Archivo Vuelta: Poesía y Filosofía: lo mismo es diferencia | Letras Libres
artículo no publicado

Archivo Vuelta: Poesía y Filosofía: lo mismo es diferencia

En 1979 la poeta fue invitada a la XIII Bienal Internacional de Poesía de Knokke-Heist, Bélgica. Su discurso, del que reproducimos unos fragmentos, se publicó en el número 38 de Vuelta, en enero de 1980. Esta sección ofrece un rescate mensual del material de la revista dirigida por Octavio Paz.

Recibí la poesía como una materia obligatoria de ese primer curso que todos hemos seguido, entre cero y casi dos años, para aprender a hablar. En una memoria anterior a mi memoria, y capaz de recordar por mí lo que sin duda he olvidado, las voces de mis padres tienen no solo un timbre que inspira confianza, sino además un ritmo, del que absorbí el secreto mucho antes que el sentido. Quiero decir que mis padres eran poetas y leían en voz alta, continuamente, poemas propios y ajenos.

Todavía niña opuse e identifiqué, por primera vez, poesía y filosofía. En aquel breve texto, como diría El burgués gentilhombre, había yo “hecho metafísica sin saberlo”: “Yo lo veo a Dios / lo veo en pensamiento / Ay que habla en el mar / Ay que habla en el viento”.

A los catorce años, mi madre me habló de la velocidad poética. “El poeta puede alcanzar de golpe”, me dijo, “un blanco comparable al de una larga disertación filosófica porque sigue el camino más corto, un camino en el que se prescinde de toda explicación”. Me recordó mi cuarteto de infancia, en el que poesía y metafísica se mostraban en su convergencia y en su diferencia. Y añadió: “Por la imagen, la poesía es más corta. Las imágenes no se discuten.”

La posible incompatibilidad entre dos discursos, razonable el uno, emotivo el otro, me parece menos clara. Razón y emoción se manifiestan en ambos, y si lo hacen a tensiones diferentes es debido a la diferencia de “largo-velocidad” entre el que quiere demostrar y el que solo quiere mostrar.

No solo en la metafísica hay ideas poéticas. Toda experiencia del espíritu es inquietud o goce. Porque algunas emociones nacen de las ideas y otras son el motor mismo de la reflexión. La imaginación también es motor del pensamiento, lo ayuda a arrancar, como el lógico o el filósofo de la ciencia lo aceptan.

La poesía, a su vez, no puede ignorar a la razón. El poema habla al espíritu y a los sentidos, suscita una respuesta emotiva y racional. Si el pensamiento debe encarnar en la imagen, el ritmo, los sonidos y los colores de las palabras para cargarse de poesía, la emoción, para transformarse en construcción verbal, exige un acto mental diferente, una nueva forma de conciencia. Exigente consigo misma, difícil como todo arte, la poesía supone una vigilancia que está lejos de ser inconsciente e instintiva, pero que tampoco está lógicamente determinada; para que la lógica del silogismo no destruya la de las emociones, el poeta, como dice Wallace Stevens en sus Adagia, encarna al pensamiento en el acto mismo de defendernos contra el pensamiento.

¿Qué conocemos por la poesía? Las manifestaciones más concentradas de las capacidades expresivas del lenguaje, que otras formas literarias reducen en alguna medida, y que la filosofía debe justamente combatir, obligada como se ve, continuamente, a escoger un sentido a expensas de los otros. La poesía es también conocimiento de la poesía, reflexión sobre sí misma. Pero es además conocimiento de otros dominios que alcanzamos a veces inmediatamente, en el poema, y a veces, por el poema, como visiones mediatas que los poemas contribuyen a formar. Y en ello, se acerca a la filosofía.

Para penetrar la naturaleza de la velocidad poética, reflexionemos en esto: un texto filosófico puede resumirse, dentro de ciertos límites, y seguir diciendo el mismo “número de cosas” a mayor velocidad; resumir un poema sería, en cambio, escoger solo una parte de lo que dice, mutilarlo, tanto más cuanto que también suprimiríamos sus ecos interiores y destruiríamos así su estructura, también emisora de sentido; por ello, paradójicamente, esa reducción no entrañaría un aumento de velocidad. Por otra parte, el texto filosófico puede ser alargado siempre por comentarios o por un cambio de estilo. El caso del poema es diferente: que sea condensado no implica la existencia de un texto más largo del que sería un compendio; la prueba, todo cambio cuantitativo resulta cualitativo: diluido, el poema dice otra cosa; a diferencia del tema filosófico, el tema de un poema es su estilo, su manera de decir. Si un poema no resume nada, la velocidad poética es entonces el resultado de los mal llamados “recursos poéticos” –porque son la carne misma de la poesía y solo se vuelven “recursos” en otras formas literarias–. Estas figuras específicas, de palabras o de construcción, tienen un carácter paradójico: dicen más justamente porque son todas formas de la omisión. La filosofía, al contrario, para cargarse de sentido procede por la acumulación. Omisión y acumulación son dos necesidades distintas que obedecen a dos intenciones diferentes: el filósofo quiere probar, el poeta solo quiere mostrar. ~