Del no mundo | Letras Libres
artículo no publicado

Del no mundo

Esta letrilla nace bajo la advocación del magnífico librito que David Trueba ha publicado en Anagrama titulado Ganarse la vida, y su película A este lado del mundo.

“Akagoro kototo molunda sindeio” (¿De qué sirve tener riqueza si el vecino no tiene pan?), lo dice Ayub en la película, imprescindible, de Javier Fesser Historias lamentables. Dentro de lo mal que está todo en este 21 del siglo ídem, hoy ha amanecido, que no fue poco y será más. He visto Tenet y vaya torrazo, pero sé que cuando la vea en su futuro y la entienda será estupendo. De momento agradezco a C. Nolan las referencias a las ciudades secretas nucleares de la URSS, siempre tan fascinantes como foco de plutonio y origen de malvados.

Retomo (y abrevio) la cita del mes pasado (perdón) de John Gribbin en su libro Six impossible things. The mystery of the quantum world (mit Press, 2019), nombrado por Enrique Lynch en su artículo (en la web) “Metafísica cuántica: un apunte”:

“1/ El mundo no existe a menos que lo observemos. 2/ Las partículas son dominadas por una onda invisible, pero no tienen influencia alguna en la onda. 3/ Todo lo que podría suceder sucede pero dispuesto en realidades paralelas. 4/ Todo lo que podría haber sucedido ya ha sucedido, pero solo tenemos noticia de una parte de ello. 5/ Todo influye sobre todo en cada instante, como si el espacio no existiese. 6/ El futuro influye en el pasado.”

Añado a esta sopa las notas del cuaderno del mes: a) Cada persona crea su tiempo. b) Está todo por pensar. c) Todos somos secundarios en las pelis de los demás. d) Donde hay algo está todo. e) Cada cual obtiene lo que quiere. f) [ _ _ _ ].

La idea es combinar las de arriba con las de abajo, cuando haya tiempo/espacio. La f) está sin hacer, lo cual expande el universo y crea un contenedor hueco bastante chulo con los corchetes y los guiones bajos.

La segunda sugerencia es que las ciencias, por ejemplo los seis puntos de Gribbin, convergen o coinciden con la sabiduría tradicional, los mitos, etc. Y aquí entra el fabuloso Diccionario de símbolos de Juan Eduardo Cirlot (Barcelona, 1916-73), tan adictivo como un hechizo. Hay que consignar, quizá como ejemplo de esa confluencia, el avance de ese ultramundo que llamamos Inteligencia Artificial (ia), que tan cerca está de gestionar el planeta: lo penúltimo es que la ia (el Deep Mind de Google) ya sirve para avanzar en el intrincado asunto de cómo se pliegan las proteínas en este mundo prodigioso en el que, desde que José Luis Cuerda sellara el tiempo, tantas veces ha vuelto a amanecer. Vivimos en rutinario milagro.

Por ello ya (casi) sé lo que quiero ser en la próxima inminente reinvención. Muchos buscamos a contrapelo profesiones que no nos puedan quitar los robots (esa búsqueda ya es una especialización en robótica inversa, un máster omnívoro en cómo plegar proteínas –las nuestras– sin bajarnos del patín). La profesión que me gusta es reconocedor de milagros. El amanecer, la sonrisa, el encuentro casual de amigos por la calle covídea (al estilo del nubepensador Emilio Gastón, gran nefelibata), ¡reconocer amigos a pesar de que van embozados y cabizbajos! Esta semana he descubiero a varios, incluyéndome a mí mismo/a.

Total, que como estoy enfrascado en Juan Eduardo Cirlot, le había usurpado el título para esta letrilla: “Del no mundo” (frase felizmente elegida por Clara Janés para titular la antología de Cirlot: Del no mundo. Poesía 1961-73, Siruela). Esa negación cirlociana que tanto roza al inmenso Miguel Labordeta me salva el título. Gracias. El título también –¡peligro!– me incitaba a segregar un artículo lamelibranquio, pero ese enfoque cenizo, tan propio del pandemonium, ha sido redimido y rescatado por su prodigioso Diccionario de símbolos, maravilla y compendio irresistible, que tan bien encaja y se acopla con El infinito en un junco de Irene Vallejo; ambos, junto con los efluvios de la ciencia, son manuales de primeros auxilios para el aprendiz del oficio de reconocedor y glosador de milagros. La ancestral tristeza épica (o sea, alegría) de Cirlot, a veces me evoca a Mishima, incita a vivir.

Cirlot hizo dos milis larguísimas, una en la República y otra en Franco, lo que le permitió vivir cuatro años en Zaragoza, ciudad iniciática y metafísica, en la que se bautizó en surrealismo: amigo de Alfonso Buñuel, Luis García Abrines, Manuel Derqui, el citado Miguel Labordeta y otros innumerables poetas del lago Kivú, la mayoría enamorados de la sin igual Pilar Bayona, Cirlot se hizo aragonés y coleccionista de espadas: iban a casa de los Buñuel y abrían las cajas de Luis que atesoraba su madre: llenas de textos, objetos y carnuzos surreales. Aplicando la cábala amateur de párvulos “Cirlot” contiene “clitor” y “lictor”, entre otras fascinaciones.

El diccionario de Cirlot (empeño paralelo al de María Moliner: 1958 a los 42, 1966 a los 66, respectivamente), como todo lo aragonés, como el mudéjar, es modesto y transparente (sostenible, diríamos hoy), revela sus fuentes y abre vías a ese conocimiento perdido que es la cultura, desde Atapuerca hasta el algoritmo.

Aquí está siempre Borges. Y Álex de la Iglesia en su irresistible 30 monedas (hbo), serie teológica. Los dos focos de conocimiento y acción, la sabiduría antigua (que ya solo se estudia en Silicon Valley) y la ciencia última (ia) conviven hoy con el dominio del capital financiero, que es algo metafísico, que ha anulado a la antigua economía real y amenaza con destruir a la humanidad. Lo ideal sería que estas tres entidades se armonizaran, en lo que sería un milagro tan grande que hasta un aprendiz podría reconocerlo. Acaso la Santísima Trinidad. ~


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