Conocer el mundo por sus márgenes | Letras Libres
artículo no publicado

Conocer el mundo por sus márgenes

Isabel Zapata

Alberca vacía / Empty pool

Traducción al inglés de Robin Myers

Ciudad de México, Argonáutica, 2018, 144 pp.

Basta asomarse al índice para reconocer que Alberca vacía, de Isabel Zapata, es un gabinete verbal de curiosidades, un compendio de ensayos sobre temas tan diversos como la experiencia vital de los pulpos, la traducción de lenguas desconocidas y la fotografía como una forma de fabricar el tiempo. Los nueve textos, protagonizados por perros, albercas, aves y algunos traductores cínicos, fluctúan entre las dos y las diez páginas. Son pequeñas pero profundas albercas donde la autora reflexiona con lucidez y concisión.

Sin embargo, la vastedad temática no fue lo primero que me llamó la atención al hojear el libro. Más bien me intrigó la estructura visual de los ensayos. A excepción de los más breves, todos se dividen tipográficamente de algún modo: están numerados o separados por viñetas. Muchas veces, los fragmentos son tan cortos que podrían leerse como poemas en prosa. Desde esta primera aproximación, previa incluso a la lectura, reconocí que la anatomía de estos textos es distinta de la forma tradicional del ensayo, esa liturgia de bordes amarillentos que profesan sin descanso los maestros de literatura en las facultades: tesis, marcos teóricos, argumentos, desarrollos, conclusiones.

Si bien los ensayos de Zapata son a la vez profundos, certeros y claros, la forma en la cual ella estructura su pensamiento es diametralmente distinta a la del ensayo clásico. Las ideas no desembocan unas en otras. Más bien, cada fragmento es un bloque autocontenido y a veces resulta enigmático cómo se interrelaciona con los circundantes. El orden y desarrollo interno de los fragmentos obedecen a una lógica distinta, más próxima a la intuición poética que al rigor argumentativo. Esta forma de desarrollar y estructurar el texto resulta, a final de cuentas, más evocativa y estimulante que la fórmula tradicional y remite a otras obras que habitan el umbral entre varios géneros, como el también fragmentario Bluets de Maggie Nelson, que cabalga entre la poesía y el ensayo.

En “Maneras de desaparecer”, Zapata resume un cuento de Cheever cuyo protagonista decide regresar nadando a casa. Para ello, atraviesa una a una las albercas de sus vecinos. Los fragmentos en el libro se asemejan incluso visualmente a estas albercas: la caja rectangular del texto está enmarcada por los márgenes blancos al igual que la orilla delimita el rectángulo de agua de una piscina. Cada ensayo, formado por una serie de fragmentos, es como la secuencia de albercas en el cuento de Cheever y nosotros, sus lectores, somos el protagonista que se sumerge en cada una, la atraviesa y pasa a la siguiente, hasta llegar a casa. Aunque todas las albercas tienen en común el agua –el pensamiento cristalino y aforístico de Zapata–, cada una tiene también su propia forma, profundidad y temperatura.

La autora nos pregunta: “¿No es la alberca misma una fotografía, un campo de acción delimitado por su perímetro?” (Un libro, por cierto, podría describirse del mismo modo: un campo de acción verbal delimitado por el perímetro de portada, contracubierta y lomo.) Esta pregunta no solo establece un vaso comunicante entre albercas y fotografías, dos temas que aparecen en repetidas ocasiones, sino que también constituye, a mi parecer, el centro neurálgico del volumen. A lo largo de Alberca vacía, se regresa una y otra vez al tema de los límites. Galvaniza sus páginas el deseo contradictorio de reconocer y celebrar el margen, pero también de disolverlo. Las fotos y las albercas comparten el perímetro definido que separa un interior hecho de un material determinado (agua, nitrato de plata) de un exterior conformado de uno distinto (aire, aire). La caja de texto de un libro obedece a la misma estructura y, en ese sentido, en “Mi madre vive aquí” resurge esta obsesión por los límites, pues la autora recupera con un cuidado de arqueóloga las notas que su madre dejó diseminadas en los márgenes de sus libros.

Quizá la búsqueda central de Alberca vacía no sea distinguir y enfatizar estos márgenes sino también y sobre todo aprender a habitarlos, detenerse en ese umbral donde la palabra de la madre es una sola con el texto que comenta y con la de su hija que escribe. Recorre a los ensayos un interés por la polifonía, por rescatar las voces de los otros y establecer un diálogo entre ellas. En “¿Es posible leer en silencio?” Zapata evoca cómo en la antigüedad la lectura era siempre un acto colectivo. La escritura misma se convierte en acción comunitaria a lo largo de las páginas de este libro, donde las voces de la madre y de las lecturas que ella anotaba dialogan con la de la autora, o bien donde las versiones traducidas de un texto no solo lo reproducen sino establecen un intercambio con el original.

Es congruente que este libro donde se celebra la traducción como acto creativo sea a su vez bilingüe, vertido al inglés por la extraordinaria poeta Robin Myers. La traductora fue, sin duda, una lectora cuidadosa del ensayo sobre la traducción, pues su versión al inglés reformula y reelabora las ideas de una forma a la vez libre y fiel al original. Para lograr esta hazaña en apariencia contradictoria tal vez siguió el ejemplo de Cicerón, evocado por Alfonso Reyes y citado a su vez por Zapata: “No creí necesario traducir palabra por palabra, pero conservé el valor y la fuerza de todas ellas: no las conté, las pesé.”

La polifonía, aunada al estilo conversacional, al lenguaje sencillo y al tono cercano de la autora, así como al uso recurrente de preguntas, invita a que los lectores intervengan, escriban en los márgenes, profesen por este libro un amor carnal traducido en marcas fosforescentes y esquinas dobladas. Zapata nos dice que “la lectura en voz alta es un acto de amor”. Lo mismo podría decirse de la escritura colaborativa. Y es posible que toda escritura sea colaborativa pues se trata siempre de una reelaboración y reformulación de voces ajenas, un diálogo desfasado pero nunca sordo. En cierto grado, y no exagero, Isabel Zapata es también la autora de este texto. ~


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