Don Lucas, el mejicano | Letras Libres
artículo no publicado

Don Lucas, el mejicano

Alamán fue la figura política e intelectual más completa de la primera mitad del siglo XIX, pero también una de las más incomprendidas. Una nueva biografía reivindica su lugar como el político conservador más progresista y, como apuntara Octavio Paz, “no menos central para México que Benito Juárez”.

Esta anchurosa biografía de Lucas Alamán (1792-1853), de Eric Van Young, junto a las publicadas o en curso de publicación, por Will Fowler (Santa Anna of Mexico, 2007) y por Carlos Tello Díaz (Porfirio Díaz. Su vida y su tiempo, 2014-2015), viene a cumplir con el anhelo tan postergado de tener en México un género biográfico a la altura de nuestro turbulento siglo XIX. Quien reinterpretase de manera heterodoxa “la lucha por la Independencia de México, 1810-1821” con La otra rebelión (2006) era, sin lugar a dudas, el estudioso indicado para poner en su justa perspectiva a don Lucas, una de las bestias negras del liberalismo decimonónico y de su continuación, a lo largo de la centuria pasada, en la voz y en la pluma de los nacionalistas revolucionarios.

El primer mérito de Van Young es reconocer que la biografía de referencia con la que contábamos (de hecho, como suele suceder, la única), la de José C. Valadés (Alamán: estadista e historiador, 1938) es un libro mal anotado pero noble y honesto, escrito con simpatía por quien estaba en las antípodas ideológicas del gran conservador guanajuatense. Van Young rastreó las fuentes de Valadés (1899-1976) y dio por buenas las que pudo corroborar, puesto que no todas están disponibles. Ello valida, a su vez, por si hiciera falta, aquella frase de Octavio Paz de que Lucas Alamán, “modelo declarado” de José Vasconcelos y “modelo implícito” de Daniel Cosío Villegas, “no es menos central para México que Benito Juárez”. 

 Octavio Paz, Obras completas, V. El peregrino en su patria. Historia y política de México, Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores, Madrid, 2002, pp. 438 y 459.
 

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 Y si la saga de Juárez es la del ascenso social de un zapoteca, merced al liberalismo combatiente, Alamán aparece como el hijo más linajudo y brillante del mejor siglo XVIII novohispano.

A diferencia de clérigos como Miguel Hidalgo, José María Morelos (por quien Alamán, en su Historia de Méjico, no oculta su admiración) o fray Servando Teresa de Mier, Alamán no fue un antiilustrado que cayó de bruces en los tiempos posteriores a la Revolución francesa para ser acomodado, por la historia oficial, en una fila de revolucionarios cuando no lo eran en casi ningún sentido. Gracias a A life together, el lector ratifica que Alamán pertenece a la Ilustración conservadora del orden anglosajón y no a la llamada Contrailustración francesa, más cercano, en ese caso, a los republicanos moderados de la Monarquía de Julio que a un Joseph de Maistre. Como la mayoría de los novohispanos de 1821, Alamán habría preferido que esas cortes del Trienio Liberal, en las que fue un diputado destacadísimo por la agudeza intelectual de sus discursos, según varios testimonios,


 Van Young, op. cit., p. 86.
 

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 hallasen un Borbón para reinar desde la Ciudad de México en un nuevo tipo de imperio español, solución ya imposible y ajena a los jefes liberales de la península, quienes como el conde de Toreno no escucharon al joven tribuno novohispano ni a sus camaradas, a disgusto con los tratados de Córdoba.

La república, en vez de esa monarquía constitucional que fracasó con Iturbide, fue una mala solución para todos. El federalismo nació de la imitación de Estados Unidos y muy pronto fue la careta de los insaciables cacicazgos regionales. Alamán, a quien solo le faltó ser presidente de México, participó en gobiernos republicanos con una indoblegable vocación centralista: lo mismo en la junta posimperial, apoyando al Supremo Poder Conservador, que en las administraciones del presidente Anastasio Bustamante. Quiso combinar, como lo muestra detalladamente Van Young, la administración unívoca del gobierno con el progreso material. A life together comienza señalando que las intenciones de Alamán las acabó realizando, a partir de 1876, el liberalismo –en buena medida postizo en virtud de las circunstancias– de Porfirio Díaz.

 Ibid., p. 372.
 

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 En todo caso no fue sino hasta 1846 que Alamán, desesperado, se involucró en un fallido complot monarquista.

Lector de Edmund Burke, Alamán no solo leía y escribía el inglés y el francés; tenía rudimentos de alemán y era, subraya Van Young, un polímata dieciochesco preocupado, como se sabe, por las antigüedades mexicanas, la botánica y los archivos históricos, promotor que fue de un museo nacional. Quien fundase formalmente el Partido Conservador, poco antes de su muerte, fue la personalidad política e intelectual más completa de la primera mitad del siglo XIX; solo rivalizan con él, después, los hombres de la Reforma de 1857. Van Young dedica muchas páginas al Alamán más polémico: al representante legal de los herederos de Hernán Cortés en México, el duque de Terranova y Monteleone, por quienes se desvivió por razones no solo simbólicas sino pecuniarias. Conocida es la participación del historiador en el resguardo secreto de los huesos del conquistador en el Templo de Jesús Nazareno, mientras se fingía enviarlos al Viejo Mundo, una suerte de carta robada sobre la mesa. Como si fuese el último Adelantado, creo que Alamán perdió demasiado tiempo y energías en la administración de aquel legado, heredado por un duque que nunca puso un pie en México y al cual me imagino impaciente ante la rutinaria obsecuencia epistolar de su celoso y remoto agente.

De acuerdo con A life together, el dogma alamanista de que la Independencia había sido una fatalidad no se deriva de un españolismo de opereta (y eso que don Lucas hasta publicó unos versos en honor del tenor Manuel García cantando Don Giovanni en 1828),

Ibid., p. 359.
 

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 ni de un clericalismo rancio. En el primer caso, durante los inicios de la república, Alamán actuó, en asuntos económicos, para fortalecer la independencia productiva del país frente al rezago español. En el segundo, en su visión del mundo, la Iglesia católica ocupaba un lugar central e inamovible en Alamán, pero cuando trabajó en el gobierno estuvo lejos de ser un ultramontano. La biografía de Van Young le dedica, con razón, pocas páginas a las relaciones del conservador con el clero porque fue un católico más moderno de lo que se cree: llevó su fe como un asunto a la vez íntimo, público y doméstico.

Ibid., p. 43.
 

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El empresario minero infatigable y no pocas veces fracasado en sus empresas, el fundador del Banco de Avío, vivió en una época donde la frontera entre los negocios privados y las funciones públicas era francamente inexistente y es mérito de Van Young destacar que Alamán, con su conducta, delimitó una y otra esfera, lo cual no quiere decir que el historiador de San Diego meta las manos en el fuego por don Lucas. A lo largo de tantos años y tantas empresas, no es imposible que Alamán haya confundido una y otra cartera, pero su biógrafo lo considera improbable. Varias veces acorralado por los liberales, acusado de haber participado, desde el poder, en el asesinato de Vicente Guerrero, obligado a esconderse en su vecindario y pese a haber sido absuelto de ese crimen, Alamán nunca contempló seriamente el exilio. Le repugnaba por razones morales, por amor patrio y también porque separarse de sus minas y haciendas habría supuesto un gran quebranto para su numerosa familia, no habiéndose enriquecido Alamán, un conservador que creía en –medida decimonónica– el fomento estatal de la economía y en la inversión, privada o pública, de cada peso en el bien común, como se vio en sus días en el ayuntamiento de la Ciudad de México, en 1849. Buena parte del Alamán empresario se origina, si entiendo bien a Van Young, en una sobrestimación del interés británico por invertir en el nuevo país: hasta el futuro primer ministro Benjamin Disraeli incurrió en el festín de publicitar a México como El Dorado soñado en los tiempos isabelinos.

 Ibid., p. 260.
 

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 Los capítulos de historia económica (y empresarial en concreto) de A life together serán de lectura obligada para los especialistas.

El horror de Alamán por las revoluciones fue distinto al de Chateaubriand (lo habría conocido durante la Restauración) pues, a diferencia del vizconde, jamás sintió simpatía por ellas. Burkeano, las consideraba un error gravoso. Anglófilo en consecuencia, Alamán vivió desconcertado de que un tory como George Canning fuera el padrino británico de las independencias de las repúblicas latinoamericanas, aunque hasta para el futuro autor de la Historia de Méjico, en 1824-1825 ese reconocimiento era imperativo para las nuevas naciones, después de un Congreso de Panamá cuya segunda parte él quería que se verificase en México. Ese desconcierto se volvió horror cuando Estados Unidos –la nación liberal por excelencia– se apropió primero de Texas y, tras la invasión de 1846-1847, de medio México, lo cual motivó una de las páginas más lúgubres de la Historia de Méjico, aquella donde el historiador teme que la antigua Nueva España pase al depósito de las naciones sumergidas en el olvido.

Van Young pierde un poco el tiempo –volviendo al horror por la revolución– preguntándose si el joven Alamán se “traumatizó” tras haber sido testigo del asalto a la Alhóndiga de Granaditas que llevaron a cabo las tropas de Hidalgo (a quien conoció en enero de 1810 y despachó como un idealista incompetente, más propio de la tertulia conventual que de la política), olvidando que la violencia era en aquel entonces (y no solo entonces) el pan de cada día. Ello se une al nunca resuelto asunto de la participación de Alamán –entonces ministro de Relaciones de Bustamante– en la decisión de fusilar a Guerrero en 1831. Si tuvo lugar una votación entre los ministros y Alamán votó en contra, tiene poca importancia. Como explica bien el propio Van Young, la rebelión del depuesto presidente Guerrero estaba lejos de ser otro “pronunciamiento”. Parecía más bien una reposición de la “guerra santa” del cura Hidalgo, aborrecible para un Alamán racista, quien en todo caso respaldó a su gobierno facilitando la ejecución. Los conservadores de la generación de Alamán tenían, además, en Nicola Spedalieri, autor de De’ diritti dell’uomo (1791), al portavoz de una versión suarista del derecho a la rebelión cuando la tiranía de las masas amenazaba la religión y los fueros, una suerte de manual del Terror blanco.

 Ibid., p. 133.
 

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Durante su larga y única temporada en el extranjero, de 1815 a 1823 –aquella Grande Tournée en Londres, en el París de los Cien Días en 1815 del cual escapó rescatando a fray Servando y en las cortes del Trienio–, Alamán se puso al día con el siglo, caído Napoleón Bonaparte e impuesta la Santa Alianza. Recomendado por Alexander von Humboldt –entonces un “semidiós” para los letrados mexicanos según Van Young

 Ibid., p. 256.
 

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–, alcanzó a conocer a algunas luminarias europeas, como George Sand, Adolphe Thiers y Benjamin Constant, quienes acabarían por nutrir, con sus libros, su impresionante biblioteca, dispersa después de su muerte. Conoció a revolucionarios republicanos y conspiradores independentistas, pero también al polimorfo Talleyrand; vio nacer a las sociedades secretas que al devenir en logias masónicas serían, en los años veinte, la gran amenaza, según Alamán, para la estabilidad republicana, el veneno de esa “anarquía” que temía sobre todas las cosas.

 Ibid., p. 162.
 

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 Van Young detecta en Alamán, como en sus rivales liberales, una honda laguna moral: la intolerancia ante las ideas ajenas, que en el conservador mexicano se traducía en la persecución constante de la libertad de prensa.

 Ibid., p. 395.
 

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A su querella con Joel Roberts Poinsett (un enemigo jurado de la monarquía inglesa y sus admiradores locales como Alamán) Van Young le dedica un buen espacio: a las diferencias políticas y al muy estridente intervencionismo del ministro de Estados Unidos se sumaba un profundo pleito personal que atravesaba los salones de la Ciudad de México. Curiosamente, el sucesor de Poinsett, Anthony Butler, no menos masónico y beligerante que aquel, fue buen amigo de Alamán.

El gran misterio en la vida política de Alamán fue su tolerancia y hasta entusiasmo por Antonio López de Santa Anna. Leyendo a Fowler y ahora a Van Young, no se acaba de entender –más allá de aquello de hacer de la necesidad virtud– cómo un hombre de la potencia mental de don Lucas pudo tolerar al pintoresco y sempiterno dictador. Más bien cabe invertir los términos de la cuestión: tanta era la desgracia del México anárquico contra el cual luchaba Alamán que la única forma de impedir la implosión estaba en Santa Anna, sobre todo cuando abandonó sus veleidades federalistas. Hombre del ejército antes que político, a Santa Anna le daba mucho tedio gobernar.

Quizás, al final de sus vidas (ambos murieron en 1853), tanto José María Tornel, culto protector de la literatura mexicana, como Lucas Alamán creyeron posible –intelectuales al fin– manipular o morigerar al tirano, quien no en balde se había batido contra los españoles en 1829, los franceses en 1839 y los estadounidenses en 1847, lo cual lo hacía muy popular, a pesar de salir siempre derrotado. Si México podía significar algo todavía, tras la catástrofe con Estados Unidos, solo podía confiarse en Santa Anna, a quien Alamán tenía por un bandido. Aun así sorprende la sumisión untuosa –única en su dilatada correspondencia– con la cual Alamán se dirige a su Alteza Serenísima. Tal vez sabía que Santa Anna, en el fondo, le temía, por ser un “sabelotodo”.

 Ibid., p. 402.
 

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 Menos de dos meses después de aceptar el ministerio de Relaciones Exteriores que le ofreció el dictador, Alamán murió el 2 de junio de 1853.

A life together. Lucas Alamán and Mexico, 1792-1853 culmina de manera predecible, invocando al historiador y comparándolo con sus rivales: Servando (su buen amigo el fraile a quien le toleraba todas sus fantasías), Carlos María de Bustamante (a corregirlo dedicó su vida don Lucas), Lorenzo de Zavala (su bestia negra aunque en 1821 acaso el ultrafederalista estaba más aterrado por el destino de México que Alamán porque le faltaba España como ideal) y el doctor José María Luis Mora (de los historiadores liberales el más templado aunque un escritor de escasa calidad).

La tesis de Van Young es correcta: la fama de reaccionario de Alamán viene menos de su vida pública que de páginas mañosamente escogidas de las Disertaciones sobre la historia de la república mejicana... (1844-1849) y de la Historia de Méjico... (1849-1852), este último uno de los grandes libros mexicanos. Pero siendo así, no me llama la atención –por ser habitual en la academia de Estados Unidos– su escaso interés ante la estirpe de historiadores mexicanos que han dedicado partes significativas de su obra al contraste entre esas historiografías, desde Daniel Cosío Villegas y Luis González y González hasta Andrés Lira y Enrique Krauze. La omisión tendría sentido, acaso, si Van Young propusiera una lectura distinta, pero no lo hace. Su vindicación de Alamán es una reivindicación, meticulosa pero no muy original: como político conservador, Alamán fue más “progresista” que muchos liberales y no se necesita compartir su idealización de la Nueva España (no tan alharaquienta, por cierto, como la que del imperio azteca hizo el ignaro Bustamante), ni su catolicismo ni cierto positivismo agazapado, para aceptarlo como esa figura cenital de la que habló Paz. Mención aparte merece la idea final de “descolonización” propuesta por Van Young, en un volumen donde las eventuales “líneas del tiempo” en algunos capítulos no sustituyen a una ausente y muy necesaria cronología final, y en el cual el índice onomástico es defectuoso. Aunque está lejos de lo que en literatura se llaman “estudios poscoloniales” (que desde luego no incluyen ni a Estados Unidos ni a Canadá), esa “descolonización” es un concepto que se presta a equívocos. En todo caso, colonias las de ellos.

Si en algo se empeñó Alamán (y en todo caso habría que contradecirlo con el furor con que lo hicieron los liberales del XIX) fue en darle a la Nueva España su naturaleza de reino, mostrenco acaso pero no en balde virreinato. Lo fue aún más tras las reformas borbónicas (Van Young mismo lo subraya), mientras que el término “colonia” suele ser utilizado despectivamente por los profesores anglosajones, sobajando la complejidad y riqueza del Imperio español, como bien lo vio el joven Alamán en las cortes de 1821 (y mucho antes que él el conde de Aranda, quien soñó con una comunidad hispánica de naciones). Lucas Alamán –don Lucas, el mejicano– fue uno de los últimos defensores de aquel imperio feneciente y lo hizo sin dejar de cultivar un solo día su amor por México, como bien nos lo recuerda, página tras página, Eric Van Young en esta biografía monumental. ~

 


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