Después de la tormenta | Letras Libres
artículo no publicado

Después de la tormenta

Vicente Luis Mora

Centroeuropa

Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2020, 184 pp.

En el principio fue un muerto. “Varón, prusiano, soldado húsar y congelado”. Así describe el narrador de esta novela, Redo Hauptshammer, el cadáver que ha aparecido en el terreno en el que se acaba de instalar. Él y su esposa, Odra, se disponían a empezar una nueva vida en el Oderbruch, en la antigua Prusia, pero Odra falleció en el trayecto de forma fortuita. Es precisamente al enterrarla cuando aparece el primer cuerpo.

No es la primera vez que un muerto aparece plantado en la tierra (en La tierra baldía, T. S. Eliot preguntaba: “¿Aquel cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín, ha empezado a germinar? ¿Florecerá este año?”), pero sí la primera, que yo sepa, que se multiplica como si se tratase de una semilla. Cada vez que Redo empieza a excavar aparece un cuerpo congelado: al húsar prusiano le sucederán dos soldados del ejército de Napoleón, más tarde otros cuatro polacos, y así sucesivamente.

“En esta historia los números y los detalles son relevantes”, nos advierte el narrador. Y tiene razón. En Centroeuropa nada está dejado al azar. Desde el principio, Redo nos hace partícipes de su delicada situación: “Mi sobrevivencia en Szonden dependía ya de un solo requisito […]: no meter la pata, no soltar la lengua, no descubrir mi verdadera identidad, no revelar mis orígenes.” Pero igual de cuidadoso que es con los habitantes del pueblo lo será con el lector. A cuentagotas, y a su capricho, Redo irá desvelando los detalles de su historia personal. Así, escudándose en su “impericia a la hora de construir un relato tan largo y lleno de andanzas”, en un momento dado dejará “congelada” la trama para volver atrás en el tiempo y luego retomar la historia más adelante. En otro punto dirá: “He recordado sin venir a cuento una escena sucedida varios años después en el mismo lugar.” La escasa fiabilidad del narrador y sus habituales “fallos de memoria” son subrayados en las notas al pie de la traductora que ha traducido el manuscrito del libro que tenemos delante. Estamos, por tanto, ante una novela del siglo xxi cuidadosamente disfrazada de texto del siglo xix.

Uno de los alicientes de Centroeuropa es el diálogo que mantiene con algunos libros de aquella época. Parte de esta “conversación” se desarrolla a través de Jakob Moltke, un historiador que vive en el pueblo y se convertirá en el mejor amigo de Redo, introduciéndole en el “mundo de las ideas”. Jakob compartirá con Redo sus opiniones sobre Wilhelm von Humboldt, Hegel o los representantes del romanticismo alemán, de quienes dirá que le gustan más sus poemas que sus ideas. Pero más interesante es el diálogo que la novela mantiene, de forma implícita, con Antes de la tormenta, de Theodor Fontane (Pre-Textos, 2017). La primera novela del escritor alemán se desarrolla también en el Oderbruch casi en las mismas fechas. Centroeuropa tiene lugar unos pocos años más tarde, pero las consecuencias de la tormenta a la que se refiere Fontane (las “Guerras de Liberación” contra las tropas de Napoleón) son todavía apreciables.

La ocupación francesa ha desencadenado en la región un nacionalismo exacerbado. Prusia se basa todavía en el sistema feudal propio del antiguo régimen; sin embargo, se respiran aires de cambio, curiosamente procedentes de territorio enemigo. Las ideas francesas han “envenenado” este lugar, especialmente en lo que respecta a la propiedad de la tierra, se lamenta el alcalde Altmayer. Aunque unos años después toda la tierra será liberada, cuando Redo llega al pueblo es el único que tiene una cédula de propiedad libre, lo que significa que puede hacer lo que quiera con su tierra, aunque no está claro qué debe hacer con los cadáveres que hay en ella. En principio serán las autoridades las que tengan que decidir, pero los trámites burocráticos se retrasarán por un choque entre “dos administraciones”, o, mejor dicho, entre “dos épocas”, la del antiguo régimen y la del nuevo, representado por Redo. Todo ello da pie a una serie de reflexiones interesantes: ¿a qué jurisdicción pertenecen los muertos?, ¿es mejor enterrarlos para poder seguir con nuestras vidas o exponerlos para que a nadie se le olvide que cuando se siembran cadáveres ya se sabe lo que se recogerá después?

Si Antes de la tormenta se caracterizaba por su parsimonia (hasta bien entrada la novela no “pasa algo” –lo cual no impide que el narrador, al que Centroeuropa rinde en cierto modo homenaje, consiga embaucar al lector durante casi 1500 páginas–), la novela de Mora es de lectura ágil. Además, en sus poco más de 180 páginas ocurren muchas cosas. Pese a desarrollarse en un espacio tan acotado como la región del Oderbruch, en un lapso temporal tan limitado (en las navidades de 1812-1813), la gran novela de Fontane ha sido comparada con Guerra y paz por su inmensidad. En Centroeuropa, Mora va más allá y concentra en ese punto no solo las guerras napoleónicas, sino todas las guerras habidas y por haber, convirtiendo el Oderbruch en una singularidad espacio-temporal donde confluyen presente, pasado y futuro. La imagen de los muertos que tenemos enterrados en nuestro jardín materializa lo que podríamos llamar el “inconsciente colectivo” del Viejo Continente. Hablar de inconsciente aquí no es gratuito. No parece casualidad que Redo haya nacido en un burdel de Viena. Las alusiones al psicoanálisis, aunque veladas, están ahí: “Viena se ahoga en lo no dicho” (en lo reprimido, que diría Freud), y en otro punto: “Cualquiera sabe cómo funcionan un burdel y el alma humana, ambas realidades tienen el suelo común del deseo.”

Hacía tiempo que no leía una novela de la amplitud y ambición que tiene esta. Centroeuropa no teme tutearse con otras grandes novelas, y lo cierto es que no sale mal parada. Tiene además la virtud de no parecerse a nada de lo que se publica actualmente en nuestro país. En un momento en que, como el propio autor denuncia en su anterior libro, La huida de la imaginación (Pre-Textos, 2019), predominan la autoficción y las novelas “basadas en hechos reales”, se agradece esta apuesta por lo imaginario, por la ficción en estado puro. He leído esta novela con mucho gusto y no será la última vez que lo haga. ~


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