Colonizando imperios | Letras Libres
artículo no publicado

Colonizando imperios

Fernando Degiovanni

Vernacular Latin Americanisms. War, the market, and the making of a discipline

Pittsburgh, University of Pittsburgh Press, 2018, 248 pp.

En los debates sobre la identidad latinoamericana emerge con frecuencia el lugar común de que el sentimiento de pertenencia a la región, como una cultura diferenciada dentro del hemisferio occidental, es obra exclusiva de una tradición autóctona de pensamiento que va de Simón Bolívar a José Martí y, de ahí, a ensayistas de principios del siglo XX como José Enrique Rodó o José Vasconcelos. Fernando Degiovanni, profesor universitario en Nueva York, cuenta otra historia en su libro más reciente. El latinoamericanismo o, más bien, los latinoamericanismos intelectuales, no se entienden sin el papel del campo académico de Estados Unidos.

Tras la guerra de 1898 en el Caribe, el lanzamiento de la campaña panhispanista por parte de un grupo de letrados peninsulares (Rafael Altamira y Crevea, Rafael María de Labra, Adolfo González Posada...) fue respondido por una corriente intelectual latinoamericanista, inspirada en buena medida por el arielismo de Rodó, pero que en la obra de los argentinos José Ingenieros y Manuel Ugarte y el venezolano Rufino Blanco Fombona adelantaba –sobre todo en los dos primeros– un antimperialismo liberado de los elementos evolucionistas y eugenésicos que predominaban en la arquitectura retórica del pensador uruguayo.

Degiovanni sostiene que a la par de aquella renovación del latinoamericanismo, ligado al impacto de la Revolución mexicana y la Reforma Universitaria cordobesa y que enlaza a figuras como el mexicano José Vasconcelos y el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, comienza a articularse desde la academia estadounidense un hispanoamericanismo contrario, que enfatizaba el diálogo entre las dos Américas. El profesor de Harvard Jeremiah D. M. Ford jugó un papel clave en la difusión de aquel hispanoamericanismo, que se manifestó no solo en la construcción de un canon literario por medio de cursos y antologías sino en una agenda diplomática panamericana a través de viajes por Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Uruguay y Brasil y de la colaboración directa con la División de Asuntos Latinoamericanos del Departamento de Estado.

Degiovanni observa diferencias precisas en los referentes de Ford, Ugarte y Blanco Fombona a la hora de definir un concepto de identidad cultural, pero señala que en los tres casos el diálogo o la confrontación con la cultura estadounidense se producía por medio del énfasis en los ascendentes europeos de América Latina. Un discípulo de Ford, Alfred Coester, completaría aquel avance hacia un hispanismo académico desde Estados Unidos, con su obra The literary history of Latin America (1916), donde a la vez que rechazaba el nacionalismo cultural latinoamericano, tipo Ugarte, reaccionaba contra las visiones peninsulares de la literatura regional que proponían autores como Marcelino Menéndez Pelayo.

Dos figuras centrales del hispanismo en Estados Unidos y América Latina, Federico de Onís y Américo Castro, se encargaron de superar aquel desencuentro. El primero fue fundador del Instituto de las Españas en la Universidad de Columbia de Nueva York, en 1920, y del Departamento de Estudios Hispánicos en la Universidad de Puerto Rico, en San Juan, en 1927. El segundo, involucrado en la causa republicana en España, fue profesor en Wisconsin, Texas y Princeton y, como otros exiliados en Estados Unidos tras la Guerra Civil (Tomás Navarro Tomás, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Juan Marichal...), contribuyó a una visión hispanocéntrica de América Latina que, a mediados del siglo XX, alcanzó una familiaridad poco reconocida con la política de Estados Unidos hacia la región.

Degiovanni explora las extrañas conexiones entre literatura y política, profesorado y diplomacia, y propone un retrato poco condescendiente de esa tradición académica. En varios sentidos la interacción entre académicos estadounidenses y españoles aparece como un proceso de colonización simbólica entre imperios: del viejo imperio español por parte del nuevo imperio norteamericano y de este último por parte de un latinoamericanismo vernáculo que, a partir de los años veinte, asciende desde el sur, impulsado por procesos revolucionarios y populistas como el mexicano, el argentino y el brasileño. Dentro de estos últimos, Degiovanni destaca la obra del dominicano Pedro Henríquez Ureña, de su discípulo argentino Enrique Anderson Imbert y del líder peruano de la Alianza Popular Revolucionaria Americana Luis Alberto Sánchez. Menos espacio dedica a otros latinoamericanistas vernáculos como José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Mariano Picón Salas o Fernando Ortiz.

Además de la colonización de imperios y el aprovechamiento del espacio académico estadounidense, Degiovanni relaciona la emergencia de aquellos latinoamericanismos con el contexto persistente de las guerras. Desde la hispano-cubano-americana de 1898 hasta la Guerra Fría, pasando por el primero y el segundo conflictos mundiales y la Guerra Civil española, el escenario bélico es un telón de fondo en la construcción de los discursos culturales identitarios de América Latina. Dada la importancia de la Guerra Fría para el relanzamiento de aquellos discursos, especialmente en su variante antimperialista radical, la última parte del volumen parece desbalanceada.

A partir de los años setenta el latinoamericanismo académico en Estados Unidos entró en una fase de expansión, que proyecta todos los síntomas de otra colonización del imperio. Ese latinoamericanismo, que llega a formulaciones altamente ideologizadas en las últimas décadas a través de la disciplina de los “estudios culturales” –que, paradójicamente, partió de teorías críticas de la identidad, asociadas a la filosofía posmoderna de fin de siglo–, no oculta su deuda con la hegemonía de la izquierda autoritaria de la región, en el largo periodo que va de la institucionalización definitiva del socialismo cubano a la instauración del régimen chavista. Degiovanni toma distancia explícita de algunos autores de esa corriente (Walter Mignolo, John Beverley, Román de la Campa...), pero el mundo bipolar y la pos-Guerra Fría neoliberal quedan fuera de su intervención.

Probablemente, si esa historia del latinoamericanismo académico se extendiese a los últimos decenios, las conclusiones de este estudio serían más o menos las mismas. Solo en apariencia el entendimiento entre el latinoamericanismo universitario y la política hemisférica de Washington se vio enturbiado durante la Guerra Fría. El predominio de premisas neomarxistas o, incluso, decoloniales, en amplias zonas de ese campo, no ha descontinuado la alianza básica entre la visión académica de la identidad latinoamericana y la estrategia de Washington o de las élites políticas nacionales. Las fricciones entre esos paradigmas escolásticos y los “latinoamericanismos vernáculos”, construidos en los campos intelectuales de la región, siguen siendo tan habituales en nuestros días como hace un siglo. ~


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