Cómo tu comentario sagaz en redes está empobreciendo el debate | Letras Libres
artículo no publicado
Ilustración: Hugo Alejandro González

Cómo tu comentario sagaz en redes está empobreciendo el debate

La suspicacia ante la persuasión y la certeza de que el mundo se divide en inteligentes y estúpidos, congruentes e hipócritas, truncan la posibilidad del debate argumentado en las redes sociales, donde las supuestas verdades lapidarias prevalecen sobre nuestra disposición a entender y reconsiderar.

En buena lid y con todo respeto

“Ayer un dude defendía tanto a amlo en la plática que llegamos al punto en el que dijo ‘lo importante no es lo que dice, sino lo que hace’, entonces le dije que metió a Cuauh Blanco como gobernador y a Sergio Mayer como diputado. A eso, niños, en los noventa le decíamos FATALITY.”

La anterior publicación del 31 de enero de este año alcanzó los dieciocho mil favs y recibió casi cuatro mil retuits. No es ni de cerca el tuit más exitoso de Twitter ni siquiera de su autor, Chumel Torres, dado el millón y medio de personas que lo siguen, pero ejemplifica a la perfección la retórica del comentario en redes y, ya entrados en materia, de cierto espíritu de los tiempos: es gracioso, conciso, coyuntural, tiene un cariz que podríamos considerar político, identifica a un enemigo claro y obliga al público a decodificar, en segundos, decenas de elementos no explícitos. Acude, por si fuera poco, a la nostalgia de una generación con una amplia presencia en internet: aquellos que fueron niños y adolescentes en los noventa y que ahora, superada ya la treintena, han encontrado en el activismo, la opinión pública o el retuiteo una forma de expresión política. Consciente de que se trata de un grupo particular, me tomaré un momento para explicar lo que es un fatality. Mortal Kombat era un videojuego de pelea que alcanzó una enorme popularidad hace unos veinticinco años en buena medida debido a sus gráficos digitalizados y a su violencia gratuita. Cuando uno de los contendientes había sido derrotado y oscilaba indefenso a punto de caer por su propio peso, el ganador tenía la posibilidad de asesinarlo a través de un movimiento coreográfico y sangriento, producto de una secuencia de botones. Podía arrancarle la cabeza con todo y columna vertebral, extraerle el corazón con la mano o calcinarlo de un escupitajo. El movimiento era innecesario, despiadado y, en la vida real, simbolizaba la vergüenza del adolescente que jugaba al lado de ti. Solo por reunir tantas virtudes con un mínimo esfuerzo, el fatality estaba llamado a ser el punto culminante de todo el combate.

Ahora bien, la metáfora representa de manera bastante exacta la dinámica en redes sociales: hay que invertir todas las energías no en llegar a algún lado, tener una buena pelea, ni siquiera en alzarse con una victoria justa, sino en dejar en ridículo al oponente. En el terreno de las discusiones, no se trata de continuar un debate –es decir, hacerlo más preciso, más matizado, más abierto– sino de ser eficaz para darlo por terminado: con el mínimo espacio, la máxima visibilidad, en este preciso instante. Ese modelo de discusión ha dado lugar a comportamientos de sobra llamativos, como los que propiciaban las maquinitas en los noventa: con gente que golpeaba con desesperación una palanca y seis botones e intentaba disimular el nivel de intimidación que sentía debido a la veintena de intrusos que se habían reunido a su alrededor. En el escenario de las redes, no hay que ser un catedrático en persuasión pública para darse cuenta de que las discusiones no lucen como una sucesión dialéctica de argumentos; se parecen más a dos o más seres humanos intentando no perder la dignidad mientras se hunden en los malentendidos y en acusaciones que involucran elementos biográficos dignos de una ficha de identificación (raza, apellidos, posición social, género). Es ridículo por fuera y endemoniadamente desesperante si te encuentras dentro. De cómo contribuimos a esa versión del debate trata este artículo.

Amiga, date cuenta

“Hay una vieja sospecha frente a la elocuencia como un arte innecesario, embaucador y engañoso en el peor de los casos –asegura Daniel Innerarity en La política en tiempos de indignación (Galaxia Gutenberg, 2015)–. Platón formuló la versión más irreconciliable del antagonismo entre el poder y la verdad al considerar que la política democrática prefiere sistemáticamente la popularidad a la verdad [...] Convencer a otros, el cometido fundamental del oficio político, es algo que guarda un cierto parecido con engañarles, y de ahí que pueda ser tomado por lo segundo.” Esa desconfianza por la persuasión define como pocas cosas el debate en redes. No es infrecuente observar que, en las discusiones que involucran reclamos de justicia social, ceder o ser convencidos puede ser interpretado como falta de compromiso o miopía ante las desigualdades. En las controversias de internet todo puede reducirse a tomar partido o adoptar posturas tan rígidas que cualquier leve desviación se considera un acto de incongruencia o un ejemplo de doble discurso.

Y es verdad que existe cierto aprecio por la discusión en redes porque se opone a las maneras tradicionales de la opinión pública, una esfera que hemos identificado con el elitismo de quienes opinan, la conveniencia de quienes publican y la pasividad de quienes leen. Las redes sociales, en contraste, ofrecen un nivel superior de debate porque mejoran las condiciones entre los interlocutores, eliminando la verticalidad y las restricciones. Si antes se pensaba que había un vergonzoso alejamiento entre la clase política, los comentaristas, los académicos, los intelectuales, los artistas y el resto de los ciudadanos, la aparente cercanía y horizontalidad de las redes nos ha hecho creer en un diálogo más incluyente y democrático –y en cierto sentido más crítico, porque no está sujeto a los intereses de los dueños de los medios masivos de comunicación.

Sin embargo, habría que ver más a detalle si las nuevas condiciones de diálogo son tan favorables a la crítica y la salud democrática como supusimos en un principio. Que las conversaciones integren a nuevos participantes o que sea posible interpelar a un político o un columnista no significa necesariamente que hayan abandonado su verticalidad. Es posible que no se trate de la verticalidad tal y como la hemos conocido, en donde el prestigio y las credenciales académicas de un comentarista parecían darle derecho a opinar sobre lo que fuera que estuviera sucediendo, incluso si no tenía un punto de vista informado. Ahora hay una curiosa mezcla de popularidad, credenciales académicas, superioridad moral, agudeza y beligerancia que sirve para crear diálogos inequitativos. Discutir con alguien que cuenta con un millón de seguidores no es lo mismo que con alguien que no supera el millar. La cantidad de agresiones anónimas que uno puede recibir invita ya sea a callarse, ya sea a desestimar todas las críticas calificándolas de troleo. Hacer sentir culpables a otros por lo que les gusta supone colocarte encima de ellos –no es tan difícil si los convences de que el exitoso video de una pacarana bañándose era en realidad maltrato animal o de que el supuesto maltrato animal era el modo común en que se acicalan las pacaranas–. Hacerlo con un chiste o enarbolar en cada ocasión tu derecho a estar enojado hace también la diferencia.

Esta manera cada vez más recurrente de discutir ha favorecido un tipo de participación al que no le faltan el ingenio, la premura y las ganas de molestar. Una atractiva mezcla cuya mejor expresión es un tipo de comentario al que hemos vaciado a conciencia del propósito de persuadir. Y no me refiero a ser corteses y terminar cada intervención con un cordial “saludos”. La sugestión significa menos una palabra amable y más un argumento convincente, con el que reconoces que vale la pena destinar tiempo y esfuerzo para afinar un razonamiento con el fin de atender un argumento contrario. Sin embargo, como explica Innerarity, la desconfianza hacia la retórica supone también una confianza excesiva en la verdad. Porque, si bien tenemos problemas para explicar qué es la verdad, al menos estamos convencidos de cómo las personas deberían reaccionar ante ella: como Saulo de Tarso, después de escuchar la voz de Cristo, sin llevarse tanto tiempo. Si se recuerda bien, el hijo de Dios no se portó precisamente cordial con el hombre que perseguía a los suyos, tampoco particularmente discursivo. Se diría que fue directo y brusco y le dejó todo el trabajo de reflexión, autocrítica y deconstrucción al futuro san Pablo. Puestos a hacer justicia, aquel santo fue uno de los primeros amigos que “se dio cuenta”.

Así, una buena cantidad de nuestro tiempo y sagacidad en redes se dirigen a redactar verdades que tengan forma de revelación y que, a la par, sean “incómodas”, entendida la incomodidad como el enfado que despertará en algunas personas en concreto. El problema es que no resulta tan difícil hacerse de una verdad molesta en una plataforma que, en sus debates más sonados, parece privilegiar el encono. Las estrategias van desde las indirectas protagonizadas por un “ellos” que puede ser un grupo tan amplio que resulte borroso –como los “fachos”, los “intelectuales” o la “izquierda”– o muy específico –como las feministas pop en oposición al feminismo académico–, cuyos referentes se vuelven de pronto tan crípticos que los mismos participantes no saben bien dónde ubicarse. Pero no es raro que las dedicatorias sean explícitas. Exhibir la opinión de alguien sin comentar nada al margen tiene apariencia de verdad rotunda, lo mismo que comparar diversos tuits, algunos provenientes de un pasado muy remoto, para demostrar su “doble discurso”. En el primer caso se descontextualiza una declaración y en el segundo se ofrece un contexto que pone en tela de juicio su autoridad moral, pero en ninguno de esos ejemplos hay intenciones de convencer a nadie. Son maneras de no tener una discusión.

Que la verdad debe ser simple, espontánea y molesta tiene su imagen más potente en aquel cuento popular sobre el traje nuevo del emperador. Conviene volver a la anécdota: un emperador, aficionado a la moda, recibe la visita de dos supuestos sastres. Ellos le venden la idea de que pueden confeccionar prendas que son invisibles a los estúpidos. El soberano les hace el encargo, convencido de las virtudes que tendrá para su reinado contar con una indumentaria de semejantes propiedades. Cada que envía a un funcionario a ver el avance de su traje, recibe entusiastas informes, porque ninguno quiere reconocer que no puede ver la tela. Durante el estreno público de su nuevo atuendo, un niño señala en medio de las simulaciones de la corte: “¡El emperador va desnudo!” El pueblo entero reconoce que es verdad, pero el emperador, demasiado altivo para admitir los hechos, continúa actuando como si tuviera ropa.

“¡El emperador va desnudo!” debe ser una de las frases más inspiradoras de la literatura universal, porque, enamorados de su irrebatible sencillez, vemos en ella una justificación para hablar con honestidad de un modo único: siendo simples, inesperados y molestos. Sin embargo, lo más interesante de aquella historia no es la espontánea intervención del niño que puede echarle en cara a la sociedad su hipocresía, sino la construcción misma de la mentira, la combinación de factores que propiciaron que medio mundo cayera en ella: en la versión del cuento de Andersen, la vanidad del soberano, el miedo que experimentaba la corte a mostrarse como una panda de ineptos y la fe en que existe un mecanismo para distinguir a los tontos de los inteligentes y en que hacer esa separación en realidad nos pone por encima de ambos bandos.

En nuestros días se diría que todos los involucrados experimentaban una serie de sesgos que les impedían aceptar los hechos. Pero quizás habría que cavar más profundo y entender en el relato la fascinación que despiertan aquellos dispositivos que, en apariencia, nos dan permiso de evaluar la estupidez o la hipocresía ajenas a la par que nos brindan una profunda satisfacción personal. Dispositivos retóricos, se entiende: una pregunta que ponga a prueba a un grupo (“la gente que opinó sobre x, ¿ya dijo algo sobre y?”), el diagnóstico de una acción que no requiere prueba alguna (gente que “no entiende que no entiende” y “defiende lo indefendible”), la relación del oponente con un sistema social injusto (que él “ayuda a sostener con su opinión”), la distopía que ya sucedió por no haber puesto suficiente atención (“Vivimos ya en Fahrenheit 451”, se comenta si se saca un libro polémico del programa de estudios de un distrito escolar) o, ya en última instancia, la evidencia de que hemos fracasado como especie (cualquier cosa a la que se pueda colocar el eslogan “que ya llegue el meteorito”).

Si uno acumula la cantidad de contradicciones ajenas que se exhiben en Twitter y Facebook, sorprende que exista siquiera el pensamiento congruente, que algunas personas se gradúen de las universidades o que podamos redactar artículos medianamente legibles. Pero no se trata de un problema del mundo sino de quien observa y juzga, del tipo de parámetros que le sirven y de los propósitos a los que quiere llegar. A menudo se lee que la gente en internet enlaza artículos diciendo: “Vaya, por fin un poco de sentido común” o “Se echa de menos esta lucidez”. Pero, ojo: no es que vivamos tiempos oscuros para la reflexión, o no más oscuros que hace una década, sino que estamos pensando en una idea de congruencia o lucidez planteada exactamente para que sea un bien escaso. El convencimiento de que la imbecilidad reina sobre la tierra nos concede hablar con el nivel mínimo de persuasión. Para qué si todo es cuestión de decirles: “Es la economía –o la corrección política o el patriarcado–, estúpidos.”

No vine aquí a hacer amigos (solo a ganar likes)

A fines de noviembre de 2017, una noticia incendió las redes sociales: la sucursal de Cinépolis en Campeche prohibía la entrada a niños menores de tres años. Rápidamente hubo posiciones que alababan la medida y otras que la criticaban con dureza: se discutió si era discriminatoria, si la comodidad de una mayoría justificaba la restricción, si había lugares más adecuados que otros para llevar a un niño de tres años, si revelaba un ineficiente sistema estatal de guarderías, finalmente, si la convivencia era posible. El usuario Ángel González, un especialista en diseño de sonido, explicó en un hilo de Twitter que la medida –establecida por un reglamento municipal y no por la empresa– buscaba proteger a los niños de la presión sonora de 85 decibelios que levantaba el sistema de bocinas de los cines. Pero su comentario llegó cuando la discusión había avanzado por rumbos insospechados y ya se hablaba de cómo tu postura respecto al caso podría servir para identificarte como izquierdista de verdad (en contra) o “derechista de clóset” (a favor).

Incluso la explicación de González tuvo que enmarcarse en la dinámica de descalificaciones de las redes sociales. A pesar de su información detallada y su disposición de poner en el centro el problema original, se había convertido en el dispositivo que nos daba permiso de considerar estúpido a alguien más. Y era, al mismo tiempo, una reafirmación de que uno no había caído en la trampa. El crítico y editor Alejandro Merlín lo expresó en un tuit: “Lo que muchos llaman opinar consiste en buena medida en juzgar bien culero a la gente.”

Tampoco podemos fingir que hoy mismo no existen plataformas para el debate complejo y que los pleitos que uno alcanza a ver en Facebook y en Twitter representan el porcentaje más importante de las discusiones en la esfera pública, pero la preocupante frecuencia con la que los medios retoman tuits o estados de Facebook para informar de una controversia o retratar el ánimo colectivo puede darnos alguna pista de hacia dónde estamos obligados a mirar. ¿La simpleza y la contundencia con la que juzgamos al mundo desde las redes proviene solo de sus características o intervienen también el modo en como aprendimos tradicionalmente a discutir, la falta de tiempo y recursos materiales para encontrar extensos argumentos y contraargumentos en páginas serias y de acceso gratuito? No lo sé, pero valdría la pena preguntarse al menos si, por sus ventajas tecnológicas, hemos desplazado hacia las redes nuestra idea de intercambio público y lo que ese desplazamiento significa.

En Sin palabras. ¿Qué ha pasado con el lenguaje de la política? (Debate, 2017), el presidente y consejero delegado del New York Times, Mark Thompson, describe las características que considera más inquietantes del discurso político contemporáneo: “Consigue su impacto rechazando toda complejidad, condicionalidad e incertidumbre. Exagera hasta el extremo para expresar su idea. Se basa en la presunción de una mala fe incorregible por parte de su blanco político. No acepta la responsabilidad de explicarle nada a nadie, y en lugar de eso trata los hechos como materia opinable. Rechaza la posibilidad siquiera de un debate racional entre las partes.”

Para Thompson, habría que recuperar la confianza en que el lenguaje público puede decir cosas de relevancia social. Y para lograrlo vale la pena incluso poner atención a las opiniones equivocadas, interpretar en ellas cierto estado de ánimo de personas que son tus iguales y que podrían incluso darte un argumento válido. El proemio del Poema de Parménides que analiza a la luz de la actual crisis del lenguaje político pone algunas cosas en claro (son escasas las ocasiones en que van a encontrar las palabras “claridad” y “Parménides” juntas, así que presten atención): “Debes esforzarte por saberlo todo, tanto el corazón inmutable de la realidad como las opiniones de los mortales que revelan su falta de entendimiento. Aun así, deberías interesarte por sus opiniones, pues solo entonces podrás entender las impresiones y actitudes que los seres humanos toman por la verdad.” Lo que Thompson ve en ese fragmento es que la verdad de las evidencias y la retórica de la opinión son inseparables y que es mejor estar conscientes de ello en lugar de soñar con el día en que las declaraciones de políticos, comentadores en medios y usuarios de redes sociales se sirvan en exclusiva de los datos duros y aspiren a la verdad sin una pizca de exageración. Lo siento, no va a suceder. Habría, sin embargo, que ver los espacios de discusión como imperfectos lugares que en parte podemos mejorar con discusiones menos maniqueas, con una abierta disposición a entender, pero en particular con la capacidad de reconocer a los oponentes como iguales. No serán encuentros amigables, desinfectados de sarcasmo o ajenos al uso de las emociones. La esfera pública, ya lo sospechábamos, está necesariamente contaminada por la pasión; es decir, por la terquedad, el descontento político, la soberbia y los malos chistes. De otro modo, nadie estaría interesado en participar.

Abro hilo

Ando en cierre de edición desde hace un par de días. Todo va bien hasta que tomo el transporte público para volver a mi casa. En la última fila de asientos del trolebús, una pareja se está peleando con otro pasajero. La chica insulta al hombre y su novio suelta un par de puñetazos (no demasiado fuertes, hasta donde puedo apreciar). La pareja se cambia de asiento, los insultos continúan en voz cada vez más alta. “Por eso estamos como estamos”, dice el novio. “No te hizo nada, tú en cambio sí le pegaste”, le reclama una mujer (que no está tan cerca de los hechos). “Ni que la hubiera violado”, dice alguien más. “No le hizo nada y anda gritando como si le hubieran hecho algo. Por eso las violan”, dice de nuevo la señora. “¿Cómo puede haber gente que dice que ‘por eso las violan’?”, responde el novio. El trolebús se detiene. Desde su lugar, el chofer intenta, sin mucho éxito, poner orden. “Yo soy discapacitada”, le reclama una señora, “ya queremos llegar a nuestras casas”. “¿Nadie va a decir nada?”, interviene la primera mujer, “nos quedamos callados, por eso el gobierno nos roba”. Un hombre de acento extranjero comienza a platicar con la pareja y les dice que las personas en este país ya no tienen criterio, porque “han sido educadas con telenovelas y películas”. Tengo la impresión de que nadie quiere saber a ciencia cierta qué sucedió. Es decir: los hechos. Pero no es necesario: hay tan sólidas ideas sobre cómo somos como sociedad que cualquier incidente sirve apenas para corroborarlas. Los problemas sistémicos son tan claros en las cabezas de los presentes, que pueden darse el lujo de saltarse algunos pasos lógicos, para llevarlos a desembocar en los sucesos particulares.

Me veo juzgándolos a todos y es, por un momento, como ser parte de un debate entre tuiteros que se han quedado de repente sin datos. ~


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