El camino hacia la tiranía | Letras Libres
artículo no publicado

El camino hacia la tiranía

Ece Temelkuran
Cómo perder un país. Los siete pasos de la democracia a la dictadura

Barcelona, Anagrama, 2019, 264 pp.

 

A diferencia de El príncipe, de Maquiavelo, que se inscribe en la tradición retórica de los tratados para uso de los gobernantes, la periodista y escritora turca Ece Temelkuran (Izmir, 1973) ha escrito un manual para uso de los ciudadanos. Cómo perder un país es un recuento de los daños que el populismo autoritario de Recep Tayyip Erdoğan ha dejado en Turquía, con la esperanza de que otras naciones eviten, si esto fuera posible, asumir el mismo destino de su patria.

A lo largo de su libro, la periodista acumula líneas ágata para demostrarnos que hay una lógica histórica y psicológica –un proceso– en la concentración de poder del autoritarismo populista, para lo cual ha identificado siete pasos en los que alguien va de ser una figura ridícula a convertirse en un autócrata peligroso que corrompe a la sociedad que lo encumbró.

En esta historia política de la posverdad, el primer paso en la construcción del autoritarismo populista es la formación de un movimiento político cuyo núcleo no son las ciudades cosmopolitas sino las provincias rurales. “El pueblo real” adquiere el sentido de ser el único dueño de la virtud, opuesto a todos los que no hayan reconocido la verdad expuesta por el líder. El “nosotros” reemplaza al “yo” individual. Pero no es el “nosotros” de la comunidad republicana de Rousseau, sino el “nosotros” más cercano a la visión totalitaria de Hannah Arendt. Como lo hiciera Gustave Le Bon en otro contexto, Temelkuran hace un ejercicio muy iluminador de psicología de masas: a su parecer, el hombre de provincia que siente su pequeñez ante el ancho mundo encuentra en el líder al defensor de su dignidad. Temelkuran percibió que la palabra “respeto” es la más pronunciada durante las primeras fases del proceso.

Pronto la aspiración válida de ser respetados se convierte en el deseo de oprimir a quienes piensan diferente. Los socialdemócratas que apenas ayer habían sido compañeros de causa se convierten en parte de la élite a la que hay que silenciar. La sonrisa sarcástica del “pueblo real” se dirige contra intelectuales, científicos, universitarios. A la manera de la revolución cultural china o de las purgas polpotianas, la razón y la ciencia se convierten en el principal enemigo. Si Noam Chomsky hablaba del consenso manufacturado, Temelkuran nos muestra cómo se pueden manufacturar víctimas. Lo peor de todo es que las masas victimizadas no saben que están votando en contra de sus propios intereses.

La ética que pide respeto y reconocimiento se convierte en una moralidad del resentimiento. Nigel Farage adopta la retórica de Salvador Allende y muchos lo creen un hombre del pueblo. La ignorancia se politiza. El objetivo es infantilizar a la población de tal manera que el líder pueda ejercer un control mayor. En esta versión del Señor de las Moscas los nuevos populismos aprovechan la devastación en la psique humana que, según Temelkuran, ha causado la proliferación de las redes sociales. Facebook, Twitter y otros gigantes ubicuos dejaron inermes a grandes sectores de la sociedad ante el embate de los líderes populistas. El hedonismo depresivo de los derviches de nuestro tiempo, como les llama Temelkuran a los voyeristas de los celulares, fue el preámbulo que dio paso a los autócratas de hoy.

La crueldad es el último estadio de la moralidad populista, a tal punto que la autora se pregunta si no estamos viviendo el fin de la era en que nos preocupamos por el bienestar de los otros. Lo que queda al final es el líder como representación de la nación. Como se suele decir en Rusia: sin Putin no hay nación rusa. Un momento estelar en el proceso hacia la consolidación del autoritarismo populista es lo que Temelkuran llama “la colonización del sistema judicial”. El fin del Estado de derecho significa el paso hacia la plena tiranía. En esta nueva configuración política, las leyes se ven como un obstáculo de la voluntad del pueblo.

Escrito en el último lustro, los personajes históricos que desfilan en este libro siguen influyendo en el destino político de sus naciones: Vladímir Putin en Rusia, Donald Trump en Estados Unidos, Nigel Farage y Boris Johnson en Inglaterra, Viktor Orbán en Hungría, Jair Bolsonaro en Brasil, Geert Wilders en Holanda.

Lo relevante y paradójico del libro de Temelkuran es que su autora es una mujer de izquierda, amante de la música de Janis Joplin y los escritos de Antonio Gramsci, para quien el neoliberalismo es quizás el mayor culpable de nuestros predicamentos. El libro de Temelkuran es también una crónica del destino de las disidencias en los regímenes populistas de nuestro tiempo: “me da gusto ver que todavía no te arrestan” es el saludo común entre disidentes políticos en la Turquía moderna. Periodista veterana y promotora de la justicia social, Temelkuran sabe lo que significa ser una disidente de los nuevos populismos: tuvo que abandonar su querida Turquía y refugiarse en la capital de Croacia, Zagreb, como resultado de la reacción opresiva del régimen de Erdoğan en su contra.

Leer el libro de Temelkuran es atestiguar que vivimos en un nuevo Zeitgeist caracterizado por el arribo de una moral de gánsteres entre amplias franjas de la población. Como ella lo dice, hemos pasado de “la banalidad del mal al mal de la banalidad”. Su conclusión contradice el optimismo de la razón ilustrada: muchos seres humanos todavía necesitan de un pastor que los guíe. En esto los líderes populistas encuentran auxilio en los intelectuales orgánicos que se convierten en voceros y guardianes de su mensaje.

Las últimas secciones del libro de Temelkuran son quizá las más conmovedoras, pues relatan cómo la última defensa de la razón, que es el humor, puede ser derrotada por la solemnidad y crueldad de los defensores del líder populista. Hay que recordar cómo Donald Trump terminó con la tradición de las cenas con la prensa en la Casa Blanca cuyo significado profundo era la sátira como una forma de disolver la solemnidad del poder.

Fue en el barrio de Cihangir –tan odiado por Erdoğan y su séquito–, frente al Bósforo, donde el gran novelista Orhan Pamuk se percató de que Estambul no era una multitud de hombres anónimos. Los nuevos mesías en la Turquía moderna no parecen pensar lo mismo. ~


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