El héroe como marca | Letras Libres
artículo no publicado

El héroe como marca

Rebeca Villalobos Álvarez

El culto a Juárez. La construcción retórica del héroe (1872-1976)

Ciudad de México, Grano de Sal/unam, 2020, 264 pp.

Este libro exhaustivo, oportuno y bien escrito arranca con una exploración de la bibliografía que, desde las ciencias sociales (antropología, sociología, psicoanálisis), se ha enfrentado al tema de la mitificación de los héroes. Rebeca Villalobos Álvarez repasa obras clásicas de Otto Rank, Joseph Campbell y Max Weber, pero se decanta finalmente por una vertiente específica de la historiografía iconográfica que asume los mitos heroicos como elementos del discurso fundacional de los nacionalismos, los socialismos y otras ideologías modernas del siglo XX. Cita Villalobos estudios sobre esas narrativas heroicas en Europa o América que han abordado las figuras de Washington y Lincoln, Hidalgo y Bolívar, Zapata y Mussolini, Mao o el Che Guevara. Pero la historiadora prefiere seguir la pauta de su propia disciplina, la historiografía, donde destaca el precursor volumen de Charles Weeks, El mito de Juárez en México (1977). Estudios como el de Weeks colocaron el campo epistemológico de los cultos y panteones heroicos más allá de la tradición biográfica decimonónica sobre “hombres representativos” de Carlyle, Emerson y otros pensadores del siglo XX.

Villalobos extiende su exploración entre 1872, año de la muerte de Juárez, en el último tramo de la República Restaurada, y 1976, año en que se cumplieron ciento setenta años del natalicio, justo en la transición entre los gobiernos de Luis Echeverría y José López Portillo. Hay varios momentos clave en ese recorrido, pero tal vez los decisivos fueron tres: 1906, centenario del nacimiento; 1967, centenario de la República Restaurada; y 1972, centenario de la muerte del Benemérito de las Américas. El primer centenario durante el Porfiriato y los otros dos en el periodo de auge y decadencia del nacionalismo revolucionario. Si el porfiriato representa el auge y la decadencia del liberalismo decimonónico, el periodo que va de Díaz Ordaz a López Portillo supone el mismo proceso, pero en relación con la gran ideología del siglo XX mexicano: el nacionalismo revolucionario. El culto a Juárez fue central en ambos momentos.

Sin embargo, este arco temporal no es rígido. Villalobos propone, de entrada, que el culto o los cultos a Juárez comenzaron en vida del político oaxaqueño. Se detiene, por ejemplo, en los retratos que le hicieran los pintores Pelegrín Clavé y Santiago Rebull, o las primeras fotografías y caricaturas, en las que Juárez aparecía ya como símbolo vivo de la sobriedad, la firmeza e, incluso, la adustez de quien defiende la República de enemigos internos y externos y logra consumar la segunda independencia del país, frente a conservadores mexicanos e imperialistas franceses.

Luego Rebeca Villalobos repasa el que llama “culto funerario”, que arranca con el velorio y el entierro de Juárez. El cadáver, como recuerda la historiadora, fue embalsamado y expuesto tres días en julio de 1872 en Palacio Nacional. Escultores de la Academia de San Carlos hicieron una mascarilla mortuoria que, junto con la tumba en el panteón de San Fernando, integró la primera iconografía del culto. Además de las imágenes, aparecieron desde entonces todo tipo de honras textuales: panegíricos de José María Iglesias y José María Vigil y poemas de Guillermo Prieto y Juan A. Mateos fueron incorporados a aquella fase funeraria de un culto mezclado con el duelo. El mausoleo en San Fernando, de los hermanos Islas, inaugurado en 1880, sería la imagen más plena de aquella veneración fúnebre.

Desde 1872, el 18 de julio pasó a integrar el calendario cívico mexicano, como día de la muerte del héroe liberal. Recuerda Villalobos, siguiendo a Weeks, que periódicos de la República Restaurada y el porfiriato, como El Siglo XIX, El Monitor Republicano, El Federalista y el Diario del Hogar fueron leales en aquella consagración del 18 de julio como fecha de duelo nacional. Los óleos de José Escudero y Espronceda y Tiburcio Sánchez dan cuenta de aquel duelo juarista. Pero observa Villalobos que, en sectores de la prensa liberal bajo el porfiriato, la imagen de Juárez fue utilizada eventualmente para contraponerla a la figura de Díaz. Tal vez fuera esa una de las razones que llevó a Díaz a asumir el liderazgo del culto, como una forma de neutralizarlo. Desde 1891 la operación se hizo evidente con la develación de la estatua de bronce de Miguel Noreña en uno de los patios de Palacio Nacional.

Villalobos enmarca esa apropiación oficial del mito juarista en el porfiriato con el inicio una nueva fase, que llama “culto cívico”. A medida que se asentaba aquella veneración laica en la religión cívica mexicana surgían voces que contraponían a Juárez con Díaz, con títulos como los de “el último patriota”, pero emergían también los discursos que favorecían a don Porfirio en la comparación. El caso más conspicuo fue el de Francisco Bulnes en sus conocidos ensayos El verdadero Juárez y la verdad sobre la intervención y el imperio (1904) y Juárez y las revoluciones de Ayutla y de Reforma (1905), que prepararon el terreno para el gran debate intelectual sobre el legado juarista que acompañó las celebraciones del centenario en 1906.

Con el concurso juarista de ese año el culto cívico pasó a su dimensión letrada. Primero las réplicas a Bulnes de Carlos Pereyra, Genaro García e Hilarión Frías y luego los ensayos biográficos de Andrés Molina Enríquez, Rafael de Zayas Enríquez y Justo Sierra revistieron el culto de todos sus componentes ideológicos. El juarismo porfirista es, junto con el constitucionalismo de Rabasa, otro de esos aportes no reconocidos del porfiriato a la Revolución. A partir de 1910 los revolucionarios mexicanos echaron mano de la mayoría de los tópicos establecidos por el juarismo porfirista. Cuando estalla la Revolución, ya Díaz había inaugurado el hemiciclo a Juárez en la Alameda, en una ceremonia en la que el poeta Luis G. Urbina declamó su famosa “Arenga lírica a Juárez”, llena de estereotipos raciales: “Y fue del seno de la noche oscura / de una raza infeliz, heroica y triste, / del que brotó serena tu figura.”

En su última y larga fase, el culto a Juárez producido por la Revolución mexicana y el régimen político que se desprendió de la misma, entre 1910 y 1976, es posible identificar, por lo menos, seis elementos distintivos: la defensa del orden constitucional y el imperio de la ley; el soberanismo en política exterior (la máxima del “respeto al derecho ajeno es la paz”) que se sumó a la doctrina Carranza en las relaciones internacionales; el indigenismo; el anticlericalismo; el antimperialismo; y el más sofisticado de todos que es la continuidad o persistencia del referente liberal en el Estado posrevolucionario.

Cada movimiento de la Revolución mexicana, desde el maderismo, el zapatismo y el carrancismo hasta los sexenios de Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez, anclaron el culto a Juárez en alguno o varios de esos pilares ideológicos. Es por ello que el juarismo está tan orgánicamente incorporado a la teleología del liberalismo en el México del siglo XX. El culto a Juárez explica, en buena medida, que un proyecto político como la Revolución mexicana, que removió algunas premisas básicas del liberalismo decimonónico –el principio de los derechos naturales del hombre, por ejemplo–, defendiera la continuidad liberal.

En su estudio de la iconografía juarista en el siglo XX, Villalobos da cuenta de esto último, al comentar los Juárez de los grandes muralistas mexicanos: Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y Jorge González Camarena. Entre aquellos murales y retratos merecen especial mención dos de Rivera: el dedicado a la Reforma en Palacio Nacional y el detalle de Sueño de una tarde dominical en la alameda central. En ambos Juárez aparece acompañado por otros héroes de la Reforma: Altamirano y Ramírez en el segundo y, además de estos dos, Ocampo, Degollado y Comonfort en el primero.

En las representaciones de Juárez en los murales de Siqueiros se observa claramente la articulación de indigenismo y nacionalismo. Siqueiros pronunciaba los rasgos zapotecas del rostro de Juárez y en su conocido mural Muerte al invasor, realizado en Chile en 1941, presentaba a Juárez como precursor de Cárdenas, en alusión a la política exterior antifascista emprendida en los años treinta y cuarenta. Cuando Siqueiros pintó aquel mural, Cárdenas había dejado la presidencia pero estaba a punto de asumir la Secretaría de Defensa con Ávila Camacho. La leyenda de “muerte al invasor” de Siqueiros enlazaba la lucha contra la intervención francesa en el siglo XIX con la de los aliados contra Hitler, Mussolini y Franco en el siglo XX.

El culto oficial a Juárez se vio reforzado por la pugna con el antijuarismo conservador. Cristeros, sinarquistas y panistas, la Liga de Defensa de la Libertad Religiosa en los veinte y treinta e historiadores como el padre Mariano Cuevas, José Bravo Ugarte, José Fuentes Mares y Alfonso Junco cuestionaron a Juárez por sus ataques a la Iglesia, pero también por destruir la propiedad comunal y ceder la soberanía con el Tratado McLane-Ocampo. En cambio, los defensores de los gobiernos priistas Martín Luis Guzmán, Vicente Lombardo Toledano o Jesús Reyes Heroles insistieron en preservar a Juárez en el centro de un panteón heroico que consagraba el nexo genético entre el liberalismo del siglo XIX y el nacionalismo revolucionario del XX.

A diferencia del estudio de Weeks, que concluye en 1972, Villalobos extiende el suyo hasta 1976. Esa periodización le permite cubrir mejor los usos de Juárez durante el echeverriato y dedicar algunas páginas brillantes a analizar la imagen de Juárez en la cultura popular e interpretar un proyecto emblemático de la última fase del culto como la Cabeza de Juárez de Iztapalapa, inaugurada en 1976. En la concepción estética de aquel monumento, originalmente trazada por Siqueiros pero realizada por Luis Arenal, se yuxtaponían el indigenismo y un populismo socialista que intentaba acercar el legado liberal de Juárez al movimiento obrero y las luchas populares de la izquierda en el siglo XX.

Si desde un punto de vista ideológico aquella operación resultaba a todas luces forzada, desde la perspectiva propiamente icónica del nacionalismo revolucionario resultaba perfectamente justificable. El caso de Juárez en México, como el de Bolívar en Venezuela o el de Martí en Cuba, demuestra que desde fines del siglo XX, en buena medida como consecuencia del desplome del bloque soviético y la decadencia de la ideología marxista-leninista, la izquierda latinoamericana hegemónica ha preferido desplazarse de la ideología a la iconología, en tanto referente de valores políticos. Eso explica que Juárez como ícono acabe desprendido de las propias ideas liberales que sostuvo en vida y se vea asimilado al horizonte nacionalista revolucionario o populista, que sigue definiendo la fisonomía de la izquierda latinoamericana en el siglo XXI. ~


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