El esperpento del discurso oficial | Letras Libres
artículo no publicado
Fotografía: Pablo Martínez Zárate

El esperpento del discurso oficial

Alta y clara, una frase de Enrique Peña Nieto reverbera en la sala de exhibición como una especie de mantra en medio de otras voces casi ininteligibles obtenidas de declaraciones oficiales: “Quienes les digan que vivimos en un país que está en crisis, crisis es seguramente lo que pueden tener en sus mentes, porque no es lo que está pasando. Y las cifras hablan por sí mismas.” Es el fragmento del discurso que el presidente de México pronunció ante las fuerzas armadas el 28 de marzo de 2017 convertido en la irrisoria envoltura acústica del archivo portátil que propone Pablo Martínez Zárate en la exposición Estas imágenes son verdad. Microarchivo de la ignominia.

Lo que el espectador encuentra sobre una mesa, o en las paredes, es un gabinete de acercamientos, borraduras, tachaduras, desenfoques, virajes en rojo sangre, solarizaciones, imágenes en negativo o casi des- vanecidas de los rostros de poderosos como Enrique Peña Nieto, Angélica Rivera, Donald Trump o Jesús Murillo Karam. Todos los encuadres y audios son el resultado de la apropiación, manipulación e intervención de varios videos de discursos reales que fueron difundidos por el gobierno federal en sus canales oficiales a lo largo del sexenio. Un archivo de la memoria reciente que regresa siniestro, diría Freud, pero en su forma más esperpéntica.

Por supuesto, los registros de realidad que fungen como matriz de la exposición no son arbitrarios: Martínez Zárate seleccionó ciertos momentos mediáticos en los que desde el poder se pretendió enfatizar la ilusión de democracia, o bien, se buscó negar o desmentir una acusación. Ahí están las distintas versiones del rostro de Angélica Rivera, provenientes del video del 18 de noviembre de 2014 donde, indignadísima, trataba de explicar, en vano, que ella había comprado con sus propios recursos la lujosa “casa blanca” de las Lomas, a pesar de que un extenso reportaje de periodismo de investigación acababa de destapar que era, en realidad, una dádiva de siete millones de dólares para el presidente a cambio del “favor” de otorgar una concesión multimillonaria. Precisamente otro de los videos matriz de esta muestra corresponde al acto público del 18 de julio de 2016 en el que Peña Nieto pidió perdón “con toda humildad” por el caso de “la casa blanca”: admitía su “error”, ridiculizaba a su esposa –y a sí mismo– y aprovechaba para lanzar el Sistema Nacional Anticorrupción, un mecanismo de vigilancia a los funcionarios que ha resultado inútil y, por lo tanto, contraproducente.

La exposición transforma en un hecho físico, tangible, el material fragmentario y difuso conformado por los discursos fallidos del Estado mexicano, es decir, a partir del macroarchivo inabarcable y caótico de las imágenes y voces enunciadas y difundidas por el poder disponibles en línea para cualquier usuario, Martínez Zárate selecciona, construye y monta su personal microarchivo de la ignominia. El artista explota formal y conceptualmente el tránsito que va del soporte digital de la información a la materialidad misma del archivo. Primero descarga el video original de internet y selecciona pocos segundos donde hay una declaración clave, como el fragmento de la conferencia del 7 de noviembre de 2014 en la que Jesús Murillo Karam, entonces procurador general de la república, enunciaba la llamada “verdad histórica” sobre la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, según la cual los cuerpos de los estudiantes habrían sido calcinados en una hoguera que nadie vio. Martínez Zárate importa los segundos a un programa de edición en donde los ralentiza de tres a cinco veces como si pudiera “congelar” el gesto de una mentira expresada públicamente por la voz oficial y que generó la indignación social. Posteriormente exporta y proyecta las imágenes en cámara lenta sobre una pantalla de papel albanene que le permite la captura analógica en formatos de ocho, dieciséis, 35 y ciento veinte milímetros.

Para Derrida, el archivo representa el “ahora” de cualquier tipo de poder ejercido en cualquier lugar o época. El archivo no es solo un conjunto de documentos reunidos en un lugar, sino también un sistema de signos. En las apropiaciones que realiza Martínez Zárate quedan evidentes los “afueras” del sistema; por ejemplo, el discurso que el general Cienfuegos pronunció en Culiacán el 1 de octubre de 2016 para felicitar a los soldados caídos en el cumplimiento de su deber en el norte del país, en contraste con casos evidenciados por periodistas y defensores de derechos humanos (como Atenco o Tlatlaya) que consignan la complicidad de ciertos segmentos del ejército mexicano en la ejecución y desaparición forzada de personas. Desfilan también en la exposición imágenes del video oficial del 1 de septiembre de 2015 que registró cómo Enrique Peña Nieto, durante su tercer informe de gobierno, tropezó con la banda presidencial y dio un simbólico manotazo justo en el escudo de la república, así como fotogramas del discurso de Donald Trump cuando en calidad de candidato visitó México a invitación expresa de Peña Nieto.

La apropiación, la disociación, el vaciamiento de sentido y, finalmente, la separación entre significante y significado establecen una relación dialéctica irónica entre la imagen matriz y la huella que hallamos en la pieza. De hecho, todas las imágenes están intervenidas digitalmente y, además, las de ocho milímetros fueron sometidas a tres procesos fotoquímicos manuales que remiten alegóricamente a diversos tiempos de la memoria. Unas integran lo que podría ser el presente ignominioso, que fue revelado en positivo regular, es decir, en los colores que vemos de manera cotidiana con nuestros ojos. La memoria esquiva aparece en otras impresiones solarizadas (con los tonos invertidos) o sobreexpuestas (casi quemadas), de manera que la imagen trata de escapar a la mirada, pero deja rastros, como si se refiriera a esa parte de la realidad que escapa a la representación y a la que no podemos acceder (lo que Lacan llamaría lo real). Por último, un rollo revelado en negativo fue rayado cuadro por cuadro y rociado con capas de tinta de grana cochinilla, un pigmento obtenido al aplastar un insecto y que remite al color de la sangre, que se va desvaneciendo cada vez que se proyecta; tal vez sea un guiño al concepto mismo de discurso, como lo define Laclau: “una estructura en la que el significado es constantemente negociado y construido”.

Con énfasis en lo visual, poniendo lo auditivo como un telón de fondo, al intervenir, el artista no desmiente el documento, sino que subraya su valor de mentira: queda clara la crítica, pero la comprensión de la obra, por supuesto, no es automática ni está garantizada: depende de nosotros perdernos en el camino y seguir siendo dóciles ante la mutabilidad de los discursos oficiales, o bien ejercer nuestra agencia como ciudadanos ante la ficción del poder. La muestra no tiene la respuesta, porque funciona como un gran archivo itinerante que exige la intervención de todos nosotros, acaso para romper, aunque sea de forma utópica, ese ciclo de complicidad con las dinámicas de poder. ~