El amor es fuerte como la muerte | Letras Libres
artículo no publicado

El amor es fuerte como la muerte

Cantar de Cantares de Salomón

Traducción y exposición de fray Luis de León

Edición de Víctor García de la Concha

Madrid/Ciudad de México, Vaso Roto, 2018, 282 pp.

El Cantar de Cantares de Salomón es el libro más insólito de la Biblia: una égloga alborozada, un epitalamio, un himno sexual encajado entre los adustos episodios del Antiguo Testamento. Y no lo compuso Salomón –pese a su envidiable currículum amatorio: conoció a setecientas princesas y trescientas concubinas–, sino alguien mucho más modesto, algún escriba anónimo, seguramente hacia el siglo IV a. C. Su arrebatada sensualidad lo hizo peligroso desde el principio: los judíos menores de cuarenta años tenían prohibido leerlo. Teólogos y clérigos se esforzaron durante siglos porque el Cantar fuese leído alegóricamente, como una expresión de la unión mística con Dios. Pero también desde muy temprano –Teodoro de Mopsuestia, en el siglo IV d. C., consideraba que el libro ensalzaba la relación de Salomón con una princesa egipcia, una interpretación que el concilio de Constantinopla condenó gravemente, juzgándola errónea y “vergonzosa para los oídos cristianos”– el Cantar se ha leído literalmente como una colección de cantos eróticos que celebran el amor humano. En nuestra secularizada época esta es la interpretación que prevalece, la doctrinal queda para los eruditos, los creyentes muy píos y, en general, los dualistas más inclementes. Y no es el único caso de deslizamiento mundano, de vulgarización exegética de la literatura cristiana: también el Libro de amigo y amado, de Ramon Llull, un opúsculo didáctico para la edificación de quienes abrazasen la vida contemplativa, se lee hoy como un magnífico relato de amor humano.

Los ocho cantos en que se divide el Cantar en esta edición, al cuidado de Víctor García de la Concha, admiten, sin duda, una lectura profana. Así elogia el esposo a su amada en el extraordinario capítulo IV: “¡Ah!, qué hermosa eres, Amiga mía, ¡ay, cuán hermosa! / [...] Como un hilo de carmesí tus labios, y el tu hablar pulido. / Como cacho de granada tus sienes entre tus guedejas. / [...] Tus dos tetas como dos cabritos mellizos / que están paciendo entre azucenas.” (La metáfora pectoral, a la que el autor parece naturalmente inclinado, se repite en el VII: “Los dos pechos tuyos, / como dos cabritos mellizos de una cabra.”) Y esto revela la esposa en el V: “Mi amado metió la mano por el resquicio de las puertas, / y mis entrañas se me estremecieron en mí.” Las imágenes se construyen casi siempre con los elementos de la naturaleza propios de una cultura agraria, en la que pesan las figuraciones del jardín del Edén, y que luego, a su vez, serán determinantes para la configuración de uno de los tópicos más recurrentes de la literatura occidental, el locus amœnus. El Cantar aparece trufado de cedros y manzanos, de nardos y cardamomo, de tórtolas y palomas, de ganado y vino: “béseme de besos de su boca, / porque buenos [son] tus amores más que el vino”, dice la esposa en los versos inaugurales del libro. Un derroche de lozanía y color, extraído de un mundo del que mana leche y miel, impregna los tropos del Cantar, acorde con el derroche de los cuerpos, con las efusiones íntimas, y se plasma en el castellano crujiente, sabrosísimo, exultante a la par que sereno, de fray Luis. Los comentarios que este hace a los versos del Cantar en su exposición, aparecida en Salamanca en 1580, y que también se publican en esta edición, quieren justificar sus decisiones y ratificar la ortodoxia, cuya vulneración tanto le reprocharon sus enemigos, pero contribuyen hoy, más bien, a una interpretación venérea de la obra. De la afirmación del esposo en el muy incitante capítulo VII, que dice: “yo subiré a la palma, y asiré sus racimos, / y serán tus pechos como los racimos de la vid”, fray Luis precisa: “encendidos en tu belleza, nos dice el deseo y el corazón: ‘¡Quién te alcanzase y gozase así, que pueda llegarse a ti, y recreándose en tus brazos, y dándote mil besos, coger el fruto de tu boca y pechos!’”.

El Cantar traducido por fray Luis es, pues, una alegoría metafísica y la palabra de Dios, pero también, y sobre todo, un poema erótico, la palabra de un hombre y una mujer enamorados. La Exposición, por su parte, constituye un corpus polisémico y multidisciplinar. Contiene, al menos, un ars amandi, un tratado retórico y una teoría de la traducción. La primera de estas facetas es el resultado de la sistematización de las atracciones y las prácticas insinuadas en el texto, con la que el fraile de Belmonte justifica muchos versos, cuya presencia se explica por las urgencias del amor. El tratado de retórica atiende, sobre todo, “a la corteza y sobrehaz de la letra”, esto es, a la pertinencia expresiva y al decoro de la dicción. Fray Luis se muestra siempre preocupado por la propiedad de lo que dice: porque las palabras elegidas se correspondan tanto con su verdadero contenido –esto es, que sean pertinentes y significantes– como con el registro propio del hablante. Y no deja de formular principios estilísticos, que acreditan ese empeño en que forma y fondo concuerden, es más, en que devengan una sola realidad. Así, en la exposición del capítulo V, reivindica la metáfora como forma de dar “más encarecimiento y mayor gracia a lo que se dice”: “los que mucho quieren encarecer una cosa, alabando y declarando sus propiedades, dejan de decir los vocablos llenos y propios, y dicen los nombres de las cosas en que más perfectamente se halla aquella propiedad y calidad de lo que loan [...]. Y así vemos que aquí la Esposa procede de esta manera; porque diciendo de los ojos que son de paloma, dice más que si dijera que eran hermosos”.

Finalmente, el Cantar de fray Luis es también un estudio sobre traducción, al que se aplica con especial viveza –y, en ocasiones, con algún fárrago– porque era la traducción de algunos pasajes –en realidad, era la traducción entera a una lengua vernácula– lo que más había incomodado a la Inquisición, por apartarse de la establecida en la Vulgata. Fray Luis se proclama traductor fiel y cabal, y propugna dar palabras “de la misma cualidad y condición y variedad de significaciones que son y tienen las originales, [pero] sin limitarlas a su propio sentido y parecer; para que los que leyeren la traducción puedan entender toda la variedad de sentidos a que da ocasión el original si se leyese, y queden libres para escoger de ellos el que mejor les pareciere”. Esta sorprendente paradoja –ser estricto y fiel para que el lector sea tanto más libre de interpretar– sugiere un relativismo incipiente, que convive en la exposición con una pertinaz, pero a veces intuimos que algo formularia o previsible, defensa de la ortodoxia. En los comentarios que hace al capítulo IV, fray Luis alega algo que hoy consideramos evidente, pero que entonces tenía perturbadoras connotaciones: “En aquel tiempo y en aquella lengua todas estas cosas tenían gran primor, como en cada tiempo y en cada lengua vemos mil cosas recibidas y usadas por buenas, que en otra lengua, o en otro tiempo, no las tuvieran por buenas.” Estas mismas diferencias se aprecian hoy en la lectura del Cantar de fray Luis: junto con sus avanzadas consideraciones sobre tantos asuntos artísticos y humanos, sus frecuentes y a menudo desfavorables juicios sobre la mujer –no hay que olvidar que fue el autor del muy patriarcal La perfecta casada– lo alejan de la sensibilidad actual. No obstante, esa mezcla de ensayos y propósitos, esa convivencia de epinicio y razón, de trova y discurso, ese juicio que fluye por espacios de la inteligencia emparentados pero autónomos, es muy moderno, y hasta posmoderno. Fray Luis resucita al remoto Salomón, apócrifo autor de esta joya veterotestamentaria, con su Cantar fresco, excitado y excitante, y García de la Concha nos lo sirve, depurado, contextualizado y explicado, en una rigurosa edición. ~


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