El experimento estadounidense | Letras Libres
artículo no publicado

El experimento estadounidense

Jorge G. Castañeda
Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia

Ciudad de México, Debate, 2020, 368 pp.

a mi padre Ángel Jaramillo Mendoza, in memoriam

Desde la colonización europea de Norteamérica en el siglo XVII, siempre ha habido miradas de extrañamiento y sorpresa hacia este experimento político y social que hoy llamamos Estados Unidos. De Alexis de Tocqueville a Max Weber, de Octavio Paz a Charles Dickens, viajeros, exploradores o simple personas curiosas han visitado las tierras al norte del río Bravo y lo que han encontrado es una experiencia singular de la condición humana.

El libro de Jorge G. Castañeda no se parece a La democracia en América, de Tocqueville, o a American vertigo, de Bernard-Henri Lévy, aunque su autor también podría habernos ofrecido la mirada francesa de Estados Unidos. En las primeras páginas, Castañeda anuncia que su libro va dirigido a los norteamericanos y les ofrece la mirada de un forastero. Lo curioso es que el autor es difícilmente un hombre ajeno a Estados Unidos. Estudió su licenciatura en la Universidad de Princeton y ha decidido pasar la mitad de su tiempo en Manhattan, de la que se escapa continuamente a Washington D. C. para medir lo que pasa inside the beltway. Además, como secretario de Relaciones Exteriores, ha tenido la oportunidad de entender en la práctica el funcionamiento del gobierno norteamericano y el ethos de sus gobernantes. Todo lo cual enriquece su testimonio de una manera singular.

El libro de Castañeda se publica en el momento en que el sistema político norteamericano se encuentra enfrentando una crisis de legitimidad y de capacidad para gobernar. Pero para Castañeda el problema fundamental no es el arribo de Trump a la presidencia, aunque por supuesto es un crítico del magnate. El excanciller mexicano propone el año 1980 como el momento en que Estados Unidos dejó de ser una suerte de utopía de la clase media. Una cifra es esclarecedora: el coeficiente de Gini –que mide el nivel de desigualdad de una sociedad– de 1982 revela una mayor desigualdad de la sociedad norteamericana que cualquier año posterior a 1774.

Académico interesado en las estadísticas, Castañeda respalda sus dichos con tablas, datos y números, lo que no le resta amenidad al libro. Lector también de ensayos, poemas y novelas, Castañeda sabe imprimirle vigor a su prosa. En Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia también hay referencias al jazz y al blues, al renacimiento en el Harlem o a la energía de la música de Motown.

La perspectiva latinoamericana tampoco podía faltar y este libro ofrece un recuento de la historia estadounidense que no excluye la experiencia afroamericana ni la iberoamericana. De acuerdo con Castañeda, los fundadores de la república estadounidense establecieron un régimen liberal y democrático que, sin embargo, solo promovía el bienestar de una minoría blanca y con recursos. De la guerra civil (1861-1865) al movimiento por los derechos civiles en los sesenta, Estados Unidos fue, en los hechos, un país con dos tipos de régimen: uno para los blancos y otro para los demás. Sin embargo, Castañeda nunca da por sentado que este doble régimen había llegado para quedarse. De hecho, afirma que los migrantes y la población afroamericana pudieron, con diverso nivel de éxito, incorporarse a un régimen de derechos en el que existía la promesa, según la Declaración de Independencia estadounidense, de que todos los seres humanos son iguales.

En el tema del supuesto excepcionalismo estadounidense, Castañeda está de acuerdo con quienes piensan que Estados Unidos es menos singular de lo que se cree. Con un pie en la academia y otro en la política maquiavélica de los gobiernos, el autor concluye que la retórica del excepcionalismo sirve al discurso de las universidades y los think tanks. En realidad, la relación de la república estadounidense con el mundo no obedece al ideal de Lincoln de llegar a ser “los mejores ángeles de nuestra naturaleza” sino a los designios del poder de los imperios. Esto no quiere decir, por otro lado, que Castañeda no entienda el papel fundamental que Estados Unidos ha desempeñado como garante del orden liberal internacional desde 1945. Es precisamente la legitimidad de este orden la que Donald Trump está cuestionando con sus críticas a la OTAN, su acercamiento a Rusia y sus reproches a los antiguos aliados.

Siguiendo una concepción de su amigo Régis Debray, Castañeda concibe Estados Unidos como una civilización en sí misma, a diferencia del paradigma de Samuel Huntington, para quien Estados Unidos es parte de la civilización occidental, una idea que también sostenía Octavio Paz. Sin embargo, Castañeda concuerda con el poeta en que el extravío histórico es parte del ethos estadounidense: un país sin catedrales y sin movimientos socialistas poderosos no se ha enfocado hacia el pasado sino hacia el futuro. De acuerdo con Castañeda, esa falta de sentido histórico de los estadounidenses es sublimada, por así decirlo, por su extraordinario sentido del humor (que Oscar Wilde admiraba enormemente).

A pesar de sus críticas al experimento norteamericano, lo que no puede negarse es la admiración que Castañeda siente hacia aquella civilización. Lo que la redime al fin y al cabo es su cultura, que se ha manifestado como un sueño extraordinario que –de México a la India, de Alemania a Japón– sigue gravitando en las conciencias de millones de seres humanos.

Después de leer este libro, el lector no puede evitar pensar que Castañeda seguramente estará de acuerdo con Augie March –ese carácter proteico inventado por Saul Bellow– en que Estados Unidos es aún el lugar donde se practica “la elegibilidad universal para ser noble”. ~


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