El gallardo Gilberto y los fascistas de izquierda | Letras Libres
artículo no publicado

El gallardo Gilberto y los fascistas de izquierda

Gilberto Rincón Gallardo es uno de los hombres de izquierda más respetables, razonables y tolerantes de nuestro país. Aunque tenemos ideas distintas sobre la contribución de la izquierda mexicana a la democracia –él piensa que ha sido fundamental, yo creo que fue importante, pero reciente y todavía lastrada por el sectarismo, la pulsión revolucionaria y la ambigüedad–, su durísima experiencia durante el movimiento estudiantil, sus posiciones de vanguardia dentro del Partido Comunista, las instituciones de análisis político que formó y su actual campaña presidencial han acrecentado el reconocimiento y afecto que siento por él. Su testimonio –honesto, autocrítico y sin cortapisas– fue clave para elaborar mi libro La Presidencia imperial. Allí narro el grotesco cargo con que se le encarceló en el 68: haber lanzado proyectiles explosivos a distancia.

Gilberto ha crecido en el aprecio público a raíz del debate. Defendió con emoción y con razones a las minorías. Por eso pareció natural que acudiera a la UNAM a dialogar con los estudiantes, incluidos los huelguistas. Cuando vi por televisión las escenas de violencia de las que fue objeto –insultos y agresiones no solo a un militante intachable sino a un hombre con discapacidades físicas que ha llevado con inmensa dignidad– sentí una repulsión antigua, como si tuviese frente a mí al huevo de la serpiente nazifascista. Porque no nos engañemos: a esa estirpe pertenecen esos jóvenes descarriados. La falta de respeto físico al hombre discapacitado que por serlo no puede defenderse no es sólo una cobardía: es una infamia.

Mi abuela paterna nació discapacitada, como Gilberto. Su tránsito por la vida fue luminoso: era una cocinera extraordinaria que hacía prodigios con su única mano. Rincón Gallardo hace prodigios con su templanza, su actitud y su corazón. Es una vergüenza –y una tragedia– de la izquierda mexicana el no haber reprobado masiva e inmediatamente esa barbarie. La historia –como les gusta decir– no los absolverá.