David Huerta y el caracol | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Procesofoto/Germán Canseco

David Huerta y el caracol

David Huerta tiene un caracol en su bolsillo. A veces lo saca para mirar con él la mancha en el espejo, la identidad precisa. Lo escuchó nocturno en un estanque de agua, como le dijo Lezama. Oyó el tin-tin azul del caracol marino que Darío encontró en una playa. Lo vio esconderse entre bellotas y madroños en el tronco de Virgilio, lo presintió lento en esa noche oscura de san Juan y, una vez, se lo dio a guardar a Marianne Moore, desinteresadamente, como evidencia de que es el mar el que envejece dentro de él. Con ese caracol, David ha hecho de la poesía un sitio original, una pequeña parcela monumental de luz y sobrevida en donde todo se habita: su absoluto “ser en el ser” y su escritura. Porque en los poemas de David Huerta se habla del mundo y sus aconteceres íntimos, pero también del lenguaje mismo. Sus poemas son poemas que pasan y traspasan el ser, el individuo, la concepción de un yo que establece un vínculo intenso con la vida y el pensamiento. En sus poemas el ensayo es la clave, la narrativa el camino y la poesía el drama en donde surge el conflicto. Su épica es poética y David Huerta es un demiurgo. Alguien que crea desde el inicio su lugar de descenso, su estilo único. Dice luz y aparece un jardín, nombra la noche e incurablemente se desatan todos los demonios para cruzar el umbral, más allá de la flama, el que es destino e identidad, identidad que es mancha, mancha que está en el espejo. Ahí, el poeta se mira y descubre la civilización que desespera, una época en donde el individuo ve su cadáver y construye su alteridad, su momento con el otro. El poema es el mundo, materia de cuento y canto. Desde Cuaderno de noviembre, de 1976, David Huerta encuentra su tono, el verso de largo aliento, su pensamiento en racimos y su concepción de la vida. No es poco. A veces, pienso, es mucho. Un poeta que exprime y exime estilísticamente todo lo discernible: lo que alcanza su ojo. Ojo que mira siempre la mancha. Y la mancha, nos dice desde el inicio, es la identidad de un nosotros. Su poesía se establece en el dominio de lo incómodo y lo que estremece, lo que declina y se exalta, lo que nos lleva hacia adentro y es profundo. Los versos se complejizan, el fraseo se extiende, sus cláusulas fascinan, el poema se adensa en su visión cosmopolita. El poema es viva materia donde el ser se inventa y se destruye. El jardín, con su luz escenográfica, queda lejos, el instante escrito como concepto, lo abandona (El jardín de la luz, 1972) y lo sustituye con un fuerte pesimismo que le ayudará a escribir una de las obras más trascendentales del presente mexicano, como lo muestra La mancha en el espejo. Poesía, 1972-2011 (2013).

Toda historia se cuenta y se pronuncia en un espacio abstracto, el del texto que se despierta y se percibe a cada golpe de sílaba. Es a partir de su encuentro con la noche que Huerta la vuelve espacio y fundamento de su poética con todas sus metáforas. Pero tener noche no es de todos, solo de aquellos que sostienen una experiencia única, palpitante y verdadera para cruzar el umbral desde sí mismos y en sí, como lo dijo Whitman, como cantó Homero, para hallar su eidolon, su sombra en plena invocación. Porque la noche es de quien la vive, de los más valientes, sí, los que se amparan en su experiencia y se dicen “estamos aquí bajo la propia sombra”.

Lo que establece David es el discurso mismo como elemento de pase en donde todo concierne, congenia y se asume frente a la verdad. En lo más estricto de esa palabra, de lo que es bello y vivo en sí mismo. Su poesía (Incurable, 1987) se vuelve paraje de goce y sedimento donde se gesta el drama de ser hombre y de mirar las penumbras personales. El poeta descubre su estética, su punto de quiebre, su conflicto trágico que moverá su poesía: el encuentro con el “sí mismo” como una manera de circundar el espacio del texto. El cuerpo comienza a percibirse: venas, brazos, pies, rostro, huesos, fluidos, todo se encarna en una realidad donde le habla al mundo, a lo que acontece en frases y voces que lo sacuden. El yo se multiplica, se mira hacer y decir, se disemina en otros que se presienten, se intuyen, acaso, como parte de un cosmos que lo rodea. El yo, como tema, se extiende, se problematiza íntima y moralmente y se expande para poder amar, sufrir, pensar. Pensar en el otro: “hay algo en otra voz”, nos dice, que entra y aparece con la partícula “se”. Y a partir de ahí, el poeta sabe que alguien se desplaza a pleno vértigo por sus versos. Todo ese “se” estará entonces como un puente que le ayudará a verse a sí mismo, a moverse, a recorrer los infinitos huecos y escondrijos de su poética. Lo que pronuncia será para él parte de su territorio, como si hablar fuera nombrar para que aparezca el mundo por vez primera. De ahí el poeta como demiurgo, en plena congregación de sombras y presencias, de seres sustitutos o reales que le ayudan a bordar el infinito, el camino de corredores y penumbras que lo llevará, por casi cincuenta años, a germinar en su propia ciudad verbal, en donde su poesía encontrará todos los elementos de su íntima sublevación, el sitio único y a la vez enigmático. Por ahí comienza la travesía de un yo que se hunde en las regiones del espejo, la mancha como propuesta de identidad y la identidad como civilización personal donde reside uno de nuestros mayores poetas.

Su poesía es violenta y contradictoria, pero tiene la fuerza de la autenticidad, de no someterse al caudal de sus imágenes sino con el propósito de dolerse. Se atreve a ser la visión de sí mismo, lastimoso, encandilado, perdido a veces por el espíritu suyo que lo va moldeando y transformando en ese ser incurable, con la capacidad de abarcar una Historia (1990), ahora sí, encarnando un presente propio o una Versión (1978) de los hechos, que lo hace aullar, consolarse y establecer una épica turbulenta como la época que le tocó vivir, donde lo personal tiene resonancias colectivas. El yo fracturado son los otros, el yo ingobernable son los otros, el yo destruido son los otros. Todos los desengaños se movilizan, van al acecho de la individualidad para volverse plurales. Esta poesía parece plantearnos que el yo somos todos. Tú eres yo. Yo estoy en mí y yo soy Todo, no todos, sino Todo: el universo entero. Lo imaginativo y dinámico, lo que se desprende en ondas como ideas en el laberinto del oído.

David Huerta tiene un caracol en el bolsillo. Escucha lo que está sumido en ese caracol que le dio la voz. Aunque quizás él siempre lo ha sabido, porque todo acontece como en el amor, por una necesidad primigenia. ~