El espíritu de la infancia | Letras Libres
artículo no publicado

El espíritu de la infancia

Yves Bonnefoy

La bufanda roja

Traducción de Ernesto Kavi

Madrid, Sexto Piso, 2018, 180 pp.

 

Yves Bonnefoy (Tours, 1923-París, 2016) ha sido, entre los grandes poetas recientes, aquel que tenía un aire más clásico, un aliento más antiguo, aquel que, sin desdeñar en absoluto los recursos y las conquistas literarias de lo contemporáneo, parecía conectar de un modo más perceptible, pero a la vez de una forma enigmática, con la gran poesía anterior, tanto con la de ese surrealismo que le fascinó y atrapó en la juventud, como con la del Romanticismo (por su majestuosidad bien encauzada, por su sentido de la grandeza), y aun podríamos remontarnos a lo medieval o, más nítidamente en su caso, a lo romano y lo griego (y no en vano Bonnefoy fue el autor de un celebrado Diccionario de las mitologías). La relación de la gran poesía moderna con lo mitológico ha estado, como todo, teñido y en parte distorsionado por la ironía, que ha sido (y continúa siendo) algo parecido a una religión entre nosotros, algo que para los más jóvenes se ha convertido al cabo en una ideología, y en ello hay algo claramente descarnado, desesperado, un mal síntoma. Pero el francés, también en sus versos, se ha acercado a los mitos con un respeto que a veces se ha querido confundir con pedantería, o con afectación, y que no fue sino la voluntad muy consciente de extraer de las palabras y de los símbolos toda su potencia posible, pues, como explica en La bufanda roja, “siempre amé en las palabras el anuncio que parecen hacer de un nivel más alto de realidad que no posee su práctica común”.

Bonnefoy, siendo a su modo un poeta muy actual en cuanto a su perspectiva literaria, ha evitado por sistema la ironía, ese atajo tan resultón y poco comprometido, evitando que esa suerte de humor escarmentado y receloso restara a sus palabras solemnidad (en el buen sentido del término), o renunciando a aparentar una inteligencia sorprendentemente aguda a través del sarcasmo (tentación a la que, con resultados brillantes, sí ha sucumbido buena parte del resto de los grandes poetas de las últimas décadas: Szymborska, Strand, Simic, Cadenas o, en mucha menor medida, Zagajewski). Su poesía viene siempre como ungida con un barniz sagrado, de raíces ambiciosas y profundas, y eso ha podido ahuyentar a algunos lectores. Pero cuando se le entiende, Bonnefoy es siempre deslumbrante (como en su poema, literalmente refulgente, “Hopkins Forest”, en Principio y fin de la nieve), y cuando no hay forma de saber qué está diciendo es por igual estimulante, y es claramente distinguible de los poetas menos considerables (pero casi siempre más iluminados y vanidosos) de esa estirpe órfica, de esa poesía neomística supuestamente indagadora.

Hace unos años Sexto Piso publicó la primera edición en castellano de El territorio interior, un texto de 1972 tan bello como misterioso que, como sucede invariablemente con los textos en prosa de los poetas, ofrecía sin proponérselo muchas claves sobre sus versos. En su posfacio Bonnefoy se preguntaba si “¿acaso no es verdad que en cada uno de nosotros existe –aunque conscientemente lo reprimamos– el deseo de otorgar sentido, y aun de conferir el ser, al lugar donde vivimos, y a las personas con quienes lo compartimos?”. Ahora la misma editorial ha puesto en circulación La bufanda roja, otro texto misceláneo y muy personal en el que, ante todo, Bonnefoy se detiene a tratar de otorgar sentido a algo que él escribió hace décadas de un modo, al parecer, casi automático. El libro es una especie de anti-making of, algo así como un “Cómo no se escribió La bufanda roja”, pues este era en principio el título de aquel poema, que quedó inacabado tras la redacción espontánea de tres breves tiradas de versos (que, por supuesto, se reproducen en las primeras páginas). A partir de ahí, Bonnefoy asiste a su propio texto como si se tratase de un sueño, algo completamente inconsciente, y lo disecciona con armas psicoanalíticas, explícitamente freudianas a ratos, tratando de diseccionar su sentido profundo, que previsiblemente tiene que ver con sus padres, con pequeñas culpas sepultadas por el tiempo, por cuentas pendientes, faltas, tristezas domésticas de gentes que no consiguieron explicarse bien, y que dan pie al poeta para construir reflexiones demoledoras en su belleza: “no tenía necesidad –no una verdadera necesidad– de mi padre, y no le pedía esa especie de atención que habría podido hacerle bien. [...] Porque esa petición de jugar da al hombre cansado y preocupado la oportunidad de rejuvenecer, de hallar en lo profundo de sí aquello que dormía, pero seguía en vida, la capacidad de acoger la confiada alegría del otro. Esa acogida que es la disipación del malestar, una luz penetrando todo en la relación consigo mismo, vuelta interioridad”.

El propósito secreto del libro es ese, y al final, a través de lo que él mismo llama “pseudorrecuerdos”, el poeta consigue transmitir algo del “espíritu de la infancia”, entendida de una forma general pero con especial hondura psicológica, con menos anécdotas que meditación. Menos irregular o incluso errático que Pascal Quignard, menos espiritual que Christian Bobin, Yves Bonnefoy es, en su prosa, sagaz como nadie y obsesivo ante los fenómenos que juzga significativos. A veces puede parecer que otorga demasiada importancia a detalles marginales, o puede llegar a aburrir cuando los fenómenos que estudia son demasiado privados, demasiado suyos, poco transferibles y por tanto irrelevantes para nosotros, pero estamos ante alguien que sabe de verdad –no de boquilla– que “el silencio es el recurso de aquellos que reconocen, aunque solo sea inconscientemente, una nobleza en el lenguaje”. Es en sus versos donde ese descubrimiento se hace destellante, pero aquí tenemos un hermoso manual de instrucciones para descifrarlos mejor. ~