El presentimiento de El Bosco | Letras Libres
artículo no publicado

El presentimiento de El Bosco

Sus pinturas continúan estimulando la imaginación debido a escenas de pesadilla que quizá prefiguran los temores actuales. A quinientos años de su muerte, la palabra que mejor define su obra sigue siendo “enigma”.

En un dibujo cargado de alegorías, El Bosco trazó las siluetas de un paisaje estrecho. Un árbol seco sirve al descanso de un búho y un zorro. Sobre el tronco hueco vuelan y reposan los pájaros. Detrás del tallo, una arboleda viva y tupida. Entre los árboles llenos de hojas, un par de orejas gigantes; frente al árbol pelón, ojos como piedras sueltas. Es innecesario el nombre del dibujo: El campo tiene ojos, el bosque tiene oídos. En efecto: la naturaleza de El Bosco se puebla de órganos humanos mientras el hombre se hace pájaro, piedra, rama. A la imagen, el artista agrega una leyenda: “Del espíritu mezquino es propio emplear solo estereotipos y nunca ideas propias.” Sus imágenes no pueden ser más que suyas. No calca el mundo porque enreda sus reinos. ¿Habrá usado el pincel alguien tan libre de ese lugar común que tomamos por realidad? ¿Alguien que haya logrado, como él, la polinización universal: flores injertadas en bestias, hombres dando forma a los montes, cebollas que acogen oratorios? Paradisiaca o demoniaca anulación de las especies. La imaginación de ese “creador de demonios” rompe la dictadura de los géneros y su manía clasificatoria. ¿Habrá alguna pintura más rica en asociaciones insospechadas, en mezclas delirantes? ¿Será el suyo, libérrimo imperio de la hibridez, el dominio de lo indescifrable, de aquello que, al escapar del tópico, se resiste a lo razonable?

¿Qué vemos? Brochetas de ranas, víboras y humanos, gigantescos rodillos de espinas perforando cuerpos, diablos con panza de hoguera, un demonio con patas de gallina en la frente, doctos escarabajos con anteojos, un puercoespín violando a un hombre en el campo, un espantoso pájaro patinador con sombrero de embudo invertido del que brota una rama, de la que cuelga, a su vez, una pelota. Su pico pincha una inscripción indescifrable. La capa lleva un símbolo ominoso. Una pareja se toca amorosamente dentro de una gota de agua. Debajo de ella, el bulbo de una flor sirve de casa o de nave. Su cara se asoma por un pequeño tubo transparente al que ha trepado un ratón. Hay personas sin tallo: cabezas a las piernas atadas. Hay árboles que son madonas y a la vez capullos. Hay cuerpos que son montañas, jinetes que cabalgan sobre peces voladores. Los culos son blanco de las flechas, floreros, lienzos de una partitura. La vegetación es una catedral habitable. La frontera de lo humano, lo natural y lo fantástico se borra. Miniaturas que solo al más atento se revelan.

Uno de los grandes estudiosos del arte flamenco se declaró incompetente para descifrar la pintura de El Bosco. “El verdadero secreto de sus magníficas pesadillas y sueños está todavía por ser descubierto”, escribió Erwin Panofsky, el erudito que dedicó su vida al estudio de la pintura holandesa. Su obra, concluyó, es demasiado compleja para mi talento. Ante ella, prefiero callar. Cees Nooteboom ha querido hablar, no para esclarecer la pintura de El Bosco sino para celebrar la perplejidad que provocan sus símbolos. Ha vuelto a su pintura y ha encontrado en ella, más que la alegoría de un tiempo ido, el presentimiento de la pesadilla de hoy. El ensayista holandés entró en contacto con la pintura de El Bosco en su primer viaje a Madrid, cuando tenía veintiún años. Sesenta años después regresa al Prado, cuando el museo prepara las fiestas de su quinto centenario. El poeta ve al pintor pero también se ve a sí mismo. El octogenario reencuentra al veinteañero. No son los mismos cuadros los que contemplan. El tiempo rehace el ojo. “Ha transcurrido más de medio siglo y me pregunto si soy capaz de mirar con los mismos ojos que entretanto han visto tantas otras cosas. ¿O acaso veo otra pintura ahora que ha cambiado mi forma de mirar? Y si eso es así para mí, ¿cómo lo perciben mis contemporáneos? ¿Acaso ven ellos la misma pintura que Jheronimus Bosch vio en su taller cuando decidió que había concluido su obra? ¿Qué tienen en común un escritor del siglo XXI y un pintor del siglo xv? Los dos proceden del mismo país, pero, ¿se entenderían hoy si pudieran conversar?” En un poema que escribió en 1989 registraba el enigma que lo acosaba al reencontrar El jardín de las delicias:

¿Cuándo se desprenden los cuadros de su pintor?

¿Cuándo se torna esa misma materia en otro pensamiento?

Nooteboom ve presagio en los tablones y ventanas de El Bosco. Sus pesadillas están teñidas, dice, del color del miedo y de la violencia. Todas las torturas a las que sometemos a los animales se vuelven contra nosotros: hombres hervidos, destazados, puestos en conserva, empalados. Inquisidores nos persiguen, libélulas demoniacas juegan con nosotros. El hombre del que poquísimo se sabe intuyó lo que vendría o, más bien, sospechó lo que somos. El presentimiento de El Bosco del que habla Nooteboom es que somos culpables, que estamos condenados, irremediablemente. Que el orden del mundo es insostenible. Y que el caos ganará tarde o temprano. “Cuidado, cuidado”, se puede leer en su mesa de los pecados capitales. “Dios te observa.” ~


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