Da Jandra vs. Da Jandra | Letras Libres
artículo no publicado

Da Jandra vs. Da Jandra

Leonardo da Jandra

El hombre soberbio

Barcelona, Malpaso, 2019, 140 pp.

Si entendemos por excentricidad la decisión de un individuo de situarse en la periferia de lo ordinario y lo convencional, Leonardo da Jandra (Pichucalco, Chiapas, 1951) es un excéntrico ejemplar –un heterodoxo, diría Menéndez Pelayo– que ha hecho de su obra camino y testimonio de una intensa búsqueda intelectual. A esta necesidad responde la aparición de su última novela intitulada El hombre soberbio, un episodio más de la larga batalla que Da Jandra sostiene contra Da Jandra desde la publicación de sus primeras arengas filosóficas: el impronunciable Tanatonomicón (1981) y Totalidad, seudototalidad y parte (1990).

Es, sin embargo, la monumental trilogía Entrecruzamientos (1986-1990) la primera en presentar el distintivo carácter beligerante del autor –basta con citar las primeras líneas para demostrarlo: “Para el merodeador que fui del mundo del cemento y de la inviolable lógica de los desechos asfixiantes, el acontecer actual no podía menos que aparecer como una clara y brutal regresión a los dominios de lo arcaico”–, así como su acostumbrada inclinación por los discursos de largo aliento intencionalmente separados en tres partes. Antes que un simple gusto por adoptar esta forma, la trilogía parece esencial al singular “esoterismo filosófico” de Da Jandra, donde el número tres tiene un papel destacado junto a símbolos recurrentes en su narrativa como el Oro y el Sol. Esta especie de obsesión –de algún modo justificada teóricamente en La gramática del tiempo (2009) y Filosofía para desencantados (2014) con la exposición del ideal evolutivo del ser humano dividido en tres estadios: egocéntrico, sociocéntrico y cosmocéntrico– encuentra su contraparte ficcional en El hombre soberbio.

En el riguroso mundo de Da Jandra nada es resultado del capricho. En este sentido conviene recordar el prólogo a las conferencias que José Vasconcelos dictó en Estados Unidos el verano de 1926 (La otra raza cósmica, 2010) en el que Da Jandra atisba algunos antecedentes de la así llamada Trilogía del Poder dentro de la que se sitúa El hombre soberbio. Por un lado, en el prólogo enfatiza las conveniencias del mestizaje según Vasconcelos haciendo hincapié en el concepto de complementación como antónimo al de confrontación, principio desarrollado en detalle en La hispanidad, fiesta y rito (2005). Por otra parte, Da Jandra insinúa que el primer Vasconcelos, aquel “anterior a la caída en la fascinación por el poder”, es una suerte de héroe moderno en el que es posible configurar las cualidades del protagonista que está buscando para su trilogía: en efecto, Helioson y el joven Vasconcelos son descritos como adelantados Hijos del Sol, réplicas de Lucifer encadenados a su soberbia. Ambos asuntos son centrales en la más reciente de sus novelas; sin embargo, la pregunta que debemos hacernos es si esta por sí misma tiene argumentos literarios suficientes para considerarse una obra autónoma decorosa, es decir, si puede ser leída al margen de la trama biográfica y discursiva del autor.

Por su extensión, El hombre soberbio puede considerarse una nouvelle dividida en veintitrés capítulos de seis páginas en promedio cada uno. Destacan la confluencia de varios géneros literarios, entre ellos la ciencia ficción, el ensayo y el aforismo así como la encomiable prolijidad del lenguaje, en ciertos momentos con cualidades plásticas interesantes, por ejemplo cuando escribe: “Con las risas envainaron los recelos” o “Con palabras ígneas logró cauterizar los rencores”. Los terrenos de la epopeya y la distopía en donde el autor ubica el desarrollo de la novela resultan convenientes por dos razones: primero, porque Da Jandra es un fervoroso lector de tragedias que a fuerza de disciplina ha aprendido a dominar su registro y, en segundo lugar, por tratarse de un polemista agudo inclinado a sospechar de todo lo que huela a promesas. Es paradójico que sea lo enérgico de su pensamiento –determinado por la oralidad de sus diatribas habituales– lo que obstaculice el flujo del relato: en lugar de una decantación provechosa, los acontecimientos se agolpan oscureciendo las diversas tesis que contienen y entorpeciendo, en general, la lectura. Uno reconoce que está ante una serie de cuestiones importantes, presentadas en un estilo propositivo, pero por varias razones la obra por sí misma resulta fallida.

Suponemos que El hombre soberbio se desarrolla en el futuro, justamente en un momento crítico muy parecido al que vivimos en lo que va de este siglo. Reina la confusión y el encomio entre sectores seudoclandestinos caracterizados por la violencia que practican como forma de protesta contra el control de un gobierno universal totalitario: solo a través de la plataforma virtual Nevis los ciudadanos pueden exponer libremente opiniones políticas así como organizar sus demandas. Amonio es un viejo profesor de filosofía, asceta y a ratos tuitero, que toma la encomienda de educar a Helioson, una criatura solar dotada de especial inteligencia, belleza y fuerza destinada por los Isos a salvaguardar el planeta. Puesto que estos seres luminosos requieren alimentarse del oro para sobrevivir, deben pacificar a la humanidad con el fin de llegar a un acuerdo con ella respecto a la repartición del mineral del que dispone. En medio de esta brecha entre control, violencia y devastación ecológica, Amonio se distancia de su maestro Andrónico para comenzar a escribir “aforismos de odio”, un ideario adaptado a las formas que Nevis impone en el que leemos cosas como: “La única virtud del poder es que ridiculiza a los demás vicios” o “La ingratitud es la moneda corriente de los funcionarios inmorales, y gusta acompañarse de unas mentes soberbias y de corazones de hielo”, ecos, sin duda, de los propios Aforismos (2017) del autor. Helioson crece con prontitud convirtiéndose –a la manera de los superhéroes– en guardián del orden y lastre de los Misántropos; cansado de ser utilizado para frustrar las actividades terroristas de este grupo radical, desafía al Gran Defensor, líder del Estado planetario, motivo por el que es llevado a juicio acusado de insubordinación y condenado en consecuencia al ostracismo. Bajo la protección de los Isos, el Hijo del Sol permanece en la antesala de la Esfera primordial en donde tiene oportunidad de elegir entre volver a la Tierra convertido en un hombre común o quedarse y elevar su conciencia a niveles superiores. Esta decisión determina el destino de la humanidad y la refundación de una nueva mitología.

Como lo ha hecho en numerosas ocasiones, Da Jandra aprovecha la publicación de El hombre soberbio para denunciar el simulacro democrático, la corrompida moral de la ganancia capitalista y la irracionalidad de un modo de protesta social en la voz del sabio Aristóbul, junto a Amonio, el último hombre sensato que condena cualquier instancia violenta desde una postura ética. Resulta aleccionador el fracaso de Helioson al no conseguir trascender la experiencia egocéntrica que su propia condición le señala en la imagen tatuada en la mano de tres círculos entrelazados. Así interpretada, la novela es la parábola de los costos que tiene que pagar la humanidad de no acabar de asumir su vocación salvífica, la responsabilidad por alcanzar una conciencia cosmocéntrica. De manera contrastante, la figura del héroe trágico arrastra nociones racistas comprometedoras no solo por ser genéticamente superior sino por derivar de esta cualidad una moral arquetípica. En este sentido, Helioson es un personaje absolutamente vasconceliano.

Sumado a la posibilidad de que el lector ignore la filosofía que respalda el fundamento de El hombre soberbio, esta carece de la destreza narrativa probada por Da Jandra en las novelas que componen la Trilogía de la Costa: Huatulqueños (1991), Samahua (1997) y La almadraba (2008); además tiene el problema formal de ser una obra episódica que no acaba de cuajar como unidad consistente. Al intentar imitar el modelo de las miniseries, los personajes terminan encasillados en la dicotomía entre buenos y malos obstaculizando, en última instancia, la exposición de los matices políticos que tanto peso guardan en obras de esta naturaleza. Los diálogos acartonados invitan a juzgar a los personajes, ya caricaturizados, desde la pura vanidad de un rebuscamiento artificial. ~


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