Cuando se inventaron los libros | Letras Libres
artículo no publicado

Cuando se inventaron los libros

Irene Vallejo

El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo

Madrid, Siruela, 2019, 452 pp.

Los libros son el artefacto que mayor impacto ha tenido en nuestro desarrollo, pero reparamos poco en su historia. Decodificamos de manera automática la sucesión ininterrumpida de signos que aparece ante nuestros ojos sin preguntarnos por los procesos sociales, históricos y culturales que tuvieron lugar para que ese conjunto de papel y tinta llegara hasta nuestras manos. Esa curiosidad fue lo que motivó a Irene Vallejo a escribir El infinito en un junco.

En su ensayo, Vallejo (Zaragoza, 1979) hace un estudio exhaustivo y profundo de los orígenes y primeros siglos de vida del libro. Pero no se conforma con contar cómo se pasó de las tablillas de arcilla a los papiros y de ahí a los pergaminos y al papel, sino que también narra cómo surgió el alfabeto, cómo se transitó de la oralidad a la escritura, cómo nacieron los museos y las bibliotecas y quiénes fueron los primeros bibliotecarios.

Este recorrido, aunque fascinante para los apasionados del mundo del libro, puede volverse abrumador por la cantidad de información que se presenta entre diferentes tiempos y lugares. Por ejemplo, Vallejo interrumpe la narración centrada en el Egipto del siglo III a. C. para saltar a finales de la década de los ochenta cuando Tim Berners-Lee ideó el protocolo de transferencia http, gracias al cual podemos navegar por internet, y luego volver a la capital egipcia para conocer los planes de construcción de la Biblioteca de Alejandría. Posteriormente, la autora lleva a los lectores a la actualidad, a los fríos pasillos de la biblioteca Bodleiana, cuyo acervo solo se puede consultar si previamente se ha jurado no romper las reglas, no maltratar los libros y no prender fuego al edificio, y luego da un salto cinco mil años atrás para conocer las primeras bibliotecas de Mesopotamia, donde las tablillas de arcilla se colocaban de manera vertical una detrás de otra sobre los estantes de madera. Si bien las digresiones y saltos temporales ayudan a establecer conexiones entre épocas distantes y pretenden darle dinamismo a la narración, esta estructura complica el rastreo de información.

A pesar de esto, El infinito en un junco bien podría convertirse en un libro de referencia para los profesores de historia del libro y de la lectura y una adquisición valiosa para los estudiantes de humanidades. Sin ser un texto académico, Vallejo logra escribir un compendio que refresca las bibliografías encabezadas por los volúmenes escritos por Svend Dahl, Frédéric Barbier, Alberto Manguel, Roger Chartier y Robert Darnton.

La veta novelista de Vallejo le permite mantener un tono ligero y recrear con detalle el esplendor de Alejandría, cuando Ptolomeo I ordenó que la ciudad contara con una biblioteca que almacenara una copia de todos los libros del mundo conocido para ver cumplido el sueño de universalidad de Alejandro Magno, o el sigilo de los monasterios medievales en los que los copistas y miniaturistas elaboraron verdaderas obras de arte sobre los códices que preservaban el conocimiento clásico. Al mismo tiempo, la profunda documentación de la ensayista se deja entrever en la precisión con que describe los procesos de fabricación del papiro y del pergamino y en los capítulos en los que explica la manera en que el contexto político del mundo antiguo contribuyó a la invención y evolución de los libros, como la súbita muerte de Alejandro Magno o la caída del Imperio romano en el año 476. Vallejo está consciente de que la lectura “es un ritual que implica gestos, posturas, objetos, espacios, materiales, movimientos, modulaciones de luz. Para imaginar cómo leían nuestros antepasados necesitamos conocer, en cada época, esa red de circunstancias que rodean el íntimo ceremonial de entrar en un libro”.

En El infinito en un junco, Vallejo no renuncia a su formación como filóloga clásica. Además de ser un libro sobre libros es también una carta de amor a los clásicos grecolatinos. Capítulos enteros del libro están dedicados a Homero, Heródoto, Safo, Ovidio y Séneca. El análisis minucioso de estos autores y sus obras permite comprender la importancia de la herencia clásica, pero no deja de señalar las contradicciones que se gestaron desde entonces. Así, Vallejo recuerda que el primer autor en dejar su firma en un texto fue la princesa y poeta acadia Enheduanna, pero esto se esclareció hasta el siglo XX. Como ella, un sinnúmero de escritoras fueron borradas de la historia y sus voces silenciadas. “Atenas, la capital de los experimentos políticos y la osadía intelectual, fue tal vez la ciudad griega más represiva con las mujeres”, señala Vallejo.

A pesar de que el ensayo de Vallejo se centra en el libro antiguo, razón por la cual su recorrido concluye antes de que Johannes Gutenberg haga entrada triunfal en la historia e invente la imprenta, la autora no puede dejar fuera las profecías en torno a la muerte de los libros de papel. Como recuerda, a lo largo de las épocas, los libros han tenido diferentes formas, texturas y soportes, pero lo que ha permitido que sobrevivan es el deseo de trascendencia de la humanidad. Los libros electrónicos –el único formato en el que se puede conseguir el libro de Vallejo fuera de España– no son el rival a vencer, sino un avance tecnológico que retoma el anhelo de portabilidad, flexibilidad y ligereza que dio origen a los primeros libros. Finalmente, “la invención del libro es la historia de una batalla contra el tiempo para mejorar los aspectos tangibles y prácticos [...] del soporte físico de los textos”.

Leer El infinito en un junco en un momento donde las bibliotecas permanecen cerradas, las librerías luchan por su subsistencia y las editoriales no saben si podrán seguir publicando nuevos títulos es un golpe de nostalgia, pero también de esperanza. Los libros, recuerda con optimismo Vallejo desde un tiempo previo al coronavirus, han sido aliados de la humanidad y juntos han superado inundaciones, guerras y saqueos. La pandemia es solo una catástrofe más por vencer. ~


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