El edén pervertido | Letras Libres
artículo no publicado

El edén pervertido

Fernanda Melchor

Páradais

Ciudad de México, Literatura Random House, 2021, 160 pp.

 

El tema de la más reciente novela de Fernanda Melchor no es el rencor social o el machismo sino el de la imposibilidad de regresar a un tiempo en donde todo –vida, familia, cuerpo– tenía sentido. Polo, el protagonista de la novela, anhela la libertad perdida, cuando las responsabilidades no le habían caído encima, antes del trabajo obligatorio y desgraciado, antes de tener que enfrentar la posibilidad de que el hijo de su prima fuera suyo, antes de sufrir una vida desdichada y sin futuro. Pero el regreso al mundo ideal de su infancia, cuando iba a pescar con su abuelo al estuario bajo el puente, está sellado, puerta condenada: el abuelo está muerto y el bote en el que se aventuraban está deshecho y sin posibilidad de compostura. No hay regreso, lo que hay es la vida: insatisfacción y dolor, la vida en el infierno. El paraíso existe pero no para ti, Polo, para ti lo que hay es tu vida de sirviente en Páradais, fraccionamiento de los ricos. Fuiste expulsado del edén, ahora te toca ganarte el pan con el sudor de tu frente, limpiando la alberca y el excremento de los perros. Para ti, Polo, no hay esperanza. El paraíso es un edén pervertido, Páradais.

Frente a la imposibilidad del regreso, ante su incapacidad para ser libre: la ausencia de libertad, la cárcel, que es el destino que le espera a Polo luego de ser cómplice de una orgía de sangre en una de las residencias del fraccionamiento. “Estaba harto de todo, harto de aquel pueblo, de su trabajo, de los gritos de su madre, de las burlas de su prima, harto de la vida que llevaba, y quería ser libre, libre, carajo, esa era su meta en la vida, hacía bien poco que lo había descubierto.” Polo no provoca la menor empatía. Su búsqueda de libertad es desesperada y angustiosa. Quiere ser libre a fuerza de patadas y de odio. Su pobreza de origen no lo condenaba a la pobreza de por vida. Desperdició su oportunidad, fue un pésimo estudiante. Le reclamaba su madre, chancla en mano: “¿Fue mi culpa que te corrieran de la escuela? Dime, ¿yo te obligué a irte de pinta y tronar las materias por andar de pedote? Tuviste chance de hacer estudios, más chance del que yo tuve, o del que tuvo tu pobre abuelo, y la cagaste, cabrón, la cagaste por pendejo y por huevón y ahora te toca chingarte.” Fue cancelada su libertad tras ir acumulando errores. Fue un error abandonar la escuela, error embarazar a su prima, error querer emular a su primo el sicario. La vida como una suma de fracasos. Estamos condenados a ser libres, pero el ejercicio del libre albedrío no nos hace virtuosos. Cada puerta falsa que abre el protagonista lo conduce a un pasillo cada vez más bajo en donde se encuentra otra puerta equivocada que lo lleva a los umbrales del infierno, a esa noche demente, la noche del crimen canalla.

La novela termina en donde comienza, serpiente que se muerde la cola, con Polo que afirma que él no hizo nada, que todo fue culpa del Gordo, Franco Andrade, y su obsesión con la vecina. Todo fue, en el caso del Gordo Franco, culpa del deseo. Generalmente pensamos en el deseo asociado al amor. Pero el deseo puede ser una fuerza terrible. Una potencia destructiva. Sobre todo si no encuentra forma de manifestarse. Si se va acumulando sin remedio hasta volverse una pasión insana, desquiciante. Sobre todo si el sujeto deseante, como Franco, como Polo, ha hecho un uso equivocado de su libertad. Si Polo es el sirviente sin remedio, Franco es uno de los habitantes privilegiados del fraccionamiento Páradais. Niño pudiente que se hizo expulsar del colegio porque sabía que su vida, hiciera lo que hiciera, estaba resuelta por la fortuna del padre y sus abuelos. Adolescente frustrado, rico y ocioso, que eligió como su oscuro objeto de deseo a su vecina, señora joven, madre de dos hijos. Un deseo poderoso que lo avasalla. No se trata de un deseo platónico sino de uno exacerbado por el machismo imperante en una sociedad como la nuestra en la que un violador serial puede ser candidato a gobernador de un estado con el apoyo y beneplácito del presidente de la república. Un machismo que puede campear abiertamente. El macho que desea sabe que puede saciar su deseo por la buena o por la fuerza, que cualquier exceso quedará impune. Su padre comprará al juez, dispondrá para él de abogados corruptos, sabe que su fortuna puede sacarlo del país en cualquier momento. Polo es presa de un anhelo errático de su libertad en tanto que Franco es el esclavo ciego de un deseo que lo atormenta.

La libertad y el deseo gozan de buena fama. Pero la libertad puede llevarnos a tomar decisiones infaustas y el deseo puede conducir a la muerte. La libertad y el deseo son frutos del paraíso. El crimen, la realidad del páradais. El cielo en la tierra es un territorio carcomido por el rencor, el despojo, la impunidad, el vicio, la injusticia. La lucha por la libertad, el cumplimiento del deseo, pueden desembocar en el crimen. La otra cara del mundo es la que nos muestra Fernanda Melchor en su tercera novela.

Páradais expone un triángulo de personajes. Un ángulo lo representa Polo, el resentido hijo de su libertad. El otro lo encarna Franco, el adolescente enajenado por el deseo. El tercer ángulo lo representa Marián, la vecina rica, guapa, frívola del fraccionamiento en el que vive Franco y en el que trabaja Polo. Quizá sea la parte más débil de la novela. Su caracterización es la más pobre, personaje armado de clichés. De Polo y Franco conocemos sus vidas, sus motivaciones y los sótanos de sus anhelos y deseos. De Marián solo se nos cuentan frivolidades: su buen cuerpo, sus cremas y pulseras, sus hijos y sus fiestas, sus bikinis y sus coqueteos, se nos dice cómo disfruta aparecer en las revistas de moda y cómo procura al marido para asegurarse sus lujos y su protección. Parece una mujer superficial porque solo se nos muestra su superficie. Una buena ficción necesita la perspectiva del protagonista y del antagonista. Marián es un personaje de cartón piedra, un maniquí que cimbra sus caderas y agita sus collares. Sabemos de sus pechos pero no lo que piensa, de dónde viene, por qué es así. En este sentido, la novela de Fernanda Melchor practica con sus personajes femeninos una violencia semejante a la de Polo y la de Franco. Las otras mujeres de la novela no son mejores. A la madre de Polo el horizonte se le agota en un trabajo mediocre, ella que acostumbra a golpear a su hijo para obligarlo a ir al trabajo. A Zorayda, la prima, no la pinta mejor: “Había algo diabólico en la mirada de Zorayda, un brillo de astuta vileza que la muy taimada se guardaba bien de mostrar ante los adultos, a quienes solo dejaba ver su lado tierno y acomedido, reservando su tiranía y crueldad para cuando nadie más estaba cerca.”

Páradais es una novela hija de su tiempo. Un tiempo nublado. Negros nubarrones de violencia y machismo ensombrecen el paisaje mexicano. Una violencia y un machismo que lo carcomen y lo penetran todo. Hasta la forma en que Fernanda Melchor concibe a sus personajes. ~


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