El liberalismo: una historia ecuménica | Letras Libres
artículo no publicado

El liberalismo: una historia ecuménica

Helena Rosenblatt

The lost history of liberalism. From ancient Rome to the twenty-first century

Princeton, Princeton University Press, 2018, 368 pp.

Los equívocos sobre la superación o vigencia del legado liberal, que tanto abundan en nuestros días, tienen que ver con la problemática historización de esa escuela de pensamiento. En buena medida, la historia autorreferente del liberalismo, esto es, la historia concebida por sí mismo, se basa en el acuerdo de que la cuna del liberalismo se ubica en el mundo atlántico, especialmente el anglosajón en el siglo xvii, y que de la obra de Hobbes y Locke se extendió al resto de Europa. Aunque dedica unos capítulos introductorios a los problemas teológicos del pensamiento medieval y a la idea del mal en Maquiavelo, ese es el relato del origen que suscribe Pierre Manent en el clásico Histoire intellectuelle du libéralisme (1987).

Otras corrientes historiográficas, como la italiana y la francesa, emblemáticamente Norberto Bobbio y André Jardin, intentarán contrarrestar el anglocentrismo de aquella historiografía destacando la importancia de las raíces del jusnaturalismo de los Países Bajos y Alemania en el mismo siglo (Hugo Grocio y Samuel Pufendorf) o de la Ilustración francesa en el siglo XVIII, que Manent limitaba demasiado a Montesquieu y Rousseau, para adentrarse más plenamente en el XIX francés como el gran laboratorio del liberalismo moderno europeo.

A diferencia del republicanismo, que lo mismo en la versión de J. G. A. Pocock, Quentin Skinner y la Escuela de Cambridge que en la de Maurizio Viroli o Philip Pettit, se remonta a la República romana, atraviesa el cristianismo republicano de la Edad Media y el renacentista de Florencia y Venecia, y desemboca en las revoluciones americana y francesa, el liberalismo ha sido siempre historiado como un fenómeno intelectual moderno. No tan moderno, sin embargo, como el conservadurismo, cuyos orígenes, con razón o no, se enmarcan en la reacción contra la Francia revolucionaria, especialmente en la obra del viejo whig irlandés, Edmund Burke.

Pero los problemas de la historización del liberalismo no solo están relacionados con los orígenes o los “comienzos”, como prefería decir Edward Said. También están ligados a los finales o los desenlaces, ya que la historia intelectual canónica del liberalismo, generalmente, concluye con Alexis de Tocqueville y John Stuart Mill y relega el siglo XX. Buena parte del pensamiento político del pasado siglo, por sus aproximaciones al marxismo o a la sociología, a la socialdemocracia o a la democracia cristiana, es excluida de las genealogías liberales al uso.

Algunos de los pensadores liberales del siglo XX que rescata la historiografía fueron más historiadores de las ideas que filósofos políticos de la libertad: Karl Popper, Isaiah Berlin, Raymond Aron, François Furet. Otros fueron teóricos libertarios o neoliberales de la economía y la sociedad: Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Milton Friedman, Robert Nozick. Y otros más, ya cercanos a nuestra época (John Rawls, Ralf Dahrendorf, Ronald Dworkin o Giovanni Sartori), han sido científicos políticos de la democracia, con más de un desacuerdo explícito con el liberalismo clásico. Filósofa política de la libertad fue Hannah Arendt y, curiosamente, apenas se le menciona en las historias tradicionales del liberalismo.

Un libro reciente de la historiadora Helena Rosenblatt, de City University of New York, publicado por la Universidad de Princeton y titulado The lost history of liberalism, replantea las formas de narrar la trayectoria liberal. Rosenblatt prefiere hablar de “liberalidad” en vez de liberalismo y remonta la historia de eso que entiende más como atisbo que como certidumbre al mundo antiguo. Esta joven historiadora no comulga con la perspectiva popperiana, muy de marca anticomunista de la Guerra Fría, de que el liberalismo es una filosofía atacada, siempre en pugna con visiones historicistas, oraculares o proféticas.

Rosenblatt plantea el debate historiográfico entre un enfoque hegemónico, personificado por Manent, Jardin y otros autores, que entiende el liberalismo como una reacción contra el cristianismo, y una corriente revisionista, rescatada por Larry Siedentop en su controvertido Inventing the individual (2014), que propone afirmar los orígenes del liberalismo occidental en el cristianismo antiguo y medieval. Rosenblatt simpatiza con el revisionismo, ya que, luego de glosar la “liberalidad” en Cicerón, Plutarco y otros pensadores romanos, dedica algunas páginas al liberalismo cristianizado de la Edad Media, para luego internarse en el Renacimiento y la Reforma como preludios de la filosofía política de Hobbes y Locke.

Sin embargo, en un evidente gesto contra el anglocentrismo de la historiografía liberal, Rosenblatt llama a repensar las relaciones entre el liberalismo y las revoluciones francesas de los siglos XVIII y XIX. Piensa la historiadora que la rica tradición del liberalismo francés no se limita a Montesquieu, Rousseau y Constant sino que involucra a Lafayette, Madame de Staël, Jean-Baptiste Say y Charles de Villers, un católico exiliado en Alemania y convertido al protestantismo, quien, a partir de la obra del racionalista cristiano Johann Salomo Semler, defendió una “teología liberal” o un “liberalismo teológico” como correlato del reconocimiento del individuo como sujeto de derechos.

También piensa Rosenblatt que la expulsión de la tradición liberal de las corrientes democráticas y socialistas que impulsaron las revoluciones de 1848 es un error. Hubo “liberalidad”, a su juicio, en los movimientos de ampliación del sufragio en Europa y Estados Unidos durante toda la segunda mitad del siglo XIX y buena parte del XX, si se incluye el derecho al voto de las mujeres. Y hubo “liberalidad”, también, en muchos pensadores de fines del siglo XIX, como Charles Gide, Richard Ely y el propio Stuart Mill, que llamaron a reconocer los límites de la política del laissez-faire, repensar el rol del Estado y alentar la extensión de los derechos sociales. Como recuerda la autora, fueron precisamente algunos liberales ortodoxos, endeudados con el evolucionismo, como Herbert Spencer, William Graham Sumner o J. Laurence Laughlin, quienes más rudamente se opusieron a reconocer la existencia de una “cuestión social” en el liberalismo.

Lamentablemente, Rosenblatt no desarrolla del todo la corriente del new liberalism o liberalismo social de principios del siglo XX (Leonard Hobhouse, Harold Laski, John Maynard Keynes, Alexander Rüstow) y se limita a mencionar a Eduard Bernstein dentro de la rica vertiente marxista o socialista que se aproximó al liberalismo. Una historia más atenta a los diálogos entre esas escuelas de pensamiento habría justificado mejor el sentido que la historiadora quiso dar a la “liberalidad” como vislumbre de la idea de la libertad, más que como doctrina siempre en actitud defensiva, que se imagina acosada por múltiples enemigos. ~


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