Duguin, profeta del antiliberalismo | Letras Libres
artículo no publicado

Duguin, profeta del antiliberalismo

Filósofo y propagandista, teórico del euroasianismo, Alexander Duguin se ha convertido en un referente de la ultraderecha global.

El liberalismo es el mal absoluto, una ideología totalitaria que debe ser combatida sin descanso en todos los ámbitos. Así resume Alexander Duguin, filósofo y activo propagandista ruso, su ideario político y vital. Y ya no se trata de aquel oscuro pensador conocido exclusivamente en círculos neofascistas europeos de los años noventa, sino de un autor aún minoritario, pero con creciente difusión en toda Europa y las Américas. Pese a su radicalidad y dogmatismo, su obra absorbe referencias diversas para destilar un pensamiento original, heterodoxo, accesible y con voluntad de dar forma al maremoto antiliberal. Lo que él llama cuarta teoría política aspira, precisamente, a trascender el eje izquierda-derecha y ofrecer una argamasa lo suficientemente maleable como para galvanizar y articular conceptualmente la oleada nacionalpopulista que afrontan las democracias liberales.

Duguin combina su pensamiento con un intenso activismo local y global, si bien su acceso y ascendiente sobre el presidente ruso es mucho menor de lo que suele creerse. Ni es asesor de Vladímir Putin ni mucho menos su gurú o filósofo de cabecera. Pero Duguin sí es uno de los instrumentos que utiliza un Kremlin con tendencia creciente a externalizar o subcontratar parte de su acción encubierta en el exterior. La intervención militar no declarada en el este de Ucrania es un buen ejemplo. La campaña de Moscú para seducir a todo el espectro de la derecha con vistas a erosionar el conservadurismo liberal europeo no alineado con el Kremlin no es una excepción. Duguin tiene, de hecho, mucha más repercusión fuera que dentro de Rusia y su capacidad para consolidar redes y alianzas desde Kazajistán a Argentina, pasando por Turquía, Grecia, Alemania, Italia, Hungría o España, es su gran valor añadido a ojos del Kremlin. Poliglotía, estética y afán de epatar son elementos clave en esta exitosa proyección internacional. Con su aspecto de eremita, barba luenga, voz grave y pose estudiada –buscando, sin duda, emular a Fiódor Dostoievski y Alexander Solzhenitsyn–, su figura resulta perturbadoramente magnética.

Duguin suele definirse a sí mismo, fundamentalmente, como un tradicionalista. Una caracterización polisémica pero que, en su caso, hace referencia al movimiento intelectual informal y heterogéneo surgido en el periodo de entreguerras. Este tradicionalismo se construye sobre la idea de la supuesta transmisión de unas prácticas espirituales y un sustrato metafísico común desde tiempos inmemoriales, pero que –según su punto de vista– en Occidente se habría visto interrumpido desde mediados del siglo xv. De ahí la inclinación paganizante, orientalista e hinduizante –en particular, la convicción de vivir en la edad oscura o Kali Yuga– presente en la mayor parte de autores incardinados en este tradicionalismo. Entre ellos cabe citar la obra seminal del místico sufí francés René Guénon, La crisis del mundo moderno (1927), o la llamada a la acción del controvertido aristócrata italiano Julius Evola en Revuelta contra el mundo moderno (1934) o Cabalgar el tigre (1961). Duguin toma de Guénon la idea básica del carácter revelado de todas las religiones, que, además, compartirían una base esotérica y metafísica común conocida como tradición perenne o primordial. Así, la tradición no es –en palabras de Duguin– antigua sino eterna y debe ser restaurada para superar la Kali Yuga en la que nos encontramos.

La deuda con Evola es mayor y más compleja. Del autor italiano asume, por un lado, el rechazo completo a la modernidad entendida como un proceso de degeneración espiritual iniciado en el Renacimiento y agudizado tras la Revolución francesa que conduce, según Duguin, al triunfo del “totalitarismo liberal” que anticipa la “poshumanidad”, preludio del fin de toda trascendencia. Por el otro, el ideal de una “aristocracia espiritual” en un imperio orgánico y el carácter redentor de la violencia con la guerra como posible “vía de realización espiritual”. Evola –conocido fundamentalmente como inspirador intelectual del terrorismo negro en la Italia de los años setenta– es, por cierto, una figura redescubierta y cada vez más presente en los debates de la oleada antiliberal que recorre Europa y América.

Además de tradicionalista, Duguin suele ser caracterizado como la versión rusa de la Nueva Derecha (nd) de matriz francesa. La ND–constituida en 1968 en torno al Groupement de Recherche et d’Études sur la Civilisation Européenne (Grupo de Investigación sobre la Civilización Europea, grece) liderado por Alain de Benoist– fue concebida como un movimiento metapolítico que buscaba disputar la hegemonía ideológica y cultural a la izquierda y el liberalismo. La ND, semillero fecundo, ha conseguido renovar y desbordar los límites de la extrema derecha incorporando elementos como el ecologismo o el comunitarismo u otros más propios de la extrema izquierda como el anticapitalismo o el antiimperialismo tercermundista, todo aderezado con un cierto gusto por el irracionalismo romántico, las po- siciones antiilustradas y la revitalización de mitos de origen como el indoeuropeo.  

En su agenda política más tangible y concreta, la ND es un precedente intelectual claro de las actuales tendencias antiglobalistas, soberanistas e identitarias de la derecha y la izquierda populistas. El propio De Benoist, pensador complejo y poliédrico, se ha definido a sí mismo en alguna ocasión como “anticapitalista, socialista, comunitarista”; ya en 1986, escribía de forma premonitoria que “la mayor contradicción no es entre izquierda y derecha, liberalismo y socialismo, fascismo y comunismo, totalitarismo o democracia, sino que es entre aquellos que quieren que el mundo sea uni- dimensional y los que abogan por un mundo plural enraizado en la diversidad de culturas”.

De Benoist ha ejercido una poderosa influencia sobre Duguin, aunque la relación personal entre ambos, iniciada allá por 1990, ha estado plagada de altibajos. En esta ambivalencia han influido, entre otras cosas, las dudas del francés sobre la deriva excesivamente fascistizante del ruso y sus frecuentes digresiones esotéricas y conspirativas. No en vano la actividad política e intelectual de Duguin se inicia en los primeros ochenta en el conocido como Círculo Yuzhinsky, el underground soviético de inspiración mística, ocultista y filonazi. Así, a finales de 1990, publicaba un artículo titulado “La amenaza de la mundialización” en el que recogía parte de las ideas de Alain de Benoist para alertar de la supuesta conspiración de la élite global para crear un gobierno mundial. Es una idea que recoge en un grueso volumen publicado en 1993, titulado Konspirologia, pretendido estudio académico sobre el supuesto papel del ocultismo y las conspiraciones a lo largo de la historia. Como sabemos, las teorías de la conspiración juegan un papel central en buena parte de las narrativas antiliberales actuales y, significativamente, en la maquinaria de propaganda del Kremlin y quienes repiten su argumentario en Europa, normalmente en clave geopolítica.

Duguin, de hecho, es también deudor de los autores geopolíticos clásicos de la primera mitad del siglo XX (Alfred T. Mahan, Halford Mackinder, Friedrich Ratzel, Klaus Haushofer, Nicholas Spykman), de los eslavófilos rusos decimonónicos –convencidos del carácter único de una Rusia endémicamente enfrentada a Occidente– y de la escuela eurasianista del periodo de entreguerras encabezada por exiliados rusos blancos como Nikolái Trubetskói, Piotr Savitski o George Vernadski. Estos últimos representan una suerte de versión rusa, acaso más romántica y crepuscular dadas sus circunstancias vitales, de la coetánea revolución conservadora alemana, cuyos ecos son también evidentes en la obra de Duguin (especialmente de Ernst Niekisch, Martin Heidegger y Carl Schmitt). La capacidad de Duguin para absorber e introducir en Rusia buena parte del pensamiento europeo moderno –obviando la paradoja que plantea– resulta incuestionable. Eduard Limónov –célebre en Occidente desde que Emmanuel Carrère le dedicara una mitificadora biografía en 2011– fue cofundador con Duguin del marginal Partido Nacional Bolchevique, más una plataforma de agitación contracultural que un partido en sentido convencional. A Limónov le debemos la caracterización más memorable de Duguin “como el Cirilo y el Metodio del fascismo, ya que fue él quien trajo su fe y su conocimiento a Rusia desde Occidente”.

El eurasianismo –la única tendencia propiamente rusa que permea el pensamiento de Duguin– es una corriente intelectual y política heterogénea y difusa articulada sobre la idea de Eurasia como un tercer continente entre Europa y Asia de límites imprecisos, pero con Rusia en el centro como eje de una civilización singular, distinta de Occidente e históricamente enfrentada a ella. En palabras de Trubetskói, Eurasia es una “comunidad multinacional de destino histórico […] separada y superior a la Europa occidental”. El eurasianismo clásico es ambiguo en su relación con el (etno)nacionalismo ruso, aunque suele recoger la idea de Moscú como “tercera Roma” y adoptar un tono mesiánico. Ese tono está muy presente en la obra de Duguin. De hecho, frente a aquellos que aún reclaman, tal y como se expresaba mayoritariamente al caer la URSS, una normalización de Rusia, Duguin afirma que “nunca hemos sido ‘normales’ y nunca lo seremos. ¡Rusia será grande, única, radiante, absoluta, paradójica, misteriosa, salvadora o desaparecerá!”. Es decir, una visión mesiánica, apocalíptica e imperial de Rusia.

Para Duguin, la geopolítica, la metafísica y el enfoque conspirativo son elementos inextricablemente unidos. Así, está convencido de que la historia de la humanidad, y sobre todo la del espacio eurasiático, se explica como un enfrentamiento perpetuo entre las telurocracias (Rusia y Alemania especialmente) y las talasocracias (el Reino Unido y EEUU). De esta manera, la Guerra Fría no fue sino otra caracterización de la confrontación perpetua entre el “este telúrico y el oeste marítimo”. El mar, apunta, “es el origen de la modernidad [mientras que] la tierra es la Tradición”. Cambio y novedad frente a permanencia y eterno retorno de lo perenne. En su concepción, el espacio no es inerte, sino “vivo y fecundo, ya que está preñado de acciones, hechos y ciclos históricos”, idea que toma de Lev Gumilev, el más iconoclasta de los eurasianistas soviéticos. Duguin considera, por ejemplo, que el Lebensraum de Haushofer que inspiró a la Alemania nazi no se refiere a un “espacio vital” sino a un “espacio vivo”. Duguin, así, es capaz de abarcar varios planos y registros para conformar un pensamiento totalizante y hablar, incluso, “del destino cósmico de Rusia”.

La cuarta teoría política es fundamentalmente el nuevo avatar del eurasianismo de Duguin. Cuarta por oposición a las tres precedentes, a saber: el liberalismo (primera y triunfante sobre las otras), el socialismo en todas sus formas (segunda) y el fascismo-nazismo (tercera). Duguin considera que las tres, pese a sus diferencias, son fruto de la modernidad (como el Estado nación) y, por lo tanto, igualmente rechazables. Sin embargo, su animadversión hacia el liberalismo no es comparable con su indisimulada simpatía por el fascismo, el nazismo y elementos del bolchevismo. Para Duguin, la clave está en el elemento central sobre el que se articula cada una de ellas: en el fascismo-nazismo la idea de nación o de raza; en el socialismo, la de clase social; y en el liberalismo, la del individuo atomizado. Duguin articula su cuarta teoría política sobre el concepto del Dasein, tomado de Heidegger, y que en su acepción se sitúa más en la órbita de un nacionalismo convencional que de una tesis rompedora o, según se mire, restauradora. Así, Duguin sugiere que narod, Volk, pueblo o Dasein son términos equivalentes y no se debe entender “como una colección de gente, sino como lo que convierte a la gente en gente –en gente de una cultura concreta, de un pueblo concreto, de un ciclo histórico particular”.

Dentro de este esquema, Duguin concibe el liberalismo como una ideología y una práctica singular y restringida en el tiempo y el espacio, pero con vocación de totalitaria y universal. Así, apunta que “la ideología de los derechos humanos, la economía de mercado, el sistema democrático liberal, el parlamentarismo y la división de poderes son valores locales que se basan en una experiencia histórica concreta que podemos localizar fácilmente en el espacio (Europa Occidental, luego América) y en el tiempo (la modernidad)”. De esta manera, el pensador ruso se propone “organizar el frente común de las civilizaciones contra una civilización que pretende ser la civilización en singular. Este enemigo común prioritario es el globalismo y los Estados Unidos, que ahora son su principal vector. […] Un choque between the West and the Rest. El eurasianismo es la fórmula política que conviene a ese ‘resto’: we are the Rest”.

Por lo tanto, a diferencia de los eurasianistas clásicos, Duguin ya no lo circunscribe geográficamente y afirma que “un eurasianista no es en absoluto un mero ‘habitante del continente eurasiático’. Es sobre todo el hombre que asume voluntariamente la posición de una lucha existencial, ideológica y metafísica contra el americanismo, la globalización y el imperialismo de los valores occidentales (la sociedad abierta, los derechos humanos, la sociedad de mercado)”. Sin embargo, probablemente por prudencia y para evitar caer en ese universalismo que denuncia, Duguin confía en que cada parte orgánica de cada uno de los grandes espacios del mundo –idea que toma de Carl Schmitt– dotará de contenido a su propia versión de la cuarta teoría política. De esta manera, la propuesta de Duguin resulta grandilocuente en objetivos, ancha en su aplicabilidad geopolítica, pero parca en aspectos concretos. Como resumen de su vocación heterodoxa y capacidad camaleónica, en la introducción a la primera edición en español de La cuarta teoría política (2013), Duguin apela a la “España existencial”, que sitúa, anatema ibérico, en la confluencia del Alcázar de Toledo y el duende lorquiano. Si la defensa del Alcázar es el símbolo de la “España Negra como existencia orientada a la muerte”, su voz es la de Federico García Lorca como “poeta de la muerte […] y la apertura, la muerte como apertura”. Así es cómo, según Duguin, se expresa el Dasein de España. ~