 68 y formar un movimiento independiente. Murió en un misterioso accidente de avión que López Obrador atribuye, verosímilmente, a un atentado desde la entraña del Estado mexicano.

Andrés Manuel López Obrador, El poder en el trópico, op. cit., pp. 728-729.
 

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El poder en el trópico es una ventana a Tabasco, extremo histórico y geográfico de México donde –escribe López Obrador– “la naturaleza tiene un papel relevante en el ejercicio del poder público”:

Aquí todo aflora y se sale de cauce. En esta porción del territorio nacional, la más tropical de México, los ríos se desbordan, el cielo es proclive a la tempestad, los verdes se amotinan y el calor de la primavera o la ardiente canícula encienden las pasiones y brota con facilidad la ruda franqueza.

Ídem, p. 715.

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Y el libro es también una ventana a la compleja psicología de Andrés Manuel López Obrador. Salió de ahí, definitivamente, a los 42 años, pero vuelve siempre, a su gente, a sus pueblos, a su rancho (situado en Palenque, Chiapas, a pocos kilómetros de los límites con Tabasco) que ha descrito en páginas poéticas.

Andrés Manuel López Obrador, “Posdata palencana”, en Reforma, 13 de noviembre de 2016.

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Rudo, tempestuoso, desbordado, conocedor como pocos de la historia de su estado, de sus antiguos agravios sociales, de su riqueza petrolera, en un principio solo quiso gobernarlo y desde ahí “reconstruir el paraíso”.

Es el título del capítulo décimo y final de El poder en el trópico.
 

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 Ser un gobernador historiador, como Mestre Ghigliazza, pero sin su sed de poder: “con ideales y principios”. Con el tiempo, soñó más alto. Múgica había convertido a Tabasco en la meca de la Revolución. Garrido Canabal lo había vuelto el laboratorio de la Revolución. En un futuro, México todo sería meca y laboratorio de la Revolución: disidencia y democracia en un movimiento nacional, alrededor del primer presidente tabasqueño de la historia mexicana.

Inspirado en “las grandes aventuras del espíritu y la creación” características de Tabasco –y quizá ninguna más representativa que la obra de su maestro Carlos Pellicer–, quiere llevarlas al plano de la política y la historia. ¿Podrá hacerlo? Encarna como nadie en la historia el poder en el trópico, pero no ignora su talón de Aquiles:

El desafío siempre ha sido conciliar la razón con la pasión. Y, hasta ahora, no conozco a nadie que haya podido lograrlo. Por eso siempre el político tabasqueño ha tropezado cuando ha dado el salto de lo regional a lo nacional.

Andrés Manuel López Obrador, El poder en el trópico, op. cit., p. 715.

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Garrido y Madrazo no supieron conciliar la razón con la pasión. ¿Podrá lograrlo López Obrador? Desde el 1 de diciembre de 2018, el salto para él es aún mayor: de México al mundo. Quizá su mayor desafío es otro: comprender los motivos profundos de su pasión para conciliarla con la razón.

Usos de la historia

Un quehacer histórico consistente no tiene por qué ser incompatible con un quehacer político consistente. Pero hay situaciones incómodas para esa doble consistencia que en un momento dado obliga a escoger entre el interés general de conocimiento y el interés político del historiador. Quien, como López Obrador, politiza la historia, subordina el interés general de conocimiento a sus intereses políticos particulares. El verdadero historiador no está dispuesto a hacerlo.

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Daniel Cosío Villegas

Esta diferencia se vuelve notoria en Neoporfirismo. Hoy como ayer, libro de franca militancia. No me ocuparé en este espacio de su contenido político, de sus tesis sobre el momento actual de México y la supuesta identidad de las últimas tres décadas con el porfiriato. Solo apunto que esa afirmación, aunada a su propia identificación con Madero, no es histórica, es política, y lo lleva a negar la democracia mexicana bajo cuyas reglas, instituciones y libertades triunfó el 1 de julio de 2018.

Mi lectura se centra en la crítica historiográfica. En este sentido, el libro pertenece al género que Luis González y González llamó “historia crítica”: “es la historia erigida en tribunal que condena [...] la desenterradora de traumas, maltratos, horrores, rudezas, barbaries [...] da a los caudillos revolucionarios argumentos para su acción transformadora, busca el ambicioso fin de destruir para luego rehacer”.

 Luis González y González, “¿Es liberadora la historia crítica?”, en varios autores, Historia ¿para qué?, Ciudad de México, Siglo XXI Editores, 1980, p. 64.

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 Fue publicado en el mismo paréntesis, tras las elecciones de 2012, antes del ascenso de la actividad política en 2016. En cuanto a sus fuentes, el 70% de las citas en seis de sus siete capítulos proviene de la Historia moderna de México, sobre todo del décimo y último volumen que Daniel Cosío Villegas dedicó a la vida política interior del porfiriato.

En los primeros cinco capítulos del libro, 481 de las 651 referencias bibliográficas (el 74%) remiten a la Historia moderna de México de Cosío Villegas. Si tomamos solo las notas de los primeros cuatro capítulos, con 335 de 368 referencias el texto descansa en un 91% en Cosío Villegas.

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Dada la deuda de López Obrador con Cosío Villegas, importa detenerse brevemente en don Daniel (como le llamábamos, en señal de afecto y respeto). Fue el creador del Fondo de Cultura Económica (una editorial de humanidades que fue muy importante para todos los países de habla hispana). Durante la Guerra Civil española concibió la idea de dar refugio a los intelectuales republicanos y con ellos fundó El Colegio de México, otra institución perdurable. Hombre de diversas “casacas”, en 1948 adoptó la de historiador y dio comienzo a una empresa cultural que le llevaría veintitrés años: los diez gruesos tomos, hermosamente empastados, de su Historia moderna de México.

Daniel Cosío Villegas et al., Historia moderna de México, Ciudad de México, Hermes, 1955-1972, diez tomos.

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Obra clásica de la historiografía mexicana, abarcaba dos etapas sucesivas: la República Restaurada (1867-1876) y la era que el propio don Daniel bautizó como “porfiriato” (1876-1911). Bajo su dirección, un equipo de historiadores se ocupó de la historia económica (tres tomos) y social (dos tomos) de ambos períodos. Cosío se reservó los cinco restantes: tres dedicados a la vida política interior y dos a la vida política exterior. Todos los volúmenes venían precedidos de “llamadas”, largos ensayos con su visión o moraleja del tema respectivo. Los libros escritos por él (basados sobre todo en una riquísima hemerografía y buen número de archivos personales) tienen un tono evocativo, irónico, matizado, reflexivo, comprensivo. Análisis y concreción eran su divisa. Quiso recrear el tiempo histórico como una crónica contemporánea. Es la experiencia que deja en el lector.

O

Neoporfirismo. Hoy como ayer dedica menos de cinco páginas al período –la República Restaurada– al que don Daniel dedicó las 979 del primer volumen de la colección y muchas más de ensayos y libros a lo largo de su vida. Si bien registra las líneas generales del modelo político de la Reforma, reclama a los gobernantes liberales, en particular a Juárez y Lerdo, haber tenido “demasiado apego al poder” y haber incurrido en “el gran error” de no edificar una “democracia con el apoyo popular [...] un gobierno del pueblo, por el pueblo, y para el pueblo”.

Andrés Manuel López Obrador, Neoporfirismo..., op. cit., p. 16.

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 López Obrador se define a sí mismo como un liberal, término que en México remite a una generación y a una tradición inconfundibles, pero en este libro no hay huella de esa filiación.

 

En cambio al porfiriato, del que abjura, lo observa con detenimiento. Basado sobre todo en la información del último volumen de la Historia moderna de México (El porfiriato. La vida política interior. Segunda parte), le dedica la parte sustancial del libro. Lo caracteriza como un “régimen unipersonal y autoritario que fue cancelando la posibilidad de crear una república verdaderamente democrática”. Si bien parecía respetar las formas republicanas y celebraba elecciones periódicas, centralizó el mando del país, sometió y reprimió a sus adversarios, amordazó a la prensa, manipuló las leyes a su modo.

Ídem, p. 15.
 

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 Don Porfirio “no aceptó compartir el poder con nadie [...] como gran elector, ponía y quitaba gobernadores, nombraba magistrados del poder judicial y confeccionaba la lista de diputados y senadores”.

Ídem, pp. 102 y 138.

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 “Para consolidar su poder, tejió una red de hombres fuertes e incondicionales en todas las regiones del país.”

Ídem, p. 42.

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 “En la prensa nacional [...] los oportunistas [justificaban] en todo los actos de Porfirio.”

 Ídem, p. 21.

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 “El parlamento [era] un nuevo ‘departamento’ del Ejecutivo.”

Ídem, p. 34.

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 A lo largo de sus siete reelecciones Díaz incurrió en el nepotismo, instauró el culto a su persona, el ritual del “besamanos”, la foto oficial en las oficinas públicas, la unanimidad política. Aquella fue –concluye López Obrador, tomando sin citar una conocida frase de Gabriel Zaid– una “república simulada”,

Gabriel Zaid, La nueva economía presidencial, Ciudad de México, Grijalbo, 1994, p. 53.
 

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 una forma de hacer política cuya perversión trascendió al México del siglo XX. ¿Cuál fue, cabe preguntar, la república no simulada? La liberal, por supuesto, la de Juárez y Lerdo, la que derrocó el caudillo Porfirio Díaz, hombre de inmenso arrastre popular en su tiempo. Pero el lector no tiene elementos para discernir ese cambio de épocas, ese tránsito del orden constitucional, republicano y liberal al país de un solo hombre. El autor no le ha proporcionado esos elementos de comparación.

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Para abordar los problemas sociales (la desigualdad, la condición servil de los campesinos en las haciendas, la explotación de los obreros, el analfabetismo, la insalubridad, la represión contra los indios yaquis y mayos que defendían sus tierras ancestrales),

 Al respecto, López Obrador comete un error –o más bien sigue una errata de Cosío– al afirmar que 15,000 yaquis murieron asesinados en las campañas porfirianas contra su pueblo, cuando la fuente original (una entrevista al general Luis E. Torres realizada por Elisha Hollingsworth Talbot, a la que se puede acceder en línea) solo reconoce 1,500 muertes.

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 López Obrador complementa su información con fuentes de la época, entre otras, México bárbaro de John Kenneth Turner. El recuento del drama social de México es más esquemático que en El poder en el trópico, la obra clave para comprender su visión del mundo. De hecho, en ese recuento la situación de su estado natal ocupa un lugar central, emblemático.

 

Del mismo modo, en temas económicos, la visión que ofrece sobre el porfiriato es menos matizada que en su libro de historia. Aunque no deja de reconocer los casi 20,000 kilómetros de vías férreas que se tendieron en aquel período, sostiene que el progreso porfiriano fue un “mito”. En primer lugar, por su desconexión de la justicia social. Pero también por factores intrínsecos, como la dependencia de los créditos y emisiones de bonos e inversiones extranjeras que considera financieramente onerosas y comprometedoras de la soberanía nacional. Y desde luego por sus escasos beneficiarios: una ostentosa minoría de banqueros, inversionistas, hombres de negocios, traficantes de influencias y especuladores, nacionales y extranjeros.

O

¿Se reconocería don Daniel en este libro combativo del nuevo presidente de México? Probablemente lo habría clasificado como un ejemplo más de la vieja y maniquea historia oficial, que él, con su obra editorial e historiográfica, había contribuido a superar mediante un conocimiento puntual, acumulativo, siempre en proceso de revisión, refutación y enriquecimiento. Como a cualquier historiador profesional, le habría extrañado la marcada exigüidad y la falta de variedad en las fuentes (aunque la suya fuese primordial). Pero lo que quizá lo habría desconcertado más es el desdeñoso tratamiento de la República Restaurada, antecedente directo y espejo invertido del porfiriato. López Obrador no desconoce el período. Le había dedicado buena parte de su obra temprana sobre Tabasco que se reproduce en El poder en el trópico. Pero, dado el carácter de manifiesto histórico-político de Neoporfirismo. Hoy como ayer, así como su abrumadora dependencia documental de la obra de don Daniel, debió incluir explícitamente en este libro la óptica del historiador a quien tanto cita para luego, en su caso, criticarla. Al ahorrarse ese esfuerzo intelectual e historiográfico, empobreció su contribución al conocimiento y el debate.

El enfoque de López Obrador adolece de un problema común a la historia crítica: imponer al pasado categorías del presente. Si la República Restaurada hubiera adoptado una democracia popular –sostiene–, México sería “hoy un país con menos desigualdad, a lo mejor sin tantos potentados ni opulencia, con mayor justicia, como ha sucedido en otras partes del mundo, donde optaron por ese sistema y no padecen de la corrupción ni del oprobio de la pobreza extrema”.

Andrés Manuel López Obrador, Neoporfirismo..., op. cit., p. 18.

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 Pero, ¿qué “partes del mundo” la instauraron en los años setenta del siglo XIX? A fines de aquel siglo, muy pocos habían aprobado siquiera el voto universal. Y los que tenían una antigua cultura democrática (Inglaterra, Estados Unidos) no eran precisamente ejemplos de rectitud pública, moderación de la riqueza e igualdad. Quizá la referencia es al Estado benefactor de Suecia o Noruega, pero de ser así el argumento implica un anacronismo aún mayor. Cosío Villegas nunca incurrió en ese uso político de la historia. Practicaba la regla elemental de recrear el pasado desde la perspectiva del propio pasado, con sus opciones e incertidumbres propias.

¿Qué opciones tenían los liberales en su circunstancia, en su presente? Tras las costosas victorias de la Reforma –que liberó los bienes estancados de la Iglesia– y la intervención –que reafirmó la independencia y la soberanía–, el país estaba exhausto, endeudado, y padecía un clima generalizado de violencia e inseguridad. A esos problemas se aunaban otros, ancestrales: México seguía siendo un territorio fragmentado en miles de pequeñas comunidades incomunicadas que cargaban siglos de atraso. Necesitaba paz para avanzar por la doble vía del bienestar material y la libertad individual. En aquellos nueve años (1867-1876), los gobernantes decidieron acometer la construcción nacional a partir de un orden político liberal cuyo rasgo distintivo –insistía Cosío– era el respeto a la ley “como molde amantísimo para plasmar las nuevas instituciones”.

Daniel Cosío Villegas, “El porfiriato, era de consolidación”, en Historia Mexicana, vol. 13, núm. 1, julio-septiembre de 1963, p. 86.

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En este modelo político creyó siempre don Daniel. En 1957, durante los festejos del centenario de la Constitución liberal, cuando el sistema político mexicano se hallaba en el clímax de su hegemonía, tocó la nota disonante al publicar La Constitución de 1857 y sus críticos.

Daniel Cosío Villegas, La Constitución de 1857 y sus críticos, Ciudad de México, Hermes, primera edición 1957, 200 pp.
 

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 Es la mayor defensa del liberalismo clásico escrita en el siglo XX contra el porfiriato y su sucedáneo, el régimen político del PRI. En ella muestra que, a pesar de pertenecer a un mismo partido, en tiempos de Juárez y Lerdo los diputados y los jueces asumieron con total seriedad la división de poderes (un legislativo fuerte e independiente, una Suprema Corte autónoma), hubo elecciones libres, y los periodistas hicieron uso pleno de la libertad de expresión. Fue la época dorada de la crítica del poder, la sátira política y la caricatura, pero nunca se vio a Juárez o Lerdo hacer escarnio, denunciar o afectar en forma alguna esa libertad. En este punto sensible, la diferencia de ambos presidentes liberales con López Obrador es decisiva, y es que ellos mismos –a diferencia de nuestro presidente– vivían la libertad como el valor supremo: “Juárez y Lerdo, como gobernantes –escribe Cosío–, sentían la libertad igual que sus adversarios; sabían que la libertad de sus enemigos era la condición de su propia libertad y que la del país dependía de la libertad de todos.”

Daniel Cosío Villegas, La Constitución de 1857 y sus críticos, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica/El Colegio Nacional/Clío, 2007, p. 103.
 

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“En la medida en que vivimos constitucionalmente –concluía don Daniel–, seguimos viviendo todavía de la herencia de los constituyentes del 56.”

 Ídem, p. 164.

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 López Obrador se ha declarado innumerables veces admirador de Juárez, Lerdo y la generación liberal de la Reforma y la República Restaurada pero no está claro que comprenda y valore esa herencia de legalidad, institucionalidad republicana y libertad. La deuda de México con los liberales no está reconocida en Neoporfirismo. Hoy como ayer.

O

Si la incomprensión de López Obrador sobre la República Restaurada es contraria al espíritu de Cosío Villegas, su interpretación del porfiriato difiere sustancialmente con respecto a las “Llamadas” que prologan cada tomo de la Historia moderna de México. Las pasó por alto a pesar de que en ellas don Daniel formuló su balance personal del período.

En la cuestión social, Cosío Villegas enfilaba su reflexión histórica no tanto a los gobernantes o las élites del porfiriato sino al individualismo de la filosofía liberal en el que vivían inmersos y que compartían con el resto de Occidente. Consignó detalladamente los avances en materia de educación y salud, pero explicaba la reticencia del Estado a intervenir más en esos y otros ámbitos urgentes como un “aturdimiento” ideológico que les vedaba los datos de la realidad y se traducía en una insensibilidad ante el sufrimiento de obreros y campesinos que el régimen, a la postre, pagó muy cara. De hecho –escribió don Daniel–, “la Revolución mexicana puede reclamar el título de haber sido el primer gran movimiento que pone en duda las bases del liberalismo del siglo XIX”.

 Daniel Cosío Villegas, “Cuarta llamada particular”, en Historia moderna de México IV. El porfiriato. La vida social, México, Hermes, 1957, p. XVIII.

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La cita prueba que el liberalismo de don Daniel era de corte clásico, esencialmente político, y no tenía un carácter doctrinario en lo económico y social. Pero no había contradicción. En su célebre ensayo “La crisis de México” (publicado en 1947) sostenía que las metas sociales, económicas y nacionalistas de la Revolución habían sido certeras

Daniel Cosío Villegas, “La crisis de México”, en Extremos de América, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 1949, p. 9.

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 (y por eso sirvió a sus gobiernos), pero siempre creyó que el molde político, legal e institucional propuesto por los liberales de la Reforma, relegado y desvirtuado por Díaz, reivindicado por Madero, desvirtuado y relegado nuevamente por todos los gobiernos de la Revolución, era el adecuado para el país y para el orbe occidental. Tras la amarga experiencia del siglo XX, con sus revoluciones petrificadas en Estados totalitarios de derecha o izquierda, esta convicción casi connatural a su persona, a su temple independiente y crítico, se ahondó. El drama social de México le preocupaba e indignaba, pero no creía que la vía para enfrentarlo fuera el fortalecimiento sin límites del Estado, del gobierno, y mucho menos del ejecutivo. Creía en la acción productiva, acotada, eficaz del Estado, pero no tenía una visión metafísica del Estado como ente superior a la sociedad o los individuos. Creía en los individuos antes que en el Estado. El contraste con López Obrador no puede ser más claro. Busca enfrentar el drama social de México, pero no cree que el molde político e institucional propuesto por los liberales de la Reforma y avalado en esencia por la Constitución de 1917 (la división de poderes, la democracia representativa y el federalismo) sea el adecuado para llevar a cabo su programa.

“Soy un liberal de museo, puro y anacrónico”, decía don Daniel al final de su vida. Sus obras y sus ideas coinciden con esa identidad. El presidente López Obrador se declara liberal, pero en su declaración de identidad hay una petición de principio: es liberal porque él dice que lo es (o porque le sirve para señalar a sus críticos como “conservadores”), no porque pruebe serlo.

O

En sus dos tomos de Vida política exterior, don Daniel –diplomático de carrera– estudió con particular agudeza las relaciones de México con Estados Unidos, Europa, Centroamérica y Sudamérica. Estos libros no atrajeron en absoluto la atención de López Obrador, cuyo desinterés por el mundo exterior del pasado es similar a su desinterés por el mundo exterior del presente. Arraigado quizás en su universo tabasqueño, ese desinterés tiene otro nombre: ignorancia. Y una consecuencia inevitable: le veda una comprensión integral del momento histórico y condiciona su visión en temas tan vastos y elementales como el funcionamiento de los mercados, tanto así que hasta rechaza su terminología más elemental. (El uso de palabras como subvención, concesión, acción, inversión, colonización le parece sinónimo de codicia.)

Andrés Manuel López Obrador, Neoporfirismo..., op. cit., p. 61.

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 Por eso, a la pregunta ¿mermó Porfirio Díaz la soberanía de México?, la respuesta de López Obrador es simple, contundente y afirmativa. Don Daniel pensaba distinto: “no puede ser más grotescamente inexacta la conseja de que Porfirio Díaz fue un simple lacayo de los intereses extranjeros, sobre todo norteamericanos [...] Porfirio Díaz entendió los intereses nacionales y los defendió con eficacia”.

Daniel Cosío Villegas, “Séptima llamada particular”, en Historia moderna de México VII. El porfiriato. La vida económica. Segunda parte, Ciudad de México, Hermes, 1965, p. XXIII.
 

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En la “Séptima llamada”, correspondiente al segundo tomo de la Vida económica en el porfiriato, Cosío Villegas retoma los temas tratados exhaustivamente por los especialistas (ferrocarriles, agricultura, minería e industria, comercio exterior, finanzas públicas, inversiones extranjeras, etc.) para mostrar que en el régimen de Porfirio Díaz “hubo progreso en todas y cada una de las ramas de la economía nacional”, progreso “en el recto sentido económico”, progreso “con provecho de la economía general del país”. Aunque la historiografía más reciente (que no consulta) concuerda con ese diagnóstico,

Por ejemplo, Enrique Cárdenas Sánchez, El largo curso de la economía mexicana. De 1780 a nuestros días, Ciudad de México, El Colegio de México/Fondo de Cultura Económica, 2015, 892 pp.
 

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 López Obrador insiste en que ese progreso es “un mito”.

 “El mito del progreso” se titula precisamente el quinto capítulo de su libro. Andrés Manuel López Obrador, Neoporfirismo..., op. cit., p. 169

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Hay una ambigüedad oculta en su reprobación de la obra de Díaz: la reconoce entre líneas. Es muy curioso encontrar en la historia porfiriana proyectos y empresas que resuenan hoy, no en los proyectos neoliberales sino en los de la “Cuarta transformación”, como la siembra de decenas de miles de árboles frutales y maderables en Oaxaca y Tabasco y el ferrocarril del sureste. La misma idea fija del ferrocarril como motor del progreso denota el extraño historicismo del presidente historiador: la historia no como cambio sino como esencia. Una idea ahistórica de la historia: el ferrocarril surcando los pueblos es el emblema de una arcadia que es preciso recobrar. En esa era no había aviones. Hay que volver a ella. El pasado como único camino hacia el futuro.

Otro contraste mayor entre López Obrador y Cosío Villegas tiene que ver con el tempo del progreso. La reflexión de don Daniel es clara: tomando en cuenta el desventajoso punto de partida de México con respecto al Occidente europeo y Estados Unidos, la magnitud de la tarea, las limitaciones de toda índole (naturales, geográficas, demográficas, culturales) y los medios penosamente restringidos para llevar a cabo una tarea de construcción nacional que se antojaba titánica, la transformación material le parece asombrosa. Parcial, insuficiente, pero asombrosa. ¿Era posible emprender todo ello sin inversión extranjera? “Ninguna duda puede caber –afirma– acerca de la imposibilidad de que México alcanzara el progreso material que entonces logró sin la ayuda del capital extranjero.” El progreso, en suma, no fue un mito: “el éxito del porfirismo es contundente, no solo por los resultados logrados sino porque para llegar a ellos se partió de muy lejos y de muy atrás”.

 Daniel Cosío Villegas, “Séptima llamada particular”, op. cit., p. XXIII.

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 Nada similar se encuentra en el razonamiento de López Obrador. Para él, el progreso no proviene de los mecanismos del mercado o las empresas nacionales o extranjeras, cuya naturaleza y funcionamiento no entiende y cuyo aporte como motor económico no acepta (a pesar de la experiencia china, por ejemplo). El progreso es fruto del Estado, su obra pública y la explotación de recursos naturales. A la cabeza de ese Estado, un líder providencial puede acelerar en ese sentido el tempo de la historia. Es a esos líderes a los que admira: no a los reformistas.

Para don Daniel, las llagas del porfiriato eran eminentemente políticas. Reclamaba a Díaz su uso, pero también su abuso del poder. Le repugnaban los medios que empleó para gobernar, en especial su aire de “monarca a quien rinden pleitesía no solo sus propios súbditos sino el mundo exterior, el mundo civilizado”. Lo mismo su omnipresencia: “No solo se le veía como a dios, en todas partes, sino que él se hacía sentir por doquiera.” Pero su crítica mayor residía en su cinismo frente a las leyes: “nada degrada y desmoraliza tanto a un pueblo como el espectáculo consistente, repetido, diario, del incumplimiento de la ley”.

 Daniel Cosío Villegas, “El porfiriato, era de consolidación”, op. cit., pp. 80-81 y 85.

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 No obstante, terminó por reconocer a Porfirio como “un hombre muy superior a todos sus contemporáneos”

 Daniel Cosío Villegas, “Novena llamada particular”, en Historia moderna de México IX. El porfiriato. La vida política interior. Primera parte, Ciudad de México, Hermes, 1970, p. XXI.

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 que había contribuido indirectamente a la consolidación nacional.

Daniel Cosío Villegas, “El porfiriato, era de consolidación”, op. cit., p. 76.

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López Obrador observa a Porfirio Díaz. Critica la aplicación equivocada de su poder, no la dimensión de ese poder. Su implícita utopía no es la libertad sino un nuevo poder, revolucionario, purificado, moral, absoluto.

Al usar a Cosío Villegas colmándolo de elogios, pero sin presentar el núcleo intelectual y moral de sus libros, López Obrador se apropia, para su visión y su proyecto, de la obra del historiador. Y al hacerlo escamotea al lector la narrativa liberal de la historia mexicana.

Equívocos de la historia

El apartado más extenso, emotivo y personal del libro está dedicado a “Los revolucionarios”. Es ahí, en la idea y el ideal de la Revolución donde está, genuina y legítimamente, su corazón. Y en su corazón hay un sitio especial para Catarino Erasmo Garza Rodríguez, un solitario y olvidado guerrillero que murió en 1895 combatiendo por sus ideales libertarios en tierras sudamericanas. Enemigo jurado de la “vitalicia tiranía” de Díaz, comparaba al dictador con el zar de Rusia.

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Andrés Manuel López Obrador, Neoporfirismo..., op. cit., p. 134.

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 El libro incluye una información escueta sobre él, pero en 2016 López Obrador le dedicaría una breve biografía: Catarino Erasmo Garza Rodríguez. ¿Revolucionario o bandido? Su fervor fue tal que se dio tiempo de visitar el panteón de Bocas del Toro en Panamá, donde está enterrado aquel hombre a quien considera antecesor del Che Guevara, revolucionario a quien admira especialmente.

Andrés Manuel López Obrador, Catarino Erasmo Garza Rodríguez. ¿Revolucionario o bandido?, Ciudad de México, Planeta, 2016, 144 pp.
 

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La referencia al Che y a una larga lista de combatientes (comenzando por Martí, Flores Magón, Madero) revela un entusiasmo genérico por los idealistas revolucionarios. Para él, todos son iguales. Pero se trata de un equívoco. En términos históricos y morales, no todos son iguales. Martí escribió un obituario de Marx en el que critica el radical antagonismo de las clases en su teoría. El Che era un guerrillero marxista para quien ese antagonismo era un artículo de fe. Uno era un héroe republicano que vivió y murió para independizar a Cuba de España; otro exportó la revolución a los confines del mundo. Uno buscaba la libertad, ideal concreto a través de los siglos; otro la liberación, ideal abstracto del siglo XX. Uno murió sin disparar una bala; otro sembró de balas su camino. Uno vivió antes de que en Rusia triunfara la Revolución que condujo al primer régimen desembozadamente totalitario del siglo XX; otro quiso emular a ese régimen o a regímenes similares.

Tampoco a Ricardo Flores Magón cabe englobarlo en el mismo elenco. A partir de los estudios de Armando Bartra sobre el célebre diario Regeneración de Flores Magón, y pasajes de sus cartas y memorias, López Obrador recrea con evidente sinceridad las estaciones de su vía crucis, pero no hace la distinción fundamental de que a Flores Magón lo movía el anarquismo, una ideología de libertad radical y de radical repudio al poder, a cualquier poder. En una de las notables cartas que reproduce Neoporfirismo. Hoy como ayer (fechada en febrero de 1911), Flores Magón se niega por principio a pactar con Madero:

No hay ni podrá haber gobierno bueno. Todos son malos, llámense monarquías absolutas o repúblicas constitucionales. El gobierno es tiranía porque coarta la libre iniciativa de los individuos y solo sirve para sostener un estado social impropio para el desarrollo integral del ser humano.

Andrés Manuel López Obrador, Neoporfirismo..., op. cit., p. 264.

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Años más tarde, encarcelado y en el umbral de la muerte, Flores Magón reitera: “Yo no creo en el Estado; sostengo la abolición de las fronteras internacionales, lucho por la fraternidad universal del hombre, considero al Estado como una institución creada por el capitalismo para garantizar la explotación y subyugación de las masas.”

 Ídem, p. 268.

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 Su vida extraordinaria no fue una batalla para alcanzar el poder (como Lenin, como Castro, como Mao), sino para luchar contra el poder, para abolirlo incluso. Ese es el corazón del ideario anarquista desde Proudhon: contra el poder, cualquiera que fuese su rostro. Enemigo irreductible del capitalismo, de haber vivido en la Rusia leninista Flores Magón habría corrido la suerte de sus camaradas anarquistas, rusos y estadounidenses, críticos primeros y primeras víctimas de un nuevo sistema de dominación que ya Bakunin había visto prefigurado en el marxismo.

El sentido político y moral del anarquismo es ajeno a López Obrador. No comprende a Flores Magón: lo incorpora a su causa.

O

El capítulo culminante del libro es, desde luego, “Esplendor y ocaso del maderismo”. Contiene una crónica del arrollador ascenso de Madero (con numerosos guiños autobiográficos), así como la sucinta historia de su etapa presidencial y su terrible desenlace. Para el período maderista (como para el porfirista) existe una inmensa bibliografía antigua y reciente que López Obrador decidió ignorar.

En esa bibliografía desaprovechada están las obras de Charles Cumberland, Stanley Ross, Santiago Portilla, Álvaro Matute, Alicia Salmerón, Pablo Yankelevich y Javier Garciadiego, entre otros.
 

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 Su fuente principal es el puntual y apasionado Taracena, maderista de primera hora, cuya obra La verdadera Revolución mexicana –injustamente menospreciada en círculos académicos– recrea episodios de la época con una vivacidad e inmediatez comparable a las novelas de la Revolución.

La dependencia de esta fuente en el capítulo VII del libro es muy alta: 118 de 131 referencias bibliográficas remiten a la obra de Taracena.
 

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Como los liberales de la Reforma, Madero sentía la libertad y creía en ella. Significativamente, López Obrador se lo reprocha citando con ironía su frase “Si tenemos libertad, todos nuestros problemas están resueltos” y su ideal de “unir a todos los mexicanos bajo la santa bandera de la libertad”.

Andrés Manuel López Obrador, “Prólogo”, en Beatriz Gutiérrez Müller, Dos revolucionarios a la sombra de Madero. La historia de Solón Argüello Escobar y Rogelio Fernández Güell, Ciudad de México, Ariel, 2016, p. 49.

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 Pero la libertad que buscaba Madero no era abstracta, era una respuesta natural a los excesos inherentes al poder absoluto: “En la sociedad que abdica de su libertad y renuncia a la responsabilidad de gobernarse a sí misma –escribió– hay una mutilación, una degradación, un envilecimiento...”

Francisco I. Madero, La sucesión presidencial en 1910, Ciudad de México, Clío, 1994, p. 11.
 

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 No era del poder de donde podía surgir la regeneración de México: era de la libre voluntad de cada individuo, representada en los diversos poderes, equilibrados entre sí, en el marco de la Constitución.

Ya en la presidencia, Madero fue más liberal que los liberales de la República Restaurada. No buscó la expansión del poder sino el ejercicio limitado, legal e institucional del poder. Sus hechos hablan por sí mismos: legalizó el Partido Católico (cosa impensable para aquellos jacobinos), defendió la libertad de sufragio, inauguró la libertad sindical, respetó la independencia del legislativo (con un Senado plagado de enemigos), la autonomía de los jueces y el pacto federal. Su negativa a concentrar el poder (como Porfirio) se interpretó como debilidad. No le importó. Recuperado el orden constitucional, no quería “conducir al pueblo y comenzar la obra de transformación” (como sostiene López Obrador). Quería que el pueblo se gobernara a sí mismo. Y por los cauces legales buscaba introducir las necesarias reformas sociales en el campo y la ciudad, y en materia de recursos naturales. No tuvo tiempo, pero esa era su intención.

El sentido político y moral del liberalismo maderista escapa a López Obrador. No comprende a Madero: lo incorpora a su causa.

O

López Obrador subraya, con razón, la vocación democrática de Madero. La considera su mayor aporte:

En este aspecto no hay precedente en nuestra historia. Nadie como él ha creído con tanta devoción en la democracia y se ha preocupado por hacer realidad ese ideal. Era la más profunda de sus convicciones.

Andrés Manuel López Obrador, Neoporfirismo..., op. cit., p. 359.
 

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Sin embargo, su concepto de democracia no coincide con Madero. López Obrador pone el énfasis democrático en la figura del líder, no en la libre voluntad del ciudadano (palabra ajena a su diccionario) para conducirse a sí mismo. Refiriéndose a las repetidas cartas del presidente a gobernadores exhortándolos con firmeza a abstenerse de apoyar a este u otro candidato, escribe: “Con Madero quedó de manifiesto que con la sola voluntad del presidente es posible hacer valer el sufragio efectivo y convertir en realidad un sistema representativo, popular y verdaderamente democrático.”

Ídem, p. 362.
 

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 El exhorto de Madero tenía otro sentido: alentar la cultura democrática desde el sufragio libre. En esa época ya se usaba la imagen de los candidatos, pero Madero jamás habría utilizado su nombre y su imagen para apoyar a un candidato, como lo ha hecho profusamente, y seguramente seguirá haciéndolo, López Obrador. En cuanto a los adjetivos a la democracia que no estaban en la Constitución, “popular” y “verdadera”, le habrían parecido tautológicos.

Abusos de la historia

En el concepto de López Obrador, esos adjetivos son esenciales. La palabra clave es “popular”. Para ser “verdadera”, la democracia debe ser “popular”. Habiendo sido electo con las leyes, las instituciones y libertades de la democracia representativa, ha desechado ese marco. No interpreta su victoria como el mandato limitado que le otorgaron 53% de los votantes sino como una teofanía en la que el pueblo le otorga (no solo le delega) el poder que él puede (y de hecho debe) ejercer con plenitud y sin límites. Se trata de un trasunto del pacto entre el monarca y el pueblo elaborado por la filosofía neotomista española del siglo XVII, en especial por Francisco Suárez.

Remito a mi discusión sobre la interpretación cultural de la política iberoamericana de Richard M. Morse en mi libro El pueblo soy yo, Ciudad de México, Debate, 2018, p. 27.

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En ese diseño político, el pueblo no es la suma de los ciudadanos con votos y opiniones distintas, plurales. El pueblo es un cuerpo místico que encuentra su ser y su razón de ser en la comunión con el líder. Una vez decretada la mítica identidad entre el líder y el pueblo, todo se transfigura.

Silogismo simple: El pueblo no se equivoca/El pueblo lo elige a él/Él no se equivoca. A partir de esa infalibilidad esencial, el líder (es decir, el pueblo encarnado) perdona, condena, redime. Y como en la liturgia católica, la comunión se renueva día tras día. El pueblo encarna acá y allá. Donde se le convoque. El pueblo es uno, como el líder. Es uno con el líder. Es uno en el líder. Es el líder. Y si sus actos autoritarios parecen autoritarios en realidad son actos liberadores porque no los ejerce el líder, los ejerce el líder (que es el pueblo) para el pueblo, por el pueblo. Esa, y no otra, es la democracia popular.

Semejante a la “voluntad general” de Rousseau, la noción del “pueblo” como un “todo” ligado al líder, y ontológicamente superior a sus partes, contiene el germen de la dictadura. Si los adversarios del líder son los adversarios de la “voluntad general” cuya autoridad es absoluta, ¿no es el deber del líder, como humilde siervo del pueblo, suprimir sus libertades y, en un extremo, suprimirlos a ellos mismos? No otra cosa hizo el Comité de Salud Pública bajo Robespierre. No otra cosa hicieron todas las revoluciones del siglo XX que desembocaron en regímenes totalitarios.

Conor Cruise O’Brien, “The decline and fall of the French Revolution”, The New York Review of Books, 15 de febrero de 1990.
 

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Lejos de esos extremos, quien encarnó en lo político aquella concepción neotomista del poder absoluto fue el dictador Porfirio Díaz. Su largo régimen revivió elementos patrimonialistas y despóticos de la monarquía (tanto de los Habsburgo como de los Borbones). Su dominación se acentuó, además, con los rasgos propios del caudillismo iberoamericano del siglo XIX. Y no faltaron en ella –como vio Octavio Paz– ecos de la sacralidad que rodeaba al tlatoani mexica.

 Octavio Paz explora estas raíces de cultura política en Posdata: “Herederos de México-Tenochtitlan, los españoles se encargaron de transmitir el arquetipo azteca del poder político: el tlatoani y la pirámide. Transmisión involuntaria y, por eso mismo, incontrovertible [...] En el curso de nuestra historia el arquetipo azteca a veces se impone y separa y otras se funde y confunde con el arquetipo hispano-árabe: el caudillo. La oscilación entre estas dos figuras es uno de los rasgos que nos distingue de España, Portugal y los demás países latinoamericanos, ya que en todos reina sin rival el caudillismo. El tlatoani es impersonal, sacerdotal e institucional [...] El caudillo gobierna de espaldas a la ley: él hace la ley. El tlatoani [...] se ampara siempre en la legalidad: todo lo que hace lo hace en nombre de la ley [...] Hay un rasgo revelador de la secreta supremacía del modelo azteca: todos los jefes que hemos tenido, aun los más arbitrarios y caudillescos, aspiran a la categoría de tlatoani.” Octavio Paz, Posdata, Ciudad de México, Siglo XXI Editores, 1970, pp. 143-145.
 

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 Sus émulos, los presidentes institucionales del siglo XX, aspiraron a esa totalidad ajena y opuesta al liberalismo, pero al menos tuvieron dos límites: no eran dueños del PRI y no podían reelegirse. López Obrador pertenece a esa antigua cultura política, no al republicanismo. Pertenece al elenco autoritario, no al liberal.

“Yo ya no me pertenezco, yo estoy al servicio de la nación [...] mi amo es el pueblo de México”, expresó López Obrador en una entrevista en Mérida, Yucatán, el 12 de noviembre de 2018.

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 Aunque con raíces mexicanas, su perfil iliberal corresponde a los populismos iberoamericanos y europeos de nuestro tiempo. Y su poder no tiene más límites que los que él se imponga.

Nada más ajeno a Juárez que esta concepción teológico-política del poder y el pueblo. El 15 de julio de 1867, momento cumbre de su vida y de la república, Juárez –emblema de la Reforma, estadista, visionario– pronunció su memorable discurso de reconciliación nacional. Consta de 688 palabras, de las cuales sobresalen las siguientes: leyes (seis menciones), derecho, República, libertad o libres (cinco menciones cada una), Constitución (tres menciones). Por haber defendido con actos la realidad histórica de esas palabras, sobre todo la sacralidad de la ley, admiramos a Juárez.

Tampoco entre Madero y el pueblo mexicano había un pacto místico. Había un pacto legal, que abarcaba a todos, vencedores y vencidos. Cuando sus enemigos conspiraban en su contra y sus amigos le pedían actuar por encima de las instituciones y las libertades consignadas en las leyes, dijo: “Prefiero hundirme en la ley que sostenerme sin ella.”

Stanley R. Ross, Madero, Ciudad de México, Grijalbo, 1977, p. 225.

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 Lo hundió un golpe de Estado, pero su mensaje de libertad revivió en la gesta vasconcelista y en otros grupos que enfrentaron la hegemonía del PRI. En el México contemporáneo, ese mensaje renació en 1968 y en la batalla por la democracia que muchos mexicanos libramos en las décadas finales del siglo pasado y seguimos librando en este siglo. Por esos actos de libertad admiramos a Madero.

Lázaro Cárdenas, dotado de un supremo instinto para la justicia social, no descalificó a sus opositores, no reprimió a sus adversarios. Fue muy amado, pero no fue un caudillo carismático. Fue un presidente responsable y discreto, y un constructor institucional. No fue demócrata, pero tuvo la sabiduría de poner límites a su propio poder: reafirmó el principio de la “no reelección” y se inclinó por un candidato que no comulgaba con su ideología. Al final de su vida escribió en sus Apuntes un pasaje contra la “relativa invalidez del sufragio” y la “extraña unanimidad” de las agrupaciones políticas mexicanas.

Lázaro Cárdenas, Palabras y documentos públicos, 1928-1970, Ciudad de México, Siglo XXI Editores, 1979, p. 294.
 

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 No solo no abusó de la palabra, apenas la usó. Por todos esos actos de institucionalidad admiramos a Cárdenas.

López Obrador aspira a ser como Juárez, Madero y Cárdenas, pero sus actos perfilan otro modelo político, otra biografía del poder: mandar desde el principio, encabezar un régimen unipersonal y autoritario, centralizar el mando del país, no compartir el poder con nadie, ser el gran elector, poner y quitar gobernadores, nombrar magistrados del poder judicial, hacer del parlamento un departamento del ejecutivo, confeccionar la lista de diputados y senadores, tejer una red de hombres fuertes e incondicionales en todas las regiones del país, someter a sus adversarios, amordazar a la prensa, manipular las leyes a su modo, instaurar el culto a su persona, practicar el nepotismo, reinstaurar el ritual del “besamanos”, la foto oficial en las oficinas públicas, dejarse ver como un dios en todas partes y dejar que los suyos insinúen la posibilidad de la reelección. ¿No es ese el “estilo personal de gobernar” de Porfirio Díaz? ¿López Obrador lo ha estudiado con detenimiento para mejor imitarlo?

Andrés Manuel López Obrador ya hizo historia como líder social y político, como candidato presidencial. Nadie puede regatearle ese sitio. Pero su aspiración a hacer historia como presidente, aunque legítima, no está asegurada. Para hacer historia como presidente debería leer la historia con humildad. No usarla con fines políticos ni abusar de ella con distorsiones ideológicas. Acudir a ella como lo que es, una fuente de saber y sabiduría, no un oráculo o un evangelio personal. Haría bien en tomar lo mejor de cada período histórico, de cada gobernante, y ponderar su vigencia. Asimismo, para comprender y calibrar con el debido matiz nuestra circunstancia, debería interesarse en la historia de otros países, sobre todo los más afines. Pero, a partir de ahí, no mirar más atrás. No imaginar la historia como un desfile de héroes que culmina en él. No imaginar la historia como un libreto que desemboca en él. Mirar y mirarse en el presente difícil y azaroso. Mirar al futuro con visión y grave responsabilidad, buscando una verdad que no está, que no puede estar, en los textos de la historia.

No es la historia del poder el mejor destino de México. Es la historia de la libertad, con su división republicana entre poderes independientes, sus salvaguardas frente al absolutismo, su pacto federal, sus elecciones libres (no tuteladas por el gobierno), sus antiguas y recientes instituciones autónomas, sus garantías individuales. “La libertad individual –escribió Daniel Cosío Villegas en 1951– es un fin en sí mismo [...] el más imperioso que el hombre puede contemplar.”

Daniel Cosío Villegas, “El México de Tannenbaum”, en Problemas agrícolas e industriales de México, vol. III, 1951, p. 159.

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 Lo sigue siendo, lo será siempre. Ningún gobernante que la haya vulnerado tiene un pedestal en la memoria de los pueblos, incluido el pueblo mexicano. ~

 


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