Del gato de Angora a la isla del Diablo | Letras Libres
artículo no publicado

Del gato de Angora a la isla del Diablo

Por su viveza y por estar relacionada con una cosa de pandemias, la descripción que hace Ramón Gómez de la Serna del médico que le curó la gripe española me impulsa a interrumpir la lectura de Automoribundia para buscar en internet un retrato del eficiente humanista (Max Nordau): “Aquel hombre bueno y sabio que no tenía más defecto que querer desahuciar como cretinos y degenerados a todos los grandes hombres era muy chiquitín pero poseía una gran cabeza blanca, peinándose la barba y el cabello en tal forma que parecía un gato de Angora de cuento para niños, teniendo a la vez algo de gnomo.” Efectivamente, encuentro una foto, y la descripción ramoniana es tan precisa que la foto casi se queda corta, si eso fuera posible siendo la foto a la vez el modelo, que nunca por tanto se puede quedar corta con respecto a sí misma salvo en el caso de los buenos retratistas que superan o más bien revelan el original, como Miguel Ángel, Lucien Freud, Federico Madrazo, Modigliani, qué sé yo.

No me es posible ver en el primer plano que fuese Max Nordau un hombre chiquitín, pero lo del gato de Angora en la cara es clavado, es como si ya lo hubiese visto antes. Eso tan llamativo de que quisiera desahuciar a grandes hombres tachándolos de degenerados lo dice Gómez de la Serna, según me descubren mis concentradas pesquisas en las que me dejo una pestaña de los ojos por cada pestaña del navegador, por el libro que lo hizo célebre, Entartung, publicado en 1892 y traducido al español como Degeneración en 1905 por Nicolás Salmerón. En él el médico húngaro instalado en Madrid durante la Primera Guerra Mundial denuncia que la pasión por la extravagancia se ha apoderado de la sociedad europea, y cita a Oscar Wilde, a Ibsen o a Nietzsche como ejemplo de desaforados. Fue precisamente Julio, el hermano pequeño de Ramón, quien alrededor de 1918, por pura afición, estaba empezando a traducir al español a Colette, a Rémy de Gourmont y a Oscar Wilde. No lo consideraban ningún cretino.

Cuando leo que Nordau fue el fundador, con su compatriota Theodor Herzl, de la Organización Sionista Mundial y que el acicate para promoverla fue el escandaloso antisemitismo que reveló el caso Dreyfus, que cubría Herzl para el periódico vienés con el asesoramiento de su amigo, pienso que todo aquello coincidió con los últimos días de Oscar Wilde en París (y en el mundo). El de Wilde y el de Dreyfus son los dos juicios más famosos del cambio de siglo y las condenas y escarnios que sufrieron son ejemplos arquetípicos de la figura del chivo expiatorio. ¿No se cruzarían además sus destinos en algún momento?

Encuentro en el número 41 (otoño de 1997) de la revista Victorian Studies, que publica la Universidad de Indiana, un interesante y prolijo artículo donde J. Robert Maguire expone los hechos que más tarde desarrollaría en su libro Ceremonies of bravery: Oscar Wilde, Carlos Blacker and the Dreyfus affair (2013). En el artículo explica el papel que desempeñó Oscar Wilde en el desenmascaramiento del comandante Esterházy como verdadero autor de la traición por la que se había juzgado a Alfred Dreyfus. Este estaba ya preso en la isla del Diablo cuando Wilde recaló en París tras volver a verse en Nápoles –después de los padecimientos de la cárcel y de haber escrito La balada de la cárcel de Reading y De profundis– con el mamarracho de Lord Alfred Douglas, con el que rompió definitivamente después de esta recaída.

Wilde apenas tenía amigos en París, y los que había tenido le rehuían, pero recibió varias veces la visita (y el dinero) de Carlos Blacker, un amigo de la familia que había ayudado a Constance, la mujer de Wilde, y a sus hijos a trasladarse a Suiza y a cambiar de apellido. Blacker vivía en París desde hacía algún tiempo y era amigo del coronel Panizzardi, agregado militar en la embajada de Italia, que le había confiado que su homólogo alemán el coronel Schwartzkoppen no había recibido la información reservada de Alfred Dreyfus sino del coronel Esterházy. Pensando que le podía animar a volver a escribir (no acabo de entender si lo que pretendía es que escribiese una defensa de Dreyfus, pero sí que consideraba que solo a través de la literatura podría recuperarse) Blacker le contó esto a Wilde. Pero este daba ya su vida por perdida y lo que buscaba era compañía y amistad. Cuando Wilde se sintió rechazado por Blacker, cuya lástima por su antiguamente queridísimo amigo empezaba a virar hacia la aversión, Wilde se volcó en los dos únicos amigos que él creía que le quedaban: los periodistas Chris Healy y Rowland Strong (que por lo visto bebía tanto como Wilde). Enterados de la confesión de Schwartzkoppen, corrieron a contárselo a Zola, que publicó su célebre artículo J’accuse antes de que Blacker y Panizzardi pudiesen ejecutar el plan que tenían a su vez para restaurar el honor de Alfred Dreyfus. Leo también que Zola quiso ver a Wilde, que se negó porque no le gustaban sus novelas (aunque el autor del artículo aventura que Wilde estaba escamado con Zola desde que este no había querido firmar una petición para que se le rebajara la condena).

Es decir, concluyo: que los ánimos de Charles Blacker para que su amigo volviese a escribir atravesaron el cuerpo de Wilde –despechado o borracho– y acabaron penetrando en el de Émile Zola, que estaba en condiciones de aprovecharlos. Y que Wilde, tan despreciado por Nordau, desempeñó un importante papel en la misión que este se había propuesto para rescatar a Dreyfus. El mundo, también durante la belle époque, siempre se ha parecido a una mesa de billar. ~


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