¡Carajo! | Letras Libres
artículo no publicado

¡Carajo!

Emilio La Parra

Fernando VII. Un rey deseado y detestado

Barcelona, Tusquets Editores, 2018, 745 pp.

 

Fernando VII es considerado uno de los peores personajes de la historia de España. Los estudiosos que se han ocupado, ya desde el mismo siglo XIX, del monarca y de su reinado presentan asimismo, con escasísimas excepciones, una visión muy negativa. No obstante, este monarca fue el gran deseado, “El Deseado”, a lo largo de la Guerra de la Independencia, y conservó una alta popularidad hasta casi el final de su reinado –excepto, evidentemente, entre los sectores liberales y ultras–. ¿Cómo y por qué razones pasó del estatuto de deseado al de profundamente detestado? Fernando VII fue, en su tiempo, un rey imaginado, sostiene el historiador Emilio La Parra en el excelente estudio que ha dedicado al personaje: Fernando VII. Un rey deseado y detestado. El libro obtuvo el XXX Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias en enero de 2018. El autor, catedrático en la Universidad de Alicante, es un reconocido especialista en la historia del final del Antiguo Régimen en España. Destacan, entre las publicaciones que ha dedicado a este periodo, Los Cien Mil Hijos de San Luis. El ocaso del primer impulso liberal en España (Editorial Síntesis, 2007) y, sobre todo, la interesante biografía titulada Manuel Godoy. La aventura del poder (Tusquets, 2002).

Emilio La Parra ha elaborado una obra exhaustiva y documentadísima: una gran cantidad de notas a pie de página, una impresionante bibliografía y múltiples referencias documentales acompañan la plasmación escrita de una labor de muchos años. Entre los archivos y bibliotecas consultados merecen especial atención el Archivo General de Palacio y el Archivo Histórico Nacional, así como la Biblioteca Nacional y la Real Biblioteca, en España, y los archivos nacionales y diplomáticos franceses. Esto último resulta harto lógico, pues la de Fernando VII resultó ser una época muy francesa: de Trafalgar a la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis pasando, en especial, por la Guerra de la Independencia, la ocupación napoleónica y el reinado de José I. Con respecto a las biografías anteriores del rey deseado y detestado, la visión que nos ofrece La Parra es más precisa, más matizada, más fina y mucho menos prejuiciada.

De Fernando VII decía Napoleón, en 1808, en unas cartas a Talleyrand, que era “indiferente a todo, muy material, come cuatro veces al día y no tiene idea de nada”, además de muy estúpido, mezquino e hipócrita. Resulta evidente que la actitud del monarca español, silencioso, aturdido y afecto al disimulo, sacó de sus casillas al emperador de los franceses en su encuentro en Bayona. Era terco y desconfiado, cobarde y vengativo, pero de ninguna manera tonto o bobo, sostiene con acierto La Parra. Muchos contemporáneos insistieron en la ordinariez del personaje, una de cuyas exclamaciones preferidas, indistintamente ante ministros, oficiales del Ejército o la gente más diversa –una cierta vulgaridad y campechanía, junto con los paseos y afición a teatros y toros, le aproximaba y generaba popularidad entre sus súbditos–, era “¡Carajo!”. El control personal del poder caracterizó todo su reinado. Merece la pena tener en cuenta la opinión de su tercera esposa, María Josefa Amalia de Sajonia: “Tiene un buen fondo de religiosidad y no carece de prendas morales. En fin, es excelente como hombre particular; como jefe no creo que sabe [sic] conducirse ni para su provecho, ni para el de sus súbditos. ¡Ay de mí, cuánto siento conocerlo! Unas veces carece de astucia, otras de constancia y energía, pero nunca de honradez.” Esta es, de hecho, la cita escogida por Emilio La Parra para abrir el libro.

Fernando VII (1784-1833), príncipe de Asturias desde 1789, recibió una educación medianamente buena y fue muy aficionado a los libros, poseyendo una notable biblioteca –aunque, en verdad, parece que lo que más le apasionaba eran las encuadernaciones y cortar los pliegos en los volúmenes intonsos–. El autor de esta real biografía la divide en tres partes. En la primera, entre 1784 y 1808, nos acerca a su infancia y juventud, así como al primer matrimonio, en 1802, con la napolitana María Antonia de Borbón, un enlace propiciado por razones de interés político y dinástico y marcado por una retardada consumación. Las difíciles relaciones del príncipe con sus progenitores, Carlos IV y María Luisa, y con Manuel Godoy están impecablemente presentadas. Las páginas dedicadas a la activa participación de Fernando en la campaña de agitación contra Godoy y su madre, en especial los versos e imágenes procaces dedicados a sus particulares tratos –el famoso “ajipedobes”, que debía leerse al revés–, revisten un especial interés. El episodio recuerda, en muchos puntos, lo acaecido años antes en Francia y la empresa denigratoria contra María Antonieta, orquestada por algunos miembros de la propia familia real. La trama fallida del Escorial y la conspiración y el motín de Aranjuez, en 1808, cierran el bloque inicial.

La segunda parte de la obra está dedicada a los años de la Guerra de la Independencia (1808-1814), desde la abdicación de Carlos IV en Fernando VII, forzado por el golpe de Estado que se consumó en Aranjuez, hasta el retorno de este último a España en 1814. Tras los tumultos de marzo de 1808 y conocedora de la implicación de su retoño, la reina María Luisa de Parma lo calificaba de la manera siguiente, en correspondencia con Murat: “Mi hijo es de muy mal corazón, su carácter es sanguinario.” La sumisión de un egoísta y desconfiado Fernando VII a Napoleón fue total. Sobrepasó en varias ocasiones, en opinión de La Parra, la línea del decoro exigido a su condición. En España, sin embargo, el blanqueamiento de sus actos iba a funcionar bien. Regresó a su país en 1814, aunque fue retrasando su entrada en la capital, en donde se encontraban las altas instancias constitucionales y cuya población había vivido en los últimos años un intenso proceso de politización. El apoyo del Ejército y la actitud benevolente de Wellington y las autoridades británicas, junto con una opinión pública favorable, decidieron al monarca y a los suyos a dar el último paso. El entusiasmo de los españoles por el retorno del mitificado “Deseado” respondía, por encima de todo, a su identificación con el término de la presencia francesa y la paz.

1814 significó, no obstante, algunas cosas más. Entre ellas, la restauración del absolutismo y una dura represión contra el liberalismo y los afrancesados. La tercera parte de Fernando VII. Un rey deseado y detestado, que es la más extensa, trata del periodo que entonces se abría y que concluyó con la muerte del rey, en 1833. Aunque la vuelta atrás fuera en buena medida deseada, no era posible. Ni el sistema político coincidía exactamente con el del Antiguo Régimen que se estaba empezando a dejar atrás, ni Fernando VII fue rey absoluto a la manera de sus antepasados. Se propuso, tanto en 1814 como en 1823, ejercer el poder sin limitación. La Parra traza buenos retratos de ministros y miembros de la camarilla. En 1820, a pesar de prometer que marcharía por la senda constitucional, Fernando VII conspiró desde el primer momento contra la propia Constitución, aprovechando astutamente las divisiones en el seno del liberalismo hispánico. A partir de 1823-1824 puso en marcha un verdadero Estado represor. La inevitable apuesta reformista y la malquerencia de los ultras marcaron la segunda mitad de la década de los años veinte. En el tramo postrero de su reinado, Fernando VII, cuya salud había empeorado muchísimo, estuvo guiado sobre todo por el empeño en conseguir que le sucediera en el trono su hija Isabel, nacida en 1830.

No estamos ante una clásica biografía de un rey y su tiempo, sino de un rey en su tiempo, que no es otro que el de la crisis del Antiguo Régimen, el fin del viejo imperio español y el surgimiento de una nueva nación. El encaje entre nación y monarquía constituye el telón de fondo de aquella compleja y cambiante época. Para mantener el control personal del poder el monarca no dudó en moverse de un campo a otro y apoyarse en sectores ideológicos distintos –e incluso enfrentados–. El caso de los sectores ultras, vilipendiados en el último tramo del reinado, es suficientemente significativo. Sorprende muy gratamente el tratamiento de las mujeres de Fernando VII, que es serio y sensible, lo que afortunadamente lo aleja de otros historiadores anteriores que se han referido a ellas con claros toques de misoginia y vulgaridad. Fernando VII contrajo, en total, cuatro matrimonios a lo largo de su vida. Tras la ya citada María Antonia de Borbón, fueron sus esposas la portuguesa María Isabel –el enlace se produjo al mismo tiempo que el de su por aquel entonces muy querido y piadoso hermano Carlos con una hermana de la novia, María Francisca, hijas ambas de la reina Carlota Joaquina–, María Josefa Amalia de Sajonia y la napolitana María Cristina, que le dio dos hijas. El caso de María Josefa Amalia de Sajonia es especialmente interesante. El autor consigue desmontar todos los tópicos que se construyeron, ya en la época, sobre ella. En definitiva, Fernando VII. Un rey deseado y detestado, de Emilio La Parra, es una obra extraordinaria. ~


Tags: