Edna O'Brien: Los lugares de una escritora | Letras Libres
artículo no publicado

Edna O'Brien: Los lugares de una escritora

Edna O’Brien

Chica de campo

Traducción de Regina López Muñoz

Madrid, Errata naturae, 2018, 424 pp.

 

Edna O’Brien (Drewsboro, Irlanda, 1930) empezó a escribir sus memorias después de que en una revisión médica la enfermera le dijera que estaba estupenda, salvo su oído, que era “como un piano roto”. Esa expresión le hizo “pensar en la generosidad que me había reservado la vida”. Esa tarde se puso a hacer pan irlandés, “una cosa que llevaba treinta y tantos años sin hacer. Pan. Por muy piano roto que fuera, me sentí más viva que nunca cuando el aroma del pan se apoderó del ambiente. Era un olor antiguo, fuente de muchos recuerdos, y así fue como aquel día de agosto de mi septuagésimo octavo cumpleaños me senté para empezar las memorias que me había jurado no escribir jamás”.

Chica de campo es la historia de una vida en la que ha habido de todo, como O’Brien escribe en el prólogo: “He conocido la alegría y el dolor extremos, el amor correspondido y el no correspondido, el éxito y el fracaso, la fama y el vapuleo; he leído en la prensa que ya estaba caducada como escritora y, peor aún, que era una ‘Molly Bloom de baratillo’; y, sin embargo, a pesar de todo, he seguido escribiendo y leyendo, he tenido la fortuna de sumergirme de lleno en esas dos actividades que han apuntalado mi vida entera.” Estas memorias no siguen un orden cronológico estricto: empiezan con la muerte de la madre y una visita a la que fuera la casa de la infancia de la escritora, en Drewsboro, “un pueblo de mala muerte”, en el que “había veintisiete pubs, tres ultramarinos, una pañería, una farmacia, cero cines y cero bibliotecas”. Lo que sirve para estructurar el transcurso de la vida es la geografía: va de Drewsboro a Dublín, luego Londres, Nueva York, España, Irlanda del Norte o Singapur. Y cada lugar le ofrece la oportunidad de desarrollar una escena, retratar a las gentes de su vida, o de profundizar sobre asuntos como la paz en Irlanda del Norte.

El talento de O’Brien para contar historias se mostró pronto: “Un día volviendo de la escuela un tipo llamado Tim me invitó a entrar en su negocio y luego en un despachito donde había un segundo hombre sentado en un taburete alto. Sobre el tablero inclinado del escritorio marrón de madera reposaba una botella de whisky, y los dos estaban inquietos. Me pidieron que les representara mi obrita, y yo obedecí, apoyando los diálogos con los retratos de los cromos. La actuación duró unos cinco minutos y, como premio, me dieron una moneda de tres peniques.” Escribió a los ocho años su primer relato. En él se veían “algunas de las empalagosas tendencias de Mrs. Henry Wood”, una escritora muy popular. Después de sufrir el desprecio de la maestra del pueblo –O’Brien quería ser su favorita, pero no lo conseguía–, la enviaron a un convento. O’Brien pensaba que iba para monja, pero “El mundo, con todos sus pecados, artimañas y lisonjas me llamaba.” Encontró esas lisonjas y esos pecados antes incluso de dejar el convento: allí ya se había enamorado de una monja. Y una noche, antes del último trimestre, después del baile, sigue a Roland –una especie de vagabundo con encanto– “hasta que ya no hubo faros de coches ni farolas encendidas”. O’Brien cuenta su primer encuentro sexual con un hombre de manera elegante: “El resultado fue que me desabotoné el abrigo y permití que me subiera la falda. En cuanto a la parte que él expuso, la tapó a medias con un pañuelo, y sus empeños fueron tan fuertes que bien podría haberse desahogado contra la propia puerta, que temblaba y repiqueteaba. […] Roland no me acompañó a casa.” Es la misma elegancia con la que cuenta sus aventuras sexuales, algunas infructuosas, y amorosas (un desastroso romance con un hombre casado) y aventuras de una noche con estrellas de cine, como Robert Mitchum. También tienen cameos Paul McCartney, Marguerite Duras, Peter Brook, Samuel Beckett, John Huston y Jackie Onassis: O’Brien era cool. Casi al final cuenta que Jude Law la besa: “pensé en lo mucho que me alegraba de ser vieja, y exhalé un suspiro de alivio por que aquello no hubiera sido el comienzo de nada”. Pero más allá del namedropping –aquí justificado y hecho además con gracia–, Chica de campo es el relato de la construcción de una escritora. O’Brien no fue a la universidad (trabajaba en una farmacia cuando conoció a su marido) y la suya es la historia de una mujer que sigue su vocación, en parte porque es inevitable. Aunque eso lleve a que su marido la odie: “Sabes escribir, nunca te lo perdonaré”, le dijo después de leer el manuscrito de su primera novela, Las chicas de campo. Ese matrimonio infernal la había llevado a enfrentarse con su familia y el divorcio, una vez conseguida la independencia económica, la separó temporalmente de sus hijos, cuya custodia ganó tras mucho pelear. En el juicio, por cierto, el exmarido usó fragmentos de sus libros para demostrar lo mala influencia que era para sus hijos. O’Brien deja pistas que permiten tejer su genealogía: James Joyce, Tolstói, Chéjov, Lorca, La Celestina, Sylvia Plath (a la que lee ya tarde), Beckett, Norman Mailer o Philip Roth, por citar solo algunos, son los escritores de los que ha aprendido y con los que de una manera u otra ha dialogado.

O’Brien escribe que en ella habitan muchos yoes, y estas memorias no tendrían valor si no estuvieran reunidos casi todos: desde la niña que hacía pan con su madre y que temía al padre alcohólico hasta la escritora de éxito, pasando por la mujer que nunca aprendió a nadar o la que visitaba con regularidad a una vidente. Como ha señalado la escritora estadounidense Stacy Schiff, que O’Brien comience contando que es incapaz de hacerse a los audífonos y acabe yendo al cine a ver una película en 3d no puede ser casual: es la manera que tiene de decir O’Brien que sigue dispuesta a verlo y a contarlo todo. ~


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