Cantos tarahumaras | Letras Libres
artículo no publicado
Ilustración: Hugo González

Cantos tarahumaras

En el siglo XVII, los misioneros quisieron evangelizar a los tarahumaras. En el XX, los escritores buscaron ser evangelizados por la cultura del peyote. El interés internacional por los rarámuris ha crecido desde entonces.

La palabra tarahumara es la forma castellanizada de rarámuri ‘los de pies ligeros’, que se pronuncia con tres eres, aunque la primera no se puede escribir. Como en español no hay palabras que empiecen con ere, se simplificó la ortografía: escribir raro en vez de rraro. Pero esta simplificación provoca que rarámuri se lea con una erre y dos eres.

Hay más de 50,000 tarahumaras en la Sierra Madre Occidental de Chihuahua, una de las regiones más frías de México. Se supone que llegaron de Mongolia hace unos 15,000 años, como cazadores y recolectores. Ocupaban la mayor parte del estado, pero fueron combatidos por los apaches y despojados de territorios por las tribus modernas. Tuvieron que replegarse a la sierra. Todavía viven en caseríos dispersos y en parte trashumantes (para alejarse del frío en el invierno), dedicados a la silvicultura, la pequeña minería, las artesanías y algunos cultivos de subsistencia.

Recibieron a los primeros misioneros matándolos, y han sido rebeldes a la autoridad. Una y otra vez, sus rebeliones fueron reprimidas. Acabaron expulsados por la silvicultura, ganadería y minería modernas. Los antiguos dueños de Chihuahua viven hoy en la miseria. “Se trata en verdad del pueblo más inocente y desvalido de la tierra” (Fernando Benítez, Viaje a la Tarahumara, p. 87 del primer tomo de Los indios de México, 4ª ed., Ediciones Era, 1976).

Sorprende que la Wikipedia tenga tres artículos sobre ellos: “Pueblo tarahumara”, “Idioma tarahumara” y “Demografía de los tarahumaras”. Y más aún que “Pueblo tarahumara” esté en las Wikipedias de muchas otras lenguas (31). Hay miles de libros que se refieren a los tarahumaras en varios idiomas (como puede verse en Google Books), empezando por el Compendio del arte de la lengua de los tarahumaras y guazápares, publicado en 1683 por el jesuita Tomás de Guadalajara.

El interés internacional ha tenido un tinte religioso, con un giro notable. En el siglo XVII, los misioneros llegaron a evangelizar. En el XX, hubo escritores que buscaron ser evangelizados por la cultura del peyote.

Alfonso Reyes escribió “Yerbas del tarahumara” en 1929, en Buenos Aires, cuando era el embajador de México celebrado por Borges como “el mejor prosista en cualquier lengua”. Valery Larbaud, que se carteaba con Reyes y publicaba la revista Commerce con Paul Valéry, se entusiasmó con el poema y lo tradujo para la revista (Alfonso Reyes, Diario 1927-1930, editado por Adolfo Castañón, Fondo de Cultura Económica, 2010, p. 275). Es un poema notable por su modernidad y por el tema. Antonin Artaud, que seguramente lo leyó, se fue a la Tarahumara en 1936, como en una peregrinación espiritual. Hay en YouTube una grabación suya de seis minutos (1943) donde habla de “Le rite du peyotl chez les tarahumaras”. Luego publicó el libro Voyage au pays des tarahumaras (1945). Hay traducción de Luis Mario Schneider en el Fondo de Cultura Económica. Kenzaburo Oé fue otro que se interesó por los tarahumaras gracias al poema de Reyes –me dice Aurelio Asiain.

El éxito mundial de The doors of perception (1954) de Aldous Huxley sobre sus experimentos con la mescalina (el alcaloide del peyote) entronizó la espiritualidad indígena frente a los desastres del materialismo occidental. Por ahí empezó la rebelión juvenil de los sesenta.

Danza del rutuburi

Rutuburi vaeyena.

Rutuburi vaeyena.

Oma waeka xárusi.

Oma waeka xárusi.

Rutuburi de un lado a otro.

Rutuburi de un lado a otro.

¡Todos! ¡Muchos! ¡Brazos cruzados!

¡Todos! ¡Muchos! ¡Brazos cruzados!

Fuente: Vicente T. Mendoza, Panorama de la música tradicional de México, México: Instituto de Investigaciones Estéticas, unam, 1956, pp. 134-135.

1

Tamujé ko rarámuri ju.

Tamujé lina noká iwébana yawí.

Tamujé ta ju gawí tónara.

Somos rarámuris.

Sostenemos el mundo.

Somos la columna del mundo.

2

¿Acaso Los Que Caminan Arriba cuidándonos

vacilan en su viaje?

¿Acaso Aquellos Que Nos Proporcionan La Luz

son perezosos al caminar allá?

Los Que Caminan Arriba velando por nosotros,

¿alguna vez se han dado por vencidos?

3

¿Sabes por qué la mujer

tiene cuatro almas

y el hombre solo tres?

Porque la mujer carga también

el alma del mundo:

da a luz la vida.

4

Quiero tener amigos cuando me vaya

bailando el yúmari y el pascol

para encaminarme contento

del santo suelo al cielo azul.

danza de los matachines

Tengo una corona

de espejitos y plumas.

Cuatro espejos

que son como ventanas

para ver cuando el alma

sube por uno de los cuatro vientos

para llegar a Tata Dios.

Fuente: Carlos Montemayor, Los tarahumaras. Pueblo de estrellas y barrancas, 2ª ed., México: Aldus, 1999, pp. 47, 57, 68, 93.

Canto de la guacamaya

La pitahaya está madura,

vamos a comerla.

Cortemos carrizos.

La guacamaya viene de la tierra caliente

para adelantarse.

Desde muy lejos, desde tierra caliente,

cuando están cortando los carrizos,

llego y me como los primeros frutos.

¿Por qué quieren quitármelos?

Son para mí. Como la fruta

y arrojo la cáscara.

Cuando termino de comer,

me retiro cantando.

Quédate aquí, pitahayita,

sacudiéndote mientras me alejo.

Me voy volando

y algún día volveré

para comer tus pitahayas maduras.

arde en flor el jitomatillo

Arde en flor el jitomatillo

madurando.

La nube cubre los riscos.

La lluvia cae y los moja.

El chonte baila

entre los pinos y grazna.

El pájaro carpintero

otea y flota sobre el valle.

El halcón irrumpe en la tarde

y el agua está ahí.

Cuando vuela el halcón,

el viento se estremece y silba.

La ardilla busca cobijo

en el hueco del árbol y chilla.

El jitomatillo está madurando

y la fruta cae de madura.

Las flores sacuden sus corolas,

hacen cosquillas al aire.

El pavorreal se zangolotea

y el águila afila el ojo.

Pronto comenzarán

las ventiscas y las lluvias.

talón y corazón

La tortuga de tierra amarilla

tiene duros el pecho y la espalda.

Yo tengo el talón duro,

quemado el muslo

y un corazón que centellea.

hormiga

Se oye, se escucha

en el tronco del pino

la hilera larga

de las hormigas negras.

Suben y bajan.

Buscan la savia dulce

que escurre

de la herida

que dejó el hacha.

oración al peyote

Hermoso lirio en flor,

cuídame esta mañana.

Expulsa a los hechiceros.

Hazme llegar a viejo.

Dame un bordón para entonces.

Riega tu fragancia

en mí, hermoso lirio.

¡Gracias!

Fuente: Alonso Vidal, Los testimonios de la llamarada. Cantos y poemas indígenas del noroeste de México y de Arizona, Hermosillo: Instituto Sonorense de Cultura, 1997, pp. 148-152. ~


Tags: