El músico va desnudo: las memorias de Anthony Kiedis y Flea | Letras Libres
artículo no publicado

El músico va desnudo: las memorias de Anthony Kiedis y Flea

Escucha la playlist que preparamos para acompañar este artículo. 

Flea

Acid for the children

Traducción de Jorge Carlos Ramos Murguía

Ciudad de México, Planeta, 2021, 392 pp.

 

Anthony Kiedis(con Larry Sloman)

Scar tissue

Traducción de Esther Cruz

Madrid, Capitán Swing, 2016, 496 pp

Una de las fotografías más célebres de los Red Hot Chili Peppers los muestra sobre un paso de cebra sin más vestimenta que unos larguísimos calcetines sobre sus partes pudendas. Podría pensarse en un burdo homenaje a Abbey Road o en un ardid publicitario más, pero, mirados de cerca, los Chili Peppers tenían un serio problema con la desnudez: en distintos momentos se habían quitado la ropa lo mismo para contratar a un abogado que para provocar un pequeño escándalo en las oficinas de su compañía disquera y, de hecho, con el propósito de celebrar a los Ramones, se habían desvestido en el escenario mientras estos tocaban, para horror de Johnny Ramone, que tras bambalinas montó en cólera.

Desde inicios de los ochenta, Michael “Flea” Balzary y Anthony Kiedis, los fundadores del grupo, habían explorado una prometedora fusión de punk, rap y funk, que en vivo significaba actuar como locos y, por qué no, quitarse cualquier pedazo de tela que llevaran encima. Se habían conocido en la secundaria y, en retrospectiva, no resulta extraño que una de sus primeras travesuras adolescentes fuera ir, desnudos y en ácido, a casa de un vecino para “fusilar a huevazos a quienquiera que abriera la puerta”. No había nadie por fortuna y el par tuvo que hacer el camino de regreso, soportando las burlas de los transeúntes, en un episodio que ilustra el lugar que la insolencia, las drogas y la falta de ropa ocupaban en sus vidas antes de pensar siquiera en convertirse en estrellas de rock.

La autobiografía de Kiedis Scar tissue provee detalles de todo tipo sobre la trayectoria de una banda en la que guitarristas y bateristas entraban y salían con preocupante regularidad. Pero acaso lo más llamativo del libro no sean los chismes del backstage ni la historia detrás de las canciones, sino la forma en que dos personas muy distintas entre sí lograron congeniar y convertir sus vivencias en una misma música. La apreciación se confirma con Acid for the children, las memorias de Flea, aparecidas en español este año, que concluyen precisamente cuando el grupo empieza a ganar fama.

Más allá de los conciertos, la pareja de bajista y vocalista se comportaba como unos Abbott & Costello visiblemente intoxicados, prestos a conducirse en cualquier situación como en un sketch. Kiedis los compara con una bestia de dos cabezas cuyas personalidades parecían a primera vista incompatibles: Flea era sincero, introvertido y acomplejado, con un talento musical fuera de serie. Por su parte, Kiedis era un artista del engaño, capaz de usar su labia para evadir las responsabilidades, y que, de no haber sido por el rap, difícilmente habría logrado algo en el mundo de la música. La mezcla puede resultar inexplicable, pero lo cierto es que desde muy jóvenes lo hicieron todo juntos: viajar, drogarse, encontrar apoyo y delinquir. “Tengo miedo de envenenar nuestra relación –admite Flea– o de ahuyentar la magia que nos une al intentar entenderla.”

El estilo narrativo de ambos libros hace notorio el contraste. A diferencia de Flea, Kiedis se interesa más por el relato picaresco que por la introspección. Desde el principio se asume como un rufián al que, la mayor parte del tiempo, las cosas le han salido sorprendentemente bien. Empezó a robar a los seis años y a los doce ya participaba en el negocio de su padre, que traficaba mariguana y al que una vez ayudó a pasar 30 mil dólares en efectivo en el aeropuerto. No obstante, el mayor legado de su infancia no fueron las tretas que aprendió en su compañía sino las ventajas de asumir un personaje. El señor Kiedis valoraba en buena medida los placeres de la caracterización y, cuando se le metió en la cabeza la idea de ser actor, llegó a borrar la frontera entre vida real y ficción. Al lado de un padre fantasioso, inestable y desobligado, Anthony descubrió que su lugar dentro de una banda de rock podría estar más relacionado con proyectar una imagen que con tener una grandiosa voz.

Como era de esperarse, Scar tissue pone en primer plano las historias sobre drogas con su vistosa pasarela de dealers de diez nacionalidades, novias cada vez más guapas, amigos y familiares preocupados por la salud o el dinero de Kiedis. El autor nunca adopta el tono moralista del rehabilitado, pero tampoco idealiza el consumo de estupefacientes ni su ciclo autodestructivo al que compara con el del Día de la Marmota: despertar, hacerse de dinero, comprar drogas, colocarse, prometerse que sería la última vez y empezar de nuevo. La toxicomanía dentro de su círculo provoca escenas surrealistas como la del mafioso que graba su voz en uno de los discos de los Chili Peppers en compensación por una deuda acumulada o la de Kiedis, embrutecido por la coca, hablando a mitad de un concierto sobre los peligros de la drogadicción.

A pesar de su título y de una portada que muestra a un Flea de quince años fumando un porro, Acid for the children no se centra, o no demasiado, en las sustancias que el bajista le metió a su cuerpo. Quizá por ser posterior a Scar tissue, el libro corre con mayor facilidad entre temas: del amor a la cocaína al amor por los libros, de su carrera como delincuente a su carrera como actor de cine. Más un intento por reconectar con algunas figuras de su pasado que un producto del exhibicionismo, Acid for the children pasa revista al padre que lo dejó, a las mujeres rebeldes de su familia, a los amigos que se quedaron en el camino. En medio de este elenco sobresale Walter Urban Jr., un jazzista alcohólico con el que su madre viviría muchos años y al que Flea admiraba, odiaba y temía por partes iguales. Ver tocar a Walter el contrabajo le enseñó al pequeño Michael cómo tenía que lucir un músico en vivo: “sudando a mares su camisa de tela africana”, contorsionándose “como si estuviera teniendo una crisis, con los ojos cerrados en un arrebato”, canalizando “toda la ira, la amargura y la frustración de su vida” para crear un ritmo único, en comunicación constante con sus compañeros, “reaccionando los unos a los otros, superándose los unos a los otros, apoyándose los unos a los otros”. Y, aun cuando Walter se mostró siempre renuente a enseñarle música a su hijastro, es claro que Flea tomó ese modelo para su desempeño en los escenarios.

Uno de los episodios más reveladores del libro describe cómo un jovencito que ganó un concurso de trompeta tocando a Haydn, que creció con la música de Billie Holiday y Clifford Brown y que desarrolló un amor duradero por los Beatles y Jimi Hendrix, terminaría encandilado por el punk más pedestre. La simplicidad del punk, leemos en Acid for the children, lejos de empequeñecer su visión de la música, la ensanchó, porque demolió el prejuicio que ligaba el valor artístico con la sofisticación o el virtuosismo. De ahí que, luego de escuchar una y otra vez un disco de Germs, Flea terminó por sentirse “un hombre liberado”. Lo que de verdad importaba, supo en ese momento, “era la integridad en la motivación, la capacidad de expresar tu propio mundo” con “cualquier vehículo que tuvieras a la mano”. Su estilo de tocar el bajo –cooperativo y competitivo a la vez, simple y complejo, abierto a la improvisación, pero melódicamente sólido, como puede apreciarse en canciones recientes como “Go robot”, en clásicos como “Aeroplane” o en lejanos éxitos como “Knock me down”– es una mezcla de todas esas experiencias supuestamente irreconciliables.

A quien vemos en Acid for the children es a un muchacho que toda su vida buscó armonizar elementos imposibles y reunir a personas que no tendrían por qué llevarse entre sí. Ese es el sabor que dejan escenas como la de Lee Ving, vocalista del exitoso grupo Fear, cuando discute con el padrastro de Flea por una tontería. El bajista ve en ellos a dos figuras tutelares: el músico de punk, al que consideraba una suerte de hermano mayor, y el músico de jazz, amargado porque nunca iba a tocar el corazón de las masas. En lugar de optar por una de esas dos herencias, Flea quiso las dos. Hasta que, al fin, las obtuvo. ~


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