Colón, el descubrimiento | Letras Libres
artículo no publicado

Colón, el descubrimiento

Hay un libro con todos los descubrimientos. Desde Cristóbal Colón observando la costa a unos metros de distancia, manoteando de felicidad, arrojándose de la carabela al agua para aventajar a sus marineros, hasta el hombre que, poseyendo la misma riqueza monetaria de Dios, descubre un billete en el bolsillo de un pantalón que acaba de coger de la secadora. Páginas adelante Max Planck muerde un lápiz, soltando de pronto un chasquido, mientras anota una teoría tan novedosa como irreversible para medir la luz en cuantos. En la siguiente página figura el hombre que descubre, con toda precisión, que en esa llamada telefónica, una con ella, hubo exactamente ciento veintiún cuantos, cálculo que en realidad sólo él puede medir. Un continente o una moneda, una teoría en la física y otra personal. El asunto con este libro, y se antoja pronunciarlo con tono argentino, es que no ha sido descubierto. No obstante, notemos lo que tienen en común estos hombres: sus descubrimientos ocurren en el momento menos esperado. Y, ojeando estas páginas inexistentes, si se da lugar a un destacado navegante igual que a un anónimo de primera es porque los descubrimientos que desatan las ideas y sus libros conforman un mundo en el lector, acaso el único que importa

 

Segundo

Supongamos que en una avenida se rinde homenaje a todos los descubridores. Digamos que el monumento estelar está dedicado a Colón. Fijemos la mirada en tamaño retoño, que, como todo prócer que posa para el escultor, merece una placa con alguna de sus frases célebres. ¿Cuál? Suspendamos aquí las palabras, Colón no dijo nada memorable. Nadie cita al navegante en medio de un aprieto, pero no empujemos a nuestro protagónico a tan soporífera escena. Todo héroe debe tener su frase célebre y si no, se antoja, como gustaba a Ibargüengoitia, especularla. Indaguemos en los retratos escritos. No cabría plantar en este texto un árbol genealógico de Cristóbal Colón, ni echarse un clavado a las minucias de sus viajes. Pero tres detalles, tres naves, flotan entre sus cartas y biografías. Su Niña: Colón gozaba de una destacable fama de hipocondríaco, sufría frecuentes achaques que repiten tanto Bartolomé de las Casas como su hijo Hernando, y él se encargaba de hacer saber el estado de sus dolencias en sus misivas, de modo que una opción sería: “Caray, mañana será un mejor día.” Su Pinta: Un aspecto menos ilustrado de Colón, y raro en la España del Descubrimiento, era su afición de librero. Anotaba y dibujaba los márgenes de sus ejemplares, dejando rastro para identificar esta rarísima característica, hasta la fecha, que es ser un comprador de libros. Una posible inscripción para la placa del lector: “Caray, ayer fue mejor que hoy.” Su Santa María: Era un hombre de agradables conversaciones, buen sentido del humor, y suponemos que llegó a repetir el mismo chiste una y otra vez como si esa frase fuera un náufrago en la isla del humor, así que podríamos revelar una broma de categoría repetitiva, la nuestra, para que nuestros congéneres crean que la hemos tomado prestada.

Digamos, también, que hay otros monumentos. Por ejemplo, el del hombre que descubre su calvicie luego de observar la coladera del baño y notar que su cabellera cabalga por las tuberías. Su placa: “¿Por qué querrían recordarme por mi melena?” Y conformémonos con un solo hombre que descubre el restaurante donde sirven los mejores y más barrocos emparedados, en el que con letras doradas brillaría la frase de su encuentro: “Los muchachos de la oficina no creerán lo estupendo de estos emparedados.” Suspendamos aquí para enmarcar el segundo del descubrimiento: la frase es necesaria para ordenar el caos de la eureka. En este paseo por la avenida que no existe, se antoja congelar todas las frases por igual, pues quizá las palabras que despiertan un descubrimiento, menor o mayor, son el inicio de toda narración.

 

Tercero

Aseveremos que un descubridor necesita, a su vez, a alguien que lo descubra. El encargado de señalar al culpable. Es sabido, por ejemplo, que Colón se desdibujó del mapa abandonado por su familia, pobre, con una extensa nómina de infortunios tan numerosos como los achaques suscitados. Digamos que habríamos podido encontrarnos su infausta fama de navegante hundida en la silla de una taberna. Pero alguien, apetece creer que el hombre que recorta y pega las ilustraciones para los libros escolares, puso la piedra para inmortalizarlo. Que nos baste con esto, su imagen, aquella que guardamos desde la primaria. Dejemos que la imagen sople veloz. Un hombre con la cabeza cubierta con algo que podría ser un sombrero, una holgada camisa blanca y un collar. Resulta esencial que no cambie de atuendo para no liberar las confusiones. Alguien decidió que recordáramos a Colón de este modo y no de otro. Para este hombre tenemos reservado su nombre en una calle, una que forma parte de una colonia donde podrían estar los descubridores de los descubridores. Callejuelas, callejones y recovecos con sus nombres. Para la mujer del hombre que se está quedando calvo, por ejemplo. Esto para conmemorar el quinto centenario de la muerte de Colón, pues mire si no es para abochornarse con otra celebración. Suspendamos así las palabras: quien narra al descubridor, quien lo yergue, a su vez, encuentra el principio del manoteo entusiasta de su estudiado al desordenar y ordenar frases, al hallar oraciones que, luego de quedar fijas en las páginas, son tan relevantes en la historia como el descubrimiento mismo.

Nota de relación para el excelentísimo lector: No nos echemos un clavado en las aguas del entusiasmo, para ello es sustancial que haya lectores.

 

Cuarto

Imaginemos una ciudad de lectores. Lectores que descubren frases y luego ideas. Un lector merece, igual que un descubridor, un monumento. Acaso por el espacio nuevo al que lo llevan estas navegaciones, acaso porque interpreta el caos y el orden de las palabras. Suspendámonos en ellas. Igual que la grandeza de encontrar nuevas tierras, tan incalculable como la luminosidad en una llamada telefónica, el descubrir, nimiedades o relevancias, es lo que importa.

Falso descubrimiento: Leer nos descubre, como a Colón, hallando un continente. ~