Como un cuentista rodado | Letras Libres
artículo no publicado

Como un cuentista rodado

Patricio Pron

Trayéndolo todo de regreso a casa

Madrid, Alfaguara, 2021, 413 pp.

En 1965, Bob Dylan hizo más que evidente lo que ya venía insinuándose desde hacía un tiempo: la primera de sus varias mutaciones, dejando de lado la social protesta unplugged para abrazar la singular visión eléctrica. El álbum con el que comunicó semejante sismo y cisma a sus seguidores se llamó Bringing it all back home.

Ahora, más de medio siglo más tarde, con modales inequívocamente dylanísticos, en Trayéndolo todo de regreso a casa Patricio Pron (nacido en Argentina en 1975) “toma prestado” el título de aquel lp. Y lo hace para poner a girar una nueva encarnación corregida y aumentada (la primera fue boliviana y del 2011 con sucesivas escalas en Venezuela y Costa Rica) de algo que viene siendo una suerte de autoantología in progress. Artefacto que ahora, en sello “oficial” y más o menos definitivo (a la fecha), se presume finalmente trae a casa, con amor propio pero (Dylan nuevamente) para poner en su sitio a ajenos, todo lo que el autor quiere conservar de ese tan interior afuera.

Y, sí, se suele promover y recomendar este tipo de libros como puerta de entrada para descubrir a un autor. Yo, en cambio, siempre pensé que su auténtica y más fructífera función y razón de ser es, en verdad, otra: la de releerlos. En este sentido, Trayéndolo... es como una cruza de Bootleg series 1-3 con Best of poco frecuente en nuestro idioma pero habitual en inglés: la especie del new and collected stories en la que se reúnen piezas imprescindibles, se rescatan rarezas dispersas y primerizas de primera, y se acompaña con estrenos.

Así, lo que aquí se revisa y se retoca y se reúne y se ordena cronológicamente entre 1990 y 2020 son greatest hits ya celebrados y remezclados para la ocasión más una decena de tracks hasta ahora dispersos pero destinados al éxito bajo cubierta que funde a Magritte con el arte de portada del Wish you were here de Pink Floyd, otra filia sónica de Pron. Treinta y cinco cuentos sueltos (más nota introductoria que casi se lee como un cuento más) ahora amalgamados en programa orgánico-conceptual que tienen el mérito añadido no solo de contar. Sí: las tramas son brillantes como lo es el gran ritmo de Pron para moverse entre la gracia y el dramatismo, entre la astucia narrativa y el inciso académico de doctorado filólogo romántico y filósofo pirata, entre la dulce epifanía a solas y (quienes conocen a Pron saben de su maestría a la hora de la llamada telefónica maléfica) la diálogo-monologuista acidez desopilante. Pero en tiempos en los que buena parte del relato que habla español parece haber regresado a lo más cómodo y obvio en su factura pulsando sin cesar la cuerda de lo selfi-realista (de)generacional y de lo supuestamente “perturbador” como si esto se tratase de algo novedoso (mientras se olvida de invitar al festejo a eximios party-animals del Yo-Tú-Él como Alberto Fuguet o Ray Loriga o Martín Rejtman y se desahucia a los legítimos propietarios de aquella Casa Tomada o aquella Casa de Campo), acaso lo más interesante y lo más agradecible y lo más útil y lo más celebrable aquí son las acrobacias y piruetas formales con las que Pron enfrenta y perfila cada una de sus historias. De este modo, en lo de Pron –sentando cátedra pero a la vez dando lección y aleccionando de pie– la forma acaba siendo también el fondo. O viceversa. Pron, sí, perturba y encuadra; pero a lo que inquieta y reenfoca es al género electrificándolo y haciéndolo mutar e inquietar para bien (para mejor) a un lector que no podrá dejar de sorprenderse primero y agradecer enseguida, surco a surco, la cantidad de recursos que tiene Pron para ser Pron y, por lo tanto, postular su idea (sus muy buenas ideas) en cuanto a lo que deber ser un cuento proniano o pronístico o, mejor, prontentoso. Así, sus cuentos –como las canciones de Dylan– no se conforman con ser simples cuentos a contar y a cantar el cuento. Y Trayéndolo... acaba funcionando (y funciona muy bien, valor añadido a lo ya valioso, “mi casa es su casa”, parece invitar Pron) como magnánimo catálogo/manual de instrucciones/taller literario para la clasificación y ensamblado y aprendizaje de los muchos modos en los que se puede llegar a narrar.

Hay aquí blues subterráneos, hay musas a las que se cree propias pero no, hay esclavos del oficio/granja contra el que rebelarse, hay fueras de ley, hay salidas al camino, hay sueños, hay tambourineantes profetas alucinógenos, hay infernales puertas del paraíso a trasponer, hay sangre derramada y hay finales que se parecen tanto a comienzos. En Trayéndolo... –divididos en tres tramos según la introducción: “el período de la existencia como escritor inédito y los esfuerzos en relación con un segundo libro”, “la estancia alemana y los primeros diez años en España”, y “unas direcciones posibles a recorrer más adelante”– vuelven a sonar los ya antológicos antes de esta antología “La repetición” y “Es el realismo” y “Salon de refusés y esa cumbre de la estampa de la (de)formación literaria que es “Algunas palabras sobre el ciclo vital de las ranas” acompañando, seguro, a tantos otros favoritos de otros. Y se cierra la puerta, por el momento, con posibilidades en las que Pron –lo anuncia en las primeras páginas– tienta y tantea nuevos sentidos de un mismo y firme y afirmado rumbo.

Mucho de lo que aquí se oye no desentona (en lo que hace a la compresión de argumentos que bien y muy bien podrían dar para muchas páginas más, pero que optan por el desafío y riesgo de la inmensa miniatura) en la compañía de otros hitos de la mix-concentración cuentístico-novelesca como “Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius” de Jorge Luis Borges, “Los milagros no se recuperan” de Adolfo Bioy Casares, “Nota al pie” de Rodolfo Walsh, “Diario para un cuento” de Julio Cortázar, “Nombre falso” de Ricardo Piglia y “Memoria de paso” de Fogwill; haciendo lujosa gala de la capacidad de Alan Pauls para la digresión-en-acción, la peripecia-en-suspenso de Sergio Chejfec y el estallido petrificado de Roberto Bolaño; para espolvorearlo todo con lecciones muy bien aprendidas de lo mejor del Made in usa/uk invocando estrategias como las de Amy Hempel en el tono o J. G. Ballard en lo estructural.

De nuevo: lo dylanesco de Pron no se limita solo al título. Y –como el cantautor nacido en Duluth– este cuentoautor de Rosario sabe muy bien lo que hay que leer antes para recién después escribir y ponerse merecidamente a la altura de quienes lo precedieron y así estar presente y tener futuro.

El ya mencionado Piglia concluyó –en la despedida a su reciente y póstumo pero tan vivo Cuentos completos– que “No creo que un escritor evolucione, son las formas las que cambian y uno solo debe estar abierto a la experimentación”. Esto no solo es cierto sino que encuentra evidencia incontestable en un ya evolucionado en sus inicios Pron, quien, polimorfo y perverso, no ha dejado de abrirse a experimentar.

Lo suyo no está –queda claro– all over now, baby blue. Pero sí impera aquí un ya acabado estilo cuentístico de Pron pasando (más allá de las virtudes incuestionables de su prosa) por el preguntarse no qué es sino cómo/qué puede llegar a ser un cuento. Y, claro, no limitándose a un How does it feel? sino subiendo la apuesta a un ¿Cómo debería sentirse para sentirlo mejor que nunca? al escribirlo y leerlo. En Trayéndolo… Pron (quien tiene todo lo que necesita, es un artista, y aquí mira atrás pero con vista al frente) responde. Y –contante y sonante, como un completo reconocido, cantando y contando hasta 35, soplando y flotando y silbando entre tanto viento idiota, con dirección a una casa de la que es merecido amo y señor– lo hace, siempre, con la respuesta correcta y más y mejor rodada.

P/S: Patricio Pron también es un excelente novelista y ensayista. ~


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