Dos gobiernos a examen: Una nueva pelea | Letras Libres
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Dos gobiernos a examen: Una nueva pelea

Gemelos enemigos, animales políticos en estado puro, Calderón y AMLO se miden, se ofenden, se temen. Dos libros recientes ponen al centro de la discusión sus aciertos y errores en la silla presidencial.

Imágenes que conservo de Felipe Calderón: una mañana, aguardando yo una entrevista, lo vi pasar en tv Azteca, de estatura mediana, moreno, apresurado, sonriente. Lo recuerdo en su toma de posesión, con el brazo en alto, jurando, atrincherado por sus compañeros de partido. Recuerdo haberlo visto en televisión a medianoche recibiendo la bandera de manos de Vicente Fox. Lo recuerdo en las mesas de diálogo en Chapultepec, enfrentando a Javier Sicilia. Lo recuerdo en Ciudad Juárez, ante las madres furiosas –y con razón– de jóvenes asesinados. Lo recuerdo en un jeep vestido con una casaca militar que le quedaba grande. Recuerdo una foto de él en casa de López Obrador, siendo ambos presidentes de sus respectivos partidos. Su recuerdo no me provoca disgusto, a la luz de lo que vivimos ahora más bien lo contrario.

En 1971 Daniel Cosío Villegas aconsejó a Miguel Alemán que escribiera sus memorias. No lo hizo. En 2012 Enrique Krauze, recordando el episodio de Cosío y Alemán, le pidió a Calderón que hiciera lo propio. “Unas memorias honradas, autocríticas, reveladoras, contenidas en un libro legible, serían el mejor argumento contra el juez implacable e inapelable de la opinión pública” (E. Krauze, “Las memorias de Calderón”, en Reforma, 25 de noviembre de 2012). Calderón sí le hizo caso al historiador. Decisiones difíciles, las memorias políticas de Calderón, es sin duda un libro legible (aunque con muchas redundancias), más o menos honrado (dejó de lado asuntos delicados, como la salida de Castillo Peraza del pan, la detención de García Luna, la Estela de Luz), más o menos revelador, de alguna manera autocrítico. Digamos que como juez de sí mismo es bastante indulgente, pero con los pies en la tierra. No se cree el salvador de México. No cree que está predestinado para el poder. Son las memorias políticas de un político en activo, un libro de combate.

Mucha gente detesta a Felipe Calderón por haber iniciado la “guerra contra el narco” y el excesivo número de muertos durante su sexenio, aunque supongo que a la luz de los desastrosos resultados actuales en materia de seguridad muchos se habrán dado cuenta de que no se trata de un asunto fácil de resolver. Durante el sexenio de Calderón, el Inegi registró 121,613 homicidios dolosos. En el sexenio de Peña Nieto fueron 156,437. Al 30 de abril de 2020 se contabilizan 46,114, más del tercio de muertos del sexenio de Calderón cuando apenas llevamos menos de un cuarto del sexenio de López Obrador. Al ritmo que vamos terminará su periodo con más de doscientos mil muertos, sin guerra contra el narco de por medio. Ante estos números, las declaraciones de López Obrador (“Calderón dio un golpe a lo tonto al avispero”) resultan embarazosas. Por cierto, Calderón responde en su libro a esa imagen de López Obrador: “No había necesidad de salir a patear nada: el avispero ya estaba dentro de la casa y las avispas invadían ya amplios espacios de la misma, se habían vuelto cada vez más agresivas, con aguijones cada vez más potentes y venenosos.” La actitud de López Obrador de salir a abrazar el avispero, dejar en libertad al hijo e ir a saludar a la madre del gran capo, ha dado como resultado mayor control de territorio en manos de los grupos criminales, fugas masivas de reos, aumento en la violencia de los cárteles, que ya le tomaron la medida a la pasividad del presidente.

La mala fama de la guerra de Calderón contra las drogas fue en gran parte creada por sus opositores, que ahora son autoridad y siguen sin poder hacer gran cosa para controlar el crimen. Construyeron esa campaña con una media verdad: Calderón lanzó la guerra contra el narco para legitimar su gobierno luego de una elección muy reñida y para algunos dudosa (sin que nunca se haya podido comprobar ningún fraude). Esta versión olvida que fue primero el gobernador perredista de Michoacán, Lázaro Cárdenas Batel (hoy jefe de asesores de López Obrador), y luego el gobernador priista de Tamaulipas, Eugenio Hernández Flores, quienes, con carácter de extrema urgencia –ya que la política de Fox había sido la de no meterse con el narco–, solicitaron ayuda a Calderón, que recién había asumido el cargo. López Obrador sabía eso, que había sido un gobernador de su propio partido el que había solicitado ayuda de la Federación, y, a pesar de conocer ese hecho, propagó la mentira de que Calderón “pateó a lo tonto el avisero”.

Grosso modo, para Felipe Calderón la clave del problema radica en entender cómo el crimen organizado cambió de dinámica. Originalmente el negocio más redituable de los criminales en México era el de trasladar droga de nuestro país y de Sudamérica hacia los Estados Unidos. Era un negocio de narcotraficantes, en el que no participaba mucha gente, discreto (lo que querían era pasar cuanto antes al otro lado) y que no provocaba disputas porque cada cártel tenía su propia ruta de acceso a los Estados Unidos. No se sabe si los colombianos empezaron a pagar en especie, en lugar de dinero, a los mexicanos por transportarles la droga, o si estos decidieron por su cuenta abrir el mercado local, pero el negocio cambió, se volvió territorial. Ya no se trataba de pasar rápido la droga sino de apoderarse de una plaza para ser ahí el único distribuidor. No había que ser discretos, al contrario, era necesario exhibir su poder y su crueldad para infundir respeto y miedo. La reorganización de los cárteles potenció la violenta disputa por las plazas. Tengo la impresión de que un negocio no sustituyó al otro, como piensa Calderón, sino que los dos comenzaron a funcionar de manera simultánea. Con el consiguiente añadido perverso: al asentarse en una plaza, al garantizar el control de la zona, el cártel se dedicaba a exprimir las rentas del lugar mediante la extorsión, los secuestros, la delincuencia, la trata de personas. Para ejecutar mejor el control de una plaza se aseguraron el manejo de la policía y del gobierno local. Llegados a ese punto, el cártel se había apoderado del Estado. Calderón encontró que la forma de hacer frente a ese gravísimo problema era con una intervención militar en forma. Los críticos de Calderón afirman que eso fue lo que desató la guerra, las masacres y el alto número de muertos. Pero veamos. Hoy la orden es la de ya no enfrentar a esos grupos. En los hechos, se les dejó tomar el control de regiones enteras del país. Hoy sabemos, por ejemplo, que el presidente López Obrador puede circular por Sinaloa sin problema porque los narcos ordenaron que no se le tocara. Fueron los narcos los que autorizaron el paso del presidente a su zona. Sin embargo, ese control, que el presidente aprueba, no ha disminuido la violencia criminal, ni los secuestros, ni las extorsiones. ¿Cuál es el incentivo para que los criminales dejen sus negocios? ¿El regaño de sus mamás, como afirma el presidente? Calderón los enfrentó, y al final de su sexenio el número de homicidios iba a la baja, según el propio expresidente. López Obrador, por el contrario, los tolera y el crimen va al alza. ¿Qué va a hacer el gobierno de López Obrador si los muertos de su sexenio siguen creciendo? ¿Continuará puerilmente echándoles la culpa? Hoy la estrategia contra el crimen organizado consiste en no tener estrategia. Se tiene un plan de desarrollo social que se confunde con el de seguridad. Pero no parece que haya estrategia alguna.

Claro que sí sigue una estrategia, me dirán algunos, esta consiste básicamente en otorgar becas y apoyos a los jóvenes para que no tengan pretexto para incorporarse al narco. Es decir, atacar la raíz del problema, atenderlo como problema social, no policiaco. Es un enfoque muy válido. El gobierno de Calderón también lo puso en práctica. Su estrategia era militar pero también incluía la regeneración del tejido social y la recuperación de espacios. También inauguró un gran número de centros tecnológicos y un centenar de universidades. Quizá la extendida opinión pública de que el gobierno de Calderón solo actuó por la vía de la fuerza se deba a la desproporción de recursos que le destinó a la fuerza en comparación con el dinero asignado a los jóvenes, para apoyarlos con educación, trabajo y cultura. (La cultura, por cierto, no le merece a Calderón ni siquiera un renglón de su voluminoso libro.) La solución de López Obrador de poner el énfasis en la prevención y en el apoyo a los jóvenes tiene sentido a largo plazo. En el corto plazo, en el aquí y ahora, la estrategia de brazos cruzados ha arrojado un saldo terrible de muertos.

¿No hay opciones? ¿O lanzamos toda la fuerza o le apostamos a la educación a largo plazo? Sí hay alternativas. Se le presentaron a Calderón en junio de 2011. La unam y el Instituto Iberoamericano de Derecho Constitucional convocaron a un gran foro “en el que participaron académicos, políticos y miembros de organizaciones civiles de varios países, y que sintetizó el análisis colectivo más importante y propositivo sobre el tema” (Luis Astorga, ¿Qué querían que hiciera?, Grijalbo, 2015). La propuesta final la presentó José Narro: Elementos para la construcción de una política de Estado para la seguridad y la justicia en democracia. El documento brinda catorce “criterios rectores” para modificar la política de seguridad. Uno de ellos es muy claro: “La intervención militar debe ser excepcional y restringida al máximo posible.” La estrategia que se sigue actualmente, por el contrario, ha militarizado la seguridad pública y pretende militarizar puertos y litorales. Sí existen alternativas. Calderón en su momento las desdeñó.

Otra alternativa a la militarización de la guerra contra el narco estaba en la despenalización de la droga. Calderón en este punto es ambiguo. En su libro comenta que la despenalización es imposible como acto unilateral: sin una acción similar por parte de Estados Unidos, no podría llevarse a cabo. Pero jamás explora la despenalización como un asunto de libertades. El individuo es libre de consumir lo que quiera mientras que no afecte a terceros. ¿Por qué se permite la compra y venta de alcohol si el alcohol provoca más muertes –por salud y por accidentes– que todas las drogas juntas? En los últimos meses de su gobierno, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, Calderón abogó por dar una salida comercial al problema de las drogas (un eufemismo para la despenalización). Por su libro nos enteramos de que llegó a tratar el tema con Barack Obama y Hillary Clinton, que lo rechazaron. ¿Cuál va a ser la postura de México Libre frente al tema? ¿Lo rechazarán doctrinalmente como en el pan? ¿Será congruente Calderón con las últimas posturas que asumió como presidente?

Alguien debería escribir las vidas paralelas de Felipe Calderón y de Andrés Manuel López Obrador, cuya diferencia de edades es de apenas ocho años. De 1996 a 1999 fueron ambos presidentes de sus respectivos partidos, el pan y el prd. Ambos eran aliados contra el enemigo común que era el pri, cuando lo urgente era sacarlo de Los Pinos. Se conocían bien y trataron de ser amigos. Una amistad imposible: ambos anhelaban lo mismo, la silla presidencial, el poder. Por diferentes caminos, pero no hay duda de que ambos son animales políticos en estado puro, se miden, se ofenden, se temen. Si López Obrador rompe las reglas (no sería raro) y abre la reelección, también la estaría abriendo para Felipe Calderón y ahí estos gemelos enemigos volverían a medir sus fuerzas.

Esa hipotética biografía paralela de Felipe Calderón y López Obrador tendría que incluir un capítulo sobre la concepción de la historia de ambos personajes. Sobre cómo se ven ellos frente a la historia. Entre sus centenares de páginas Calderón solo se refiere en dos ocasiones a la idea de “pasar a la historia”. Las dos veces aparecen en la carta que, hacia el final del libro, Calderón le envió a López Obrador. Si rectifica, le dice Calderón, “la historia se lo reconocerá”, podrá “pasar a la historia recordado y respetado”. Apela a ese anhelo, nada secreto, de López Obrador por trascender a su tiempo. Por eso su residencia en palacio y la cuarta transformación, donde se equipara con Hidalgo, Juárez y Madero. Las otras, no muchas, menciones que hace Calderón de la historia, se refieren a cosas concretas, como que “nunca se habían construido tantas carreteras en la historia”. Calderón es un servidor público. López Obrador un salvador de la patria. Calderón quiso hacer una gestión eficiente, en gran parte se lo impidió la política de obstrucción de López Obrador, pero también el azote que constituyeron la gran crisis financiera global de 2009 y la pandemia que tuvo su origen en México ese mismo año.

En 2006 López Obrador y Calderón se vieron las caras. Nunca se pudo probar el fraude que López Obrador asegura que se operó en su contra. Decisiones difíciles no es un libro memorioso. Es una bitácora de acción. Es el libro de un hombre que abandonó el partido de toda su vida y que recién fundó uno nuevo (México Libre). Un partido que en 2021 postulará candidatos para todas las diputaciones. No sería extraño ver a Calderón o a Margarita Zavala en el Congreso, con voz pública, enfrentando como opositores a López Obrador. Decisiones difíciles es un libro de combate, el anuncio de otro reto, de una nueva pelea. ~


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